Acumulación vs. enjundia o la necesidad de humanistas en una cultura sana

 Hace un momento, mientras buscaba en Internet materiales que me ayudaran a apoyar mi defensa del derecho de la Dra. Beatriz Maggi al Premio Nacional de Literatura, me ha ocurrido algo que no solo me ha conmocionado, sino que me ha dejado en uno de esos estados que apenas si pueden explicarse, por lo que entrañan de dolor y hasta de obsesión para algunas sensibilidades. Se trata de un artículo del tristemente desaparecido intelectual Rufo Caballero, titulado Beatriz, publicado hace años en el diario Juventud Rebelde con el fin de reseñar la primera selección en que la editorial Letras Cubanas recogió algunos de los magistrales ensayos de Maggi. Rufo termina su texto con estas palabras premonitorias, que aún no se justifican, pero que, por ley natural, algún día se harán realidad:

 Leamos Antología de ensayos con la fruición a que invita, pero leámoslo también con la responsabilidad que supone esta colección sabia. Recorrámosla convencidos de que el día en que Beatriz Maggi no esté, una quebradura indescifrable se habrá abierto para siempre en los surcos de la Isla y su cultura.

 Cuando conocimos en mi casa la prematura muerte de Rufo, mi hija, apenas unas horas más tarde, dijo: “Desde que Rufo no está, parece como si faltara un pedazo grande en el aura de La Habana”. Con esa misma frase, que tomé de ella, cerré la presentación que hice en el Centro Loynaz del libro póstumo de Rufo Seduciendo a un extraño. Yo todavía no me he recobrado del vacío que dejó la muerte del Dr. Mario Rodríguez Alemán en su programa de cine Tanda del Domingo, y conmigo, muchísimos cubanos de mi generación siguen sintiendo su ausencia. Nadie ha vuelto a comentar un filme con la ternura, delicadeza y sensibilidad extremas con que él solía hacerlo.

 Ahora, al comparar estas dos expresiones, la de Rufo sobre Beatriz y la de mi hija sobre el propio Rufo, y percibir la identidad de significado que entrañan, ha vuelto a mi mente, una vez más, la certeza de que hay personas que no solo son imprescindibles, sino insustituibles, porque llevan en sí el espíritu de una época. Y cuando mueren, este espíritu no las sobrevive, sino que se evapora como un perfume al que el viento dispersa lenta, pero implacablemente.

 Cuando hablo del espíritu de una época, no me estoy refiriendo a modas, ni a ideologías, y ni siquiera a acontecimientos memorables, sino a algo mucho más complejo que no estoy segura de ser capaz de conceptualizar: estoy hablando de la potencia de visión holística que tienen algunas personas —tan pocas que pudiéramos emplear el término elegidos— para abarcar el tiempo que les tocó vivir, y para resumir en sí mismas, ya sea en una filosofía personal, en un código ético, un credo religioso o en una actitud ante la cultura, un universo que tiene marca delimitada en tiempo y espacio, y que acaba en ellos, un poco antes o un poco después del comienzo de su ausencia, por alguna oscura ley que los hombres todavía no comprendemos, pero vemos actuar. En estas personas se resume un legado que puede ser de diversa índole, y por lo general, sus vidas, de una forma u otra, han estado dedicadas a trasmitir ese legado. El misterio consiste, precisamente, en que, aún cuando tengan muchos oyentes, muchos seguidores, discípulos, fieles, etc, que parecen asegurar la cadena de transmisión, el código muere con los legatarios o, en el mejor de los casos, pasa la antorcha a otras manos con una mengua en la intensidad de su luz, con menos brillo, alumbra menos y quienes la siguen solo alcanzan a distinguir un breve fragmento en la ruta, que es casi igual a no ver nada. Rufo apenas murió y ya no hay nadie visible con su vigor y plenitud intelectual para producir ideas. Beatriz apenas lleva una década retirada de las aulas y ya no sale de la Facultad de Filología aquel alumno modélico que ella formaba. Ya nadie esculpe sensibilidades ni despliega tan suntuosamente el esplendor humanista de la cultura ante los ojos de un alumnado que lee como poseso, pero piensa trabajosamente sin apoyaturas, y más en términos académicos que propiamente cultos.

 Cada vez la cultura cubana produce más “teóricos” impostados y menos sensibilidades genuinas, más coleccionistas de información y menos pensadores, como tan claramente supo ver Rufo cuando escribió en ese mismo artículo:

 He hablado aquí de cultura; nunca de erudición. La erudición es acumulación, pero la cultura es enjundia. La cultura sabe qué hacer con el conocimiento, en lo que la erudición se entretiene con él.

 Se trata de la capacidad de situar las cosas en su justa perspectiva y envergadura. Ello me hace recordar el cuento de José Martí sobre los ciegos y el elefante, cómo ellos no podían imaginar al paquidermo en su forma absoluta y total porque solo se guiaban por la información que les trasmitía la parte del cuerpo del animal que podían tocar con sus manos. Esa ceguera metafórica se llama percepción fragmentaria, y es lo único que logran quienes no consiguen una integración verdaderamente orgánica del conocimiento hasta lograr una autotelia del pensamiento; aquellos que nunca llegan a dar el salto que separa a la erudición de la cultura, a la acumulación de la enjundia.

 Es por eso que para que una cultura no sufra procesos severos de empobrecimiento, para que nunca se pierda la memoria que permite a los hombres comprender el mundo hasta sus últimas consecuencias, necesita humanistas. Y esta necesidad es tan real, tan visceral, que puede llegar a sentirse bajo la forma casi táctil de un vacío que causa desconcierto, dolor y una alarmante sensación de confusión. Cuando una cultura pierde a sus humanistas proliferan en ella formas falsarias del arte, del conocimiento y del talento. Y cuando estas formas crecen y comienzan su brutal, pero robusta expansión, cuando se imponen y se tornan modélicas, esa cultura está enferma, en fase terminal, o si se prefiere, en crisis total.

 La falta de humanistas en un panorama cultural debería ser una señal de alarma suprema para quienes realmente se interesan por la salud de una cultura. El maltrato, la incomprensión y el aislamiento de los humanistas (en la forma universal del olvido o en su variante cubiche, el ninguneo) es un pecado de lesa cultura, y como la cultura es consustancial con la existencia de la sociedad, que es la forma más elevada de organización conocida por la Humanidad, entonces, cuando permitimos que una cultura pierda sus humanistas y no damos la menos importancia a la falta de ellos ni potenciamos su formación con las debidas herramientas, estamos ante un crimen de lesa humanidad.

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Acerca de Gina Picart

Soy escritora, periodista especializada en La Habana de la colonia y la república, investigadora, crítica literaria, guionista de cine, radio y televisión
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2 respuestas a Acumulación vs. enjundia o la necesidad de humanistas en una cultura sana

  1. Julio Gomez dijo:

    Felicidades por esta batalla en pro de la cultura y por tan alto standard en favor de la Dra Maggi.

  2. Pingback: Beatriz Maggi o la sombra cubana de Shakespeare

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