Cuando la raza no era importante: los faraones negros

 

Cabezas esculpidas de faraones negros de Egipto

Cabezas esculpidas de faraones negros de Egipto

Algunos secretos no lo son tanto, siempre han estado a la vista y para ser descubiertos solodependen de la dirección de la mirada. En otras palabras: si no miras, no ves. Y hasta pudiera perfilarse un poco más la sentencia: si no quieres ver, no verás aunque mires. Probablemente a eso se refirió Jesucristo cuando dijo: “El que tenga ojos, que vea”.Y es lo que ha sucedido con la historia de los faraones negros de Egipto, más conocidos en el mundo de la arqueología como la dinastía XXV o kushita. Las huellas de su paso por Egipto siempre han estado ahí, pero fuera de las universidades y los altos centros del conocimiento muy pocas personas habían oído hablar de ellos hasta que el National Geographic Magazine divulgó su existencia. Todos conocen a Ramsés II y su momia gigante, a Amenothep IV y el dios-Sol Atón que se inventó para instaurar el monoteísmo, al joven Tut-Ank-Amón asesinado y su máscara fúnebre de oro y lapislázuli; incluso todos han escuchado sobre los faraones de la dinastía macedonia, Ptolomeo I, el primero de su sangre, y su celebérrima descendiente Cleopatra, última reina de Egipto, pero… ¿Faraones negros…? ¿Qué es eso?

El mundo aún conserva, a pesar de sus muchos defectos y conflictos, la capacidad de asombrarse y admirar los tesoros que la Humanidad ha creado. En momentos como los que vivimos hoy, bajo la amenaza inminente de un Estado Islámico que resulta una versión musulmana crudelísima de la Globalización, y la aparición del Ébola, con toda probabilidad la más letal entre las plagas que han azotado el planeta, el redescubrimiento de una cultura y un arte olvidados durante siglos sirve para recordarnos que, como dijera el poeta cubano Julián del Casal, aún puede hallarse un grano de oro en el fondo de un pantano.

Del 747 al 664 a. C., en una zona de Nubia también llamada Kush (Sudán actual), existió una casta de reyes guerreros de piel negra, quienes gobernaron al mismo tiempo que lo hacían en Egipto los faraones de las dinastías XXII, XXIII y XXIV, de origen semita. Elmapa de nubia y egipcio imperio egipcio aumentaba sus riquezas aprovisionándose en las tierras conquistadas. El país de Kush no era exactamente una colonia, sino un reino vasallo que además de proveer recursos desempeñaba un papel estratégico, pues cruzaban su territorio rutas comerciales de gran importancia para la sobrevivencia egipcia. Esta prolongada vecindad, que incluía visitas periódicas a Kush de los faraones y sus ministros, tuvo por consecuencia una influencia cultural lo suficientemente profunda como para permear la cultura primigenia de Kush, que sufrió una paulatina egiptianización. Fueron construidos numerosos templos cuyo estilo arquitectónico seguía las normas egipcias, llegaron sacerdotes egipcios, entre los cuales los del templo de Amón eran los más poderosos, y los hijos de los reyes negros comenzaron a ser enviados a la corte de los faraones para ser educados como príncipes egipcios.

Pero tras la muerte del faraón Ramsés VI, Egipto entró en un período de decadencia e inestabilidad política. El hasta entonces reino vasallo de Kush aprovechó la coyuntura, y libre ya del control constante de su debilitado vecino comenzó a actuar de forma independiente y emprendió un rápido proceso de expansión territorial a costa de… sus antiguos amos. Pero los kushitas, casi sin darse cuenta, se habían vuelto egipcios, sus costumbres, su arte, su arquitectura eran egipcios, y también se habían apropiado de la escritura jeroglífica. Momificaban a sus muertos y los enterraban en pirámides. Llegaron a construir tantas que cuando ya no hubo espacio para más, comenzaron a reutilizarlas. Aquel estado de cosas alcanzó su cumbre cuando en Napata, capital del reino negro, fue construido un templo dedicado a Amón. Oficialmente los reyes kushitas se convertían así en descendientes de la divinidad más importante del panteón egipcio, los faraones.

ÉPOCA DE LOS FARAONES NEGROS

Y pues dos cosas iguales a una tercera son iguales entre sí, los reyes negros se decretaron herederos de los faraones, y en el siglo VIII a. C. el rey kushita Kashta, se coronó como un faraón, pero no hizo ningún intento por poner su real pie sobre suelo de su nuevo reino. Al parecer, su hijo Piye era más ambicioso: tres años después de haber ocupado el trono de Kush reclamó Egipto como parte de sus dominios y se lanzó a su conquista. La ciudad egipcia de Sais le ofreció resistencia y formó una coalición militar muy poderosa para enfrentar al flamante conquistador que llegaba de Nubia por el Nilo, pero Piye venció a los ejércitos de la coalición, reunificó bajo su control la totalidad de Egipto y puso sobre su cabeza la tiara de los faraones, dando comienzo a la XXV dinastía. Ha pasado a la Historia como el primero de los faraones negros de Egipto. Sin embargo, Piye actuó en forma extraña: apenas saboreadas las mieles de la victoria, regresó a su país y jamás volvió a poner un pie en el magnífico reino que había ganado por las armas para sí y su descendencia.

Egipto era un bocado demasiado tentador y tal vez de lejos parecía como si no tuviera dueño. El sucesor de Piye, de nombre Shabako, descubrió que el poderoso rey asirio Sargón II no tenía intenciones de dejarle reinar en paz sobre los nuevos territorios que le legara su hermano Piye. Pero Shabako, quien tenía un temperamento inclinado a las letras y las artes, en especial a la arquitectura, desplegó también sus dotes diplomáticas y logró evitar que los asirios se arrojaran sobre su nuevo reino. En esta paz incierta que logró concertar se dedicó a gobernar desde Menfis, su capital, y construyó gran cantidad de monumentos cuyas ruinas muestran todavía el aura de la grandeza.

A Shabako le sucedió Shabitko, quien posiblemente no era tan buen negociador como su antecesor o tenía la sangre más ardiente, pues rompió la paz y llevó sus ejércitos contra Sargón. Durante un tiempo los enemigos combatieron sin que los asirios lograran gran cosa sobre el faraón nubio que se sentaba en el trono de Egipto, pero cuando a este le sucedió

Taharqo, el cuarto de los faraones nubios y el más belicoso

Taharqo, el cuarto de los faraones nubios y el más belicoso

Taharqo, el tenaz rey asirio finalmente conquistó Menfis en el año 671 a. C., expulsó de Egipto al faraón vencido y coronó en su lugar a Necao I, quien inició la XXVI dinastía faraónica. Taharqo no era hombre que se resignara con facilidad, y hasta el último día de su vida intentó reconquistar lo que había perdido, sin dar tregua a los asirios. Durante sus seis años de reinado hizo construir los más grandiosos monumentos erigidos en tierra egipcio durante mucho tiempo. Amplió el complejo arquitectónico del templo de Karnak, en Tebas, y ordenó esculpir numerosas representaciones de sí mismo y de su madre. Dejó a su muerte extrañas disposiciones sobre su cuerpo: no quiso ser enterrado en el cementerio real de Napta, sino en la orilla opuesta del Nilo, en una pirámide cuya alineación se supone coincide con la salida del sol en Egipto, lo que significaba, según la cosmovisión religiosa de aquel país, un acto destinado a alcanzar el renacimiento perpetuo que asegura la inmortalidad.

Fue su sucesor Tanutamani quien cumpliría el sueño de reconquistar Egipto. Pero no lo retuvo mucho tiempo, porque los asirios lo echaron del Bajo Egipto tras una serie de batallas de las que poco o nada sabemos, y Tanutamani solo pudo conservar en su poder los territorios del Alto Egipto. Los días de gloria de los faraones negros habían llegado a su fin. En el año 656 a. C las tropas de Psamético I, hijo de Necao I y heredero de los antiguos faraones semitas, entraron pacíficamente en Tebas. Tanutamani se vio obligado a replegarse a Nubia, donde gobernó hasta su muerte ocurrida tres años después. Psamético, en cambio, fue agraciado por los dioses con un largo reinado de cincuenta y cuatro años, durante los cuales restableció el esplendor de Egipto.

Resulta muy interesante el hecho de que los faraones negros nunca se consideraron invasores ni extranjeros en Egipto. Ellos se vieron a sí mismos como los receptores naturales de un legado histórico: la reunificación del Alto y el Bajo Egipto con el país de Kush, la creación de un imperio fuerte y sólido. Como símbolo de esta misión añadieron una

Tiara de los faraones negros donde puede observarse el áspid añadido por ellos al primero, indicando así dos reinos. Obsévese también que este faraón se hizo retratar con unavestimenta africana, no egipcia.

Tiara de los faraones negros donde puede observarse el áspid añadido por ellos al primero, indicando así dos reinos. Obsévese también que este faraón se hizo retratar con unavestimenta africana, no egipcia.

segunda serpiente a la tiara faraónica, que desde entonces se conoce como la corona de los dos reinos. Vale aclarar que estas dos serpientes de oro, llamadas uraeus, no son cobras como muchos creen, sino áspides, reptiles propios de la fauna de Egipto, la misma especie que, según cuenta la leyenda, usó Cleopatra para darse muerte, lo que si realmente sucedió fue todo un mensaje simbólico para la posteridad.

Los cinco faraones nubios que integraron la XXV dinastía mantuvieron fielmente las tradiciones egipcias en el imperio unificado, como antes lo habían hecho en su Nubia natal. Edificaron numerosos monumentos en los que reprodujeron con cierto sabor arcaico el estilo arquitectónico característico del país, y respetaron las costumbres y las estructuras de las instituciones. Sin embargo, los retratos, relieves y esculturas que han quedado de ellos los representan como hombres de rasgos negroides, que nunca intentaron ocultar. Pero no todo fue mimética asunción del pasado. Los faraones negros introdujeron sacerdotes nubios en los colegios sacerdotales egipcios, algo que seguramente no ocurrió sin resistencia nativa, en especial del sacerdocio de Amón, el más poderoso del país, y los grandes príncipes negros se integraron en el clero amonita junto a las más poderosas familias de Tebas, donde la Sacerdotisa Mayor del templo de Isis fue obligada a adoptar como su sucesora a una hija del faraón Kashta. Hay un detalle referente a los faraones negros que despierta admiración y respeto ante su sabiduría: ninguno fue dado a la crueldad contra los enemigos vencidos. Piye no dio muerte a los saítas que le habían ofrecido resistencia, y Shabaka empleó a sus oponentes derrotados como mano de obra en la construcción de diques que protegieran al pueblo de las crecidas del Nilo.

Casi un siglo reinaron sobre Egipto los faraones negros. Bajo su gobierno florecieron las artes, hubo una intensa actividad intelectual que se inspiraba en el Antiguo Imperio y el país se cubrió de monumentos de una rara belleza. Los príncipes de Kush, en su deseo de

Monumentos arquitectónicos de estilo kushita, em Meroé, Nubia.

Monumentos arquitectónicos de estilo kushita, em Meroé, Nubia.

mezclarse con la aristocracia legítima de Egipto, dieron atención a los grandes templos ligados a la política del país. Algunos egiptólogos creen que los nubios jamás abandonaron su religión autóctona africana, y solo adoptaron la religión egipcia y su aparato ritual como un medio auxiliar para ejercer el control político del imperio, muy ligado al sacerdocio de Amón, y también como un enmascaramiento con fines de integración social. Pero la mayoría de los estudiosos se inclina a creer que los reyes nubios realmente asimilaron las creencias religiosas de Egipto.

Faraón Taharqo prosternado ante una imagen animal de Horus, el dios halcón, hijo de Isis y Osiris y tercera divinidad en importancia en el panteón egipcio

Faraón Taharqo prosternado ante una imagen animal de Horus, el dios halcón, hijo de Isis y Osiris y tercera divinidad en importancia en el panteón egipcio

Lo más probable es que la dinastía kushita adoptara y mantuviera las formas rituales externas de la religión egipcia por razón de Estado, mientras que en lo personal los nubios fueran libres, hasta cierto punto, de elegir el camino de sus almas, sobre todo bajo el mandato de los primeros reyes de la dinastía. Las ruinas sudanesas de la pirámide funeraria de Piye en el desierto de Nubia fueron excavadas entre en 1918 y 1919, y en ellas fueron hallados vasos canopos, receptáculos usados por los egipcios para guardar las cuatro vísceras sagradas pertenecientes a los cuerpos sometidos a procesos de momificación. También se encontraron pequeñas estatuillas llamados ushebtis, que representan guardianes del alma del difunto, igualmente parte del instrumental funerario egipcio. Sin embargo, no apareció ningún sarcófago semejante a los que contenían las pirámides egipcias; en su lugar los arqueólogos encontraron un banco o mesa tallado en la roca a manera de altar, con un orificio en cada una de sus cuatro esquinas, destinados tal vez a sostener las patas de un lecho fúnebre. Lo mismo ocurrió en las pirámides de los siguientes faraones, donde también fueron colectados vasos canopos y ushabtis. El entierro en andas en lugar de en sarcófagos era característico de las inhumaciones en el país de Kush, lo que apoyaría la suposición de que los nubios que gobernaron Egipto no siempre sujetaron el espíritu a las exigencias de la política.

La grandeza de los faraones negros no debe ser solo un recuerdo en la memoria de la Humanidad. Las tierras de Egipto y el desierto sudanés están cubiertos de pirámides, templos y monumentos de rarísima belleza, que entre tormentas de arena y la extraña desolación de esos lugares semejan formaciones fantasmales que predisponen a la meditación. Ahora, cuando hemos recobrado la historia de esos tesoros, debemos recordar que están ahí para que nunca olvidemos que los hombres y mujeres de hoy estamos más que nunca ante el deber sagrado de luchar por la conquista de una Tierra donde haya espacio para todos sus hijos, y donde la religión más sagrada sea el respeto absoluto e inalienable a la supervivencia de la diversidad en todas sus manifestaciones.

 

 

 

 

 

 

 

 

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Acerca de Gina Picart

Fui alumna y discípula de Beatriz Maggi en la Facultad de Filología de la Universidad de La Habana. Soy escritora, periodista, investigadora, crítica literaria y otras cosas, y ella me mostró el camino.
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5 respuestas a Cuando la raza no era importante: los faraones negros

  1. Danny Echerri dijo:

    Me gusto mucho, y usted como anda? un abrazo, Danny Echerri

  2. Danny Echerri dijo:

    jajajajaja dejese ver señora…dejese ver

    • ginapicart dijo:

      ¿Dejarme ver?, ¡jamás! Para que mi magnífica leyenda negra continúe engordando es preciso que me mantenga invisible! Inalcanzable como una diosa del Olimpo. Pero te quiero siempre. Besote.

      • ginapicart dijo:

        El problema, Dani, querido, es que si me dejo ver, el público podría descubrir que soy una buena persona, y eso es algo que carece absolutamente de interés, no tiene picante, es irrelevante hasta la náusea. Mientras que manteniéndome en plan de invisibilidad doy la oportunidad a mis enemigos —y a quienes no saben nada pero siempre tienen algo que decir—, de que me inventen a la medida de sus fantasías, o sea, protectando sobre mi humilde persona todo aquello que les atrae vivamente, pero que no se atreven a hacer por falta de coraje personal y resolución. Y el muñeco que arman te confieso que hasta a mí misma me resulta interesante, aunque no logre reconocerme en él. Es un verdadero personaje de novela, infinito, adornado con todos los vicios y cualidades pintorescas de la condición humana. En suma: una creación. ¿Cómo podría yo renunciar a eso cediendo a la pequeña vanidad de dejarme ver…?

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