“AQUÍ ESTAMOS… AQUÍ ESTAMOS…” o cuando los muertos se niegan a partir

 Quinta-de-los-Molinos-en-La-Habana-1024x679La Quinta de los Molinos es un lugar muy hermoso. Generaciones de habaneros han ido más de una vez a recrearse en sus bellas arboledas, a disfrutar el claro rumor de sus fuentes, la quietud casi idílica del estanque de los lotos… Escolares, familias, parejas de enamorados y compradores que visitaban la buena feria artesanal que alguna vez hubo en sus jardines, todos recuerdan con placer sus visitas a este inmenso pulmón verde que adorna como una joya la avenida Carlos III, una de la más bellas de nuestra Habana. Sin embargo, muy pocos tienen conocimiento de que, a lo mejor, en alguna de esas visitas se han dado un romántico beso, o han comido un sabroso picnic sobre lo que aparentemente era un área verde pero es, en realidad, un cementerio.

 En 1833 azotó a Cuba una epidemia de cólera morbo. Las autoridades españolas no reconocieron enseguida la presencia del mal en la isla, lo que demoró una toma de conciencia por parte de la población, que tardó demasiado en aplicar medidas para protegerse de la plaga, y ello aumentó el número de muertes.

 A pesar de que la ciencia de aquella época era muy atrasada, y más aún la medicina española, las medidas que al final fueron aplicadas eran sensatas y prácticas:

 1-  Limpiar las calles y cubrir con cascajo los baches para evitar la humedad, usando como mano de obra esclavos y presidiarios.

2-  Tomar todos los carros de tráfico de la ciudad, incluso los de limpieza, para asegurar la limpieza de las calles.

3-  Proceder a la limpieza de la Cárcel.

4-     Limpiar la ciudad a fondo cada día, incluso los festivos, mientras subsistiera la amenaza de que pudiera atacarnos el cólera morbo.

5-  Prohibición absoluta de que médicos y farmacéuticos aumentaran el precio de las drogas utilizadas para tratar el mal, debiendo mantenerse el coste de las mismas en las cifras habituales. Y en el caso de personas que por su pobreza no pudieran pagar la medicina en el momento de comprarlas, se ordenó que los despachantes anotaran sus nombres en un registro por si algún día podían pagarlas, pero se prohibió bajo pena de castigo que dejaran de ser entregadas a los necesitados.

6-  Se prohibió aumentar el precio de los alimentos, y se ordenó disponer de personal que pudiera fiscalizar que los alimentos de venta callejera fueran producidos bajo estricta observancia de todas las reglas destinadas a su preparación con la mayor calidad.

7-  Los Regidores debían disponer juntas de barrio para explicar a la población cómo aplicar las medidas necesarias, los síntomas y riesgos de la plaga.

 También comenzaron a venderse en La Habana impresos al precio de un real con instrucciones sobre cómo prevenir el cólera morbo. Hubo otras medidas, pero estas son, en esencia, las más importantes, y las que más se asemejan a las que tomamos hoy ante cualquier alerta epidemiológica.

Pero la enfermedad abarcaba cada día un territorio mayor de la ciudad y nada podía detenerla. La plaga apareció el 15 de marzo en la Quinta de los Molinos, donde estaba establecida la Institución Agrónoma. Descrita como “un ataque de vómitos y evacuaciones albinas, biliosas, verdes y amarillas y algunas veces prietas, con violentos dolores, pulso pequeño y contraído, extremidades frías y más o menos fiebre”, el mal se inició en un esclavo robusto que murió poca horas más tarde, pese a los cuidados del entonces famoso galeno Ramón de la Sagra.

 Ante el veloz avance del mal las autoridades dieron orden de sepultar los cadáveres provenientes de fincas cercanas a iglesias en el piso de aquellos templos, cavando fosas profundas y que, una vez colocado el cuerpo en su interior, debían ser recubiertas con cal viva.

 El cementerio general, creado en 1806, muy pronto no dio abasto para acoger a las víctimas del morbo que aumentaban en alarmante proyección. A partir del 27 de marzo se comenzó también a enterrar en la Quinta de los Molinos, “en un gran paño de tierra cedido por la Institución Agrónoma para este fin. Afirma el investigador Luis Abréu en su libro Historia de la Quinta de los Molinos, que desde el mencionado día hasta el 11 de abril fueron inhumados allí 1 451 cadáveres, correspondientes a 483 individuos blancos y 968 “de color”. La cifra más elevada de sepultados en un solo día alcanzó los 206 cuerpos. Algunos de los altos militares que dirigieron las obras de enterramiento sucumbieron pocas horas después, víctimas del mal.

 Este cementerio improvisado desató una polémica entre las autoridades españolas, que ordenaron distribuir a los cadáveres ciertas papeletas que les darían o no el derecho a yacer en la Quinta de los Molinos. Se alegaba que la inhumación de cadáveres contaminados por el cólera implicaba un riesgo demasiado grande para la población de las cercanías de la Quinta. Miembros del Protomedicato y la Junta General de Socorros se trasladaron al lugar y, tras examinarlo, lo declararon inadecuado para hacer la función de camposanto. Como era de esperarse, la picardía criolla no perdonó esta magnífica oportunidad para lucrar, y personas inescrupulosas comenzaron a cobrar hasta cuatro pesos a los familiares de los fallecidos para concederles las papeletas que aseguraban a su ser querido yacer bajo los árboles del magnífico retiro campestre.

 Según las estadísticas del doctor Ramón de la Sagra, murieron de cólera en La Habana 8 253 personas, un 8 por ciento de la entonces población de la capital. El mayor número de víctimas tuvo lugar entre los negros de nación libres, y el menor, entre las hembras de raza blanca.

 ¿Y dónde estuvo o está emplazado aquel cementerio emergente en la Quinta de los Molinos? Pues en un espacio limitado por el Paseo de Carlos III y la vereda que conduce a la proyectada ermita de Monserrate, y al paraje conocido por La Requena. Sin embargo, la ubicación exacta de camposanto no se conoce, aunque se sabe que estaba en terreno bajo irrigado por numerosas corrientes de agua subterránea. Nunca se dio orden de desenterrar los cadáveres y trasladarlos a otro sitio, dado el riesgo que ello implicaba. Aún así, algunos esqueletos han salido a la luz en sorprendente estado de conservación cuando se ha excavado en la zona con el fin de realizar nuevas obras.

 Fue un esclavo negro, quien conducía un carretón repleto de cadáveres hacia la Quinta de los Molinos, quien dio lugar a esa anécdota inefable que se ha conservado, cuando uno de los cuerpos sin vida que llevaba en su carreta intentó levantarse, pues se trataba de un borracho recogido por error y mezclado con los fallecidos. El esclavo lo sujetó mientras intentaba convencerlo con este singular razonamiento para que no interrumpiera el viaje: “Tú no puedes bajarte, porque estás muerto, lo dice aquí en tu papeleta, y papelito jabla lengua”.

 Al pasar por la Quinta de los Molinos siempre he percibido una extraña quietud que no basta a explicarse por el hecho de ser un área boscosa y un lugar de retiro. Espero que quienes, como yo, hayan tenido sensaciones semejantes al transitar o hacer estancia en aquel lugar, sepan ahora a qué se debe ese silencio denso, esa peculiar ligereza del viento, esos juegos singulares de la luz y la sombra entre los árboles y las piedras de los senderos, y la ilusión de voces que nos susurran al oído: “Aquí estamos… aquí estamos…”.

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Acerca de Gina Picart

Soy escritora, periodista especializada en La Habana de la colonia y la república, investigadora, crítica literaria, guionista de cine, radio y televisión
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2 respuestas a “AQUÍ ESTAMOS… AQUÍ ESTAMOS…” o cuando los muertos se niegan a partir

  1. Dra.Aliuska Fabregas González dijo:

    Es bueno saber historias como esas sobre nuestra Habana. Continúa escribiendo Besos.

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