“ME VENGARÉ LLORANDO”

Esta frase es de José Martí. Desde que la descubrí no he dejado de pensar en ella y en el hombre que la escribió cuado aún era muy joven. Tengo mis propias ideas sobre los verdaderos sentimientos de Martí acerca de ciertas cosas. La verdad es que yo también siento  un  rechazo no mensurable hacia las deformidades morales de la especie a la cual pertenezco, y tengo también la incurable sensación de que, lejos de mejorar como seres humanos, cada día seremos peores, porque cuesta abajo la carrera es imparable. Pienso que hay esfuerzos hermosos y dignos, pero aislados y con un poder diminuto para impedir la catástrofe o revertir sus efectos. Estoy en contra de muchas, muchas cosas que hacen que el hecho de despertar cada día sea para mí un suplicio. Estoy en contra de la guerra, no me importa quién la haga ni por qué. Estoy en contra del abuso del más fuerte y de la vulnerabilidad de quienes no se pueden defender, aunque no sean precisamente débiles. Estoy en contra del  acoso moral. Estoy en contra de la depredación a que estamos sometiendo el planeta. Estoy en contra de las ideologías que conducen al fanatismo, pero sobre todo estoy en contra del fundamentalismo islámico, porque creo que es el peor peligro que afronta el mundo en este momento. Estoy en contra de la inferioridad forzosa que padece la mujer en la sociedad, incluso en la sociedad occidental. Estoy en contra de todas las formas de prostitución del cuerpo y del espíritu. Estoy en contra de todas las influencias manipuladoras, vengan de donde vengan, porque son un atentado a la libertad individual y la libertad de pensamiento. Estoy en contra de los médicos que cosifican a sus pacientes y de los que niegan a los dementes la condición humana. Estoy en contra de los oportunistas que acaparan espacios y secuestran el oxígeno para asfixiar a cualquiera que pueda hacerles sombra, conducta criminal que desgraciadamente siempre queda impune, aunque deje a su paso un reguero de víctimas. Estoy en contra de la impureza de intención. En fin, la lista de cosas que me hacen casi insoportable vivir es un poco larga y no voy a continuarla aquí. Soy impotente para cambiar ni una sola de las circunstancias que me atormentan y convierten este mundo en un estercolero. Como no tengo a dónde huir, me voy al pasado, porque el futuro será para el alma una cárcel mucho peor que el presente. Me largo a llorar al pasado y a los mundos exóticos, como hizo Julián del Casal, porque mi mundo es un asco y otra clase de venganza no me está permitida, y además, yo no creo en el mejoramiento humano, uno de los pocos puntos en que disiento de Martí. Y como soy una escritora, lo que llore siempre se convertirá en palabras. Por eso publico aquí los dos artículos que escribí para la revista mexicana Variopinto. No faltarán “los sospechosos de siempre” que los califiquen de pataletas. Como de costumbre, no me importa. Creo con la mayor sinceridad que el choteo es la maldición de Cuba y su mal incurable, y que nos aniquilará como nación un día.

 

LA DIMENSIÓN ENSOÑADA

Para mi hija Cynthia.

Para los unicornios acorralados.

 

En 1977 mi profesor de Literatura auguró que el espíritu del  Romanticismo regresaría en

Unicornio cautivo. Tapiz

Unicornio cautivo. Tapiz

tres décadas, como reacción a una modernidad cuyos íconos son la Guerra de las Galaxias, el consumismo digitalizado, las drogas y el dominio malvado de la genética. Mis condiscípulos, fanáticos de Sartre y de Camus, sonrieron escépticos. Hoy, una mirada superficial sobre Occidente nos haría creer que no hubo cambios, pero si atendiéramos mejor ciertas señales que asoman por doquier, descubriríamos que junto a la despersonalización materialista del hombre actual, crece en él un espacio secreto donde germina el ansia de lo sagrado y del retorno de un código ético que ennoblezca las relaciones humanas; de la sed de Belleza en su expresión más elevada, y de una música y una poesía que dejen de atronar los oídos y despierten a los dioses dormidos. El mutilado hombre moderno recién comienza a comprender que el amordazamiento de su espíritu le ha condenado a una fatal incompletud.

La rebelión comenzó con los románticos alemanes, pero cristalizó en el Londres decimonónico, cuando tres estudiantes de Arte reaccionaron contra la enseñanza de una pintura academicista y oscura, reflejo del rígido código moral victoriano. Para ellos el arte verdadero, con su pureza de formas y sentimientos, había que buscarlo antes de Rafael, en la ética caballeresca del Medioevo, sin hipocresías ni falsos postulados moralizantes, en su epicidad y en su grandeza. Creían firmemente que la tecnología aniquila los paraísos interiores del Hombre, y procuraban una vuelta a la religiosidad y la simplicidad de otros tiempos. En 1848 Dante Gabriel Rossetti, John Everet Millais y William Holmant Hunt fundaron sobre esos principios la Hermandad Prerrafaelita, sin sospechar que ese gesto inauguraba un renacimiento en la historia espiritual de la humanidad.

     Influidos por Dante, Shakespeare, Keats, Tennyson y Coleridge, pero muy en especial por William Blake, los prerrafaelitas no rechazaron las fuentes grecolatinas, pero bebieron sobre todo del riquísimo acervo cultural del mundo celta pagano y celtocristiano o tardomedieval, que los fascinó con su inmensa carga simbólica, fantástica y lírica. Uno de los primeros cuadros de la Hermandad que atrajo la atención de la crítica fue La muerte de Ofelia, de Millais, basado en uno de los más célebres personajes trágicos del teatro isabelino. El hiperrealismo de la obra sedujo a los críticos, pero lo que en verdad nació con aquel óleo fue un concepto de la feminidad que se convirtió en uno de los estandartes del prerrafaelismo. Elizabeth Siddal, humilde sombrerera que sirvió de modelo para Ofelia, se convirtió en la musa inspiradora de la Hermandad. Ella fue la esposa de Rossetti, y su rostro aparece en sus mejores obras, como Beata Beatrix, donde la pintó después de muerta. Haciendo honor a su credo de amor cortés, Rossetti enterró con ella su libro de sonetos, que recuperó años después en una aventura macabra, para ofrecerlo a Jane Morris, otra de las musas prerrafaelitas, con quien, se dice, sostuvo una relación culpable, pues era la esposa de su amigo William Morris, pintor, diseñador e ilustrador, fundador de la famosa escuela Art and Craft, un taller donde se negaba el concepto de producción en serie para fabricar, por métodos artesanales, objetos únicos inspirados en modelos medievales. Por ese rupturismo, los prerrafaelitas se convirtieron en los primeros vanguardistas, y precursores de algunos de los más importantes movimientos de la historia del arte: el Art Nouveau, el simbolismo, el decadentismo y el modernismo.

Hazañas heroicas, amor cortés, pureza de intención. La Edad Media idealizada (Holy_Grail_Tapestry_-The Arming and Departure of the Kniights, óleo de la escuela prerrafaelita)

Hazañas heroicas, amor cortés, pureza de intención. La Edad Media idealizada (Holy_Grail_Tapestry_-The Arming and Departure of the Kniights, óleo de la escuela prerrafaelita)

     El imaginario medieval idealizado del prerrafaelismo influyó poderosamente en la gestación de dos de los fenómenos característicos del clima cultural de finales del siglo XX y comienzos del XXI: los revivales celta y gótico que, combinados con otras corrientes de pensamiento, dieron lugar a lo que hoy conocemos como New Age. Los bailes de Riverdance, la música de Enya y Loreena Mckennit, y las sagas literarias de Tolkien resucitaron el aura de una cultura espléndida, donde la mujer fue figura principal en el grupo social y objeto supremo de adoración de reyes, guerreros, sacerdotes y bardos, un arquetipo en el que encarnan la Maternidad, la Poesía, la Belleza y la magia de lo feérico. Mujeres de elevada estatura y esbeltez inmaterial, cabello abundante de un rubio broncíneo o un rojo de fuego, bello rostro de ojos inmensos y en ocasiones sombríos, cuello de cisne, boca pequeña y sensual perfilada en rictus inocente o perverso, y manos delicadas, pero capaces de erotismo y de muerte. Ora lánguidas y sensuales, ora indefensas y frágiles, pero siempre divinas criaturas acomodadas en un imaginario de mármoles suntuosos, estancias de castillos, ricas pieles, túnicas develadoras del cuerpo íntimo adornado con joyas fulgurantes, sofisticados instrumentos de música, manuscritos exóticos y una naturaleza lujuriante que toma la forma del jardín cerrado, el hortus conclusus devenido símbolo de la esencia femenina.

     Rompiendo barreras epocales y culturales, este imaginario conjunto de lo femenino y lo caballeresco celtomedieval se filtra en las obras de Tolkien, muy en especial en la polémica saga El señor de los anillos, señalada por encuestas como el mejor libro del siglo XX, y cuya cifra de ventas puede estar acercándose hoy a los cien millones de copias; en la música de la soprano catalana Montserrat Figueras, figura cimera en la resurrección de la música antigua históricamente informada y una de sus más destacadas intérpretes, cuyo disco Lux feminae ella dedicó a la exaltación de la mujer medieval; en el retorno del instrumentarium antiguo, donde destacan el arpa gótica y el cláirseach o arpa tradicional irlandesa, estudiados hoy con renovado fervor y ya con una discografía impresionante; y en una vasta y significativa filmografía que incluye títulos como Excalibur; El señor de los anillos, Leyenda, Crónicas de Narnia, Picnic at Hanging Rock, Tess, Drácula, El perfume, Las alas de la paloma, y otras obras donde resulta evidente la deuda estética en el tratamiento de escenografías y personajes —sobre todo femeninos—, con las obras de los prerrafaelitas Millais, Waterhouse y Burne-Jones. En Las alas de la paloma, en medio de una escenografía netamente Art Nouveau, destaca el tratamiento del personaje protagónico, Millie Theale, cuyo vestuario y espiritualizada gestualidad denotan su íntima filiación con las creaciones femeninas del prerrafaelita Alma Tadema y sus discípulos Sandys y Godward. En la versión de 2004 de El fantasma de la Ópera, impera en los decorados una atmósfera celtomedieval que lleva el sello inconfundible del compositor Andrew Lloyd Weber, uno de los principales coleccionistas mundiales de arte prerrafaelita.

Festivales medievales, pueblos donde se vive como en los tiempos del rey Arturo… ¡Sí! Nostalgia confesa por un pasado de gloria, encantamiento y poesía, sed de nobles ideales y comunión con Lo Divino, paraíso perdido del homo actualis; rechazo al frío arquetipo del hombre y la mujer modernos vs. anhelo de la hechicera Hécate y la virgen Liadami, del caballero fiel y el bardo apasionado. Época de gigantes. Así lo sintió el cineasta italiano Luchino Visconti, conde de Lonate Pozzolo y heredero de un antiguo linaje del siglo XIII, cuando sentenció antes de morir en 1976: “El mundo presente es tan feo y gris, y el mundo venidero, tan horrible e innoble…”.

 

LA CAZA DEL UNICORNIO

Para Benigno Delgado Hernández, el hombre de los claustros

 

Regla número uno para atrapar un unicornio: que la víctima confíe. Tapiz medieval

Regla número uno para atrapar un unicornio: que la víctima confíe. Tapiz medieval

La pérdida de valores éticos y el deterioro acelerado de la condición humana son temas recurrentes en nuestros días. Se enciende la televisión, se lee un diario, se va a una conferencia o a un corro de pasillo y ahí están las voces apocalípticas anunciando el fin de la civilización porque el hombre se ha vuelto una criatura demasiado perversa. Como si de repente, igual que se le desprende un velo a una bailarina y queda desnuda en el escenario, a la humanidad se le hubiera rasgado alguna especie de crisálida que cubría sutilmente su enorme cuerpo llagado. Pero lo más interesante es que mientras crecen las estadísticas del señor que le niega el asiento en el bus a una embarazada, del joven que empuja en la fila al anciano con muletas, del maestro que oculta información al discípulo ansioso de conocimiento, del músico que trueca el arte en monedas, del médico que cosifica a su paciente; mientras, en fin, tantos planean aprovecharse (o deshacerse) del prójimo en un abanico de modalidades infinitas, crece en progresión geométrica el interés apasionado por la Edad Media, por su música, sus costumbres, el amor cortés, el fenómeno de los bardos, las hazañas de los héroes; los grandes mitos medievales como el del Rey Arturo y el Santo Grial se adueñan del imaginario colectivo, y hasta se construyen pueblos donde la gente quiere vivir como si la Historia se hubiera detenido en los Siglos Oscuros.

Algo semejante ocurrió en el Londres decimonónico, cuando la Hermandad de los Pintores Prerrafaelitas declaró que la fuente de la auténtica inspiración y los grandes motivos del arte había que buscarlos en los siglos anteriores al Renacimiento. Artistas como Dante Gabriel Rossetti, John Everet Millais y William Morris adoptaron posturas estéticas medievalistas, hasta desembocar en el famoso movimiento Art & Craft, con sus célebres talleres donde se fabricaban pinturas, muebles y artesanías medievales en modelos únicos, y se ilustraban manuscritos con las mismas técnicas utilizadas por los monjes iluminadores en los scriptorium de las abadías medievales. La salvación de la humanidad estaba, según ellos, en huir de la reproducción utilitaria y masiva del arte para regresar a la comunión personal entre naturaleza y espíritu, entre el hombre y el objeto dotados de alma.

 Pero nunca había tenido lugar en los tiempos modernos un fenómeno comparable al fervor que hoy desatan los mundos creados por Tolkien. Nunca, desde hace siglos, habían sentido los hombres y mujeres de Occidente una necesidad tan fuerte de las hadas, los elfos, los duendes y… los caballeros. ¿Por qué experimentamos esta sed de caballería, cual réplicas malas de don Quijote, siendo, como somos, tan imperfectos, crueles, vanidosos superficiales, ambiciosos y egoístas? ¿Por qué el ideal espiritual de la Nueva Era oscila entre la pureza de sir Galahad, el valor de sir Lancelot, la majestad de Arturo y la magia de Merlín? Una mezcla de héroe, poeta y santo, como escribió Ramón Sender en su bellísima novela Crónica del alba. He ahí todo lo que no somos, pero constituye el émbolo de nuestra dimensión ensoñada.

Un caballero salva a su dama. Óleo de la escuela prerrafaelita

Un caballero salva a su dama. Óleo de la escuela prerrafaelita

 Para comprender un poco esta contradicción, deberíamos comenzar por definir qué es un caballero o, como dirían psicólogos y antropólogos, qué arquetipo encarna. Un caballero es, ante todo, un individuo que se sujeta por decisión propia a un código ético específico. Es un hombre libre en tanto elije su destino, pero deja de serlo en cuanto ha hecho esa elección, porque ser caballero implica la imposibilidad de vivir de otro modo que aquel que impone el código. Ser caballero es un compromiso que se asume hasta la muerte. Quien abandona el código se convierte en objeto de censura. Se convierte en réprobo. Se convierte, por citar un ejemplo extremo, en Gilles de Rais, el general francés que fuera compañero de Juana de Arco y modelo de virtudes caballerescas, pero quien, tras la muerte de La Doncella, abandonó la fe cristiana, se refugió en su castillo feudal y se dedicó a prácticas satánicas y a la violación y sacrificio ritual de centenares de niños.

 El código al que jura fidelidad el caballero —y cuya observancia estricta le confiere la cuota más alta de honra a que un mortal puede aspirar—, se basa en tres pilares fundamentales contenidos en el concepto de virtud: valor, defensa de los débiles y pureza de intención, que en la Edad Media se manifestaba a través de la castidad del cuerpo. El valor es consustancial a la función guerrera en cualquier tiempo y lugar, es la característica que define en principio al héroe solar, y constituye la esencia misma del arquetipo. La pureza y la defensa de los débiles, que se traduce en el lenguaje crístico como piedad, son dos rasgos que no formaban parte de la ética de las castas guerreras de la antigüedad, pero aparecen con el advenimiento del cristianismo. Otras virtudes como la fidelidad (al señor que le supera en jerarquía, a la dama objeto de su amor, a una causa que puede ser política, religiosa o de cualquier otra índole), son también propias de la condición de caballero, que no basta elegir como destino manifiesto, sino que es preciso merecer para poder proclamarse como tal. El caballero ha de ser, también, el mejor combatiente y diestro en todas las artes: la perfección es su meta. Sobre esta arquitectura del código de caballería se fundaron Órdenes monástico-militares en la Edad Media, cuya misión inicial fue defender de los infieles a los peregrinos cristianos que viajaban a Tierra Santa. Y esta es la clave principal de la condición caballeresca: todas las cualidades anteriormente expuestas se enfocan a hacer del caballero un salvador, y en ese punto dicho arquetipo se solapa con el del redentor.

 ¿Cuántas personas ha encontrado usted, lector, que se asemejen siquiera un poco a los caballeros medievales o a su revival de hoy, los héroes de Tolkien? ¿Escuchó alguna vez a sus padres y abuelos hablar de alguien parecido a quien hubieran conocido…? No me refiero a héroes de libros de historia, héroes de letra impresa, celuloide y monumentos, sino a personas vivas de quienes se pueda exclamar: “¡He ahí uno que es así!”.

 Hace poco un amigo visitó Los Claustros, extraño museo de arte medieval en el interior de un monasterio del siglo XII, trasladado piedra a piedra desde Europa a una colina al norte de Manhattan. Allí se encuentra la famosa tapicería del Unicornio, un conjunto de enormes tapices urdidos con hilos de plata, donde se cuenta la saga legendaria de la caza y muerte de ese animal mitológico. Mi amigo me envió una foto del tapiz de la cacería, con el siguiente comentario: “Las imágenes golpean la imaginación y el corazón”. En un claro de bosque un grupo de pajes y nobles cazadores, con calzas rojas, altas botas de cuero y ricos joyeles en el tocado, acosan con sus lanzas al unicornio inmaculado. Lebreles y galgos feroces apoyan a sus amos acorralando al noble animal, que logra herir en el costado con su cuerno a uno de los perros. Esta es la única sangre que aparece en la escena, y posee un extraño realismo que irrumpe en la atmósfera mágica del tapiz con estruendo terrible. Sin embargo, las poses agresivas de los cazadores, las duras expresiones de sus semblantes, la bravura desesperada del unicornio y el sombrío balance de claroscuros impregnan el conjunto de una suprema violencia.

Pieza de la colección medieval conocida como tapicería del Unicornio. La caza.

Pieza de la colección medieval conocida como tapicería del Unicornio. La caza. Para mí, representa la verdadera naturaleza del Hombre.

 El unicornio es, por excelencia, el símbolo medieval de la castidad y la pureza, y en la iconografía cristiana representa a Jesucristo. Cuenta la leyenda que estos animales son esquivos y no se dejan ver de los humanos con facilidad; para cazarlos es preciso llevar a al bosque a una virgen. Al olor de su doncellez acude el unicornio y se duerme confiado en su regazo, donde los cazadores le lanzan una red. Y aquí el mito se bifurca en una forma curiosísima: los cazadores matan al unicornio para arrancarle el cuerno, que pulverizado se suponía remedio infalible contra todo mal. Mataban a la Pureza para beneficiarse de su parte menor. Menudo acertijo.

 Época compleja el Medioevo, que creó el símbolo de la transparencia arquetípica desdoblado en el caballero y el unicornio, y produjo también a Gilles de Rais y a los cazadores. Igual de complejo es el hombre que pega a su mujer cuando pierde en el futbol su equipo favorito, y luego mira en su video una y otra vez El señor de los anillos, se duerme y sueña que es Aragon, Legolas, Frodo, un héroe redentor, y se arrodilla devotísimo ante Galadriel suspirando por una mirada de sus ojos azules. Sí, el hombre es una criatura engendrada en la Sombra y condenada a la añoranza de la Luz. ¿Acaso puede hablarse de una naturaleza maldita, de un pecado original? Dejemos a los teólogos las discusiones estériles. ¿No sería más sensato preguntarnos por qué no intentamos acercarnos al ideal que veneramos? ¿Por qué cada uno de nosotros no trabaja un poco en sí mismo para recuperar esa mitad diáfana y hermosa que perdimos? O que tal vez nunca existió, pero aún si así fuera, ¿no tienen los sueños el poder de mostrar las tierras de promisión? ¿Por qué debemos entonces padecer el angustioso ensueño de la perfección? ¿Y si proporcionara algún alivio tratar de hacerlo realidad? La salvación moral y material de la humanidad no exige de nosotros hazañas de titanes. Tan solo deberíamos ser capaces de comprender que el código más digno que podemos adoptar consiste en ser hoy más respetuosos, solidarios y generosos de lo que fuimos ayer, y en renovar esa intención cada día del resto de nuestras vidas. ¿Que parece una solución demasiado simplista para la pérdida de valores que padecemos? De acuerdo, pero ¡ah!, si lo intentáramos…

 

 

 

 

 

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Acerca de Gina Picart

Soy escritora, periodista especializada en La Habana de la colonia y la república, investigadora, crítica literaria, guionista de cine, radio y televisión
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4 respuestas a “ME VENGARÉ LLORANDO”

  1. Bárbara dijo:

    Me vi tan retratada en mis credos, que aún sin terminar de leer ,decidi comentar, aún asustada Nunca podría yo escribir con tanta claridad mis mayores temores y en verdad creo que el choteo, es el peor de nuestros defectos y la daga que nos mata.
    Llegue aquí a través de Martí y aqui me quedo, muchas gracias.
    Afectuosamente Bárbara

  2. gustavo dijo:

    me has hecho emocionar. leo la blblia y allí descubro esa añoranza por un paraíso perdido, un Edén terreno, pero lleno de gloria. La esperanza de restaurar al Hombre y a la Mujer y a su entorno, a su condición de diseño ,bueno en gran manera.
    Como tú dices: recuperar esa mitad diáfana y hermosa que perdimos !!
    gracias por tus escritos.
    gustavo
    fandelrey

    • ginapicart dijo:

      Ay, Gustavo, cuando miro en lo que se va convirtiendo el mundo, otra vuelta de tuerca en la espiral siniestra, creo que estamos perdidos sin remedio. El Ébola y el Estado Islámico tal vez sean la consecuencia de todo lo que hemos hecho mal, o no hemos hecho, quién sabe. No hay esperanza.

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