José Antonio Aponte y la conspiración antiesclavista de 1812. Historia breve de una ilusión

NOTA: Este trabajo no pretende aportar ni descubrir nada nuevo en el tema infinito de los estudios apontinos, porque a estas alturas ya semejante posibilidad no parece materializable; es únicamente una reflexión personal sobre un momento de la historia de Cuba poco conocido y, me temo, peor comprendido. Como se trata de un trabajo periodístico tengo la libertad, y la uso, de no emplear el sistema de cita de fuentes propio de los trabajos de enfoque académico. En las escasas ocasiones en que describo alguna lámina del “libro de pinturas” lo hago porque llaman mi atención alguno de sus elementos o las relaciones que creo entrever en las constelaciones de símbolos que aparecen en ellas. No me interesa plagiar a nadie, me interesa pensar. Estoy a medio camino, por una parte, entre el desconcierto que me produce el empeño de algunos investigadores abocados a decodificar una carpeta de collages que nadie ha visto desde hace más de dos siglos, un conjunto de imágenes narradas por un hombre mucho más culto que sus captores y que, por tanto, les dijo lo que quiso decirles, que no forzosamente se corresponde con los verdaderos significados de las imágenes y el objetivo del libro mismo; y por otra parte, encuentro verdaderamente asombroso y más allá de la contención que demanda lo razonable, el entusiasmo con que otros investigadores se lanzan a un torbellino de inferencias que no soportan el análisis objetivo. Tomo como ejemplo, aunque hay muchos, el momento en que un investigador habla del gabinete de historia natural que el portugués Martín de la Parra tenía en La Habana en tiempos de Aponte, y tomando como base una carta que Parra envía a alguien anunciándole que ha encargado la construcción de nuevos muebles a los artesanos de mejor gusto de la ciudad, colige de inmediato que como Aponte era carpintero ebanista reputado, seguro el encargo le fue hecho a él. Los muebles, al parecer, se conservan, o al menos existen imágenes de ellos, pero no hay una firma, no hay nada que permita establecer la conexión con Aponte. Pudo ser cualquiera el mueblero, pero no, tuvo que ser Aponte porque así se puede argüir que fue Parra quien regaló a Aponte el libro de Historia Natural que las autoridades hallaron en su pequeña biblioteca personal cuando registraron su humilde vivienda. Semejante cabalgata cuasi fantástica desatada por el fervor del estudioso no se aviene con el espíritu de rigor que demanda la investigación, y resulta perjudicial en tanto se suma a un fondo bibliográfico al alcance de quien quiera usar de él, dando lugar a repeticiones que terminarán por hacer cierto lo que, aunque tal vez no sea una mentira, no está probado que sea una verdad y no es más que una suposición mientras no se demuestre lo contrario.

Me permito rebloquear aquí un artículo tomado de Cubadebate que me parece útil para tener una idea general de la labor conspiradora de Aponte y sus compañeros. Lamento que el autor, al hablar de los lugartenientes de Toussaint Louverture, haya mencionado solo a Desalines y Henri Christophe, olvidándose por completo de Alexandre Petion y de algunos otros detalles a los que, al parecer, no concede la menor importancia. Sin embargo, el texto ofrece información sobre algunos aspecto del tema en los que no profundicé.

José Antonio Aponte, negro libre, ex militar del Batallón de Pardos y Morenos de La260px-Jose_Antonio_Aponte Habana, carpintero ebanista, tallador de imágenes sacras y hombre asombrosamente culto es, sin duda, una de las figuras más atrayentes de la larga plana de personalidades sobresalientes que conforman la Historia de Cuba. Todos los cubanos sabemos que encabezó una de las más importantes conspiraciones antiesclavistas ocurridas en el suelo de la isla, que fue decapitado y su cabeza expuesta a la vista pública en una jaula de hierro, en la misma esquina de Belascoaín y Carlos III que hoy ocupa la Gran Logia Masónica de Cuba. Para el folclor, dejó tras de sí el célebre dicho “Eres más malo que Aponte”.

 Sin embargo, la vida y los hechos de Aponte continúan envueltos en el misterio y el enigma. Francisco Calcagno, en su novela Aponte (Barcelona, 1901), refleja partes de la leyenda negra con que la sacarocracia cubana rodeó a este luchador antiesclavista:

 Oscurísimo y envuelto en tinieblas aparece el origen de este: hay quien supone que era africano, quien que era hijo de La Habana, siendo esto lo más probable, pues como tal aparece en la sumaría, y no falta quien, porque fue esclavo de un Delmonte, lo crea oriundo de Santo Domingo.

 Aponte, sin embargo, nació en La Habana, donde su abuelo y su padre se habían destacado por su valor entre la alta oficialidad del Batallón de Pardos y Morenos Libres durante la toma de La Habana por los ingleses, y nunca fue esclavo. Era ya un hombre en la cincuentena cuando se involucró (o cuando tenemos noticia de que se involucró) en la oscura vida del conspiracionismo; de su existencia hasta ese momento muy poco se sabe de cierto, salvo que como militar del mencionado Batallón peleó en campañas fuera de territorio cubano. José Luciano Franco, quien rescató el legajo del proceso de instrucción llevado a cabo por las autoridades españolas a los acusados en la conspiración de 1812 y es una autoridad en los estudios apontinos, dice textualmente que Aponte

 […] tomó parte activa en la Guerra de Independencia de los Estados Unidos. En distintas ocasiones, y de ello no cabe duda, acompañó a la unidad de milicias de que formaba parte en los servicios de guarnición a San Agustín y otros lugares de La Florida; viajes que contribuyeron a mejorar sus conocimientos en todos sentidos.

 Un año antes de que sus actividades clandestinas llegaran a su punto más eruptivo, Aponte apartó de sí a su esposa y sus seis hijos para evitar que las autoridades españolas los implicaran en su infidencia, así que de su intimidad no hay información, salvo algún que otro detalle suministrado por sus compañeros de lucha y de prisión en los interrogatorios a que fueron sometidos en La Cabaña. En el momento de ser aprehendido vivía solo en una casita con techo de guano donde también tenía su taller, ubicada en la calle Jesús Peregrino, Pueblo Nuevo, en algún punto entre Infanta y Belascoaín, cerca de la Quinta de los Molinos.

 Mucha preguntas surgen cuando se piensa en Aponte, la mayoría sin respuestas que podamos dar como seguras. Era un hombre extremadamente discreto, enemigo de llamar la atención, e incluso como tallador de figuras sacras, labor con que solía ganarse la vida, no se conserva —hasta donde yo sé— ningún trabajo que lleve su firma, ni documentos de época que lo mencionen vinculado a la vida religiosa de La Habana en calidad de artesano. Esto no resulta demasiado sorprendente, puesto que los artesanos negros no solían firmar sus obras, pero Aponte era un hombre libre, tal vez un artista, y otros de su misma condición sí dejaron sus firmas estampadas para la posteridad.

 Todas las fuentes que he consultado apelan, para interpretar la personalidad y el pensamiento de Aponte, a las respuestas que dio a sus interrogadores durante la instrucción de su proceso, y al famoso “libro de pinturas” hallado en su casa durante los registros que las autoridades practicaron en ella tras la detención de su dueño. Pero lo que ha llegado a nosotros de todo lo que Aponte habló sobre esa obra fue dicho en cautiverio, en medio de interrogatorios extenuantes a los que el reo fue sometido durante once días, y en respuesta a las interpelaciones de sus interrogadores, dirigidas a encontrar y demostrar en aquellas pinturas intenciones de sublevar a los negros y provocar una catástrofe política al estilo de las masacres de Haití. No se trata, pues, del discurso espontáneo de un hombre que explica su obra a interlocutores con entera libertad, sino de un conspirador que sabe que va a morir, pero sabe también que debe ocultar hasta donde sea posible el verdadero alcance de sus actividades y propósitos, y debe proteger a sus cómplices y asociados hasta donde la dignidad y el interés de su causa lo demanden.

 En las condiciones en que Aponte hizo sus declaraciones, nadie puede asegurar que dijo todo, ni que todo cuanto dijo fuera cierto. El más acucioso análisis hermenéutico que se haga de estas pinturas narradas por su autor —pero que desaparecieron tras su muerte y desde entonces nadie ha vuelto a ver—, no pasará de la categoría de loable esfuerzo especulativo. Ni Elías Entralgo, ni Emilio Roig, ni José Luciano Franco, ni Juan Antonio Hernández ni ninguno de los investigadores cubanos y extranjeros que se han ocupado de Aponte, como tampoco ninguno de los novelistas que han escrito sobre él —entre los cuales sin duda el mejor ha sido Ernesto Peña, con su novela Una biblia perdida— pueden cruzar más allá de las barreras de niebla que Aponte levantó alrededor de sí mismo, porque fue un hombre hermético.

Hay toda una literatura en torno a este bautizado “libro de pinturas” que tanto excita la fantasía de quienes conocen su existencia. Se trata, en realidad, de una carpeta de dibujos de gran tamaño y forrada en hule negro, que contenía unas setenta y dos láminas compuestas en su mayoría por numerosas figuras recortadas y pegadas, y algunas pintadas a mano, de acuerdo con la descripción del mismo Aponte, pues según explicó durante los interrogatorios a que fue sometido, compraba las imágenes o las recortaba de grabados, almanaques y abanicos viejos, y luego hacía con ellas composiciones donde mezclaba elementos correspondientes a varias culturas y tradiciones esotéricas. ¿Con qué propósito? ¿Era solo el entretenimiento estético de un hombre solitario con alma de artista? ¿Era en verdad un libro concebido para incitar a la sedición, como pensaban las autoridades españolas? ¿Era algo más que eso, tal vez un intento de crear un testamento político, una cosmovisión…?

Aunque la novela de Calcagno sea considerada por el Dr. Franco como “no muy buena”, algunos de sus pasajes ilustran con bastante fidelidad el estado de cosas que rodeó a Aponte, y los usaré porque me ahorrarán largas citas enjundiosas de libros de Historia e investigaciones académicas. El párrafo que voy a citar resume muy bien las intenciones que le atribuían a Aponte los hacendados blancos, el primer estamento social amenazado por las revueltas esclavas, y también por el juez Rendón, designado por las autoridades coloniales para interrogar al reo:

 …diremos que el Antonio Aponte fue un negro de alma tan negra como su rostro, y no decimos esto porque conspirara contra los blancos y pretendiera alzar el decaído espíritu de los suyos; que eso no fuera más que amor a la dignidad de su raza. Pero nada menos pretendía que fundar un imperio negro sobre las ruinas de la colonia blanca, proclamándose emperador a la manera de Dessalines, o de aquel Christophe que a la sazón era Enrique I rey de Haití, y esto se habría de conseguir asesinando a todos los blancos y quedándose con las blancas, para servicio doméstico y otros usos.

 Este párrafo revela de un modo muy ilustrativo el núcleo de los temores que la Revolución de Haití inspiraba en la población blanca de todos los territorios donde existía la esclavitud de plantación. Como todo el mundo sabe, no se trataba de fantasías, sino de terrores provocados por hechos ciertos, porque en Haití hubo masacres de ambos bandos, y muchos amos de esclavos fueron asesinados junto con sus familias, las mujeres violadas,

fuite

los niños mutilados, las haciendas quemadas y destruidos los campos de caña. Tanto en Haití como en Santo Domingo, las tropas de los generales negros que encabezaban la revolución antiesclavista cometieron todas las atrocidades a que induce un odio virulento largamente reprimido hacia quienes les habían reducido a la condición de bestias de trabajo, pero también hicieron miles de víctimas entre la población inocente. Sin olvidar el número desconocido de víctimas de su propia raza que el rey Christophe hizo más tarde en su reino de Haití cuando quiso restaurar la economía de plantación que había hecho de Haití la colonia más rica del Caribe bajo el control de los franceses, y a esas víctimas hay que sumar a todos los ciudadanos negros que esclavizó para llevar a cabo la construcción de sus palacios y fortalezas, y también a los que inmoló en sacrificios rituales para mezclar su sangre con la argamasa de los muros de La Citadelle La Ferriere, considerada una de las obras de arquitectura militar más importantes de su tiempo, a fin de hacerla inexpugnable.

Pero no es el objetivo de este artículo analizar si todos los esclavos quecouverture1 ansiaban ser hombres libres lo hubieran sido de permanecer en su África natal, donde ya existía la esclavitud y en las guerras intertribales y los vencedores esclavizaban o vendían como esclavos a los cautivos capturados en combate; ni tampoco si las condiciones de vida de un esclavo africano en su tierra natal eran mejores o peores que las que le esperaban en una hacienda, plantación o cafetal de El Caribe o el Sur de los Estados Unidos. El hecho histórico es que los esclavos traídos al Nuevo Mundo querían dejar de serlo y tenían pleno derecho a ello. Y Aponte estaba dispuesto a conseguirlo.

Aponte y la posibilidad imposible

Existe la posibilidad de que Aponte, el misterioso conspirador, llegara a fraguar una vasta red de contactos dentro y fuera de Cuba, de cuya verdadera envergadura no existen pruebas y tal vez nunca serán halladas. Se sabe que se relacionaba con personas de ideas antiesclavistas e independentistas en Brasil, Haití, Santo Domingo y el Sur de los Estados Unidos, donde, como dije antes, había estado en incursiones militares cuando era cabo del Batallón de Pardos y Morenos Libres de La Habana. También tenía vínculos en otras zonas de América del Sur y con posibles agentes de Francia e Inglaterra, eternas enemigas de España, como tal vez lo fueron el negro Juan Barbier, quien se hacía llamar el francés, y el negro Hilario Herrera, conocido como el inglés.

Pero las circunstancias operativas que rodeaban a Aponte indican que sus puntos de referencia y más significativos contactos fueron Generales negros, quienes habían combatido en Haití bajo la bandera española, y después se vieron obligados a huir de aquella isla cuando los derrotaron las tropas francesas y sus aliados negros conducidos por Toussaint Louverture. Algunos de estos Generales buscaron asilo en Cuba, que les fue negado, pero mientras las autoridades cubanas llegaban a esa decisión final, los solicitantes, con sus familias y algunos de sus oficiales y clases fueron concentrados en Casablanca por las autoridades coloniales, quienes deseaban mantenerlos lo más lejos posible de los cabildos de nación, un polvorín dispuesto a estallar en cuanto alguien le acercara la mecha.

En la conspiración de 1812 estaban involucrados negros libres y esclavos, blancos pobres y hacendados de ideas liberales, así como catalanes y españoles. Algunos negros libres, y otros que vivían como esclavos en ingenios de La Habana y Puerto Príncipe, alertaron a sus amos o directamente a las autoridades de que se avecinaba un desembarco de tropas haitianas enviadas por el rey Christophe para desatar la rebelión en Cuba. Durante los interrogatorios a que fueron sometidos en La Cabaña Aponte y sus compañeros, mencionaron promesas de asesoría y ayuda militar, recibidas no se sabe si directamente del rey Christophe, tal vez en forma de una carta o un mensaje verbal, pero en todo caso sí directamente de los Generales negros retenidos en Casa Blanca, en especial de Gil Narciso, quien durante su segunda estancia en el puerto de La Habana se ofreció —mediante un juramento abakuá según Franco— para ponerse al frente de la futura gesta libertadora, que en ese momento era deseada con particular ardor por la población negra cubana, erróneamente convencida de que las Cortes de Madrid habían decretado ya el fin de la esclavitud, pero los hacendados cubanos no aceptaban el decreto y se negaban a hacerlo público. En aquellos días había, pues, entre los negros de Cuba, un fuerte sentimiento de reivindicación. En los círculos cerrados de los cabildos de nación se manejaba la fantasiosa cifra de cinco mil soldados haitianos que llegarían a Cuba dentro de poco tiempo para dar fin la esclavitud. Me pregunto si el rey Christophe dispondría de una flota capaz de transportar semejante ejército, aunque fuera a través de las estrechas aguas que separan Haití del extremo de la provincia cubana de Oriente.

Hasta dónde todas las promesas que le fueron hechas a Aponte por la parte haitiana fueron reales o hijas del deseo o la leyenda, es algo que no podremos conocer si no salen a la luz nuevos documentos reveladores del alcance de aquella conspiración. Pero no hay por qué dudar de la existencia de un vínculo haitiano, como demuestra el hecho de que en el “libro de pinturas” de Aponte se constate una singular coincidencia de pensamiento con el ideario político de un intelectual y hombre de Estado haitiano muy cercano al rey Christophe, el barón de Vastey, considerado por los estudiosos del Caribe el primero en reclamar para su raza un linaje de gloria y grandeza que nacía en el Egipto de los faraones nubios, pasaba por el reino de Israel (con los amores entre el rey Salomón y la reina Makeda de Saba) y se concretaba en el reino de Etiopía (fundado por el hijo de ambos, Menelik, nombrado por su padre guardián del Arca de la Alianza del dios de Israel). No sabemos si Aponte conocía algo sobre las teorías de De Vastey, pero no pudo haber leído ninguno de sus libros, porque estos no fueron publicados hasta dos años después de la muerte de Aponte, quien debió de obtener sus conocimientos sobre el tema por vía oral, lo que tentativamente apoyaría la tesis de que Aponte mantenía contactos con el reino de Christophe.

Lo que sí es absolutamente cierto es que todos los planes fraguados por los conspiradores de 1812 estuvieron basados en la promesa de Aponte de que serían asistidos con armas, jefes militares y soldados provenientes de Haití. Solo que no vino nadie, y los esclavos de Peñas Altas, ingenio de Guanabo donde se llevó a cabo una de las primeras revueltas ocurridas durante aquel año, se quedaron asustados y solos, y fue imposible repetir la hazaña en otros ingenios del país, donde los amos, prevenidos por sus propios esclavos, prepararon a tiempo la defensa de sus propiedades. Todo abortó. ¿Por qué?

 Aunque Franco dice que “Alguien, no identificado, regaló a Aponte un retrato de [la coronación de] Chistophe con su vistoso traje de ceremonia, y llegó a insinuarle la posibilidad de recibir de aquel ayuda para los rebeldes cubanos”, en lo personal creo que pudo haber existido algún tipo de promesa por parte del rey Christophe —ya fuera por escrito o a través de intermediarios— a Aponte o a algún otro de los conjurados. No creo que Aponte, cauteloso por naturaleza, hubiera dado crédito en empresa tan seria y peligrosa a una mera insinuación. ¿Qué papel desempeñó en todo ello Hilario Herrera, el Inglés, uno de los más cercanos colaboradores de Aponte y natural de la villa de Azua en Santo Domingo, y quien, según Franco, “había participado en la serie de acontecimientos que van desde los primeros conflictos a causa de la Revolución haitiana, la ocupación de Santo Domingo por las tropas de Toussaint Louverture hasta el gobierno de Juan Sánchez Ramírez”?

Por más que Gil Narciso pudiera ofrecerse con muy buena voluntad a sí mismo y a sus oficiales y clases para dirigir el levantamiento general de los esclavos en la isla de Cuba, no podía movilizar por su cuenta tropas y armamento provenientes de Haití, porque él era un exiliado. De hecho, lo que parece que Gil Narciso prometió fue que intervendría una vez que mismos cubanos hubieran asaltado fortalezas y arsenales y pudieran disponer de las armas capturadas. ¿Habrá sido Herrera —y no alguno de los generales negros de Casablanca— el alguien que trasmitió una supuesta promesa de apoyo de Christophe a Aponte? Franco afirma que Herrera esperaba el 5 de enero de 1812 la llegada de un barco procedente de Haití con trescientos fusiles para la sublevación que debía tener lugar en Camagüey como apoyo a la de La Habana. Pero esas armas jamás llegaron.

Hay un ángulo en este tema de la ayuda que resulta digno de análisis a la hora de intentar comprender si el reino de Henri Christhope estaba en condiciones de enviar ejércitos y armamento a Cuba. Por el contrario de Petion en el sur, quien eligió para su República una economía basada en la pequeña propiedad de terrenos destinados a la agricultura y trabajados por campesinos libres, Christophe implantó en su reino un régimen similar al de las plantaciones esclavistas francesas, y aunque oficialmente no esclavizó a los hombres, lo hizo en la práctica. Se trataba de un régimen semifeudal en el que cada hombre físicamente capaz estaba obligado a trabajar en las plantaciones, sin contar los veinte mil esclavos que requirió la construcción de La Citadelle, por no mencionar cifras posibles consumidas por el resto de los edificios que Henri I levantó durante su reinado. Por supuesto, cualquiera sea la cifra total de esclavos empleados en aquellos menesteres, ninguno disfrutó de larga vida, por lo que se trató de una fuerza de trabajo constante y necesariamente renovada, lo que hace de la cifra mencionada solo un supuesto que la realidad debió duplicar o acaso triplicar, teniendo en cuenta los años que duró la construcción de La Citadelle. Como resultado, durante el gobierno de Crhistophe el norte de Haití se convirtió en un reino despótico y opresivo, aunque relativamente rico, pero rápidamente empobrecido al perder gran parte de su población por las razones antes expuestas, y además por la brutal deforestación a que Christophe sometió la tierra, y aún por otras varias causas. ¿Era este el país que podía enviar a Cuba un ejército de 5 mil hombres completamente armados…? Todo parece un sueño. ¿Eran capaces los conspiradores de reparar en ello entonces?

 Amistades peligrosas

Las opiniones en torno a Henri Christophe, primer rey de Haití, están divididas por una

Henri Crhistophe

Henri Crhistophe

clara línea de demarcación. Para muchos siempre será el héroe, el caudillo de increíble fiereza y arrojo personal, compañero de lucha de Toussaint Louverture y Dessalines, profundamente comprometido con la causa de su raza; el jefe militar que siendo comandante de la ciudad de Cabo Haitiano, respondió a una intimidatoria misiva del general francés Leclerc, en la que este le exigía la rendición de la plaza: “Si usted tiene la fuerza con que me amenaza, le presentaré toda la resistencia que caracteriza a un General, y si la suerte de las armas le es favorable, usted no entrará en la ciudad de Cabo Haitiano mas que cuando ésta sea reducida a cenizas, y aún sobre esas cenizas, yo le combatiré”[1]; el gobernante que dio a su pueblo el primer Código legal; el estadista que inauguró escuelas, importó maestros de Europa y los Estados Unidos y tomó enérgicas medidas para ofrecer la mejor educación a sus conciudadanos; que construyó caminos y organizó un ejército para mantener la ley. En suma, el último representante de los grandes hombres-dioses Bouckman, Mackandal, Toussaint Louverture y Dessalines, quienes llevaron a su culminación la primera gran rebelión triunfante de esclavos en la historia de la Humanidad.

 Pero fue también el magnicida que, conjuntamente con Petion, asesinó al Presidente Dessalines. Veamos algunos detalles tomados de blogs de WordPress: 

Alexandre Petion, presidente mulato de Saint Domingue

Alexandre Petion, presidente mulato de Saint Domingue

Miembros de la administración de Dessalines, incluyendo a Alexandre Pétion y Henri Cristopher, iniciaron una conspiración para derrocar al Emperador. Dessalines. […] este fue asesinado al norte de la ciudad capital, Puerto Príncipe, en Pont Larnage, (ahora conocido como Pont-Rouge) el 17 de Octubre de 1806 cuando se dirigía a pelear contra los rebeldes. Algunos historiadores dicen que en realidad lo mataron en la casa de Pétion en Rué l’Enterrement después de una reunión para negociar sobre el poder y el futuro de la joven nación.

El 17 de octubre de 1806, más allá de Pont-Rouge, habian preparado una emboscada. Parte de las tropas estaban disimuladas a cada lado de la carretera. Llega el Emperador, rodeado de una pequeña escolta, sin temer al peligro, con proyectos de venganza en mente. Resonó de pronto una fuerte voz:…”-¡Alto! ¡Formen el cìrculo” En el mismo momento, surgen los soldados de los matorrales donde se esconden y rodean a Dessalines. Pero el respeto y el temor cobran fuerza y nadie obedece a los oficiales que gritan: “Fuego, fuego. -…”Me han traicionado dice el Emperador. Se arma de su bastòn, golpea a los que lo rodean, y de un pistoletazo, mata a un soldado. Luego, trata de retroceder. Fue entonces cuando Garat dispara,

Dessalines. autoproclamado Emperador de Haití, invasor de Santo Domingo

Dessalines. autoproclamado Emperador de Haití, invasor de Santo Domingo

tembloroso, un tiro de fusil que no alcanza mas que el caballo del emperador. Dessalines cae rodando con su montura y despliega esfuerzos desesperados por liberarse. Socorro Charlotin, este de un salto se desmonta y cuando agarraba a Dessalines, una descaga los acribillò a los dos. Hubo luego una horrible escena. El Emperador es despojado de su ropa. Le roban las armas, las pistolas, su sable. Le cortan los dedos de las manos para quitarle màs fácilmente los anillos. Yayou lo manda a poner sobre unos fusiles dispuestos a manera de camilla, y burlonamente exclama: “Quien dirìía que ese pobre infeliz, hacia temblar todo Haití hace un cuarto de hora solamente”….Mientras se encaminaban, ebrios de alegría hacia Puerto Príncipe, dejaron caer muchas veces el cadáver del Emperador y la muchedumbre, lanzándose sobre él, le apedreó y lo destrozó a sablazos. Cuando, media hora después, lo tiraron en medio de la plaza del Gobierno, ya no se le reconocía: el cráneo roto, las manos y los pies cortados. Allí permaneció largas horas frecuentemente apedreado por niños incitados por la violencia de los mayores….Por la noche una anciana de nombre Defilée, guardó en un saco los restos ensangrentados del Emperador, y más tarde, cuando se apaciguaron las pasiones políticas, hizo construir en Sainte-Anne, una modesta tumba con un epitafio elocuente en su sencillez:… “Aquí yace Dessalines, muerto a los 48 años”.[2]

 De aquel acto, que recuerda asombrosamente los suplicios a que la plebe enardecida sometió a Andrónico, emperador bizantino, inmediatamente antes de asesinarle resultó lo inevitable: la división de la isla en el reino de Christophe al norte, y Saint-Domingue, la república mulata de Petion al sur, con la consiguiente enemistad perpetua entre los dos nuevos caudillos. ¿Fue Christophe desde siempre, o comenzó a ser en algún momento de su vida un megalómano mimético y salvaje, con un ego sin límites y un pensamiento mágico absolutamente bajo la influencia del vudú, que terminó empujándolo a cometer actos demenciales; un auténtico camaleón político que se invistió con las banderas de la gloria y la libertad y engañó a todos en un proceso bastante similar al protagonizado un siglo después en la República de Cuba por el prestigioso General mambí Gerardo Machado, salvas sean las diferencias?

Han pasado a la Historia relatos horrendos de las incursiones de Christophe en Saint-Domingue, donde no solo masacró a los ciudadanos blancos, sino a los mulatos que constituían el grueso de la población del sur, donde la defensa de la banda del Cibao estuvo a cargo del mulato José Serapio Reynoso del Orbe, quien sucumbió ante las tropas de Christophe cuando estas se ocupaban de degollar a la población de Santiago. El cronista Arredondo y Pichardo, sobreviviente de aquella matanza, describió la muerte de Reynoso en los términos siguientes:

El cadáver de nuestro comandante a poco rato ya apenas se distinguía porque la sangre y la polvareda lo tenían arropado de un modo que solo por el vestido se conocía que era de un racional, en razón de que cada negro que pasaba cerca, le metía el sable o la bayoneta, como si estuviera vivo, o se temiera su resurrección, explicando con esta brutal acción, la saña y el espíritu de venganza de que venían dominados. […] Toda aquella población y los pueblos del tránsito, fueron reducidos a ceniza por la tropa negra en su retirada, destruyendo hasta los altares. Los sacerdotes que encontraron fueron presos, y después sacrificados, arrastrando al Guárico a los que dejaron vivos, sin dispensar ni aun a la gente de color, que no querían darse al sistema de la desolación, muriendo muchos de hambre y sed en los caminos por donde eran conducidos a pié para la parte francesa…

Documentos de época hablan de matanzas en toda la geografía dominicana, de las que solo se salvaron algunos lugares apartados. Las tropas de Christophe masacraron a familias dominicanas enteras, tanto blancas como de color; hombres y niños degollados, mujeres y niñas violadas y luego degolladas. Ningún argumento puede ser esgrimido para justificar semejante genocidio, pues en la parte española de la isla los esclavos eran una minoría que no pasaban del 20% de la población, lo que evidencia que la mayoría de la gente de color dominicana no era esclava, y ello, a su vez, significa que la gran mayoría de los pobladores blancos no eran esclavistas. Un elevado número de habitantes de Saint-Domingue eran simples campesinos indefensos que ganaban su pan cultivando sus tierras.

Christophe fue “[…] el peculiar arquetipo del dictador que lució una corona y que se corresponde con la historia de una América aún virgen, y encarna a su manera el resentimiento y la voluntad de poder en el sentido nietzscheano; el encumbramiento de los sometidos […]”. Durante su reinado se hizo erigir seis castillos y ocho palacios, (incluyendo el palacio real de Sans-Souci y la fortaleza de La Citadelle La fèrriere, cuya construcción ordenó en 1805, cuando era solo Gobernador de la parte norte de la isla. En Sans Souci,

sansouci

considerado como una de las maravillas arquitectónicas de su tiempo, con jardines decorados con fuentes y estatuas grecorromanas al estilo de Versalles, tenía Christophe una gran biblioteca que usaba a manera de escenografía para reunirse con figuras europeas, cuando él mismo era analfabeto. Creó una nobleza que, sin proponérselo, resultó caricatura de las aristocracias europeas, y la disfrazó con elegantes entorchados y galones dorados, copia viva del vestuario de los nobles franceses. Nombró reina a su esposa y princesas a sus hijas Athenais y Amatista[3], y montó alrededor de su “sagrada Majestad” toda una maquinaria estatal y privada donde mimetizaba los mismos modelos de vida que había combatido a sangre y fuego y de los que se había declarado enemigo irreconciliable.

Christophe proclamó el catolicismo como religión oficial de su reino, pero estaba rodeado de hounganes o sacerdotes del vudú, y muchos de los esclavos que participaron en la construcción de La Citadelle morían de insolación y deshidratación, eran arrojados a las canteras y sus cuerpos mezclados con la argamasa que se emplearía en los muros, previamente impregnada con sangre de toros, también inmolados en sacrificio ritual con el propósito mágico de hacer aquellos bastiones inexpugnables, puesto que La Citadelle fue concebida para ser el último refugio del rey en caso de que la isla fuera tomada por los franceses u otros invasores. Christophe fue el precursor moral de la odiosa dinastía Duvalier y su nefasta creación, la secta paramilitar de los macoutes.

La Citadelle La Ferriere, considerada una de las maravillas arquitectónicas de su tiempo. Fue construida con el trabajo de más de veinte mil esclavos

La Citadelle La Ferriere, considerada una de las maravillas arquitectónicas de su tiempo. Fue construida con el trabajo de más de veinte mil esclavos. La sangre de los que morían al pie de la obraera mezclada con la argamasa de sus muros junto con sangre de toros sacrificados en rituales de vudú, para hacer de la fortaleza un lugar inexpugnable. En su interior se mató de un pistoletazo el propio Christophe, y su cuerpo corrió la misma suerte.

Tal era el hombre que condenó a muerte a la revolución haitiana, la más intensa del Nuevo Mundo y una de las más legítimas empresas de conquista de la libertad que ennoblecen la historia del género humano. Tal era el hombre en quien confiaba y a quien admiraba José Antonio Aponte, y cuyo ejemplo quería seguir, aunque sería difícil encontrar dos almas menos parecidas. Posiblemente Christophe desistió de su intención de involucrarse en el alzamiento de los negros cubanos por no encontrarle utilidad para sus propios fines o parecerle una empresa destinada al fracaso. Y digo posiblemente porque no podemos prescindir de la suposición de Juan Antonio Hernández sobre la probabilidad de que nunca hubiera existido una promesa haitiana, sino solo rumores propagados por la ansiedad febricitante de algunos sectores de la población cubana, y que Aponte habría aprovechado para acreditar su propia gestión conspirativa.

Por otra parte, afirmar que en la Cuba de 1812 estaban creadas las condiciones para que triunfara una sublevación de esclavos a lo largo de todo el territorio nacional es, cuando menos, un acto de osadía. Muchos especialistas en Historia, investigadores, sociólogos coinciden en que de acuerdo con la estructura del Gobierno colonial de la isla de Cuba, la extensión de su territorio y otras características económicas y culturales que marcaban notables diferencias con Haití, ni siquiera con ayuda exterior la sublevación habría tenido éxito. Entre las necesarias condiciones subjetivas que se hallaban ausentes está el hecho de que si bien los esclavos ansiaban la libertad, carecían en ese momento de una maduración de la conciencia política, como lo prueba, por ejemplo, el hecho de que en Puerto Príncipe el motivo de las delaciones de los negros esclavos fueran los celos y las rivalidades personales.

Desde el punto de vista factual, sería interesante reflexionar sobre si Aponte solo se proponía acabar con la esclavitud o su proyecto contemplaba una segunda parte, es decir, una revolución destinada a cambiar el estatus colonial por una forma diferente de gobierno. ¿Era Aponte partidario de instaurar una monarquía negra en Cuba? Uno de los complotados en la conspiración de 1812 reveló durante los interrogatorios que Aponte le comentó en una ocasión cómo cuando se hubieran consumado los acontecimientos en Cuba, lo encontrarían a él “hecho rey”. En ese caso —y moviéndonos siempre en el terreno de la más pura especulación—, surgen varias preguntas: ¿Estaba en los planes de Aponte crear un imperio negro internacional, dado que al parecer había incitado a la rebelión a los esclavos del Brasil y del Sur de los Estados Unidos? De haber podido llevar a cabo sus supuestos planes de reproducir fielmente en suelo cubano la Revolución de Haití y sus resultados, y exportarla a otras regiones del continente, ¿cómo habría influido todo ello en el curso de la Historia? ¿Qué lugar ocupaba en sus proyectos el “libro de pinturas”? ¿Se trataba de una especie de manual en el que recogía su pensamiento político, o era la cartilla de una incipiente ideología…?

El hombre infinito

El carpintero, mueblero y tallador de imágenes sacras José Antonio Aponte era un negro lucumí (yoruba), un ogboni, un oni-Shangó, y su casa era la sede del cabildo Shangó Tedum. Era, además, un oficial retirado del Batallón de Pardos y Morenos Libres de La Habana, donde se había cubierto de honores en más de una batalla, y descendía de otros oficiales pertenecientes al mismo Cuerpo, quienes se habían destacado por sus servicios a la Corona durante la toma de la capital por los ingleses, de quienes él se enorgullecía.. Cuando fracasó la conspiración masónica de 1810, en que Aponte tomó parte como hombre de confianza de don Luis Francisco Bassave, uno de los líderes blancos, logró pasar inadvertido mientras eran arrestados los cabecillas y varios de sus cómplices, y en la conspiración que supuestamente él mismo encabezó en 1812, no fue un blanco inicial para las autoridades de la Corona hasta que un esclavo del ingenio Peñas Altas, de Guanabo, donde había tenido lugar una de las revueltas de esclavos de aquel año, denunció a Salvador Ternero, un conspirador del grupo más cercano a Aponte, como uno de los instigadores de la rebelión. Ternero fue aprehendido y poco después el maestro Aponte, pero solo por estar acusado de participar en las reuniones que tenían lugar en la casa de Ternero.

Estamos, pues, en presencia de un Aponte desconfiado que sabía compartimentar la información y no era inexperto en el arte de la conspiración, cuya autoridad era respetada no solo entre los negros, sino también por los conspiradores blancos, quienes no lo delataron nunca; un hombre cuya valía militar era reconocida por las autoridades coloniales y gozaba entre los suyos de un rango a medias entre la realeza y el sacerdocio, pues los ogboni eran los miembros de la secta secreta más importante de Nigeria, con poderes semejantes a los de los propios reyes africanos, y los oni-Shangó, por considerarse descendientes del Alafín de Oyo, rango que Shangó desempeñó alguna vez, consustancialmente llevan en ellos una marca más o menos como la que distingue a Jesucristo: una doble naturaleza, a medias entre hombre y dios, y como tal, tenía una muy importante posición dentro de su cabildo.

Era sibilino, escurridizo y de inteligencia poco común. Tenía sensibilidad artística, aunque no poseemos ninguna obra suya que permita determinar si realmente era un artista o solo un artesano inspirado y capaz, dotado de gran cultura libresca. Al parecer era un cristiano devoto —si nos guiamos por su propio testimonio dado en prisión ante las autoridades que instruyeron su proceso—, pero ¿hasta qué punto podría ser cierta la filiación católica de un hombre en el que se reunían dos de las más altas dignidades de la religión yoruba…? ¿Debería bastarnos que hubiera esculpido a la puerta de su casa la imagen de un Jesús Peregrino para creerle entregado en cuerpo y alma a la religión de los blancos esclavistas a quienes combatía? Este hombre lleno de enigmas, con una eficaz capacidad para hacerse invisible, creó una obra que hoy, a la luz de todos los estudios afrocaribeños existentes, debe ser considerada como el primer manifiesto del panafricanismo y del etiopianismo caribeños, y hace de él un precursor, por delante, incluso, del barón de Vastey, ministro y consejero del rey Henri I de Haití, a quien hasta ahora se le ha atribuido el mérito de haber sido el primer apologista de la negritud.

No sé si podría afirmarse, además, la prioridad caribeña de Aponte en el empleo de estrategias de manipulación de la opinión pública, pues ya habían sido usadas en Haití por los revolucionarios negros, pero tal vez haya sido el pionero en su empleo dentro de Cuba. Su primer paso en este sentido fue propalar entre la población negra de la isla el rumor de que las Cortes de Cádiz habían concedido la libertad a los esclavos, cuando en aquel momento solo se trataba de un proyecto en discusión presentado por un diputado mexicano. Esta falsa creencia en un hecho que aún no había sucedido, sumada a un segundo rumor consistente en culpar a los hacendados blancos de silenciar la supuesta concesión de libertad para mantener la economía esclavista, enardeció a los negros de Cuba. El segundo paso fue difundir otro rumor en torno a la ayuda ofrecida por el reino de Haití para respaldar una insurrección en Cuba con un ejército de miles de hombres y armamento. Las opiniones de los estudiosos del tema apontino están divididas entre quienes creen que tal promesa existió en realidad y provino del propio Henri Christophe, o del General dominicano Gil Narciso durante su segunda estancia en Cuba, y quienes sospechan que solo se trató de otra ocurrencia de Aponte para servirse de ella en sus propósitos. El tercer paso consistió en una estratagema mucho más osada: Aponte hizo pasar —o permitió que el francés se hiciera pasar ante otros conjurados— por el General haitiano Jean Francoise, para que los negros cubanos creyeran que una gran figura de la Revolución haitiana estaba en La Habana preparando la insurrección de los esclavos. Pienso que al “libro de pinturas” encontrado en su casa por las autoridades coloniales tras el arresto de su autor, le había sido asignado un papel protagónico en esta estrategia digna de Maquiavelo: era una obra destinada a concentrar y fortalecer todas las otras condiciones subjetivas que debían favorecer el levantamiento concebido no solo para Cuba, sino para otras áreas continentales, pero su verdadera importancia llegaría después, cuando pudiera ser usado como una auténtica Biblia negra, como pilar teórico de una teología política encargada de acreditar a África no solo como el lugar de origen de la Humanidad, sino a Etiopía como un centro de poder no solo igual, sino incluso superior a todas las monarquías europeas.

El “libro de pinturas” de Aponte, que ha sido calificado por algunos estudiosos de códice afrocubano, fue comenzado por su autor en 1806. Aponte sostuvo en sus declaraciones que la obra era de su única autoría, y solo en una ocasión admitió haberse auxiliado de las habilidades de un joven artesano negro, Trinidad Núñez, quien ejercía el oficio de pintor en una tienda. Según el propio Aponte, Trinidad realizó para el “libro de pinturas” “las figuras sobre puestas que no son grabadas”, y además, reprodujo imágenes de santos.

La variedad y riqueza de las imágenes del libro y el carácter de sus composiciones es casi infinita, por lo que, para abreviar este artículo periodístico, he preparado una especie de pastiche de diferentes descripciones de esa obra, algunas provenientes del legajo de instrucción del proceso rescatado por José Luciano Franco, del cual se ha publicado una selección de documentos; otros fragmentos pertenecen al prólogo del investigador venezolano Juan Antonio Hernández al libro titulado Las conspiraciones de 1810 y 1812, de Franco, además de breves descripciones de otros especialistas, de modo que el lector pueda hacerse una idea rápida y general de lo que tratamos:

 […] el libro [era] como una carpeta grande que contenía una “obra pictoglífica saturada de personajes, iconos, alegorías, hieroglifos, versos, mapas, paisajes, ciudades, símbolos, colores y textos repartidos en setenta y dos láminas de gran formato. […] Cada lámina estaba compuesta con figuras independientes, por un procedimiento semejante al del moderno collage. En ellas se representaba la historia del Génesis tal como la cuenta la Biblia; ejércitos negros y blancos trabados en combate, donde los segundos eran siempre derrotados; reproducciones de La Habana rodeada de sus murallas, los castillos de El Morro, Atarés, la Punta, La Cabaña, así como los caminos que conducían a Regla y a Guanabacoa, palacios, iglesias, quintas e ingenios en los alrededores de la ciudad, los muelles y almacenes del puerto, cuarteles y demás instalaciones militares; dioses de los panteones grecolatinos, divinidades del santoral cristiano, el Preste Juan de Etiopía, la reina de Saba, Salomón y el hijo de ambos, Menelik, el Arca de la Alianza, embarcaciones en el mar, imágenes de jefes a caballo, religiosos negros de diferentes Órdenes y grados, los portugueses, el sol, las plantas, los símbolos del zodíaco, las estrellas, la hagiografía cristiana, la mitografía antigua (griega, romana y cristiana), documentos militares y administrativos oficiales (mapas de batalla, cédulas reales), […] “la imaginería y emblemata aristocrática del barroco, las pinturas murales de las calles habaneras, las biografías de soberanos, militares, religiosos y santos (europeos, orientales, americanos y africanos), los almanaques, los catecismos, los libros de historia de Etiopía, del cristianismo y de sus congregaciones religiosas, y también la historia de su propia vida [la de Aponte] y la de su genealogía familiar”. […] “Un huracán de imágenes […] cruzado por un rumor de multitudes, concatenando imágenes del Génesis, la Ilíada y la Odisea, Egipto, Babilonia y Etiopía, mapas de fortalezas y haciendas en Cuba, alegorías barrocas, dioses greco-romanos, soldados, cardenales y reyes africanos, retratos de los jacobins noirs y de George Washington, el Preste Juan y los Caballeros de San Antonio en Abisinia, el Faro de Alejandría y la biblioteca del Papa en Roma”. […] Hay también un mapamundi donde aparecen Europa, África y Asia, y en medio un grupo de imágenes que representan a España, entre ellas la ciudad de Cádiz y el palacio de El Escorial. […] “el Coloso de Rodas […]; Venus, Cupido, Apolo y Neptuno; la ciudad de Babilonia (Semiramis, Daniel y los leones, Nabucodonosor, etc.). De toda esta secuencia, la pintura cuarenta y uno, sin duda, contuvo una cantidad realmente abrumadora de elementos visuales: el “Templo de Diana en Efeso”, el Emperador Tiberio, la Medusa, Perseo, la ciudad de Efeso, Diana, Marte, Palas Atenea, alegorías de la carpintería y la primavera, la Hidra, el Palacio de Neptuno, entre otras imágenes. En la número cuarenta y dos, Aponte describe las pirámides de Egipto”.

Todos los autores consultados sobre el tema intentan ofrecer encarnizadamente sus hermenéuticas personales de esa hipertrofiada constelación de símbolos y simbolismos que recuerda al San Berenito todo mezclado de Nicolás Guillén. A su vez, los lectores interesados en ahondar sobre las descripciones de las láminas y sus posibles significados, pueden consultar esos mismos autores y otros a los que no he tenido acceso. A mí me resultan más interesantes otras cuestiones, en las que no pretendo pasar de la más pura especulación, pues muy poco puede darse por cierto y definitivo cuando se analiza un libro que pocas personas vieron antes que desapareciera para siempre, y cuyo contenido solo se conoce a través de lo que ha confesado su autor en prisión y sometido a interminables interrogatorios, en los cuales debió comprometer todas sus mañas y habilidades para protegerse y proteger a otros, y quién sabe si hasta tuvo aunque fuera una mínima esperanza de salvar su vida.

¿Cuáles fueron las fuentes de la colosal mezcla de imaginarios que usó en la composición de sus láminas? ¿Cómo accedió a ellas? ¿Era ciertamente un masón? ¿Es en realidad el “libro de pinturas” el soporte de una teología política? ¿Qué lugar destinaba para sí mismo en el estado de cosas que debía sustituir en Cuba al orden colonial que él se proponía destruir? ¿Sería cierto que, tal como declaró Clemente Chacón, uno de sus más cercanos cómplices, Aponte se veía a sí mismo como el futuro rey de Cuba? ¿Qué habría ocurrido en la isla si la conspiración de Aponte hubiera tenido éxito y culminado en la caída del régimen colonial de la isla?

En todo lo concerniente a la religión católica y la cultura grecolatina con su panteón de divinidades, mitos, leyendas, anécdotas y personajes, es claro que Aponte se apropió de imaginarios provenientes del acervo cultural europeo perteneciente a la clase blanca dominante en Cuba. Durante los interrogatorios dijo haber obtenido muchas de sus imágenes de abanicos viejos y almanaques, y haber comprado otras ya impresas, y sabemos que la editorial Boloña, de La Habana, imprimía y vendía muchas imágenes de variado uso. Otras, en especial las concernientes a la Revolución de Haití, llegaban a la isla en los barcos, en los bolsillos de los marineros, los soldados, los comerciantes, los viajeros y los agentes secretos europeos y norteamericanos, pero también haitianos que pululaban por la isla de Cuba.

Sabemos por afirmación de Franco que el juez Rendón, elegido por el Capitán General marqués de Someruelos para instruir la causa contra los conspiradores e interrogar a Aponte y sus cómplices, se había formado como abogado en Santo Domingo y había llegado a Cuba huyendo de la Revolución de Haití. A esas experiencias debió su designación al frente del proceso. Pero no sabemos si Rendón era masón. Si no lo era, es posible que haya pasado por alto la presencia en las láminas apontinas de algunos símbolos masónicos, probablemente encriptados dentro de las propias láminas, o el uso de letras del alfabeto hebreo, u otros símbolos y signos propios de las escuelas europeas medievales de alta magia, y en consecuencia, nosotros nunca podremos saber si Aponte hizo uso de algo semejante en su “libro de pinturas”, lo que, desde luego, cambiaría el sentido de muchas de las setenta y dos láminas que lo componían.

En cuanto a una posible relación de Aponte con la masonería, se ha demostrado con total certeza que Román de la Luz y el capitán don Luis Francisco Bassave y Cárdenas, oficial blanco del Batallón de Pardos y Morenos Libres, hombre de elevado origen, superior de Aponte y uno de los cabecillas de la conspiración de 1810, pertenecía a una logia clandestina que operaba en La Habana, El Templo de las Virtudes Teologales. Esa conspiración pasó a la Historia con el nombre de Conspiración Masónica de 1810. Bassave reclutó a Aponte para sus actividades conspirativas y lo convirtió en su hombre de confianza. Cuando la conspiración fracasó por delaciones y Bassave fue destituido de su cargo y desterrado, a muchos de sus oficiales negros a los que no se les pudo probar cargos de infidencia, y entre los cuales se encontraba Aponte, se les licenció del Batallón pretextando retiro por problemas de salud. Ahora toca repasar cuál era exactamente la situación de la masonería en Cuba en aquellos años. ¿Eran admitidos los negros y mulatos en las logias masónicas? Sabemos que los íderes negros del Partido de los Independientes de Color que en 1912 se alzaron contra el gobierno del presidente José Miguel Gómez eran masones, como Gómez mismo. Pero ¿cuál era la situación de los negros y la masonería exactamente un siglo antes?

El historiador, investigador y profesor Eduardo Torres Cuevas afirma en su compilación de ensayos Historia de la masonería en Cuba que la primera noticia de existencia de la masonería en nuestro país data de los años 1751-1754, en que la masonería de Inglaterra designó ocho grandes maestros provinciales, uno de ellos destinado a Cuba. Como la ocupación de La Habana por los ingleses tuvo lugar en 1762, resulta casi inevitable considerar este gesto de la masonería inglesa como una estrategia de penetración.

Como una de las tantas consecuencias del levantamiento de esclavos en Saint-Domingue, muchos franceses residentes en la isla se trasladaron a Cuba, y Torres Cuevas afirma que “con ellos llegaron las primeras logias masónicas que funcionaron en la mayor de las Antillas”. En La Habana fundaron las logias La Amistad y La Benéfica Concordia: “ […] algunos criollos y españoles se incorporaron a ellas y el efecto de su presencia en Cuba fue profundo y duradero”. Estas logias, que trabajaban con el rito escocés, estaban bajo la influencia del Gran Oriente de Francia, y fueron una puerta de entrada en Cuba a la ideología de la Revolución Francesa. En 1804 se funda la primera logia creada expresamente para Cuba, El Templo de las Virtudes Teologales, bajo influencia de la Gran Logia de Pensilvania, Estados Unidos, con mayoría de criollos cubanos dentro de sus iniciados. La pertenencia a logias masónicas y participación en sus actividades estaba prohibida por las autoridades coloniales, e incluso existen testimonios en la prensa de la época sobre una denuncia hecha por vecinos acerca de una casa extramuros, en cuyas paredes exteriores había pinturas que mostraban a blancos y esclavos abogando juntos por la igualdad y la libertad de prensa y pensamiento, y fueron interpretadas por las autoridades como obra de masones conspiradores.

En cuanto a si los negros y mulatos podían pertenecer a las logias masónicas en Cuba, Torres Cuevas afirma que Eusebio Leal Spengler, Historiador de la Ciudad de La Habana, le mostró en el convento de San Francisco de La Habana, cuya construcción data del siglo XVIII, piedras de cantería donde pueden verse signos masónicos “de carácter operativo”, que se corresponden con los hallados en Europa en igual fecha. Los operarios que intervenían en estas construcciones arquitectónicas solía ser esclavos, así que puede inferirse con un grado atendible de certeza que tales marcas guardan relación con ellos. En vista de todo lo anteriormente expuesto, es tentativamente posible que el artesano negro José Antonio Aponte fuera un masón y que algunos elementos del imaginario masónico estuvieran presentes en su “libro de pinturas”, aunque quizá encriptados, a la manera de los grabados en los grimorios medievales y renacentistas. También es posible que no fuera miembro de una logia de blancos, pero existían entonces en La Habana otras sociedades secretas que imitaban la estructura de las logias masónicas, y tenían un carácter mucho más político. Aponte pudo haber pertenecido a alguna de ellas. Nunca lo sabremos. Lo que sí parece es que fue abakuá.

Queda aún por explorar la posible influencia en Aponte del Kebra Nagast, también conocido como la Biblia negra, y hoy como la Biblia rastafari, una fuente singularísima para el imaginario etíope que aparece en “el libro de pinturas”.

 Donde nacen las fuentes del Nilo

 Entre todos los imaginarios que utilizó José Antonio Aponte para confeccionar las setenta y dos láminas de su “libro de pinturas”, hay uno realmente exótico y mal conocido en Occidente: se trata del imperio del Preste Juan, del que incluso Marco Polo dejó alguna referencia en crónica de viajes El millón. Es el imaginario de mayor peso ideológico en la obra apontina. El imperio del Preste Juan, para muchos una fábula, no era otro que Abisinia, lo que nosotros conocemos como Etiopía. Sobre la geografía de este reino remoto y antiguo envuelto en la niebla de la leyenda no hay informaciones precisas. Ni siquiera los egipcios conocieron en detalle su extensión, aunque fueron el imperio más poderoso de su tiempo y una potencia militar expansionista.

Pero de la historia de la antigua Abisinia sí se conoce, por ejemplo, la famosa leyenda del encuentro en Jerusalén entre el rey hebreo Salomón, padre del futuro rey David, y la reina de Saba, cuyo nombre real era Makeda, mujer de exótica belleza que vino de muy lejos

La reina Makeda de Shewa o Saba

La reina Makeda de Shewa o Saba

trayendo consigo regalos deslumbrantes para rendir honor a la grandeza de Salomón. La Biblia cuenta cómo Makeda de Saba, cuyo nombre se identificaba con Shewa, su lugar de procedencia, situado en una zona central de Etiopía cuya capital ya entonces era Addis Ababa, regresó a su país embarazada de Salomón, y dio a luz un hijo a quien puso por nombre Menelik. Por alguna razón Menelik terminó convirtiéndose en el guardián del Arca de la Alianza, el objeto más valioso del gigantesco Templo que Salomón hizo erigir para Yavé, su Dios, en Jerusalén, capital de su reino, y en cuyo interior se supone que moraba el espíritu del propio Yavé. Esta Arca, según los historiadores romanos y hebreos, desapareció cuando las legiones romanas saquearon e incendiaron el Templo, y como era de oro macizo debió ser tomada como botín de guerra, con destino desconocido. Sin

Modelo del Arca de la Alianza elaborado a partir de la descripción que aparece en la Biblia, y de relieves egipcios.

Modelo del Arca de la Alianza elaborado a partir de la descripción que aparece en la Biblia, y de relieves egipcios.

embargo, los rumores de que se encuentra desde entonces en Etiopía se han mantenido con la suficiente fuerza como para que la historia aparezca narrada en los relieves medievales de los muros interiores de la catedral de Notre Dame de París. Tengo en mi biblioteca personal un grueso libro publicado por un arqueólogo francés que partió a Etiopía en busca del Arca, y aunque llegó al santuario donde él cree que se la mantiene oculta de ojos profanos, no pudo verla, pero acumuló varias pistas que lo devolvieron a su país más convencido que nunca de que El Arca de la Alianza del Templo de Jerusalén está realmente en Etiopía, y ello es historia y no fábula, y de que existe, además, un sacerdocio que desciende de Menelik y cuya misión consiste en custodiar este objeto sagrado que posee un raro poder destructor relacionado con la emisión de algún tipo de radiación.

En cuanto al Preste Juan, cuya existencia no ha sido hasta hoy históricamente comprobada, aparece por primera vez bajo la forma de una carta con su firma dirigida al todopoderoso emperador bizantino Manuel Comneno, quien a la sazón luchaba contra tribus procedentes de Anatolia, ofreciéndole una alianza para ayudarlo con sus poderosísimos ejércitos si, a su vez, Manuel le ayudaba a derrotar a los moros, que querían entrar en Abisinia. El Preste Juan, que se adornaba con trenzas hazídicas y calzaba botas terminadas en garras de león, se describía a sí mismo como un rey sacerdote que gobernaba un reino inmenso de flora y fauna fabulosas y repleto de incalculables riquezas. También hay noticias de que el Preste envió una embajada a sus muy Católicas Majestades Fernando e Isabel de Castilla y Aragón, quienes por entonces acababan de expulsar a los moros de Granada, ofreciéndoles la misma alianza que antes habían propuesto a Bizancio. Los embajadores del Preste hicieron un largo viaje que los condujo a Avignon, donde se encontraba entonces la sede del Papado, luego a Roma y de ahí a Génova, donde fueron entrevistados por el geógrafo italiano Giovanni di Carignano, quien, con todo el material que ellos le facilitaron, escribió el primer libro sobre Abisinia nacido de la pluma de un occidental. Si los embajadores del Preste llegaron a España no es algo que esté confirmado.

Hay muchas cosas curiosas en esta historia de Abisinia, pero la que más llama la atenciónKEBRA NAGAST es que este país de habitantes de piel negra tenía una casa real que se consideraba descendiente directa del linaje de Salomón y de la tribu israelita de Judá, siendo, of course, cristianos devotos. El emperador Haile Selassie I usaba entre otros títulos el de Rey de Reyes, Señor de Señores y León Conquistador de la Tribu de Judá. Este mismo león aparece en la bandera de Etiopía. Los abisinios veneraban como texto sagrado el Antiguo Testamento, pero escribieron su propia historia en otro libro, el Kebra Nagast.

Por otra parte, las crónicas detalladas que dejaron las diferentes dinastías faraónicas de Egipto hablan de una decadencia del país del Nilo, de un tiempo en que cayó bajo el dominio de faraones negros procedentes del país de Kush, también llamado Nubia, quienes fueron grandes arquitectos, aunque en un estilo ciertamente diferente del habitual en los faraones semitas. Existe hoy entre los especialistas un gran cuestionamiento, pues mientras muchos sostienen que Nubia/Kush correspondería a lo que hoy es territorio del Sudán, otros piensan que solo una parte de Abisinia correspondía al país de Kush. Si hoy existen litigios de fronteras, cómo serían las cosas en una antigüedad que desconocía la vastedad de la Tierra.

Al final, en cualquiera de las dos tradiciones el linaje de los etíopes o abisinios es tan antiguo y glorioso como los más antiguos de la Tierra, pues no es poca cosa haber gobernado el Egipto faraónico, y/o descender de la antigua, prestigiosísima y hasta divina estirpe de la casa real del reino hebreo de Judá. Henry Louis Gates, citado por Hernández, afirma que Etiopía era el nombre dado por los antiguos a la totalidad de África. Incluso Homero era consciente de la grandeza e importancia de los etíopes, a quienes da un lugar destacado en La Ilíada y La Odisea, cuando dice que a Troya no fue a pelear un hombre de linaje más noble que Memnon, a quien llama “rey de los etíopes”.

Pero la historia de Etiopía está narrada en el Kebra Nagast, y aún para aquellos de nosotros que todavía no hemos tenido la posibilidad de consultar toda la bibliografía existente al respecto, la única conclusión razonable a la que podemos llegar acerca de las fuentes que usó Aponte para construir su imaginario abisinio, es que había leído o conocía por transmisión oral el Kebra Nagast. No tengo acceso a las obras del barón de Vastey, pero supongo que también conocía ese libro y que lo inspiró y le sirvió de punto de partida para elaborar sus teorías afrocentristas, que fueron la base de su pensamiento panafricanista. A lo que sí hay que renunciar, me parece, y por motivos de aritmética pura y dura, es a la sospecha de que Aponte haya estado influido por el pensamiento de De Vastey, pues el barón publicó sus primeras obras dos años después de la decapitación de Aponte y sus compañeros. Que hayan tenido puntos de contacto ideológico sí es posible, pero de un modo aleatorio. Lo más probable es que Aponte deba poco al ideólogo de la Revolución de Haití.

El Kebra Nagast o Libro de la Gloria de los Reyes de Etiopía, crónica pretendidamente histórica de los reyes de ese país, es considerado por los cristianos etíopes y por el movimiento rastafari la verdadera historia del origen de la dinastía salomónica, así como de la conversión de Etiopía al cristianismo. La mayoría de los estudiosos opina que se trata de una recopilación de tradiciones muy anteriores a 1300. A partir de las primeras expediciones portuguesas a Etiopía (siglos XV y XVI), el libro fue conocido en Europa, y se realizaron traducciones a las principales lenguas europeas. Por cierto, el barón de Vastey, hijo de un noble bretón y de una rica heredera mulata a cuya familia perteneció también el escritor francés Alejandro Dumas, recibió una excelente educación y hablaba varias lenguas, entre ellas el francés.

Si Aponte tuvo acceso al Kebra Nagast o a fragmentos del texto, ¿cómo lo consiguió, si desde 1790 existía una Real Orden que impedía la introducción en la isla de propaganda impresa y agentes revolucionarios; si no se permitía la entrada de franceses ni de otros extranjeros y, además, se incautaban y archivaban todos los documentos de esa índole que se detectaban en los puntos de acceso a Cuba? Pero La Habana de la época era una ciudad portuaria intensa y bullidora, y en la zona del puerto pululaba una heterogénea humanidad que traía consigo objetos y documentos de todas partes en un flujo constante que nada ni nadie podía controlar.

La inclusión en el “libro de pinturas” de una imagen del niloscopio, ingenio destinado a medir el nivel de las aguas durante las crecidas del Nilo, pudiera señalar como posible fuente apontina al explorador inglés James Bruce, uno de los tantos buscadores de las fuentes del Nilo, quien publicó mucha información sobre su aventura africana y sobre el Kebra Nagast a finales del siglo XVIII. Probablemente Aponte conocía su obra. ¿Conseguiría una copia con algún marinero portugués de los que pisaban tierra en el puerto de La Habana; o a través de dos de sus asociados en la conspiración, los misteriosos negros Juan Barbier e Hilario Herrera, presumibles agentes de Henri Crhistophe…? ¿Se lo daría, acaso, el propio Bassave…? ¿O tal vez Aponte encontró una traducción durante alguna de sus estancias como militar en tierras de las Trece Colonias? Aún queda una última y muy interesante especulación. Vivía por entonces en La Habana un naturalista portugués de nombre Antonio Parra, quien tenía un gabinete de Historia Natural. Algún estudioso interesado en Aponte ha conjeturado, con más entusiasmo que pruebas, que Aponte recibió de Parra el encargo de fabricar varios muebles para guardar sus piezas de investigación, y de este vínculo inicial nació dio una relación más cercana entre los dos hombres. Sin embargo, pienso que la manera en que Aponte accedió a los conocimientos contenidos en el Kebra Nagast es otro de los enigmas de su vida que nunca serán develados.

Pero si todo esto suena extraño, lo es aún más el hecho de que en el “libro de pinturas” Aponte da continuidad al imaginario etíope nada menos que con un imaginario concentrado en las hazañas militares del Batallón de Pardos y Morenos Libres de La Habana. En las láminas dedicadas al tema aparecen los antepasados de Aponte, y el batallón mismo en combate contra los ingleses, y se sugiere la dependencia de España de esos batallones para mantener la hegemonía sobre Cuba. Hay, además, un retrato del mismo Aponte con su nombre al pie, aunque quienes tuvieron ocasión de verlo opinaron que no guardaba semejanza alguna con el retratado. Chacón declaró durante los interrogatorios que habiendo preguntado a Aponte por qué incluía su propio retrato en el libro junto a los de Henri Crhistophe, Dessalines y Washington, Aponte le respondió que lo hacía para mostrar que él era persona grande, pues cuando todo se hubiera consumado en la isla, “lo encontrarían a él hecho rey”.

Aunque Aponte declaró en prisión que su intención al confeccionar el “libro de pinturas” había sido obsequiarlo a Su Majestad el rey de España, el significado de algunas láminas sugiere propósitos diferentes. Por ejemplo, aquella donde se recrea la célebre anécdota del encuentro entre el filósofo griego Diógenes el Cínico —el mismo que cubría su desnudez con un tonel y buscaba con la débil llama de un candil un hombre honrado—, y Alejandro Magno, quien preguntó al filósofo cuál era su mayor deseo, y aquel le respondió: “Apártate, que me ocultas el sol”. Pero Aponte, aunque mantuvo a Diógenes en la lámina, cambió a Alejandro nada menos que por Rodrigo, el último rey visigodo de España, el mismo que perdió Al-Andalus ante las tropas de los generales moros Musa y Tarik, y por cuya debilidad como rey y guerrero España sufrió ocho siglos de dominación musulmana. En la lámina Diógenes toma en sus manos dos puñados de tierra y ante la mirada de Rodrigo modela con ellos el cetro y la corona de España, mientras sobre su cabeza aparece la imagen de la diosa Isis. Cuando los interrogadores preguntaron a Aponte cómo pudo Diógenes hacer tal milagro, Aponte les respondió —en mi opinión con mucho tupé— que “con la ayuda de Isis”. Al parecer, nadie reparó en el escarnio feroz que se ocultaba tras el hecho de que un filósofo cínico, quien despreciaba todo bien material, amasara los símbolos del poderío real de España nada menos que con un vil montón de arcilla; nadie pareció recordar en aquella celda de La Cabaña (y tampoco después) el versículo bíblico Pulvi eris et in pulvi reverteris (Polvo eres y al polvo volverás). Para Aponte debió resultar muy gratificante vaticinar con relativa impunidad la reducción a polvillo de la monarquía española.

El espacio disponible para este artículo me impide describir aquí en detalle muchas otras láminas del libro, las cuales me ayudarían a sustentar mi impresión de que Aponte era consciente de que su condición de negro en una sociedad dominada por blancos, de pobre en una sociedad dominada por ricos, y de conspirador contra un régimen poderoso altamente represor lo colocaban en una posición sumamente vulnerable, y hacían de él un coloso con pies de barro que podía perder la base en un instante y desmoronarse con estrépito, como finalmente sucedió. Los seis años dedicados a la confección de su “libro de pinturas” indican que le concedía gran valor, y por tanto debía proteger su obra de imprevistos fatales, incluso tal vez más que a sí mismo. Creo que el recurso que eligió para este doble propósito fue la polisemia. Creo que compuso cada lámina de modo tal que ofreciera más de una posibilidad de interpretación (una falsa e inocente, otra real y “culpable”), y utilizó esta superposición de planos semióticos a manera de un sistema de encriptación. Creo más: es posible que creara láminas que además de tener más de un significado en sí mismas, contaminaran y volvieran ambiguos los significados de otras láminas del conjunto. Releyendo La estructura ausente, de Humberto Eco, reparé en ciertas afirmaciones que apoyarían mi suposición:

Queda por definir la posibilidad de mensajes que, emitidos en parte siguiendo las reglas del código, de hecho las violan y se estructuran como mensajes ambiguos. Mensajes que, con todo, actuando dentro de una cultura, contribuyen a modificar radicalmente los códigos; no a reestructurarlos a otro nivel y siguiendo sus reglas, sino a cambiar radicalmente las reglas. Este es el problema de los códigos que desde su interior pueden generar una posición dialéctica que los niega. […] Un mensaje totalmente ambiguo resulta extremadamente informativo,  pero […] puede quedar reducido un puro desorden […] porque predispone para un número elevado de selecciones interpretativas. Cada significante se carga de nuevos significados, más o menos precisos, no a la vista del código de base, que en realidad es infringido, sino a la luz del idiolecto que organiza el contexto, y a la luz de nuevos significantes que reaccionan uno con otro, como para buscar el apoyo que el código violado ya no ofrece. De esta manera la obra transforma continuamente sus propias denotaciones en connotaciones, y sus propios significados en significantes de otros significados.

Según Eco, la creación de un nuevo código, en especial si ocurre con referencia a una obra de intención estética —como sin duda era el “libro de pinturas”— equivale a la creación de un idiolecto o código privado e individual del parlante. Si mi hipótesis sobre la obra de Aponte fuera en algún grado cierta, ello, unido al hecho de que Aponte se apropió de complejos culturales que le eran ajenos tanto por su clase social, su raza, su verdadera religión y por el hecho de haberlos aprendido prácticamente en solitario, no poseía un dominio total de códigos tan variados y diversos, porque no era un humanista, no era un erudito, y en su intento de resemantizar tantos imaginarios no pudo sustraerse a algún grado de confusión o falta de control ya fuera de la materia como de las ideas que deseaba comunicar a través de sus láminas. No puedo aceptar la certeza de que cada imagen, cada composición, cada lámina y todas las casi infinitas relaciones que podrían establecerse entre los múltiples elementos que usó en su libro hayan sido diseñadas siguiendo un férreo orden de asignaciones completamente libre de errores.

Aún si lo que digo fuera cierto, convengo en que la expresión “teología política” con que algunos estudiosos han intentado caracterizar el “libro de pinturas”, conviene a las intenciones de Aponte, quien intentó reescribir la Historia devolviendo a su raza y a sus orígenes el lugar que él estaba convencido que merecían. Si hubiera resistido a la seducción del poder absoluto, o si, en cambio, su proyecto fue desde el principio cambiar el estatus colonial de Cuba por el de una monarquía negra con la corona sobre su propia cabeza, estaría pensando como un hombre de su época y condición —¿o acaso no acabó en trono sangriento la Revolución vecina que nació República?—, pues el incipiente modelo democrático de las Trece Colonias, cuya revolución independentista precedió a la de Haití, era aún demasiado nuevo como para desplazar en el imaginario social del Nuevo Mundo al modelo monárquico. Si soñaba con masacres de blancos, como ocurrió en Haití y Santo Domingo, o realmente pensó crear en Cuba una sociedad mejor basada en la igualdad y el respeto a la vida y a la dignidad humanas, ya jamás lo sabremos. Pero sospecho que su libro no estaba destinado únicamente a adoctrinar a los esclavos, a los analfabetos, a los ignorantes y aún a aquellos que sin serlo carecían de conciencia política, a quienes hubiera tenido que comenzar por enseñarles el significado aislado de cada una de las figuras usadas para componer las imágenes, lo que habría sido el equivalente de trasmitir a cada uno de los destinatarios  su propia cultura personal, que era vastísima. Yo siento que su propósito último, el más entrañable, estuvo dirigido a perpetuar para la posteridad una vindicación de África; pienso, como otros estudiosos del tema apontino, que con su obra quiso colocar la monarquía abisinia o etíope en pie de igualdad con las monarquías europeas, y también quiso encumbrar a Cuba como nación multirracial. Su “libro de pinturas” no fue una obra didáctica para un tiempo finito, sino un continuum para los siglos venideros. Quién sabe si un hombre tan extraordinario como José Antonio Aponte hubiera sido capaz, si no lo hubieran traicionado en tantas formas, de llevar hasta el final la causa de liberté, igualité, fraternité que cambió la historia del mundo. O tal vez no. Estamos moviéndonos en territorios de la teoría de lo indemostrable.

 El “libro de pinturas” desapareció tras la muerte de su creador. ¿Cuál fue su destino? Otra respuesta que jamás obtendremos. Pero como la mente humana se resiste ante la incompletud, yo prefiero guardar en mi memoria la última escena de la magnífica novela Una Biblia perdida, del escritor villaclareño Ernesto Peña, donde tras la muerte de Aponte, una chalupa zarpa del puerto de La Habana en la oscuridad, para llegar hasta una silenciosa embarcación que espera mar afuera, y unos hombres embozados se empinan para entregar a la tripulación un envoltorio. Así, la literatura abre la puerta una vez más a la esperanza: que el “libro de pinturas” del negro cubano José Antonio Aponte, primer ideólogo del panafricanismo en El Caribe, no se disuelva en la categoría de trabajos de amor perdidos, y algún día, por quién sabe qué mágica o misteriosa vía regrese a la luz, para terminar la obra de su creador y ayudar al justo equilibrio de una Humanidad que aún lo necesita.

COMPOSICIÓN[1] Después del desembarco de los soldados franceses, Christophe ordenó a los habitantes de la ciudad que la incendiaran, incluyendo todos los edificios públicos. Cumplió con su promesa; pero al final de abril de 1802 dio un giro inesperado al aceptar someterse a las órdenes del capitán general Leclerc, y además liberó a más de 2,000 rehenes blancos (antiguos colonos) a cambio de que Francia le permitiera mantener su grado de General.[1]

 [2] El título del blog al que pertenece la segunda parte de la cita es Remembranzas, y cita como fuentes documentales las siguientes obras: “Estudio y Soluciòn Nueva de la cuestión Haitiana, de R.Lepelletier de Saint-Remy; Frank Moya Pons, “Manual de Historia Dominicana”; J.C. Dorsainvil, ¨Historia de Haiti”; “Invasiones Dominicanas”, Emilio Rodriguez Demorizi; La Viña de Naboth, Tomo I, Sumner Welles.

 [3] Tras la muerte de Christophe, su viuda y las “princesas” se exiliaron en Italia, donde vivieron con cierto boato y sumidas constantemente en el temor de que los italianos las confundieran con mujeres africanas.

Anuncios

Acerca de Gina Picart

Soy escritora, periodista especializada en La Habana de la colonia y la república, investigadora, crítica literaria, guionista de cine, radio y televisión
Esta entrada fue publicada en Uncategorized y etiquetada , , , , , , , , , , , , , , , . Guarda el enlace permanente.

3 respuestas a José Antonio Aponte y la conspiración antiesclavista de 1812. Historia breve de una ilusión

  1. Mario Herrera dijo:

    Usted es lo que nosotros los CUBANOS llamamos, un Barbaro!!!… Usted ha mezclado la historia de un simple descendiente de Negros esclavos con los Judíos de Salomón (Babilónicos), ni siquiera con los Judíos de Abraham (Hebraicos). Usted se ve que lo que tiene tremenda ganas de hacer llamar la atención a los Judíos. Déjeme decirle que nosotros los Cubanos NO somos Judíos!!! Nosotros los CUBANOS estamos con JESÚS y CACHITA hasta el final.

    Y usted se salto OLÍMPICAMENTE el hecho de que fueron los Judíos y solo LOS Judíos quienes controlaron, administraron y sufragaron totalmente el negocio de trafico de Negros esclavos en el Atlántico; desde las costas Oeste de África a TODO el continente Americano. Los Judíos y Judíos Sefarditas (Marranos) no solo fueron los dueños de los barcos, los capitanes y tripulación de estos barcos negreros esclavistas, sino que también ostentaron plantaciones esclavas tanto en el Caribe como en los propios EE.UU.

    El Sr. JOSE ANTONIO APONTE… NO tuvo, ni tiene absolutamente nada que ver con ningún JUDÍO ni el JUDAÍSMO, ni nada que se parezca; excepto dentro de su propia imaginación en este articulo mezcla de realidad y ficción. Con todo el respeto, su articulo es una deshonra a la memoria de este hombre negro que nunca y jamas estuvo mezclado con los Judíos.

    Mi nombre es Mario Herrera.
    Nacido en Guanabacoa.
    y residente en Hialeah.

    • ginapicart dijo:

      ??????????????????????????????????????????????????????????????????????????????????????????????????????????????

    • ginapicart dijo:

      Mire, Mario Herrera, lo primero es que se fije usted bien en mi nombre para que entienda que no puedo ser un bárbaro. Lo segundo es que por más que usted lo desee, no puede borrar con una goma de escuela las Actas del proceso que se le siguió a Aponte, donde constan sus declaraciones y descripciones del Libro de Pinturas. Lamentablemente, el chovinismo y los complejos raciales no son lo único que existe. También existe la Historia. En cuanto a los judíos…, nunca había yo visto a un afrodescendiente antisionista. Usted es el primero que me he encontrado. Porque asumo que usted no es blanco, ¿verdad? Si me equivoco, como se equivocó usted con mi género biológico, me disculpa.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s