HA MUERTO ROBIN WILLIAMS

 La muerte del actor Robin Williams ha estremecido al mundo. Muchos se refieren a él como a un genio, aunque las listas de premios que obtuvo no arrojen ninguno realmente relevante, lo que viene a ser un modo de confirmar que algún don especialísimo tuvo, porque los grandes jurados, si algo son capaces de hacer a la perfección, es no entender jamás la verdadera grandeza de un artista.

 El suicidio es siempre una manera muy trágica de morir, aunque la Muerte es invariablemente trágica y todo lo que nos inventemos para hermosearla, entelequias tales como la dignidad, el heroísmo, la ascensión espiritual y muchas otras cosas, no son más que velos de consolación que corremos discretamente sobre el acontecimiento más desgarrador de la existencia humana. Pero tener que renunciar a vivir y privarse de abrir los ojos al mundo cada mañana por la propia decisión, la mano propia… podrá ser liberador y dignificador para el que parte, pero devasta quienes se quedan y no se pueden liberar del tremendo peso que cae sobre sus conciencias, sus emociones, pues ¿cómo podemos estar seguros y tranquilos con respecto a la responsabilidad que nos cabe cuando alguien a quien amamos decide partir…?

 Robin Williams, cuyo currículum cinematográfico anda en estos momentos tan difundido en todos los medios de prensa que no es necesario reproducirlo aquí, era, sin duda, un hombre amado, y no solo por sus familiares y amigos, sino por mucha gente que jamás llegó RobinWilliamsMagnum-300x450a conocerlo más que en la pantalla. Lo querían los niños, que lo piensan tanto antes de entregar sus afectos, y los adultos porque los hacía reír, pero también porque los hacía volver a pensar en ciertas cosas que se hubieran dicho ya concluidas, pero desde aspectos que las revelaban como si sucedieran por primera vez. Probablemente uno de sus roles más recordados haya sido el que desempeñó en el filme sobre Peter Pan, o aquel donde fue doctor del niño que envejecía. Cada espectador tiene su propio Robin en el corazón. Para mí resultó inolvidable en un filme cuyo título nunca he conocido, en el que interpretó al viudo de una pintora suicida, a la que sigue, en una moderna versión de Orfeo, hasta los Infiernos. Halla la entrada a otros mundos a través de los paisajes que ella había pintado, y en su larga travesía por estas pinturas algo misteriosas encuentra a su perra dálmata, muerta mucho antes… A fin de cuenta, cada espectador es una caja de resonancias con sus propias vibraciones, y esa es la película de Robin Williams que a mí me hizo llorar y que nunca he olvidado, por ser la metáfora en movimiento de aquella frase terrible del filósofo griego Demócrito: “Todo se marcha…”, donde se resume la tremenda impermanencia que es la Muerte.

 Para decir adiós a un hombre como Robin Williams con palabras sinceras que broten de lo profundo del alma, hay que entender algo de catástrofes personales, de demoliciones del espíritu y de batallas terribles largamente sostenidas con fuerzas que se sacan de quién sabe dónde. Yo quisiera que nadie se sintiera tan al límite de su capacidad de resistencia como para optar por una salida tan tétrica de la vida. Lo natural es morir de vejez en la robin-williams-325x436cama, no en la guerra ni por mano ajena, pero mucho menos por la de uno mismo, porque ello habla de un conteo regresivo de la desesperación al que ningún ser humano debiera verse sometido. Adiós, entonces, a un hombre que durante décadas derrochó lo mejor de sí mismo para cada uno de nosotros, lo mereciéramos o no. Adiós a un hombre que tenía la mirada más tierna y bondadosa que recuerdo haber visto últimamente en un rostro humano. Cuando morimos de muerte natural, de término vital, o de una larga enfermedad, la herida que dejamos en la tela de la vida es más fina y cierra mejor, pero cuando un hombre muere antes del fin lógico de su existencia, la rasgadura queda abierta y por mucho tiempo exuda angustia. Extrañaremos a Robin Williams, y su ausencia quedará en el aire como un agujero extraño por el que se fugan la alegría, la inocencia y la ternura. Intenté no hablar del suicidio de Robin delante de mi hija, pero ella de algún modo lo supo, y se me acercó para comentarme consternada que era su actor preferido, y cuando le pregunté por qué, me dio una respuesta que aparentemente peca de simplicidad: “No sé…, porque me llegaba…”. No creo que se le pueda rendir homenaje mejor y más diáfano a un artista.

 Mientras leía sobre la escena del suicidio de Robin Williams, cómo encontraron su cuerpo y todos esos detalles macabros que nunca faltan en estos casos, ha venido a mi mente un poema de Juan de Dios Peza que le oí recitar muchas veces a mi familia cuando era niña. No me importa dirimir aquí si es un buen o un mal poema, solo me interesa la paradoja que puede ocultarse tras un rostro que nunca cesa de reír:

REÍR LLORANDO

Viendo a Garrik —actor de la Inglaterra—
el pueblo al aplaudirlo le decía:
«Eres el más gracioso de la tierra
y el más feliz…»
                                 Y el cómico reía.

Víctimas del spleen, los altos lores,
en sus noches más negras y pesadas,
iban a ver al rey de los actores
y cambiaban su spleen en carcajadas.

Una vez, ante un médico famoso,
llegóse un hombre de mirar sombrío:
«Sufro —le dijo—, un mal tan espantoso
como esta palidez del rostro mío.

»Nada me causa encanto ni atractivo;
no me importan mi nombre ni mi suerte
en un eterno spleen muriendo vivo,
y es mi única ilusión, la de la muerte».

—Viajad y os distraeréis.
                                              — ¡Tanto he viajado!
—Las lecturas buscad.
                                          —¡Tanto he leído!
—Que os ame una mujer.
                                                —¡Si soy amado!
—¡Un título adquirid!
                                      —¡Noble he nacido!

—¿Pobre seréis quizá?
                                          —Tengo riquezas.
—¿De lisonjas gustáis?
                                          —¡Tantas escucho!
—¿Que tenéis de familia?
                                              —Mis tristezas.
—¿Vais a los cementerios?
                                                —Mucho… mucho…

—¿De vuestra vida actual, tenéis testigos?
—Sí, mas no dejo que me impongan yugos;
yo les llamo a los muertos mis amigos;
y les llamo a los vivos mis verdugos.

—Me deja —agrega el médico— perplejo
vuestro mal y no debo acobardaros;
Tomad hoy por receta este consejo:
sólo viendo a Garrik, podréis curaros.

—¿A Garrik?
                        —Sí, a Garrik… La más remisa
y austera sociedad le busca ansiosa;
todo aquél que lo ve, muere de risa:
tiene una gracia artística asombrosa.

—¿Y a mí, me hará reír?
                                              —¡Ah!, sí, os lo juro,
él sí y nadie más que él; mas… ¿qué os inquieta?
—Así —dijo el enfermo— no me curo;
¡Yo soy Garrik!… Cambiadme la receta.

                        * * *

¡Cuántos hay que, cansados de la vida,
enfermos de pesar, muertos de tedio,
hacen reír como el actor suicida,
sin encontrar para su mal remedio!

¡Ay! ¡Cuántas veces al reír se llora!
¡Nadie en lo alegre de la risa fíe,
porque en los seres que el dolor devora,
el alma gime cuando el rostro ríe!

Si se muere la fe, si huye la calma,
si sólo abrojos nuestra planta pisa,
lanza a la faz la tempestad del alma,
un relámpago triste: la sonrisa.

El carnaval del mundo engaña tanto,
que las vidas son breves mascaradas;
aquí aprendemos a reír con llanto
y también a llorar con carcajadas.

 

 

 

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Acerca de Gina Picart

Soy escritora, periodista especializada en La Habana de la colonia y la república, investigadora, crítica literaria, guionista de cine, radio y televisión
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