DECÁLOGO DEL CRÍTICO PERFECTO o la responsabilidad sociocultural del ejercicio de la crítica

INSTANTÁNEA DE UN ALMA DURANTE EL EJERCICIO DE LA CRÍTICA

INSTANTÁNEA DE UN ALMA DURANTE EL EJERCICIO DE LA CRÍTICA

Después del malestar con que fue recibido en algunos círculos mi Decálogo del jurado perfecto, pensé que sería prudente no volver a armar decálogos. También pensé, y sigo creyéndolo, que es enorme el número —siempre creciente— de individuos merecedores de vivir en el error, porque ese es su elemento, y si la naturaleza en su infinita sabiduría lo ha dispuesto así, yo no soy quién para enmendar ese plan. Sin embargo, alguna circunstancia reciente que no amerita mención apuntala mi certeza de que este segundo decálogo, además de bien intencionado, va siendo necesario.

 Estoy convencida de que para ejercer la profesión de crítico de arte (y la literatura es un arte) se necesita, en primer lugar, estar tan dotado como para el ejercicio de cualquier otra profesión. Me parece, además, imposible abarcar en un análisis breve el infinito mundo de posibilidades, técnicas y horizontes propio de la crítica literaria. Es más factible enumerar algunos señalamientos sobre lo que alguien que pretenda ejercer la crítica literaria NUNCA debería hacer. Mi intención es contribuir a formar una especie de corpus, un manual para principiantes tal vez, que oriente a quienes se inician en el ejercicio del criterio. Si tal intento pudiera servir para ayudar a evaluadores, editores, periodistas especializados o que pretendan serlo, etc., sería una satisfacción para mí y beneficiaría a quienes acuden a los críticos en busca de orientación para sus lecturas.

avatblogUNO: Para ejercer la crítica es imprescindible poseer una cultura que debe estar unos peldaños por encima de la mera cultura de plataforma. Un crítico que se respete necesita tener, además de la capacidad para pensar con independencia, conocimientos sólidos de filosofía, sociología, antropología, historia, historia del arte, teoría, estética, lingüística, hermenéutica, semiótica y otras disciplinas estrechamente relacionadas con el juicio artístico, y no solo con el literario. Un crítico debe poseer, además, amplios conocimientos de artes plásticas, cine, música y teatro, porque son las manifestaciones artísticas que más estrechamente se relacionan con la literatura, y establecen con ellas vasos comunicantes y mecanismos de retroalimentación que la influyen. La formación profesional de un crítico es ardua, es larga y es multifactorial, y no hay senderitos alternativos ni ningún otro truco que permita acortar distancias hacia la meta de hacer una buena crítica sin estar debidamente preparado para ello.

images 2DOS: No emita juicios de valor sobre una obra si no tiene la certeza de que la ha comprendido, al menos, en su primer nivel de lectura. Los anales de la mala crítica literaria están repletos de nombres de críticos que se metieron en algún momento con obras que escaparon a su comprensión y, por tanto, emitieron opiniones tan desacertadas que hasta parecen versar sobre otras obras y no sobre aquellas que comentaron. Cuando hablo de comprender la obra, no me refiero a descubrir el sentido que tuvo para su creador (aunque lograrlo sería maravilloso), sino de ser capaces de articular un sistema coherente de ideas sobre la obra analizada, aunque sean nuestras ideas y difieran de aquellas que el autor se propuso plasmar. Un crítico serio y con sentido de la responsabilidad debe huir siempre de las babosadas.

imagesTRES: Para conseguir lo anterior solo hay un modo: usted tiene que leer la obra con suma atención, y antes de escribir la primera línea de su crítica, tiene  que reflexionar sobre lo que ha leído y definir tres grupos fundamentales de aspectos que de ninguna manera pueden estar ausentes de una acción crítica, ni siquiera de una simple reseña: los generales, los logros y los desaciertos. Los aspectos generales no son solo el título, nombre del autor, fecha de publicación, casa editorial, número de páginas, capítulos, bibliografía, índice de materias, sección de fotografías y todas esas partes materiales que componen un libro, porque usted no es un funcionario de la Cámara del Libro que está elaborando un informe de costos, sino alguien que debe decir al lector quién es ese autor, darle alguna información general sobre toda su obra, indicarle (pero nunca contarle en detalle) de qué trata el libro en cuestión y en qué contexto histórico y estético se inscribe. Y algo sumamente importante: indique el género. Usted debe apuntar si se trata de una novela policíaca, de amor, fantástica, de misterio o de lo que sea, porque usted tiene que ubicar esa obra en un contexto histórico-estético-social específico. En teoría esa información le toca a la nota de contracubierta, pero ¿ya se ha fijado en lo poco eficaces que suelen ser esas notas? Por ejemplo, si usted va a comentar, criticar o reseñar un libro de Charles Baudelaire, no puede dejar al pobre Charles flotando en medio de una nada irreferenciada, u omitir información sobre el hecho de que lord Byron fue un aristócrata revolucionario consecuente con sus ideas, y que su filiación romántica tuvo una relación visceral con su pensamiento político y las circunstancias de su muerte en Misolonghi. En cuanto a los logros, hay que saber discriminar entre los verdaderamente relevantes y los que lo son menos o no lo son. Por ejemplo, que Rimbaud y Radiguet hayan escrito en su adolescencia las grandes obras que los convirtieron en clásicos universales, constituye motivo de admiración, sin duda alguna; pero piensen en cuántos miles de escritores de talla universal escribieron lo mejor de su producción literaria después de los cuarenta años, y en cuán pocos fueron tan precoces como Rimbaud y Radiguet. La precocidad pues, no es la norma, por lo tanto no se puede convertir en un parámetro evaluativo. Lo que quiero decir es que la juventud de un autor no es un mérito literario, sino, más bien, social o biológico. Social, porque mientras más pronto tenga acceso un intelectual al mundo de la cultura, mientras más pronto comience su formación, es probable (ojo: no obligatorio) que comience antes, también, a producir obras consistentes. Pertenecer a una clase social con acceso a las fuentes del conocimiento es un hecho de carácter social, no un mérito personal. Vivir dentro de un sistema político que favorece la formación temprana de un escritor, aunque sea a través de talleres literarios y con muy pobre acceso a la bibliografía, también influye en la precocidad, y ese, igualmente, es un hecho de carácter social. Los genes que hacen de un hombre un talento precoz, como en el caso de Champollion, son una cuestión biológica. Dicho sea de paso, en la precocidad de Champollion se unieron hechos sociales y biológicos. El momento y el grado en que un escritor alcanza su madurez es una cuestión misteriosa que, al final, casi ningún argumento puede explicar de un modo definitivo. Pero la edad nunca será sinónimo de calidad. No se es buen escritor por ser jovencito ni malo por ser viejito (¿cómo se determinan en el mundo del arte los límites de la juventud y los comienzos de la vejez?); antes bien, en el arte, salvo excepciones, joven es sinónimo de aprendiz. Sobre los desaciertos, solo diré que es aún más necesario aquí el discernimiento, porque un desacierto dado por tal y que no lo sea, a lo mejor es un logro, y si el crítico se equivoca aquí, nada lo salvará de pasar por cretino. Este tema es demasiado complejo para insistir en él ahora.

imagesCAJ03CYHCUATRO: El crítico necesita conocer muy bien qué procedimiento emplear para hablar sobre un escritor ya consagrado y cuál para hablar de un autor joven que comienza su carrera y no es aún muy conocido. Confundir ambos procedimientos podría llevar al crítico a caer en el terreno de los panegíricos, la profecía entusiasta, los vaticinios fogosos o las afirmaciones que no se sustentan más que en un principio de voluntariedad del crítico. De igual modo, usted nunca debe perder de vista qué clase de forma de la crítica quiere emplear, pues no es lo mismo una reseña que una reseña comentada, un comentario que un artículo o un ensayo. Cada una de estas formas tiene sus requerimientos y es preciso tenerlos claros, porque, aunque cuando el crítico tiene pericia puede permitirse cualquier mezcla, en los casos de críticos inexpertos las mezclas convierten el resultado del trabajo en puré.

imagesCAX225MKCINCO: La estética a la que se afilie un escritor jamás debe constituir para el crítico un parámetro que condicione su juicio de valor. Un autor puede escribir un cuento o una novela dentro de la estética posmoderna o la del realismo sucio, o cualquier estética que esté de moda, pero ello, per se, no es valor añadido. Todas las corrientes de la literatura, todos los movimientos, en todas las épocas de la historia, exhiben obras valiosas y bodrios de todos los tamaños. Recordar la Ley de Murphy que afirma que el ochenta por ciento de todo lo que se escribe es basura. La calidad literaria de una obra se determina por parámetros más complejos que su filiación estética. De igual modo, el currículo de un autor tampoco garantiza la calidad de su producción futura. Usted puede haber ganado un Nóbel, y lo siguiente que escriba ser una repetición de l que ya hizo o una simple cosa inoperante. Cada obra es un universo en sí misma y tiene sus propias cualidades y yerros.

otro titivillusSEIS: El crítico, sea cual sea la forma crítica que decida emplear para analizar una obra literaria, debe tener sumo cuidado con el empleo de preguntas retóricas, porque son peligrosísimas, ya que, aún las que a primera vista parezcan el colmo de la agudeza, podrían no soportar un análisis serio, podrían ser grandes boutades o, sencillamente, estúpidas. Por ejemplo, nunca se pregunte en un texto destinado para publicación cómo es posible que el autor Mengano o el antologador Zutano sean tan inteligentes y estén tan bien informados, porque el deber de todo creador es estar bien informado sobre lo que hace cuando se trata de su trabajo; así usted, con semejante pregunta puede convertirse automáticamente en el hazmerreír de los críticos verdaderos, quienes suelen tener una índole perversa. Todo crítico, aún el más cercano a la perfección espiritual, lleva dentro un fray Candil. Sin embargo, esta clase de preguntas puede resultar interesante cuando conduce a una especulación que enriquece el análisis, aporta elementos relevantes o nos acerca a conclusiones reveladoras, como, por ejemplo, explicar que Alexandra David-Neal, para poder escribir sus libros sobre el Tibet no solo convivió con los tibetanos casi toda su vida, sino que se inició en el lamaísmo, lo que hace que toda su obra esté permeada por la filosofía budista. Esta sería una respuesta interesante a la pregunta de cómo pudo esta escritora inglesa reunir tanta información sobre la vida en las lamaserías tibetanas, porque pone de manifiesto que se trataba de una mujer que se consagró en cuerpo y espíritu al ejercicio de su arte, y fue un ejemplo de entrega a la literatura, de disciplina y de rigor investigativos. Las preguntas son útiles para estructurar un trabajo de crítica literaria, pero mi consejo es que el crítico se las haga a sí mismo en el silencio de su corazón, y solo escriba las respuestas. Si una pregunta no conduce a algo importante, es mejor para el principiante no hacerla. Si usted no es un crítico inteligente, trate, al menos, de parecerlo.

thumbSIETE: Un crítico responsable debe practicar, fundamentalmente, dos principios: la humildad y la honestidad. Usted puede ser un sabio del calibre de Leonardo de Vinci, pero no necesita humillar al género humano restregándole en el rostro con el mayor desparpajo su aplastante superioridad intelectual. Si escribe para un público académico sí le recomiendo que no deje de hacerlo, o corre el riesgo de que el susodicho le niegue el respeto que usted probablemente merece. Sin embargo, recuerde que si va a humillar, debe procurar que su inteligencia alcance la misma estatura que su soberbia. De lo contrario está frito. En cuanto a la honestidad, no juegue al gato y el ratón con sus lectores, ni al chucho escondido ni a las adivinanzas. Diga lo que piensa sin subterfugios. ¿Como puede pretender erigirse en guía de la opinión pública si va a  extraviar a sus seguidores en senderos del laberinto que no conducen a la salida? Además, todos esos rejuegos petulantes que tanto gustan a cierta clase de críticos no son, ciertamente, más que ademanes expresionistas de pasarela, o para decirlo en buen español, payasadas. Recuerde: la principal finalidad del lenguaje es la comunicación, no la incomunicación.

Titivillus culpaOCHO: Evite las frases cursis, chabacanas, de mal gusto. Ellas no acercarán suu estilo al público, solo mostrarán que tiene usted, como crítico, una naturaleza sin refinar. Trate de no ser burdo. El mundo se lo agradecerá. Y evite las etiquetas y los eslóganes, que no resuelven nada en la labor de un crítico y lo rebajan al nivel de un mercachifle. Tenga siempre muy, pero muy presente que ciertos lenguajes definitivamente no pertenecen  los territorios de la crítica literaria.

imagesCAJ8JUO3NUEVE: Huya del estilo callejero y encomiástico de los pregoneros y vendedores de feria, de los animadores de cabaret y de programas televisuales de concursos. Jamás se permita a sí mismo escribir en esa cuerda, porque las frases inteligentes que salgan de su ordenador podrán ser olvidadas, pero las idioteces, ¡nunca! Esas lo van a perseguir toda la vida. Cuando no tenga nada que decir, o no sepa exactamente qué decir, guarde silencio, y siempre quedará mejor que si no lo hace. Es más decoroso publicar al año dos críticas sagaces y bien escritas que diez mensuales que sean material desechable. Es verdad que el material desechable también se paga y hasta se puede imponer como canon, pero si usted está leyendo este Decálogo, es porque se supone que tiene el deseo sincero de ser buen crítico, por lo cual está obligado a empezar por respetarse y ser muy responsable con su trabajo. Un crítico necesita una imagen pública que lo respalde, aureole y represente. Lo de las manchas está bien para el sol, no para un crítico. Trate de lucir la menor cantidad posible de manchas.

pliDIEZ: La crítica literaria decente jamás debe priorizar las ternezas de la amistad o las conveniencias individuales. Si el libro de un amigo o el de un funcionario que podría resolverle a usted un problema son malos, dígalo si en usted pesa más el sentido de la verdad que otras consideraciones. Si no es así, guarde silencio. Recuerde que no tiene ningún derecho a confundir a miles de personas que confían en sus criterios. Sea ético, no utilice la crítica literaria para cultivar la mentira. Olvídese de que los amigos no tienen críticos. Recuerde, en cambio, aquella otra máxima mucho más digna: Los críticos no tienen amigos. Pero solo por seguirla no vaya a despojar a un amigo de sus merecimientos, si de verdad los tiene. Tampoco hay que exagerar.

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Acerca de Gina Picart

Soy escritora, periodista especializada en La Habana de la colonia y la república, investigadora, crítica literaria, guionista de cine, radio y televisión
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2 respuestas a DECÁLOGO DEL CRÍTICO PERFECTO o la responsabilidad sociocultural del ejercicio de la crítica

  1. Juan dijo:

    Hola Gina.
    Magnífico el decálogo, como siempre 🙂
    Solo una pequeñita precisión: no es una una de las Leyes de Murphy, sino la Ley o Revelación de Sturgeon.
    http://es.wikipedia.org/wiki/Ley_de_sturgeon
    “La Ley de Sturgeon es un adagio derivado de una cita del escritor de ciencia-ficción Theodore Sturgeon: “Nothing is always absolutely so”, traducible por “Nada es siempre así en todo” o “No existe la absoluta verdad”.
    Es comúnmente utilizado como introducción a la Revelación de Sturgeon, otro aforismo que dice que “el noventa por ciento de todo es basura” (versiones menos sutiles sustituyen la última palabra por “mierda”).
    La Revelación de Sturgeon sustituye a la Ley de Sturgeon en el Oxford English Dictionary (OED).
    La Ley de Sturgeon puede verse como una consecuencia del Principio de Pareto.”

    • ginapicart dijo:

      Bueno, si el precio de hacerte salir de la cueva es un error, bienvenido sea. Mataré a Chichito, que fue quien me dijo lo de Murphy. Lo juro por la bolsa del canguro. ¿Dónde diablos estabas…?

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