LA SEXUALIDAD DE JULIÁN DEL CASAL PENSADA HOY A TRAVÉS DE SUS VERSOS

Esfinje. Óleo de Ferdinand Knopff para el que sirvió como modelo la hermana del pintor.

Esfinje. Óleo de Ferdinand Knopff para el que sirvió como modelo la hermana del pintor.

Mucho antes de morir ya el poeta Julián del Casal se había convertido en un mito, y hoy continúa siendo sujeto de interés para académicos, especialistas, estudiosos e investigadores, a quienes sigue alcanzando el aura de su leyenda. A pesar de su profesión periodística, que le hizo llevar una rutina cotidiana de alta participación social, y de su vocación por la amistad, que le deparó numerosos (y leales) amigos; a pesar de ser uno de los iniciadores del modernismo en Latinoamérica, lo que le convirtió en incuestionable figura pública, aún hay muchas zonas de sombra en su historia personal, muchas preguntas sin respuesta, y aunque existe bastante información acerca de su infancia desgraciada, su labor como cronista, su amistad con los Borrero, sus lealtades políticas y otros aspectos de su vida, lo cierto es que de su intimidad se conoce muy poco cierto, aparte de los comentarios siempre repetidos sobre su supuesta homosexualidad, que incluyen una también supuesta súbita pasión por Antonio Maceo, entre otros episodios que no escapan a la sospecha actual de una mala lectura pasada, continuamente reproducida por partenogénesis.

Tras la lectura de Un loto blanco de pistilos de oro, selección de poesía casaliana realizada y prologada por Salvador Arias y publicada por la editorial Letras Cubanas, acuden a mi mente preguntas turbadoras, y al intentar responderlas se convierten en una galería de espejos que me remiten a otros cuestionamientos más extraños y escabrosos, relacionados con las confesiones del poeta sobre su sensualidad, las cuales me parecen difícilmente conciliables con su condición de joven tísico, endeble y poco apto para episodios galantes como los sugeridos a menudo en sus versos. Sobre esas confesiones, donde alternan matices sutiles y procaces, percibo yo una veladura de ambigüedad capaz de provocar en el lector intranquilidad y desasosiego.

¡Qué ser tan enigmático fue Julián del Casal! ¡Qué indefinible atracción, imantadora yCopy of Juliá del Casal oscura, debió brotar de él cuando después de más de un siglo sigue estando presente de manera entrañable en el imaginario de los cubanos, y aún nos resulta tan difícil lidiar con la mezcla de piedad por su sufrimiento físico y de admiración fervorosa ante el fulgor de su personalidad y su talento. Hay misterio profundo al par que belleza extraordinaria en esos ojos de un verde de hondonada. Con su andar cansino y encorvado y su mirar ausente, Casal emana la atracción de los abismos, mala, fuerte, doliente y fatal.

Cuando el lector se enfrenta al pacto insobornable de Casal con la Belleza, pero muy en especial con su inclinación morbosa por la trasgresión de ciertos límites, y encuentra al mismo tiempo en su poesía tantas expresiones de asco y desprecio por su cuerpo y su carne mortal, surge de inmediato esta pregunta: ¿Cómo, si verdaderamente era homosexual —de lo que tanto se le ha acusado—, dio a la mujer un lugar tan importante en su obra? Y si al hacerlo fue sincero, ¿cómo las deseaba: corrompidas o puras? ¿Qué arquetipo femenino prefería, en realidad, el poeta? ¿Oscilaba su elección en torno a las pulsiones bipolares de su conflicto nunca resuelto entre la elevación de su alma y la “miseria” de su materia carnal? ¿Cuál era el secreto terrible que más de una vez dijo guardar?

Si se analizan los tipos femeninos que Casal ensalza en su poesía, destaca en primer lugar el perfil de la “pecadora”: Aspasias, como llamaba a las prostitutas refinadas en homenaje a aquella culta y bellísima cortesana ateniense que fuera amante del tirano Pericles; Salomés lujuriosas y crueles; féminas dueñas de gabinetes íntimos repletos de sedas y adornos que despiertan el deseo sucio e incitan a perversiones inconfesables, expertas en el arte de amar, envilecidas. En fin, el estereotipo de la mujer fatal que veneraban los decadentes franceses: la hermana incestuosa del pintor belga Ferdinand Knopf, mil veces retratada por su hermano y amante como alegoría de la hembra devoradora, o las mujeres terribles del francés Gustave Moreau, envueltas siempre en historias de aberraciones y crímenes. En la

Salomé. Detalle del óleo La aparición, del pintor decadentista francés Gustave Moreau, en el que se inspiró Casal para componer su soneto homónimo.

Salomé. Detalle del óleo La aparición, del pintor decadentista francés Gustave Moreau, en el que se inspiró Casal para componer su soneto homónimo.

poesía casaliana hay muchas referencias a la poderosa atracción que esta clase de mujeres ejercía sobre la libido (o la fantasía) del poeta. En los casos —menos numerosos— en que la mujer-objeto erótico aparece bajo una apariencia virginal, Casal no poetiza su pureza ni su inocencia más que en el instante mismo en que esos dones se pierden. Los estudiosos de su obra demuestran que tuvo gran influencia del romanticismo, pero las vírgenes idealizadas de los románticos no son las jovencitas que en los poemas casalianos dejan su doncellez sobre malvados lechos de seda y pedrería, sino esas mismas vírgenes cuando ya han comenzado a convertirse en las otras.

En la época que le tocó vivir a Julián del Casal hubiera sido imposible escribir abiertamente sobre homoerotismo. ¿Escribió sobre mujeres porque no le estaba permitido hacerlo sobre hombres…? Sin embargo, cuando habla de mujeres el deseo que trasmite su expresión poética es tan sincero que provoca una fuerte impresión. Casal se expresa como un hombre que sabe muy bien lo que es estar en la intimidad con una mujer sin ataduras sexuales, por decirlo, siquiera, con tan pálido eufemismo. Sus manifestaciones al respecto son rotundas y muy claras. ¿Es posible que al crear esas atmósferas eróticas estuviera intentando compensar una insuficiente masculinidad? ¿Es el suyo uno de esos casos en que el sujeto se atribuye hazañas viriles nunca ejecutadas solo porque forman parte de su patrón modélico, representado quizá en Casal por un macho arquetípico como Maceo? Un hombre tan vertical como demostró ser Julián del Casal  en todos los momentos de su vida, ¿habría acudido a semejante recurso para desviar de su homosexualidad la atención de sus contemporáneos?

Algunos de quienes le juzgaron entonces fueron lo suficientemente superficiales como para ver en el uso de un kimono por Casal un mero acto de travestismo, olvidando que cuando un ser humano entra en el traje de otra cultura —acto que nosotros llamamos disfrazarse—, se inviste, asume con el traje todo un complejo cultural que permea su psiquismo, y quienes se hayan disfrazado y contemplado ante el espejo bajo su nueva apariencia, entenderán lo que digo. En tal mutación reside, además, el fundamento de la técnica para impersonar que constituye una de las claves más importantes del trabajo del actor. La atracción de Casal por las máscaras tampoco fue aleatoria, ni debería tomarse sin análisis como una conducta esnobista o afeminada. Las máscaras simbolizan el misterio de la identidad, que sin duda ejerció una potente sugestión sobre un hombre de sensibilidad tan mórbida como la suya, y tan profundamente disgustado con su cuerpo. ¡Es tan irresistible la tentación de abandonar la propia piel para tornarse en Otro! Es el misterio ontológico del Cambio de Forma o Trasmutación, presente en el complejo arquetípico de todas las religiones. En cualquier caso, las estéticas se ponen de moda, y lo que en su tiempo fue juzgado por el rudo machismo criollo —que tanto debe a la testosterona española y a los prejuicios de la moral eclesiástica—, como un refinamiento poco viril, fue después una influencia cultural que llevó a Occidente a la más ferviente admiración por la pintura japonesa, la caligrafía, el diseño de casas y muebles, y el código samurai, como décadas más tarde volvería a ocurrir con el arte africano puesto de moda por Picasso y Brake.

¿No sería sensato revisitar los juicios sobre la sexualidad de Julián del Casal basados en patrones culturales del siglo XIX? En La Habana de ahora mismo el gusto de Casal por los kimonos, las máscaras y otros refinamientos peculiares jamás habría llamado la atención de nadie. Además, en la cultura japonesa el kimono es vestuario unisex, como decimos hoy, aunque probablemente los cubanos del tiempo de Casal desconocían este detalle; y la máscara japonesa que guardaba el poeta entre sus tesoros personales representaba, según cuenta Lezama (que llegó a verla), un guerrero, no una geisha, y este es un detalle en el que nadie ha reparado todavía con la debida atención. Casal, como Martí, era  débil de cuerpo y de salud. Quién sabe si hubiera querido ser un héroe robusto y aguerrido, un samurai tal vez… Quién sabrá ya nunca en qué se transformaba el joven tuberculoso para vivir a plenitud en el mundo secreto de sus fantasías.

Mientras analizaba el poema “Cuerpo y Alma”, de su poemario Rimas, donde también se encuentra “Virgen triste”, que dedicara a Juana Borrero, llamaron mi atención las crudas expresiones de asco y desprecio con que Casal fustiga su propio cuerpo, no solo por causa de la tisis, considerada en sí misma una enfermedad inmunda, sino por sus bajos instintos y desaforadas apetencias, que él consideraba irreconciliables con la moral y con la religión de sus mayores, a la que, según declaró, se mantuvo siempre fiel. A su cuerpo, que no a su alma, culpaba Casal por esas ansias impuras, como de cerdo, que lo dominaban. ¿Era a ellas a lo que se refiere en “Rondeles” cuando asegura a la destinataria de ese poema, supuesta amada innominada:

De mi vida misteriosa
Tétrica y desencantada
Oirás contar una cosa
Que te deje el alma helada.

Tu faz de color de rosa
Se quedará demacrada,
Al oír la extraña cosa
Que te deje el alma helada
……………………………
Quizás sepas algún día
El secreto de mis males,
De mi honda melancolía
Y de mis tedios mortales

¿Sería ese secreto helador de almas inmaculadas la homosexualidad que tanto se le ha imputado a Casal, a pesar de que se le conoce más de un enamoramiento ideal, como los

Flagelación de Cristo.  Óleo de Caravaggio

Flagelación de Cristo. Óleo de Caravaggio

que sintió por la actriz francesa Jeanne de Samary o por la cubana María Cay, a quien dedicó su poema Kakemono…? Yo pienso en otra dirección: en aquel relato suyo titulado El amante de las torturas, cuyo protagonista, un joven rico que habita en una sombría mansión acompañado únicamente de sus esclavos, se hace clavar, como Cristo, en una cruz y flagelar por uno de sus negros en una cruda modalidad de masoquismo erótico. En la época en que Casal vivió, quien tuviera tales apetencias sexuales solo podía pedir satisfacción a esclavos o prostitutas, e incluso no todas las prostitutas le hubieran complacido, pues las españolas, por ejemplo, a pesar del oficio que ejercían eran puritanas y bastante moralistas, razón por la cual a sus colegas francesas les fue tan fácil robarles lo más jugoso del negocio.

Especulaciones, aventurerismos de la imaginación y propuestas osadas…, solo eso es posible aún hoy cuando se reflexiona sobre la intimidad de Julián del Casal. Pero quizá ya sea hora de recordar a quienes tomaron —y aún toman— como muestra de afeminamiento sus preferencias estéticas, que el propio Casal dejó muy en claro el origen de estas en una de sus Prosas, textos donde se pone de manifiesto la agudeza y lucidez del extraordinario periodista que fue:

En ningún final de siglo más que en el nuestro se han visto tantas cosas contradictorias e inesperadas. De ahí ha nacido en los espíritus una incertidumbre que cada día reviste caracteres más alarmantes. El análisis nos ha hecho comprender que después de tantos siglos, no es posible determinar a punto fijo el progreso de la humanidad. Más bien se puede afirmar que ha retrocedido, porque ha amado muchas cosas que hoy solo puede odiar. Tanto desespera ese estado de ánimo que muchos de los seres que lo experimentan se despeñan pro los riscos de la extravagancia, no por el afán de llamar la atención, sino por olvidarse de que no pueden creer en nada, pues la verdad de hoy es la mentira de mañana, y porque sienten al mismo tiempo la necesidad imperiosa de albergar en su alma alguna creencia.

Y aún debemos reparar con especial cuidado en cierta estrofa donde Casal convierte la diferencia en bandera de protesta y dignidad:

Libre de abrumadoras ambiciones,
Soporto de la vida el duro fardo,
Porque me alienta el formidable orgullo
De vivir, ni envidioso ni envidiado,
Persiguiendo fantásticas visiones,
Mientras se arrastran otros por el fango
Para extraer un átomo de oro
Del fondo pestilente de un pantano.

He encontrado en la poesía cubana que conozco pocos casos de una sinceridad tan desgarradora y honda como la de Julián del Casal. Acaso fue José Martí, otro poeta de muy semejante sensibilidad (aunque ambos difirieran en su actitud ante la vida), quien mejor comprendió la tragedia existencial de Casal, su tedio perpetuo y su desdén hostil hacia una chatura moral y una indigencia espiritual que lo asfixiaban más que sus dolientes pulmones de tísico. En dos breves páginas que le dedicó al conocer la noticia de su muerte, Martí escribió:

Aquel fino espíritu, aquel cariño medroso y tierno, aquella ideal peregrinación, aquel melancólico amor a la hermosura ausente de su tierra nativa […] De la beldad vivía prendida su alma; del cristal tallado y de la levedad japonesa; del color del ajenjo y de las rosas del jardín; de mujeres de perla, con ornamentos de plata labrada […] Murió de su cuerpo endeble, o del pesar de vivir, con la fantasía elegante y enamorada, en un pueblo servil y deforme.

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Acerca de Gina Picart

Soy escritora, periodista especializada en La Habana de la colonia y la república, investigadora, crítica literaria, guionista de cine, radio y televisión
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