“HISPANIA ES TIERRA DE NUESTROS ABUELOS” ¡¡¡¿SEGURO…?!!! “¿HISPANIA ES TIERRA DE NUESTROS ABUELOS?”

 

españa visigoda

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Hunos y godosDesde niña comencé a interesarme por la Historia Universal. La historia de España, en particular los períodos de la Reconquista, el reinado de Isabel y la resistencia contra Napoleón Bonaparte, me gustaban especialmente. No me considero experta en la materia, sino una muy ávida lectora , y hasta una novela sobre la leyenda de Rodrigo, el último rey godo, intenté escribir cuando tenía doce años. A lo largo de mi vida he ido reuniendo archivos sobre Al-Ándalus. Donde quiera que encontré un dato en la penuria bibliográfica que me rodea, lo copié, lo recorté, lo guardé con celo, siempre con la idea de retomar aquellas cuartillas de adolescencia y escribir algún día algo más serio, cosa que ya probablemente nunca haré. Sin embargo, días atrás vi en Telesur un reportaje donde un hombre que podía ser lo mismo un árabe musulmán que un europeo islamizado —pero un musulmán fundamentalista en cualquier caso— afirmaba rotundo, mientras blandía un rifle en la mano y enfrentaba a la cámara con su mirada retadora: “¡Hispania es tierra de nuestros abuelos!”. Teniendo en cuenta el contexto en que tal frase fue pronunciada, en medio de una brutal ofensiva de una facción muy agresiva del fundamentalismo islámico que opera en estos momentos entre Siria e Irak, me sentí como el Pájaro Loco cuando alguno de sus pícaros enemigos le colocaba una cazuela en la cabeza y la golpeaba con un mazo: mi cabeza retumbó todo el día.

Yo no tengo ninguna necesidad de acudir a mis archivos para refrescar conocimientos, ni a los libros de Historia, ni a Internet ni a la prensa mundial para saber que la frase es una tergiversación muy mal intencionada de algo que ni siquiera es la realidad. Pero pienso que hay muchísimas personas que se sentirían desconcertadas si escucharan esa afirmación, y tal vez hasta confundidas. Tengo el más alto concepto de lo que fue la civilización árabe en el pasado, admiro su refinamiento, su arte, su nivel de vida, sus magníficos sabios y el extraordinario trabajo de salvamento que hicieron con todo lo que hoy constituye la base del conocimiento universal. A los árabes debemos mucho, y reconozco cuánto hay de humano y de conciencia de la igualdad entre los hombres en las enseñanzas del Corán; tengo en muy alta estima la poesía y la música árabes; los árabes y sus descendientes que se instalaron en Cuba mucho han aportado al desarrollo de nuestra nación y han sido siempre ciudadanos ejemplares de los que el país se enorgullece…, en fin… Pero un cosa es una cosa y otra cosa es otra cosa, y aunque es muy poco lo que yo puedo hacer por la salvación de este mundo loco, siento necesidad de publicar aquí algunos materiales de mi archivo, para contribuir a dejar muy claro que si Hispania es tierra de algún abuelo, es de abuelos españoles. Ni siquiera nosotros los cubanos, a quienes en un tiempo ya muy lejano los reyes de España declararon no extranjeros en su tierra, podemos hacer ningún tipo de reclamación territorial basada en asuntos de abuelos. España es de los españoles. Andalucía es española y de nadie más, e invocar la invasión de los bereberes y su guerra contra los visigodos como una razón para que los árabes reclamen España es algo tan poco serio que no merece el más mínimo respeto. “Si estuvimos ocho siglos en España —se preguntan algunos musulmanes—, ¿Por qué no reconocer nuestra presencia… ?” Así está escrito en un artículo titulado El despertar del Islam, que aparece en el Almanaque Mundial del 2009. Pero es que, técnicamente hablando, existe una inmensa diferencia entre reconocer la multirracialidad etnocultural de una nación y pretender que esos ocho siglos de ocupación hacen de Hispania tierra musulmana con derecho a reclamacion territorial. No es posible lanzarse a la locura de las reclamaciones territoriales y las correcciones de fronteras basándose en los infinitos vaivenes gepolíticos que ha sufrido el planeta a través de los tiempos.

No debo hacer aquí un comentario periodístico sobre política internacional porque no es mi especialidad dentro del periodismo, y prefiero evitar los intrusismos profesionales. Van entonces a continuación, para quienes quieran leer y reflexionar sobre las pretensiones del fundamentalismo islámico al territorio español, algunos fragmentos de crónicas legitimadas por la Historia. Pero antes, quiero contar una de las varias versiones que conozco de la leyenda de Rodrigo y Florinda*, bella forma poética que narra cómo entraron los moros en España:

eyes visigodos. Códice.

R

 Rodrigo era un rey visigodo del territorio que entonces no se llamaba Andalucía ni Al-Ándalus, sino Bética. Algunos dicen que en su reino había una torre clausurada con varios cerrojos, y que pesaba sobre ella una maldición para quien accediera a su interior. Rodrigo, hombre fuerte y poco amigo del respeto, rompió con su espada los cerrojos y penetró hasta la estancia central de la torre, donde solo encontró una inmensa mesa de ajedrez ricamente labrada, y cubierta por un tablero y trebejos gigantescos tallados en piedras preciosas, con el juego dispuesto en posición de combate. El rey de las piezas negras señalaba con su lanza en dirección al norte de África, y sostenía una arqueta; cuando el rey la abrió, halló dentro un pergamino en el que estaba escrito que quien violara aquel recinto precipitaría al reino en una catástrofe, y sería el último de su estirpe en portar corona. En la corte vivía una doncella, Florinda, llamada también la Cava, a quien su padre, el conde Olbán, gobernador de Ceuta, había enviado  junto con las otras damas de la reina para que aprendiera modales de señorío. Viola el rey danzar y prendóse de sus encantos y de su mucha gracia, y espiándola, hallóla un día sola mientras se bañaba en una fuente. Cuenta la leyenda que el rey pelirrojo no tuvo compasión por las súplicas de la virgen y allí mismo robó su doncellez. Juró Olbán lavar con sangre la afrenta, y mandó emisarios secretos a los bereberes, a quienes ofreció abrir las puertas de España permitiendo el paso de sus ejércitos por las tierras que tenía en custodia por orden de Rodrigo. Los generales moros Musa y Tarik se armaron y cruzaron el estrecho, dieron muchas batallas contra el rey godo, quien terminó herido y pidiendo refugio a un hermitaño. El viejo eremita, para ayudarlo a purgar sus culpas, lo encerró en un saco en unión de dos animales salvajes, que devoraron su cuerpo entre atroces tormentos. Y así se cumplió la profecía. Así se perdió España.

Quiero añadir, antes de pasar a los Textos, que las poblaciones que habitaban Hispania antes de la llegada de los moros fueron las mismas poblaciones autóctonas que siempre vivieron en aquellas tierras: cántabros, astures, iberos, celtiberos, vascones y otras etnias, romanizadas por una larga ocupación del Imperio, y bajo dominio godo tras la caída de Roma. Toda una civilización, una cultura hispanorromana floreció bajo los visigodos (quienes tampoco eran autóctonos, sino tribus germanas invasoras) en la Península Ibérica. Antes de la invasión musulmana capitaneada por Musa y Tarik, no hubo jamás territorio español bajo dominio político y militar musulmán hasta que los visigodos fueron vencidos en 711 en la batalla del Guadalete por los ejércitos musulmanes, que ocuparon Hispania hasta que los Reyes Católicos, descendientes de los reyes visigodos, dieron fin a la larga Reconquista. Esta, y no otra, es la verdad histórica.

Guerrero visigodo, traje, armamento.

Guerrero visigodo, traje, armamento.

TEXTOS

 AL-ANDALUS 

Conquistas de Tárik en la Península Ibérica:  

 Marchó enseguida Tárik a la angostura de Algeciras, y después a la ciudad de Ecija: sus habitantes, acompañados de los fugitivos del ejército grande, saliéronle al encuentro, y se trabó un tenaz combate, en que los musulmanes tuvieron muchos muertos y heridos. Dios les concedió al fin su ayuda, y los politeístas fueron derrotados, sin que los musulmanes volviesen a encontrar tan fuerte resistencia. Tárik bajó a situarse junto a una fuente que se halla a cuatro millas de Ecija, a orillas de su río, y que tomó el nombre de “fuente de Tárik”. 

 Infundió Dios el terror en los corazones de los cristianos cuando vieron que Tárik se internaba en el país, habiendo creído que haría lo mismo que Tarif, y huyendo hacia Toledo, se encerraron en ls ciudades de España. Entonces Julián se acercó a Tárik y le dijo. “Ya has concluido con España: divide ahora tu ejército, al cual servirán de guías estos compañeros míos, y marcha tú hacia Toledo”. Dividió, en efecto, su ejército desde Ecija y envió a Moguits Ar-Romí, liberto (…) a Córdoba, que era entonces una de sus mayores ciudades, y es actualmente fortaleza de los muslimes, su principal residencia y capital del reino, con 700 caballeros, sin ningún peón, pues no había quedado musulmán sin caballo. Mandó otro destacamento a Rayya, otro a Granada, capital de Elvira, y se dirigió él hacia Toledo con el grueso de las tropas. 

 Moguits caminó hasta llegar a Córdoba y acampó en la alquería de Xecunda, en un bosque de alerces que había entre las alquerías de Xecunda y Tarçail. Desde aquí mandó algunos algunos de sus adalides, quienes cogieron y llevaron a su presencia un pastor que andaba apacentando su ganado en el bosque. Pidíole Moguits noticias de Córdoba, y dijo que la gente principal había marchado a Toledo, dejando en la ciudad al gobernador con 400 defensores y la gente de poca importancia. Después le preguntó por la fortaleza de sus murallas, a lo que contestó que eran bastante fuertes, pero que sobre la puerta de la Estatua, que es la del puente, había una hendidura, que les describió. Llegada la noche, se acercó Moguits y favoreciendo Dios su empresa con un fuerte aguacero, mezclado con granizo, pudo con la oscuridad aproximarse al río, cuando los centinelas habían descuidado la guardía por temor al frío y a la lluvia, y sólo se escuchaban algunas voces de alerta, dadas debilmente y a largos intervalos. Pasó la gente el río, que sólo distaba del muro 30 codos, o menos, y se esforzaron por subir a una muralla: más como no encontrasen punto de apoyo, volvieron a buscar al pastor, y habiéndole traído, les indicó la hendidura, que si bien no estaba a la haz de la tierra, tenía debajo una higuera. Entonces se esforzaron por subir a ella, y después de algunas tentativas, un musulmán logró llegar a lo alto. Moguits le arrojó la punta de su turbante, y por este medio treparon muchos al muro. Montó Moguits a caballo y se colocó delante de la puerta de la Estatua, por la parte de afuera, después de haber dado orden a los que habían entrado de que sorprendiesen la guardia de esta puerta, que es hoy la del puente: en aquel tiempo estaba destruído y no había puente ninguno en Córdoba. Los muslimes sorprendieron, en efecto, a los que guardaban la puerta de la Estatua, llamada entonces de Algeciras, mataron a unos y ahuyentaron a otros (…) Moguits se dirigió al palacio del rey, más éste al saber la entrada de los musulmanes, había salido por la puerta occidental de la ciudad, llamada puerta de Sevilla, con sus 400 o 500 soldados y algunos otros, y se habían guarecido en una iglesia dedicada a San Acisclo, que estaba situada en la parte occidental y era firme, sólida y fuerte. Ocupó Moguits el palacio de Córdoba, y al siguiente día salió y cercó al cristiano en la iglesia, escribiendo a Tárik la nueva conquista. 

 El destacamento que fue hacia Rayya la conquistó, y sus habitantes huyeron a lo más elevado de los montes; marchó enseguida a unirse con el que había ido a Elvira, sitiaron y tomaron su capital y encontraron en ella muchos judíos. Cuando tal les acontecía, en una comarca reunían todos los judíos de la capital y dejaban con ellos un destacamento de musulmanes, continuando su marcha el grueso de las tropas. Así lo hicieron en Granada, capital de Elvira, y no en Málaga, capital de Rayya, porque en ésta no encontraron judíos ni habitantes, aunque en los primeros momentos de peligro allí se habían refugiado. 

 Fueron después a Todmir, cuyo verdadero nombre era Orihuela, y se llamaba Todmir del nombre de su señor (Teodomiro), el cual salió al encuentro de los musulmanes con un ejército numeroso, que combatió flojamente, siendo derrotado en un campo raso, donde los musulmanes hicieron una matanza tal, que casi los exterminaron. Los pocos que pudieron escapar huyeron a Orihuela, donde no tenían gente de armas ni medio de defensa; más su jefe Todmir, que era hombre experto y de mucho ingenio, al ver que no era posible la resistencia con las pocas tropas que tenía, ordenó que las mujeres dejasen sueltos sus cabellos, les dió cañas y las colocó sobre la muralla de tal forma que pareciesen un ejército, hasta que él ajustase las paces. Salió en seguida a guisa de parlamentario, pidiendo la paz que le fue otorgada (…) Después de haber puesto en noticia de Tárik las conquistas alcanzadas y de haber dejado allí (con Teodomiro) algunas tropas (…) marchó el grueso del destacamento hacia Toledo para reunirse con Tárik. 

 Moguits permaneció tres meses sitiando a los cristianos en la iglesia, hasta que una mañana vineron a decirle que el cristiano (principal) había salido, huyendo a rienda suelta en dirección a la sierra de Córdoba, a fín de reunirse con sus compañeros en Toledo, y que había dejado en la iglesia a sus soldados. Moguits salió en su persecución sólo y le vió que huía en su caballo, (…) llegó a un barranco donde su caballo cayó y se desnucó. Cuando llegó Moguits (…) se entregó prisionero, siendo el único de los reyes cristianos que fue aprehendido, pues los restantes o se entregaron por capitulación o huyeron a Galicia. Después volvió Moguits a la iglesia, hizo salir a todos los cristianos y mandó que les cortasen la cabeza, tomando entonces esta iglesia el nombre de la iglesia de los prisioneros. El cristiano principal permeneció preso para ser conducido ante el emir de los creyentes. Reunió Moguits en Córdoba a los judíos, a quienes encomendó la guarda de la ciudad, distribuyó en ella a sus soldados y se aposentó en el palacio. 

 Tárik llegó a Toledo, y dejando allí algunas tropas, continuó su marcha hacia Gudalajara, después se dirigió a la montaña, pasándola por el desfiladero que tomó su nombre, y llegó a una ciudad que hay en la otra parte del monte, llamada Almeida (La Mesa), nombre debido a la circunstancia de haberse encontrado en ella la mesa de Salomón, hijo de David, cuyos bordes y pies, en número de 365, eran de esmeralda verde. Llegó después a la ciudad de Amaya, donde encontró alhajas y riquezas, y (…) volvió a Toledo en el año 93. 

AJBAR MACHMUA (Colección de tradiciones), “Crónica anónima del siglo XI”, Trad. E. Lafuente, Col. Obras arábigas de Historia y Geografía, Madrid, 1867, pp. 20-31. Recoge C. SANCHEZ ALBORNOZ y A. VIÑAS, “Lecturas históricas españolas”, Madrid, 1981, pp. 35-37.  

Las calamidades de España ante la irrupción musulmana:  

 ¿Quién podrá pues narrar tan grandes peligros? ¿Quién podrá ennumerar desastres tan lamentables?. Pues aunque todos los miembros se convirtiesen en lengua, no podría de ninguna manera, la naturaleza humana referir la ruina de España ni tantos y tan grandes males como ésta soportó. Pero para contar al lector todo en breves páginas, dejandode lado los innumerables desastres que desde Adán hasta hoy causó, cruel, por innumerables regiones y ciudades, este mundo inmundo, todo cuanto según la historia soportó la conquistada Troya, lo que aguantó Jerusalen, según vaticinio de los profetas, lo que padeció Babilonia, según el testimonio de las Escrituras, y, en fín, todo cuanto Roma enriquecida por la dignidad de los Apóstoles, alcanzó por sus mártires, todo esto y más lo sintió España, tanto en su honra, como también de su deshonra, pues antes era atrayente, y ahora está hecha una desdicha. 

“Crónica mozárabe de 754”, cap. 6. Ed. J.E. LOPEZ PEREIRA  

Cristianos y musulmanes enjuician Covadonga:  

 Pelayo estaba con sus compañeros en el monte Auseva, y el ejército de Alqama llegó hasta él y alzó innumerables tiendas frente a la entrada de la cueva. El predicho obispo subió a un montículo situado ante la cueva de la Señora y habló así a Pelayo: “Pelayo, Pelayo, ¿ dónde estás?”. El interpelado se asomó a la ventana y respondió “Aquí estoy”. El obispo dijo entonces: “Juzgo, hermano e hijo,  que no se te oculta cómo hace poco se hallaba toda España unida bajo el gobierno de los godos y brillaba más que los otros paises por su doctrina y ciencia, y que, sin embargo, reunido todo el ejército de los godos no pudo sostener el ímpetu de los ismaelitas. ¿Podrás tú defenderte en la cima de este monte?. Me parece difícil. Escucha mi consejo: vuelve de tu acuerdo, gozarás de muchos bienes y disfrutarás de la amistad de los caldeos”. Pelayo respondió entonces: “¿No leíste en las Sagradas Escrituras que la Iglesia del Señor llegará a ser como el grano de la mostaza y de nuevo crecerá por la misericordia de Dios?”. El obispo contestó: “Verdaderamente, así está escrito”. Pelayo dijo: “Cristo es nuestra esperanza; que por este pequeño montículo que ves sea España salvada y reparado el ejército de los godos. Confío en que se cumplirá en nosotros la promesa del Señor, por que David ha dicho: “!Castigaré con mi vara sus iniquidades y con azotes sus pecados, pero no les faltará mi misericordia!”. Así pues, confiando en la misericordia de Jesucristo, desprecio esa multitud y no temo el combate con que nos amenazas. Tenemos por abogado cerca del Padre a Nuestro Señor Jesucristo, que puede libarnos de estos paganos”. El obispo, vuelto entonces al ejército, dijo : “Acercaos y pelead. Ya habéis oido cómo me ha respondido; a lo que adivino de su intención, no tendréis paz con él, sino por la venganza de la espada”. 

 Alqama mandó entonces comenzar el combate, y los soldados tomaron las armas. Se levantaron los fundíbulos, se prepararon las hondas, brillaron las espadas, se encresparon las lanzas e incesantemente se lanzaron saetas. Pero al punto se mostraron las magnificencias  del Señor: las piedras que salían de los fundíbulos y llegaban a la casa de la Virgen Santa María, que estaba dentro de la cueva, se volvían contra los que las disparaban y mataban a los caldeos. 

“Crónica de Alfonso III”. Ed. GOMEZ MORENO, B.R.A.H., C, 1932, p. 6l2  

La figura de Pelayo vista por los musulmanes:  

 Dice Isa ben Ahmand Al-Razi que en tiempos de Anbasa ben Suhaim Al-Qalbi, se levantó en tierra de Galicia un asno salvaje llamado Pelayo. Desde entonces empezaron los cristianos en Al-Andalus a defender contra los musulmanes las tierras que aún quedaban en su poder, lo que no habían esperado lograr. Los islamitas, luchando contra los politeístas y forzándoles a emigrar, se habían apoderado de su país hasta llegar a Ariyula, de la tierra de los francos, y habían conquistado Pamplona en Galicia y no había quedado sino la roca donde se refugió el rey llamado Pelayo con trescientos hombres. Los soldados no cesaron de atacarle hasta que sus soldados murieron de hambre y no quedaron en su compañía sino treinta hombres y diez mujeres. Y no tenían qué comer sino la miel que tomaban de la dejada por las abejas en las hendiduras de la roca. La situación de los musulmanes llegó a ser penosa, y al cabo los despreciaron diciendo: “Treinta asnos salvajes, ¿qué daño pueden hacernos?”. En el año 133 murió Pelayo y reinó su hijo Fafila. El reinado de Pelayo duró diecinueve años y el de su hijo dos. Después de ambos reinó Alfonso, hijo de Pedro, abuelo de los Banu Alfonso, que consiguieron prolongar su reino hasta hoy y se apoderaron de lo que los musulmanes les habían tomado. 

“Nafh al-tib” de Al-Maqqari. Trads. LAFUENTE ALCANTARA, Col. Obr.Ar.Ac.Ha., I. p. 230 y M.ANTUÑA;C. SANCHEZ ALBORNOZ, “Fuentes de la historia hispano-musulmana”, siglo VIII, p. 232.  

El pacto de Teodomiro con Abd Al-Aziz:  

 En el nombre de Allah clemente y misericordioso. Escrito dirigido por Abd Al-Aziz ibn Musa ibn Nusayr a Tudmir ibn Abdush. 

 Este último obtiene la paz y recibe el compromiso, bajo la garantía de Allah y la de su profeta, de que no será alterada su situación ni la de los suyos; de que sus derechos de soberanía no le serán discutidos; de que sus subditos no serán asesinados, ni reducidos a cautividad, ni separados de sus mujeres e hijos, de que no serán estorbados en el ejercicio de su religión; y de que sus iglesias no serán incendiadas ni despojadas de los objetos de culto que en ellas existen; todo ello mientras cunpla las cargas que le imponemos. Le es concedida la paz mediante estas condiciones que regirán en las siete ciudades siguientes: Orihuela, Baltana, Alicante, Mula, Elche, Lorca e Iyyith. Además no deberá dar asilo a nadie que huya de nosotros, o que sea nuestro enemigo; ni hacer daño a quien goce de nuestra amnistía; ni mantener ocultas las noticias relativas a los enemigos que lleguen a su conocimiento. El y sus súbditos deberán pagar al año un tributo personal consistente en un dinar en metálico, cuatro almudes de trigo y cuatro de cebada, cuatro medidas de mosto, cuatro de vinagre, dos de miel y dos de aceite. Esta tasa quedará reducida a la unidad para los esclavos. Lo cual firmaron como testigos Uthman ben Abi Abda al-Quraixí y Habib ben Abi Ubaida al-Fihrí y Abd Allah ben Maisara al Fahtimí y Abu-l-Qasim al-Udhailí. Escrito a cuatro de rachab del año 94 de la Héjira. 

Ed. E. LEVI PROVENÇAL, “España musulmana”, Historia de España, IV, Madrid, 1950, p. 21 y C.SANCHEZ ALBORNOZ, “La España muslmana”, I. Buenos Aires, 1960, pp. 42-43.  

Ocupación de España por los musulmanes:  

 En la era del 749, mientras por dichos enviados (Tariq y otros) se devastaba España y se combatía con gran furor, no sólo contra los enemigos, sino también entre sí, Muza (…) entró hasta la ciudad real de Toledo, castigando a las ciudades vecinas con mala paz fraudulenta, y a algunos nobles, señores varones que de algún modo se habían quedado, llegando a Toledo huyendo de Opas, hijo del rey Egica, los mató con la espada en el patíbulo, y con este motivo mató a todos  con la espada. 

 De este modo, no sólo la España Ulterior, sino también la Citerior, hasta Zaragoza, antiquísima y floreciente ciudad, abierta ya por manifiesto juicio de Dios, la despobló con la espada, el hambre y el cautiverio; destruyó, quemándolas con el fuego, las bellezas ciudadanas; envió a la cruz a los señores y poderosos del siglo, y descuartizó con los puñales a los jóvenes y pequeños. Y así incita a todos con semejante terror, y algunas ciudades que habían quedado, viendose forzadas, piden la paz, y persuadiendo o burlando con astucia a algunos no de modo acostumbrado, concede lo pedido. 

 Pero, los que habiendola obtenido, se niegan a obedecer, aterrados por el miedo, e intentan huir a los montes, mueren de hambre y de diversas muertes. Y en la misma desgraciada España, en Córdoba, en la antigua sede patricia, que siempre había sido la más opulenta de las ciudades vecinas y hacían las delicias del reino visigodo, colocan el inhumano reino. 

“Crónica Mozárabe del 754”. Ed MOMMSEN, Chron. minora, II, 353. Recogido en GARCIA GALLO, “Manual de Historia del Derecho Español, vol. II, Antología de fuentes del Antiguo Derecho”, pp.432-433.  

Campañas de Alfonso I, vaciamiento de la cuenca del Duero y repoblación de las montañas y costa cantábricas:  
 
 Muerto éste, fue elegido rey por todo el pueblo Alfonso, quien, con la gracia de Dios, tomó el cetro del reino y consiguió dominar siempre la fuerza de los enemigos. Con su hermano Fruela dirigiendo el ejército tomó muchas ciudades. Estas son: Lugo, Tuy Oporto, Anegiam, Braga, Viseo, Chaves, Ledesma, Salamanca, Numancia, que ahora llaman Zamora, Avila, Astorga, León, Simancas, Saldaña, Amaya, Segovia, Osma, Sepúlveda, Arganza, Clunia, Mave, Oca, Miranda, Revenga, Carbonera, Abalos, Cenicero y Alesanco, con sus castillos, villas y aldeas. Matando a todos los árabes llevó consigo a los cristianos a la patria. En ese tiempo se poblaron Asturias, Primorias, Liébana, Trasmiera, Sopuerta, Carranza, Bardulias, que ahora llaman Castilla, y la parte marítima. Y Galicia, Alava, Vizcaya, Alaon (¿Ayala?) y Orduña siempre habían sido poseídas por sus habitantes, así como Pamplona, Deyo y Berrueza (…) 

GOMEZ MORENO, M. “Las primeras Crónicas de la Reconquista: el ciclo de Alfonso III”, B.R.A.H., T.C., 1952, pp. 615-616.  

La jornada del arrabal:  

 En 198 (31 de agosto de 813) tuvo lugar en Córdoba la revuelta llamada del arrabal. Los hechos pasaron de la manera siguiente: el príncipe omeya reinante Al-Hakam ben Hixam casi no se ocupaba más que en jugar, cazar, beber y otros placeres semejantes y, por otra parte, la ejecución de muchos de los principales habitantes de la ciudad le hicieron odioso a la población, que era injuriada y maltratada por los mercenarios del emir.  

 El desorden llegó a tal punto que, cuando se convocaba a la plegaria, el populacho gritaba :”¡Ven a rezar, borracho, ven a rezar!”, y cuando alguno lanzaba esta injuria, los otros aplaudían. Entonces, Al-Hakam comenzó a rodear Córdoba con un recinto fortificado, guarnecido de zanjas: acuarteló la caballería en la puerta de su palacio, donde había siempre una tropa armada, y aumentó el número de sus mamelucos. Todas estas precauciones no hicieron más que que acrecentar el odio de la población, que estaba persuadida de que quería vengarse de todas sus afrentas. Enseguida estableció el impuesto del diezmo sobre las mercaderías, impuesto que habría de cobrarse cada año sin remisión, lo que fue mal visto por el pueblo. Al-Hakam se apoderó de diez de los príncipales exaltados y les hizo ejecutar y crucificar, con lo que dio ocasión de cólera a las gentes del arrabal. Añádase a todo esto que un mameluco del príncipe llevó su espada a casa de un bruñidor para hacerla limpiar, y como éste la remitiera a su dueño más tarde de lo convenido, el mameluco tomó la espada y golpeó con ella al obrero hasta dejarle muerto. Ocurrió esto en Ramadan (abril-mayo del 814) del año referido. 

 Las gentes del arrabal meridional empuñaron los primeros las armas, y todos los otros arrabales les siguieron. El “chund”, los omeyas y los esclavos negros se concentraron en el palacio y Al-Hakam procedió a la repartición de los caballos y de las armas, así como a la reunión de sus compañeros. 

 Se entabló la lucha y fue favorable a las gentes del arrabal, que cercaron el palacio. Entonces Al-Hakam descendió de la terraza donde se encontraba y fue, a caballo y armado, a reanimar el valor de los suyos, que se batieron a su vista con encarnizamiento (…) 

 Al-Hakam consultó con Abd al-Qarim ben Abd al-Wahid ben Abd al-Mugayth, su último confidente, quien le aconsejó clemencia. Tal fue el partido que tomó el príncipe, a pesar del dictamen contrario emitido por otro, y perdonó a los rebeldes, pero con amenaza de muerte y crucifixión para todos los habitantes del arrabal que no hubiesen partido del arrabal en el plazo de tres días. Los sobrevivientes salieron a escondidas, expuestos a toda clase de penas y humillaciones, llevando lejos de Córdoba a sus mujeres, sus hijos, sus riquezas de más fácil transporte. Los soldados y malhechores estaban en acecho para saquearles y mataban a quienes osaban resistir. 

 Terminado el plazo de tres días, Al-Hakam dió orden de respetar a las mujeres, a las que reunió en el mismo lugar, e hizo destruir el arrabal meridional (de Secunda) (…) 

BEN AL-ATHIR, “Kamil fi-l-Tarif”, según versión francesa de Fagnan, pp. 165-177. Recoge J.L. MARTIN, “Historia de España. Alta Edad Media”, Historia 16, Madrid, 1980, p. 50.  
  
Mercado de libros en Córdoba:  

 Estuve, dice —el bibliófilo Al-Hadrami— una vez en Córdoba y solía ir con frecuencia al mercado de libros por ver si encontraba en venta uno que tenía vehemente deseo de adquirir. Un día, por fín, apareció un ejemplar de hermosa letra y elegante encuadernación. Tuve una gran alegría. Comencé a pujar: pero el corredor que los vendía en pública subasta todo era revolverse hacia mí indicando que otro ofrecía mayor precio. Fui pujando hasta llegar a una suma exorbitante, muy por encima del verdadero valor del libro bien pagado. Viendo que lo pujaban más, dije al corredor que me indicase la persona que lo hacía, y me señaló a un hombre de muy elegante porte, bien vestido, con aspecto de persona principal. Acerquéme a él y le dije: “Dios guarde a su merced. Si el doctor tiene decidido empeño en llevarse el libro, no porfiaré más; hemos ido ya pujando y subiendo demasiado”. A lo cual me contestó: “Usted dispense, no soy doctor. Para que usted vea, ni siquiera me he enterado de qué trata el libro. Pero como uno tiene que acomodarse a las exigencias de la buena sociedad de Córdoba, se ve precisado a formar biblioteca. En los estantes de mi librería tengo un hueco que pide exactamente el tamaño de este libro, y como he visto que tiene bonita letra y bonita encuadernación, me ha placido. Por lo demás, ni siquiera me he fijado en el precio. Gracias a Dios me sobra dinero para esas cosas”. Al oir aquello me indigné, no pude aguantarme, y le dije: “Sí, ya, personas como usted son las que tienen el dinero. Bien es verdad lo que dice el proverbio: Da Dios nueces a quien no tiene dientes. Yo sé el contenido del libro y deseo aprovecharme de él, por mi pobreza no puedo utilizarlo.” 

“Magrib” de Ben Said (Trad. de RIBERA: “Disertaciones y opúsculos”, I, p. 203. Recoge J.L. MARTIN, “Historia de España” 3, La Alta Edad Media, Historia 16, Madrid, 1980, p. 84. 

Abd al-Rahman III, califa de Córdoba:  
 
 El sábado día 2 de du-l-hichcha de este año (17 de enero del 929), fueron despachadas cartas suyas dirigidas a los “ummal” de sus diferentes provincias, conforme a una redacción única. He aquí la copia de una de estas cartas: 

 “En el nombre de Allah clemente y misericordioso. Bendiga Allah a nuestro honrado profeta Mahoma. Los más dignos de reivindicar enteramente su derecho y los más merecedores de completar su fortuna y de revestirse de las mercedes con que Allah altísimo los ha revestido, somos nosotros,  por cuanto Allah altísimo nos ha favorecido con ello, ha mostrado su preferencia por nosotros, ha elevado nuestra autoridad hasta ese punto, nos ha permitido obtenerlo por nuestro esfuerzo, nos ha facilitado lograrlo con nuestro gobierno, ha extendido nuestra fama por el mundo, ha ensalzado nuestra autoridad por las tierras, ha hecho que la esperanza de los mundos estuviera pendiente de nosotros, ha dispuesto que los extraviados a nosotros volvieran y que nuestros súbditos se regocijaran por verse a la sombra de nuestro gobierno (…) En consecuencia hemos decidido que se nos llame con el título de Príncipe de los Creyentes, y que en las cartas, tanto las que expidamos como las que recibamos, se nos dé dicho título, puesto que todo el que lo usa, fuera de nosotros, se lo apropia indebidamente, es un intruso en él, y se arroga una denominación que no merece. Además, hemos comprendido que seguir sin usar ese título, que se nos debe, es hacer decaer un derecho que tenemos y dejarse perder una designación firme. Ordena, por tanto, al predicador de tu jurisdicción que emplee dicho título, y úsalo tú de ahora en adelante cuando nos escribas. Si Allah quiere”. 

 En consecuencia, y conforme a estas órdenes, el predicador de Córdoba comenzó a hacer la invocación en favor de  al-nasir li-din Allah, dándole el título de Príncipe de los Creyentes, el día 1º de du-l-hichcha de este año (16 de enero del 929). 

Trad. E. LEVI-PROVENÇAL y E. GARCIA GOMEZ, “Una crónica anónima de Abd al- Rahman III al-Nasir, Madrid-Granada, 1950, pp. 152-153.  
 
Las mujeres andaluzas segun Averroes:  

 Nuestro estado social no deja ver lo que de sí pueden dar las mujeres. Parecen destinadas exclusivamente a dar a luz y amamantar a los hijos, y este estado de servidumbre ha destruido en ellas la facultad de las grandes cosas. He aquí por qué no se ve entre nosotros mujer alguna dotada de virtudes morales: su vida transcurre como la de las plantas, al ciudado de sus propios maridos. De aquí proviene la miseria que devora nuestras ciudades porque el número de mujeres es doble que el de hombres y no pueden procurarse lo necesario para vivir por medio del trabajo. 

Trad. Ribera: “Disertaciones y opúsculos”, Tomo I, p. 348. Recoge J.L. MARTIN, “Historia de España,” 3, Alta Eadad Media, Madrid, 1980, p. 78.  

Los jueces de Córdoba:  

 Yo presencié cierto día una audiencia de Amr ibn Abd Allah, en la mezquita que estaba cerca de su domicilio, y le vi sentado haciendo justicia en medio de la gente; llevaba un vestido “mashrikab”. Hallábase sentado en un ángulo de la mezquita, rodeado de los que iban a pedirle audiencia (…) En el ángulo opuesto de la mezquita se encontraba Mu’min ibn Sa’id, el cual tenía alrededor suyo un corro de jóvenes estudiantes que iban a recitar versos y a aprender literatura. Los jóvenes que asistían a la clase de Mu’min tuvieron un altercado por no sé qué motivo; uno de ellos lanzó un zapato contra su compañero y, después de pegarle a éste, vino a caer el zapato en medio del círculo donde el juez daba audiencia. Los presentes creyeron que el juez, al ver el desacato, se pondría seguramente furioso; sin embargo, no hizo otra cosa que decir: “Estos chicos nos molestan”. 
(…) 

 Jalid ibn Sa’d dice que Abd Allah ibn Qasim le refirió que su padre le había contado lo siguiente: Me encontré en cierta ocasión con el juez Muhammad ibn Sulma y me pidió que le comprara un alquicel barragán. Y añade Abd Allah: mi padre me mandó que bajara a la calle de los Pañeros, a buscar el alquicel. Bajé y le compré un alquicel por veinticuatro donares y medio; y se lo llevé a mi padre, el cual se lo trajo personalmente al juez. A éste le agradó y dijo: “¿Cuánto te ha costado?”. “A ti te cuesta —contestóle— diez dinares”. El juez, creyendo que ese era el precio que había costado, le entregó los diez dinares. Pero unos momentos depués vino a ver a mi padre Abu Yahya, el inspector de los habices, y le dijo :”El juez te saluda y te ruega que tomes el alquicel y que le devuelvas los diez dinares, porque necesita ahora ese dinero para otros gastos y no necesita el alquicel”. “Yo le daré el dinero que ahora necesita —respondió mi padre no queriendo tomar el alquicel— y que lo utilice hasta que le sea fácil devolvérmelo”. Pero el inspector de habices se negó a aceptar, porque el juez había dicho: “Yo no puedo aceptar eso”: Y al preguntarle mi padre qué es lo que le había obligado a devolver el alquicel, el juez, que ya había sabido cuál era su verdadero precio, no quiso aceptar y dijo: “Yo creía que el precio del alquicel era de diez dinares, que es la cantidad que yo dí; pero cuando he sabido que el alquicel vale más, ya no lo quiero. Me sabe mal, muy mal, que otros carguen con el gasto que sólo a mi corresponde”. 

AL-JUSHANI, “Kitab al-qudat bi-Qurtuba”, adaptación de la trad. castellana de J. RIBERA, “Historia de los jueces de Córdoba por Aljoxaní”, Madrid, 1914, pp. 148-149 y pp. 203-204.  

El comercio de esclavos en Al-Andalus:  

  Un hombre de mundo me hizo venir cierto día a su casa para que le redactara el acta de compra de una sierva muy bonita que había adquirido. Le pedí su “istibra” y ni la tenía, ni el vendedor sabía de qué se trataba. Le dije :”la sierva tendrá que permanecer en casa de una mujer digna de toda confianza, sobre la que os pongáis de acuerdo, o de un hombre de bien, religioso y creyente, que viva con su esposa, hasta que pueda certificar el efectivo cumplimiento del retiro legal”. 
(…) 

 Fraudes y engaños de estos mercaderes son el vender esclavos de determinada categoría como si fuesen de otra y los de una raza por otra. 

 Se ha hablado mucho de las razas, estampas y naturaleza de los esclavos, de lo que conviene a cada clase, haciendo toda suerte de discursos sobre el particular. Dicen que la sierva beréber (es la ideal para proporcionar) voluptuosidad, la rumiyya, para el ciudado del dinero y de la alacena,la turca para engendar hijos valerosos, la etíope para amamantar, la mequí para el canto, la medinesa por su elegancia y la iraquí por lo incitante y coqueta. 

 En cuanto a los varones, el hindú y el nubio (son apreciados) como guardianes de las personas y bienes, el etíope y el armenio para el trabajo y el servicio, produciendo beneficios (a su dueño), el turco y el eslavo para la guerra y cuanto requiere valor. 

 Las bereberes son de natural obediente, las más diligentes (se destinan) al trabajo, las más sanas para la procreación y el placer y las más bonitas para engendrar; les siguen las yemeníes a quienes se parecen las árabes. Los nubios suelen ser de natural obedientes a sus amos, como si hubieran sido creados para la esclavitud, pero son ladrones y poco de fiar. Las hindúes no soportan la humillación, cometen los mayores crímenes 
y se mueren con facilidad. Las etíopes tienen la naturaleza más dura que Allah haya creado y son las más sufridas para las fatigas, pero les hieden las axilas, lo cual generalmente impide que se las tome. Las armenias son bellas, avaras y poco dóciles al hombre. 
(…) 

 Uno de los fraudes más famosos y tretas conocidas (de los vendedores de esclavas) estriba en que tienen unas mujeres arteras, de belleza sin par y admirable hermosura que dominan la lengua romance y parecen rumíes. Cuando comparece alguien que no es del lugar y les pide una hermosa esclava recién importada de los paises cristianos, (el comerciante) se compromete a encontrársela pronto (…) Mientras tanto, el comerciante se ha preparado un cómplice (que responda) de la identidad de la esclava, asegurando que es su dueño, quien tiene que recibir su importe y demuestra con documentos que la ha comprado en la Marca Superior. El cliente paga a gusto un elevadísimo precio porque es recién importada y quiere llevarsela (inmediatamente). En cuanto se ha cerrado el trato ambos (cómplices) se reparten el importe con la esclava. 

AL-SAQATI, “Kitab fi adab al-hisba”, Adaptación de la trad. castellana de P. CHALMETA en “Al-Andalus”, 1968, XXXIII, fasc. 2, pp. 370-371, 374-375 y 383-384.  

Ordoño IV ante Al- Hakam II:  

 Introdujo a Ordoño en el salón Muhammad ben Al Qarim ben Tumlus. Vestía una túnica de brocado blanco, de manufactura cristiana, y una capa de la misma calidad y color y se cubría con una gorra adornada con costosas joyas. Ordoño se trasladó desde su residencia de Córdoba a Medina al- Zahra acompañado de los principales cristianos de Al-Andalus: Walid ben Jaizuran, juez de los mismos, y Ubaid Allah ben Qasim, metropolitano de Toledo. Próximos ya al palacio, Ordoño hubo de seguir un camino a cuyos lados estaba formada la infantería, colocada en orden tan admirable que los ojos se quedaban asombrados por su uniformidad, y en tan apretadas filas que la mente se sorprendía de su número. Tal era la brillantez de sus corazas y armas, que los cristianos estaban estupefactos de lo que veían. Con la cabeza baja, los párpados entornados (por el asombro) y los ojos semicerrados (por lo mismo), llegaron hasta la puerta exterior de Medina al-Zahra, llamada bab al-Akuba (Puerta de las Cúpulas), donde desmontaron los que habían ido a esperar a Ordoño (…) 

 Cuando se halló ante el trono, se echó al suelo y permaneció algunos instantes en tal humilde posición; se levantó, avanzó unos pasos, se postró de nuevo y repitió tal ceremonia varias veces, hasta que llegó a poca distancia del califa. Le tomó y besó la mano, marchó luego hacia atrás sin volver la cara, hasta llegar a un asiento cubierto con una tela de oro, que había sido preparado para él a unos diez cúbitos de distancia del trono real, siempre asombrado por lo imponente de la escena. Los condes de su séquito, a los que se había permitido la entrada a la presencia real, avanzaron, postrándose repetidas veces, hasta el trono del califa; les dió éste a besar su mano y retrocedieron en seguida para colocarse al lado de su rey. Entre ellos estaba Walid ben Jayzuran, que era, como queda dicho, cadí o juez de los cristianos de Córdoba y que actuó de intérprete. 

“Nafh al-tib” de AL-MAQQARI (Según versiones: inglesa de Gayangos, “The mohammedam dynasties in Spain”, II, p. 160; y francesa de Dozy, “Histoire des musulmans d’Espagne”, II, p. 177). Recoge. J.L. MARTIN, “Historia de España”, 3, Alta Edad Media, Historia 16, Madrid, 1980, p. 96. 

Las mujeres, según Ibn Hazm:  

 Yo he tratado a las mujeres en su intimidad y por eso estoy tan enterado de sus misterios, que de ellos se lo que quizá no sepa ningún otro hombre, porque yo me crié dentro de sus habitaciones privadas y me eduqué con ellas, sin conocer más personas que mujeres, sin tratar con hombres hasta que llegué a la edad de la juventud. Ellas venían continuamente a besarme la cara, me enseñaban a leer el Alcorán, me recitaban muchos versos, me adiestraban en la escritura. De aquí que yo, desde que empecé a tener uso de razón, en los primeros años de mi infancia, no pusiese otro empeño ni trabajase con mi espíritu en otra cosa que en conocer bien las cualidades de las mujeres y en enterarme de cuanto les oía referir de sí mismas. Y como ya luego no he olvidado nada de lo que de niño ví que ellas hacían, acabé por concebir contra ellas una intensa antipatía instintiva y pésima opinión. 

 El espíritu de las mujeres está vacío de toda idea que no sea la de la unión sexual y de sus motivos determinantes, la de la galantería erótica y sus causas, la del amor en sus varias formas. De ninguna otra cosa se preocupan, ni para otra cosa han sido creadas. 

 En esta materia (del amor sexual) jamás pensé bien de nadie. Por natural temperamento he sido siempre muy celoso (…) Además nunca he cesado de escudriñar noticias femeninas y de procurar descubrir los secretos de las mujeres. Como ellas, por otra parte, tuvieron conmigo siempre gran familiaridad, confiábanme sus más íntimos secretos de modo que, si no fuera porque se trata de cosas feas que Dios prohibe poner al descubierto, referir podría, en verdad, tales maravillas de la sagacidad y artes aviesas que para el mal poseen las mujeres, que dejarían atónito al más avisado. Pero, aunque yo estuve siempre tan enterado de todo esto, bien sabe Dios —y con que El lo sepa me basta— que estoy por fuera y por dentro absolutamente limpio y puro de toda mácula en tal materia; tanto, que puedo jurar en Dios solemnemente que jamás desaté mi manto para un placer ilícito, ni mi Señor me habrá de tomar cuenta de pecado alguno grave de adulterio, desde que tuve uso de razón hasta el día de hoy. 

Del “Tauq o Libro del amor” y del “Ajla o Libro de los carácteres y la conducta que trata de la medicina del alma” de Ibn Hazm, según versión de Asín (Abenhazam de Córdoba,p. 39, 40, 222 y 223. Recoge J.L.Martin, “Historia de España”, 3, Alta Edad Media, Historia 16, Madrid, 1980, p. 72. 
 
Una partida de ajedrez en la corte de Sevilla:  

 Una vez, entre otras, fue a invadir, al frente de un numeroso ejército, el territorio sevillano. Inexpicable consternación reinaba entre los musulmanes, demasiado débiles para poder defenderse. Sólo Ben-Amar, el primer ministro, no desesperaba. No contaba con el ejército sevillano; intentar vencer con él a las tropas cristianas era una quimera; pero conocía a Alfonso, porque había estado muchas veces en su corte; sabía que era ambicioso, pero también que estaba casi arabizado, es decir, que era fácil ganar su voluntad, siempre que se conocieran sus gustos y caprichos. Con esto era con lo que contaba, y sin preder tiempo en organizar una resistencia armada, mandó hacer un juego de ajedrez tan magnífico, que ningún otro rey tenía otro igual. Las piezas eran de ébano y de sándalo incrustados en oro. provisto de este ajedrez, presentóse con cualquier pretexto en el campamento de Alfonso, el cual le recibió honoríficamente, porque Ben-Amar era de los pocos musulmanes a quien estimaba. 

 Un día, Ben-Amar enseñó el ajedrez a un noble castellano que gozaba de gran favor de Alfonso. Dicho noble habló de él al rey, el cual dijo a Ben-Amar: 

– ¿Que tal juegas al ajedrez? 
– Mis amigos opinan que juego bastante bien- respondió Ben-Amar. 
– Me han dicho que tienes un juego magnífico. 
– Cierto, señor. 
– ¿Podría  verlo? 
– Sin duda; pero con una condición: jugaremos juntos; si pierdo, el ajedrez será para tí; pero si gano, podré exigirte lo que quiera. 
– Acepto. 

 Trajeron el ajedrez, y Alfonso, estupefacto de la belleza y primor del trabajo, exclamó santigÜandose: 

– ¡Gran Dios, nunca hubiera creído que pudiera hacerse un ajedrez con tal arte!. 
 Y después de admirarlo detenidamente, exclamó: 

– ¿Qué decías antes? ¿Cuáles son las condiciones? 

 Habiéndoselas repetido Ben-Amar, prosiguió: 

– ¡No, por Dios! Yo no juego cuando la apuesta me es desconocida, pues podrías pedirme una cosa que no pudiera darte. 

– Como quieras, señor, respondió fríamente Ben-Amar. 

 Y ordenó a sus servidores que llevasen el ajedrez a su tienda. 

 Se separaron, pero Ben-Amar no era hombre que se desanimase tan facilmente. Bajo palabra de guardar el secreto, confío a algunos nobles castellanos lo que hubiese exigido a Alfonso en caso de haberle ganado la partida, prometiéndoles considerables sumas si querían ayudarle. Seducidos con el cebo del oro, y bastante tranquilos respecto a las intenciones del árabe, aquellos nobles se comprometieron a servirle; y cuando Alfonso, que ardía en deseos de poseer el magnífico ajedrez, les consultó qué haría, le dijeron: “Señor, si ganaís, tendréis un ajedrez  que os envidiarán los reyes; y si perdeis, ¡qué podrá pediros ese árabe! Si formula una petición indiscreta, ¿no estamos aquí nosotros para hacerle entrar en razón?”. Tan bien hablaron que Alfonso se dejó persuadir. Mandó decir a Ben-Amar que le esperara con su ajedrez, y cuando llegó el visir: 

– Acepto tus condiciones —le dijo— ¡juguemos! 
– Con gran placer —respondió Ben-Amar— pero hagamos las cosas en regla; permite que varios nobles castellanos nos sirvan de testigos. 

 El rey accedió, y cuando hubieron llegado los nobles designados por Ben-Amar, comenzó el juego. 

 Alfonso perdió la partida. 

– ¿Puedo pedir ahora lo que quiera, según lo convenido? —preguntó Ben-Amar. 
– Sin duda —repuso el rey—. Veamos, ¿qué es lo que exiges? 
– Que vuelvs a tus estados con tu ejército. 

 Alfonso palideció. Presa de agitación febril, recorría la sala a grandes pasos, se sentaba y volvía de nuevo a pasear. 

– Estoy cogido —dijo, al fín, a los nobles— y vosotros tenéis la culpa. Temía una petición de esa naturaleza por parte de este hombre, pero vosotros me tranquilizasteis y ahora recojo el fruto de vuestros detestables consejos. Después de algunos instantes de silencio, exclamó: 

– ¿Qué me importa su condición después de todo? Prescindiré de ella por completo y seguiré mi camino. 
– Señor, —dijeron entonces los castellanos— eso sería delinquir contra el honor, sería faltar a la palabra, y vos, el más grande de los reyes de la cristiandad, sois incapaz de semejante cosa. 

Al fín, cuando Alfonso se calmó un tanto, añadió: 

– ¡Pues bien! Cumpliré mi palabra, pero a cambio de esa frustada expedición, necesito, al menos, doble tributo este año. 
– Lo tendrás, señor —exclamó Ben-Amar—. 

  Y se apresuró a hacer remitir a Alfonso el dinero que pedía. Por aquella vez el reino de Sevilla, amenazado de una invasión terrible, se libró del susto gracias a la habilidad del primer ministro. 

DOZY, “Crónicas árabes y cristianas reunidas por…(Ley de 1848-51). Recogido por C.Sanchez Albornoz y A., Viñas, “Lecturas históricas españolas”, Madrid, 1981, pp. 65-66.  

Enfrentamiento entre la armada castellana de Sancho IV y arabes africanos:  

 En el mes de abril en que comenzó el noveno año del reinado deste rey don Sancho, que fue en la era de mill é trecientos é treinta años, andaba el año de la nascencia de Jesu Christo en mill é docientos é noventa é dos años (…) llególe mandado (al rey Sancho) en commo el rey Aben Yacob era en Tanger, é que tenía y doce mill caballeros para pasar aquende, é que tenía veinte é siete galeas muy bien armadas, é ellos que querían pasar, é que llegó Micer Benito Zacarías, el ginoves, con doce galeras muy bien armadas, é estando el rey Aben Yacob con toda su hueste en la ribera de allen mar, lidió este Micer Benito Zacarías con aquellas veinte e siete galeas de los moros , é venciólos, é prisió dellas las trece, é fugieron las otras, veyendolo el rey Aben Yacob e toda su hueste que estavan delante; é albergó y esa noche Micer Benito Zacarías, é estudo y otro día trayendo aquellas trece galeas, jorrándolas con sogas ante el rey Aben Yacob é ante toda su hueste. E cuando el rey Aben Yacob vió esto, tovose por muy quebrantado é muy deshonrado, él luego movió con toda su hueste e se tornó para Fez. E cuando estas nuevas ovo el rey don Sancho, plúgole ende mucho, é mandó mover toda su hueste para Sevilla (…) 

“Crónica del rey don Sancho, el Bravo”, en  Cronicas de los Reyes de Castilla, Tomo I, B.A.E., Ed.. C. Rosell, Madrid, 1953, cap. IX, p. 86.  

Obligaciones contraídas por Abu Nasr Sa’d (1455-1464) con Enrique IV de Castilla:  

 (…) Que el rey de Granada fuese vasallo del rey de Castilla, ansí como el rey don Mahomad lo había sido del rey don Pedro y fuese de su consejo, y tener dezmero a la puerta d’Elvira que cogiese el diezmo y medio para el rey de Castilla, y que diese en el año primero de la paz, mill captivos y que entre los tres años siguientes, cada un, trescientos y treinta y tres captivos, que avian de ser todos dos mill. E cada vez que el rey don Enrique le llamase, en toda el Andaluzía fasta el reino de Toledo, fuese obligado de le servir con dos mill de cavallo un mes a su costa y si del más se quisiese servir que le pagase el sueldo hasta ser vuelto a su reino, al fuero y costumbre de Castilla. Y le volviese todas las villas y fortalezas que en tiempos del rey don Juan su padre se habían perdido, y con estas condiciones se le daría la paz por diez años y que en este tienpo se metiese al reino de Granada todas las cosas que en aquél tienpo solían meter. 

J. TORRES FONTES, “Estudio sobre la“Crónica de Enrique IV” del doctor Galíndez de Carvajal”, Murcia, 1946, p. 114.  

Problemas para gobernar al comienzo del reinado de Abu l-Hasan Alí (1464-1482):  

 (…) Sucesos e incidentes que son muy largos de contar. Y es que, viendose él como secuestrado por sus cadíes hasta el punto de no tener de rey más que el nombre, quiso obrar por sí mismo y deshacerse de la tutela mencionada. Empezó, en efecto, a obrar por su cuenta, prescindiendo de los cadíes; parte de estos, a su vez, se decidieron a obrar por la suya, prescindiendo de él, lo cual dió lugar a que entre unos y otros ocurriesen numerosas cuestiones. Los cadíes, al verse deshauciados por el sultán, tomaron a su hermano Mohamed, que era de menos edad que él y lo proclamaron rey, lo cual hizo que prendiese el fuego de la guerra civil. 

“Fragmento de la época sobre noticias de los reyes nazaritas o capitulaciones de Granada y emigración de los andaluces a Marruecos”, Ed. y trad. A. BUSTANI y C. QUIROS, Larache, 1940, p.3. 

Problemas económicos del rey de Granada:  

 (…) El rey de Granada Muley Abulhacen estaba cargado de deudas después que aniquiló o sometió a los enemigos de su reino; y como se propusiera disminuir el poderío de los nobles más opulentos, quiso descargar este peso sobre los más ricos y adinerados mediante el decreto de que las posesiones y heredades que algunos tenían antes de que el reinara fueran devueltas en virtud del derecho real —según el veía— que, afirmaba, otros reyes habían sino conservar, o habían obrado con negligencia en el uso de sus derechos de preferencia en cuestiones hereditarias, o habían abusado con prodigalidad de la parte hereditaria que por ley correspondía a la majestad real. Entre los granadinos agarenos se tiene al rey por heredero de cualquier difunto si éste carece de hijos. Si, por el contrario, le quedan hijos, el rey es copartícipe en igual cantidad que la que percibió cualquiera de ellos. Esta, en algunas ocasiones, los reyes la destinaron a hombres beneméritos o la distribuyen generosamente entre sus favoritos. Pero ahora, el mismo Abulhacen, yendo de lugar en lugar con su poderoso ejército se adjudicó las posesiones y fincas de esta naturaleza; removió a los gobernantes de la mayoría de ellas, y no se comportó con la misma generosidad que los demás reyes con los vecinos de aquellos lugares ni con los moros forasteros que los granadinos llamaban “gomeres”, sino que a muchos de ellos los sacó de sus confortables castillos para enviarlos a otras moradas menos espaciosas. 

“Cuarta década de Alonso de Palencia”. Estudio, texto y traducción de J. LOPEZ DE TORO, Madrid, 1970-74, II, p. 181.  

Causas de la caída de Granada según los musulmanes: *

 Es sabido que los cristianos no hubiesen tomado revancha sobre los musulmanes, ni lavado de sí mismos mancha alguna, ni destruido vivienda ni casa de al-Andalus, ni les hubiesen arrebatado todas sus ciudades y comarcas a no facilitarles todo esto las causas de la discordia interior, su empeño en suscitar entre los muslimes la lucha y divisiones internas, en producir entre sus reyes el dolo y la traición, y mantener entre sus defensores la perfidia y la doblez en medio de la guerra civil destructora. 

M.GASPAR Y REMIRO, “Presentimiento y juicio de los moros españoles sobre la caída inminente de Granada y su reino en poder de los cristianos”, Revista de Estudios Históricos de Granada y su Reino, I-1 (1911), p. 151.

 

Corona de los reyes visigodos, muy semejante en su diseño a la de los emperadores bizantinos.

Corona de los reyes visigodos, muy semejante en su diseño a la de los emperadores bizantinos.

   
  
  F. Javier Villalba Ruiz de Toledo 

*Existe una serie de tres gruesos volúmenes dedicados al estudio de esta leyenda. Creo recordar que su autor es Ramón Menéndez Pidal.

*He copiado en rojo este fragmento para esclarecimiento y mejor comprensión de las causas que determinaron la caída del reino moro de Granada y el fin de la ocupación musulmana en territorio español. 

 

 

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Acerca de Gina Picart

Soy escritora, periodista especializada en La Habana de la colonia y la república, investigadora, crítica literaria, guionista de cine, radio y televisión
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