ELEGÍA A LA MUERTE DE GABRIEL GARCÍA MARQUEZ

 García MárquezHa muerto García Márquez, autor de aquella gruesa novela, Cien años de soledad, que, tras su publicación en Cuba por la Casa de las Américas, llevaban bajo el brazo a toda hora por las calles de La Habana miles de habaneros de los setenta, miembros de aquella generación “esponja” que lo leía todo. Yo era entonces una estudiante de Literatura en una maravillosa escuela de arte, donde los muchachos de mi especialidad absorbían textos, comían textos, soñaban textos, y descubríamos a los escritores del boom latinoamericano con una mezcla de constelamiento y fascinación que muchos de nosotros todavía sentimos cuando volvemos a leerlos.

Para aquellos jóvenes estudiantes de Literatura que fueron mis compañeros y amigos entrañables, García Márquez, Borges, Cortázar, Sábato eran como seres divinos, semidioses modélicos, y había que ser capaz de escribir como ellos o morir en el empeño. Nos atrevimos, pasando por encima de nuestra buena educación, a robar de las bibliotecas aquellos libros que no podíamos comprar por ser simples becados. Hoy ya no nos pasará nada por confesar que nos introducíamos en las bibliotecas con aquellas caritas de ángeles estudiosos, con aquellos abrigos de la marina soviética, enormes, envolviendo nuestros cuerpos flaquitos de adolescentes mal nutridos, pero con unos bolsillos profundísimos en los que cabía el mundo. Y cuando las bibliotecarias iban al baño o conversaban distraídas, sacábamos nuestras zarpitas rapaces y los libros volaban del anaquel a los abrigos. Nos quedábamos un rato leyendo cualquier cosa para despistar, y luego partíamos apaciblemente, saludando con la mano a las bibliotecarias, que nunca sospechaban. Así pasaron a mi maletín de becada, que era como mi casa, Sobre héroes y tumbas, Rayuela, El jardín de los senderos que se bifurcan, La ciudad y los perros, Pedro Páramo y tantas otras cosas que aún conservo como reliquias de unos años felices, los mejores de mi vida, en que la amistad y la cultura eran nuestro pan de cada día, y no necesitábamos dinero para disfrutar una juventud alegre y diáfana, lo más hermoso que tuvimos nosotros, los de entonces, que hoy, definitivamente, ya no somos los mismos o nos mataron esos golpes de la vida tan fuertes, golpes como del odio de Dios…

 Nadie podrá quitarme la certeza de que fuimos los que fuimos, y somos —algunos de nosotros— lo que hoy somos porque fueron aquellas nuestras lecturas, junto con el nouveau roman francés, la generación beat y todo aquel caudal de sensibilidades y técnicas narrativas, pictóricas, cinematográficas que había llegado a las playas de la Humanidad con la marea de los años sesenta, la década prodigiosa. Y fue tanta la fuerza de aquel legado, que irradiaba aún en los ochenta con la potencia de diez mil soles. Todavía nosotros recordamos a Remedios la Bella, al Aleph con el que se podía ver todo al mismo tiempo, a Comala, aquel pueblo de muertos que me impresionó de tal manera que muchos años después, en mi última novela, di ese nombre a uno de mis mejores personajes femeninos. Qué hubiera sido de nuestro arte, de nuestra creatividad, qué caminos habría seguido si no hubiéramos rendido culto a los latinoamericanos del boom, que cambiaron no solo la forma de escribir del hemisferio Occidental, sino, como en el caso de Cortázar, abrieron toda una dimensión del espíritu que hasta entonces nadie había transitado o, como García Márquez, nos enfrentaron a la dimensión épico lírica de nuestro mundo americano desde un alarde de fantasía inagotable que era como el ballet de un carrillón, y nunca se paraba.

 La muerte de García Márquez trae de nuevo a nuestra memoria los fantasmas de Remedios la Bella, Aureliano Buendía, Fernanda, Úrsula Iguarán y tantos personajes inolvidables; de aquella arquitectura indescifrable de círculos concéntricos que aún hoy no tenemos claro cómo fue construida, y que nos mostraba una primera escena de un niño ante un bloque de hielo, y luego se iba enroscando una y otra vez sobre sí, Ouroboros inasible, desafiando la agudeza de los críticos y la curiosidad de los aspirantes a escritores, quienes, en aquel tiempo lejano y hoy casi mítico, todavía no osábamos agruparnos bajo el rótulo pretencioso de escritores noveles…, y todo eso nos emociona de un modo tristísimo al recordarnos que, a pesar de la existencia de una generación que quiso ser como los del boom o no ser, los quiebres tremebundos de la Historia han dejado en su lugar otra que recomienda La carretera entre los diez mejores libros de nuestro tiempo. Lo mismo que si un tsunami trajera a nuestras playas los tesoros de todos los buques de la Flota de Indias hundidos en la bahía de La Habana, y al retirarse dejara, en lugar del brillo del oro y las piedras preciosas, una costra de basura reciclable.

 Por fortuna, siempre habrá una especie de fuerza de lectores renovable, que denomino así por puro sarcasmo, puesto que se trata de una terminología impuesta en medio de tantas otras imposiciones de estos tiempos modernos de ejecutivos, de celulares y cigarrillos de marca; y entre esos nuevos aventureros del espíritu, siempre habrá exploradores atraídos por los viejos parajes de la literatura, y se pondrán sus cascos, y saldrán en busca de senderos olvidados, persiguiendo cultura de la buena, de la de verdad, y su búsqueda los conducirá otra vez a Comala, donde verán a Remedios la Bella subir al cielo en una nube de sábanas, y accederán a los amplios salones de la Biblioteca infinita, perdidos en mil senderos que se bifurcan, y podrán escuchar el lenguaje sin vocablos de La Maga, y la verán danzar bajo la noche estrellada de París, loca, libre, poseída por la fiebre pulsátil de los astros, mientras Alejandra recuenta en la sangre marcada de sus venas los genes federales y unitarios, y un ciego se arrastra por los túneles prohibidos al vidente, llevándose consigo los mapas secretos del rumbo humano.

 Despidamos a uno de los últimos dioses de la Literatura latinoamericana, ese espacio del Nuevo Mundo donde todo ocurría a escala de titanes, con una oración en la que vamos a pedirle que no nos deje nunca solos, librados a nosotros mismos y nuestros apelmazados sentidos, sino que vuelva, que vuele con todos los demás por los cielos de la creación que, sin sus sombras, serán copados por un ejército menguado de calcos y criaturas deformadas por el mercado y la codicia, de videojuegos, falsificaciones y escritores mediocres. Roguemos a los espectros del boom que se mantengan con nosotros el tiempo necesario para que recuperemos la cordura, y aún después, y siempre, para que no podamos volver a perderla.

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Acerca de Gina Picart

Soy escritora, periodista especializada en La Habana de la colonia y la república, investigadora, crítica literaria, guionista de cine, radio y televisión
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