El vecino de los bajos o el regreso de Enrique Núñez Rodríguez

 Cuando ya creíamos cierta para Enrique Núñez Rodríguez esa triste profecía sobre el silencioso olvido al que condenamos a los muertos, según discurre el escritor Abel Prieto,El-vecino-de-los-bajos-cubierta-web llega a nuestras ávidas manos de lectores perpetuamente insatisfechos un regalo-sorpresa que nadie se esperaba: El vecino de los bajos, un nuevo libro de textos exquisitos de uno de los más geniales, populares y queridos humoristas cubanos de todos los tiempos. Compiladas por su nieto Tupac Pinilla, editor diestro y de probado gusto, 99 crónicas de Núñez Rodríguez  rescatadas de las páginas de Juventud Rebelde, donde siempre tuvo su columna para hacer felices a los lectores, están ahora a disposición de todos los cubanos, publicadas en la colección El Bobo, de la editorial UNION, con una portada que habla con todo el poder comunicativo del que la imagen arquetípica es capaz: una caricatura de Núñez Rodríguez, firmada por Fabelo, donde aparece su inconfundible rostro sonriente sobre su cuerpo rechoncho y de menores dimensiones, sentado ante una máquina de escribir donde teclea, y de la que sale, haciendo las veces de una cuartilla, una banderita cubana.

Porque además de escritor magnífico, humorista simpatiquísimo y hombre de una sensibilidad minimalista tremendamente peculiar, Núñez fue un criollo rellollo, si es que eso constituye un mérito notable, aunque seguramente él hubiera negado tal dislate, alegando que, en su caso, la criolliedad era una condición inherente a su naturaleza humana. Jamás se le hubiera ocurrido a Núñez que se pudiera nacer en Cuba y no ser cubano. Se puede, desde luego, aunque no sea caso que abunde, pero a él…, a él nunca le hubiera pasado esa idea por la cabeza.

Desde las primeras páginas el lector siente que está de nuevo en presencia del hombre que ENRIQU~1fuera un ídolo popular. De inmediato se reconoce su estilo refinado pero llano, elegante sin excesos, natural, fluido, ligerísimo a la vez que de una profundidad psicológica capaz de poner a pensar a los más superficiales nativos de esta isla. Y esa gracia tan suya, ese ingenio desbordante que nunca repitió fórmulas y que parecía siempre dispuesto a comenzar una vez más el descubrimiento de la realidad, de modo que la más intrascendente de las vivencias cotidianas se revelaba a través de su pluma como una experiencia única, maravillosa. Si acaso habrá sido Núñez, y perdóneseme la sospecha, quien descubrió lo real maravilloso… Él tenía lo contrario de lo que Martí llamó el ojo fétido. Núñez fue agraciado por la Madre Natura con el ojo diáfano del amor por la vida, que hace que hasta en el fondo del pantano brille un punto de oro bajo el sol.

¿Cómo se las arreglaba Núñez para dialogar desde sus páginas, de espíritu tan humilde, sobre cuestiones tan peliagudas con el hombre de la calle, sin nublarle el entendimiento con disquisiciones alambicadas ni vocabulario reforzado con los metales pomposos e inextricables de la academia? Yo creo, y no soy la única en pensarlo ni me atribuyo el descubrimiento, que su secreto estaba en hablar con la lengua simple del corazón y la suavidad del cariño, aún cuando sentía que debía señalar errores en ciertas personas y procedimientos, que ciego jamás fue este hombre.

Núñez me parece una personalidad admirable, porque habiendo disfrutado de una posición que le hubiera permitido lanzar discursos aprovechados, no lo hizo jamás. Nunca utilizó su profesión ni las tribunas que el periodismo brinda para decir algo que no saliera de lo más hondo de su honestidad y de su sentimiento. Jamás traspasó la línea delicadísima que transforma una página en panfleto oportunista; jamás fue insincero, y no me parece necesario haberlo conocido para saber esto último, porque no hay en Núñez ni una sola sílaba salida de su pluma que huela a oportunismo. No tengo la más mínima duda de que todo cuanto dijo, lo dijo desde la verdad, y por eso despertaba en la gente un fervor delirante, del que a veces se quejó con esa bonhomía que lo caracterizaba, alegando que los muchos amigos desconocidos que tenía no lo dejaban caminar en la calle.

Como humorista fue finísimo, con esa habilidad natural para detectar la situación hilarante allí donde los burdos no ven nada y necesitan del chiste malévolo y grueso para que les brote la carcajada como un chorro de agua turbia. No incurrió Núñez en ese pecado al que son tan dados los ególatras que eligen el camino de la risa para resaltar entre la marea humana a la que pertenecen: la falta de escrúpulos. No cupo nunca en él la determinación de hacer reír a cualquier precio. No practicó la burla, lo grotesco, ni ese humor tan cruel y fácil que pone a trabajar los risorios ajenos a costa del baldado, el ciego, el mutilado, el viejo, el despojado de razón… Núñez nunca fue un flagelador, por el contrario, siempre fue respetuoso hasta con quienes habían escogido vivir y pensar en dirección opuesta a la suya. En ese sentido era un filósofo en toda la extensión de la palabra, y sin callar jamás sus posiciones se mantuvo fiel toda su vida a la máxima de que el respeto al derecho ajeno es la paz. Es una lección que nos dejó como legado y merece que no la barra el olvido.

Aquí me detengo, porque considero que Enrique Núñez Rodríguez no necesita una reseña extensa para ser recordado, ni para que este libro póstumo despierte el mismo entusiasmo entre los cubanos que aquellos que publicó en vida. Solo me resta decir que la cuidada edición cuenta con un muy oportuno prólogo de Abel Prieto, a quien considero una de nuestras plumas más finas y más afines con el tipo de sensibilidad que Núñez Rodríguez poseyera, o mejor, que posee, porque de él siempre será delito hablar en tiempo pasado.

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Acerca de Gina Picart

Soy escritora, periodista especializada en La Habana de la colonia y la república, investigadora, crítica literaria, guionista de cine, radio y televisión
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