José Antonio Aponte relectura de su epopeya

Me permito rebloquear aquí un artículo tomado de Cubadebate que me parece útil para tener una idea general de la labor conspiradora de Aponte y sus compañeros. Lamento que el autor, al hablar de los lugartenientes de Toussaint Louverture, haya mencionado solo a Desalines y Henri Christophe, olvidándose por completo de Alexandre Petio y de algunos otros detalles a los que, al parecer, no concede la menor importancia. Sin embargo, el texto ofrece información sobre algunos aspecto del tema en los que no profundicé.

 José Antonio Aponte relectura de su epopeya

Por Ernesto Limia Díaz*

En 1807 Gran Bretaña abolió el tráfico de esclavos en las Antillas, lo que libraba al Caribe de sus barcos negreros. Dos años después fuerzas británicas combatían junto al pueblo español para expulsar de Madrid a José Bonaparte, quien usurpó el trono luego de que Napoleón confinara a Fernando VII en Bayona. No había altruismo ni solidaridad en la corte de Saint James; la presencia de sus tropas en la península ibérica respondía a un cálculo político simple: o detenían el hasta entonces arrollador paso del emperador corso en Europa, o sucumbían como imperio. Pero en 1811 la situación era difícil, pues unos veinte mil efectivos bajo el mando del mariscal Victor asediaban a Cádiz, que se había convertido en el último reducto del gobierno.

La ciudad resistía gracias a su estratégica situación geográfica, sólidas fortificaciones y formidable bahía, por donde recibía de sus colonias las provisiones necesarias.

A pesar de este complejo escenario, el Consejo de Regencia, órgano instituido para gobernar a España en nombre de Fernando VII, accedió al reclamo de dotar al país de una Carta Magna. Diputados elegidos en todo el reino viajaron a Cádiz para incorporarse a las Cortes, en las que predominaron las posiciones de la pujante burguesía liberal. En este contexto, el 26 de marzo de 1811 el sacerdote mexicano José Miguel Guridi y Alcocer solicitó, sin éxito, incluir un artículo en la Constitución que aboliera la esclavitud de manera gradual. Una semana después el asturiano Agustín Argüelles se pronunció contra la trata, propuesta que sí encontró respaldo. El representante por La Habana, Andrés de Jáuregui, notorio traficante de esclavos, intentó por todos los medios frenar el avance de esta iniciativa, pero no pudo evitar siquiera que el debate sostenido sobre el tema fuese incluido en el Diario de las Cortes del 2 de abril, que circuló por toda España, y en ultramar.

De esta forma llegó a Cuba la información y en junio ya se había propagado por toda la Isla, hasta filtrarse en los barracones de las plantaciones azucareras. De hecho, el 5 de junio el cónsul de Estados Unidos en La Habana, William Shaler, oficial de inteligencia enviado para observar la situación, comunicó al Departamento de Estado que las noticias provenientes de las Cortes provocaban «el más alto grado de interés y ansiedad» entre los hacendados. Estaban furiosos -notificó- porque recibieron la promesa de un trato especial a cambio de su lealtad, y ahora las mociones abolicionistas agredían sus intereses (Foner, 1973: 137, t. I).

Mas en la práctica era tan desesperada la situación económica en España y tantas sus urgencias financieras, que al Consejo de Regencia le resultaba imposible prescindir del respaldo de la sacarocracia cubana. Necesitaban fondos para continuar la guerra en la península y, a la vez, sostener los ejércitos reales que combatían en Nueva Granada, el Río de la Plata y Nueva España contra fuerzas revolucionarias. Solo Cuba estaba en capacidad de sacar la cara por los «hermanos españoles de Europa», y esa coyuntura neutralizó el interés abolicionista en Cádiz.

Mientras tanto, en las plantaciones cubanas un régimen de servidumbre bárbaro imponía una prácticamente interminable jornada de 20 horas diarias, que exprimía a los esclavos hasta consumirlos. Y cuando no expiraban en el surco, lo hacían en el batey por el hambre, el cepo o el látigo. En las navidades de 1811 los barracones de La Habana, Remedio, Puerto Príncipe, Bayamo y Holguín constituían un hervidero, pero el malestar demandaba jefes capaces.

Entonces salió de las sombras de extramuros el habanero José Antonio Aponte y Ulabarra, negro libre que influido por la gesta independentista de Estados Unidos y, principalmente, por los ideales que defendió la Revolución de Haití, resolvió dar cuerpo a los sentimientos de irritación existentes entre libertos y esclavos, y organizó un levantamiento en la capita, con el cual se proponía derrocar al gobierno colonial.

Aponte era un hombre profundamente religioso, católico, que trabajaba como maestro carpintero ebanista. José Luciano Franco cuenta que dirigía el cabildo Shangó-Tedum, lo cual -afirmó- le confería una especial superioridad entre su gente. Según el reconocido historiador cubano, su posición le daba a esa sociedad una singular fisonomía social y política de marcado matiz revolucionario (Franco, 2006: 26-27), idea que ha sido repetida una y otra vez. En un notable y bien documentado libro publicado recientemente en nuestro país, el investigador norteamericano Matt D. Childs discrepa del cubano, señala que nadie ha proporcionado una fuente primaria que documente su afirmación, y añade que en el voluminoso expediente de instrucción conformado durante el proceso investigativo tampoco aparece ninguna referencia de la membresía del liberto cubano a este cabildo (Childs, 2011: 225-226).

Tiene razón: no hay pruebas de tal afirmación. Ni hace falta. Su superioridad  emanaba de sus ideas políticas, experiencia militar y resolución, razones que le permitieron encabezar el movimiento revolucionario capitalino.

Aponte era un hombre de cultura universal, algo inusual entre los negros cubanos durante aquella época. En su casa conservaba títulos de mucho valor: Descripción de diferentes piezas de historia natural las más del ramo marítimo, representadas en setenta y cinco láminas, con imágenes de la naturaleza mineral, vegetal y animal de la Isla reproducidas por el gabinete naturalista del militar portugués Antonio Parra; Arte de Nebrija, primer manual de gramática castellana, editado a fines del siglo xv; Historia de sucesos memorables del mundo: con reflexiones instructivas para todos, obra de un autor francés traducida al castellano; Grandezas y maravillas de la inclyta y sancta ciudad de Roma, en el que el obispo José Fernández de Buendía propuso «una cartografía urbana monumental, en forma de arqueología histórica y mitológica cristiana, apoyada en mapas y figuras»; el Catecismo de la doctrina cristiana, la Vida y fábulas del sabio Esopo, el tercer tomo de El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha y la Guía de Forasteros de la isla de Cuba (ANC-AP, leg. 12, no. 17: C 35-C 35v; Pavez, 2006: 753-757).

Además, disponía de cuatro tomos de la Colección general de las Ordenanzas Militares, publicada por orden de Carlos III en 1765, en uno de cuyos volúmenes aparecían planos de batalla con la disposición del ejército español en los distintos teatros de operaciones; el Estado militar de España, que describía la integración de las unidades peninsulares, y la Historia de Mauricio, conde de Saxe, mariscal de los campos y ejércitos de S.M. Cristianísima, hijo ilegítimo de Augusto II de Sajonia que dirigió el ejército francés que operó en los Países Bajos durante la guerra de sucesión de Austria (1740-1748), donde se especializó en los ataques sobre emplazamientos de las unidades enemigas, algo muy útil para los fines de Aponte en Cuba.

Aponte participó en el escenario caribeño de la guerra de independencia de Estados Unidos, después de la decisiva batalla de Yorktown. Durante los interrogatorios explicó que en 1782 estuvo en la toma de Nueva Providencia bajo las órdenes del general santiaguero Juan Manuel Cagigal, como parte del Batallón de Milicias Disciplinadas de Pardos y Morenos Libres de La Habana, que integraba desde 1777. Según Franco, llegó hasta el grado de cabo primero, lo cual sostiene a partir de una anotación del funcionario judicial que lo interrogó el 26 de marzo (ANC-AP, leg. 12, no. 17: C 20). También afirma que fue forzado a retiro en 1810 por sus vínculos con la conspiración liderada por el francmasón Ramón de la Luz en El Templo de las Virtudes Teologales, aunque por falta de pruebas no pudieron formularle cargos (Franco, 2006: 25 y 85).

Después de explorar los Papeles de Cuba en el Archivo General de Indias, en Sevilla, Childs develó nuevas evidencias. De acuerdo con una orden del conde de Santa Cruz de Mompox, entonces subinspector general de las tropas de la Isla, Aponte fue forzado a retiro el 29 de diciembre de 1800, cuando tenía 23 años de servicio y se desempeñaba como capitán de la segunda compañía del Batallón de Pardos y Morenos; la razón de la exclusión es vaga: «falta de fuerza». «Casualmente», seis días antes había sido detenido por robar en el arsenal capitalino; no obstante, el informe no precisa cuáles eran sus intenciones al sustraer las armas (Childs, 2011: 135 y 151).

A partir de su interés en organizar un levantamiento armado, Aponte se rodeó de hombres con experiencia militar adquirida en las milicias negras, entre los que se destacaron: el capitán Clemente Chacón, de cuarenta y cuatro años de edad y más de veinte de servicio -cuya vivienda era taberna, bodega y casa de huéspedes, una cobertura ideal para encubrir las reuniones clandestinas-; Juan Bautista Lisundia, nacido en África e hijastro de Chacón, congo que sabía leer y escribir, y era contratado a menudo en las haciendas azucareras, lo cual le permitió actuar como enlace con las dotaciones de esclavos del distrito Este habanero, y Salvador Ternero, miliciano y capataz del cabildo de la etnia mina guagni. Al igual que Aponte, todos vivían en Guadalupe, un barrio de extramuros situado en lo que es hoy el municipio capitalino de Centro Habana.

Otro líder importante fue Juan Barbier, capaz de leer y escribir en inglés, francés y castellano, quien atravesó el Atlántico rumbo a Estados Unidos en un barco negrero y de allí pasó a Saint Domingue, donde residió antes de emigrar a Cuba. No se conoce cómo obtuvo su libertad, pero según declaró Chacón     -en cuya posada se hospedaba- en los interrogatorios, participó en la Revolución de Haití (Childs, 2011: 37-38). También contribuyeron el miliciano negro Francisco Javier Pacheco, a quien Aponte quería como a un hijo, porque desde muy niño lo recibió como aprendiz y lo formó como carpintero y soldado, y el mulato libre Estanislao Aguilar, un artesano que falsificaba los salvoconductos para garantizar el libre movimiento entre La Habana y Guanabo de los organizadores de la insurrección.

Aponte visitaba con frecuencia la casa cabildo de la sociedad mina guagni en Guadalupe, para discutir sobre sus planes políticos con Salvador Ternero y Melchor Chirino, chino libre que servía de enlace entre estos dos líderes; en paralelo se reunía en la casa de Clemente Chacón con milicianos negros, así como con esclavos y libertos. Tenía un inconveniente para adoctrinar y levantar la moral de estos hombres: la mayoría no sabía leer ni escribir.

Para saltarse este obstáculo e instruirlos sobre las tradiciones patrióticas, militares y revolucionarias que sustentaban las bases ideológicas de su movimiento, preparó un texto iconográfico de 72 láminas, al que los funcionarios judiciales denominarían «Libro de pinturas». En él representó a «más de un centenar de personajes reales y mitológicos, ciudades e inmuebles de Europa, África y La Habana, junto a mapas urbanos y paisajes; acontecimientos políticos, bíblicos y rituales oficiales, combinados con mitos grecolatinos y alusiones a pasajes legendarios africanos» (Peña, 2008). De acuerdo con el intelectual chileno Jorge Pavez, esta obra «se presenta como una galería alegórica de héroes negros, en tanto expresión del deseo de hacer una historia de la clase negra». Y añade en su valioso artículo:

A las imágenes de la monstruosidad africana y del paganismo salvaje que justificaría la esclavitud, Aponte va a oponer la imagen, rescatada en el mismo corpus europeo de la Antigüedad y retomada en las cosmografías del siglo xiv y xv, del África del legendario Preste Juan, soberano de una Etiopia mítica que se confunde con la India, y donde la cristiandad había resistido al dominio musulmán. Con el mitema del Preste Juan, Aponte podrá usar el universalismo cristiano como un soporte para la proyección universalista de la clase negra y recuperar el aura de la cristiandad etíope para incorporar la raza a la historia del sistema-mundo, estableciendo los puentes históricos con Roma y España […]. En este mismo sentido iba la obra del dominico Luis Yrreta (1610), varias veces citado por Aponte, quien se hace cargo además de los vínculos genealógicos entre el reino del Preste Juan y la figura del rey mago Melchor, ambos «ennegrecidos» en su traslado por los textos cristianos medievales desde las «Indias orientales» a la Etiopía africana (Pavez, 2006: 698-699).

Aponte también representó a los sacerdotes abisinios del cuerpo que rodeaba a San Antonio Abad, orden fundada por San Basilio en Etiopía en el siglo iv, cuyos miembros eran negros. María del Carmen Barcia apunta que «tenían como mandato expreso la fundación de conventos, razón por la cual se dispersaron por sitios tan distantes como Chipre, Florencia, y Armenia. Algunos de estos monjes se albergaban en la iglesia de San Esteban, en el Vaticano, que fue calificada por este motivo como “de los moros”» (Barcia, 2012).

Se imponen dos preguntas: ¿Cómo accedió Aponte al conocimiento sobre la historia de Abisinia? ¿Dónde adquirió las representaciones sobre el protagonismo negro en la religión católica y en el Vaticano? Había contratado el servicio del joven pintor José Trinidad Núñez, negro libre que lo auxiliaba en la reproducción de las imágenes. Para realizar su trabajo Trinidad empleaba dos libros: Vida y milagros del príncipe de los anacoretas, padre de los Cenobiarcas Nuestro Padre S. Antonio Abad el Magno…, viejo regalo que recibió de un catalán -según confesó-, y la Historia eclesiástica, política, natural y moral de los grandes y remotos reinos de la Etiopía, monarquía del emperador llamado Preste Juan de las Indias, propiedad de la morena Catalina Gavilán, que vivía en Guanabacoa. (ANC-AP, leg. 12, no. 17: C 65 y C 99).

Un lugar privilegiado lugar ocupaban en el «Libro de pinturas» las proezas del Batallón de Milicias de Pardos y Morenos, que con tanto coraje combatió a los ingleses en el verano de 1762, contexto aprovechado para exaltar la figura de su abuelo, quien ascendió de soldado a capitán de granaderos durante 43 años de servicio y condecorado gracias a su arrojo por Carlos III con la medalla de la efigie real. Desde una óptica autobiográfica, igualmente reflejó la participación de los milicianos negros en la guerra de independencia de Estados Unidos, en particular la toma de Nueva Providencia, donde 202 efectivos de ese cuerpo acompañaron a Cagigal. No podía faltar entonces la figura del general George Washington, jefe del Ejército Continental y primer presidente de la Unión.

Otro detalle importante: el cuaderno tenía un plano detallado de La Habana, que comprendía la bahía con sus muelles y almacenes; los caminos que conducían a las villas de Regla, Guanabacoa y Cojímar; los palacios, iglesias, quintas e ingenios de los alrededores de la ciudad; el arsenal, la casa de pólvora, el muelle de la marina en Casa Blanca, el torreón de La Chorrera, los castillos de Atarés y El Morro, así como las fortalezas de La Punta y La Cabaña, todos con la ubicación exacta de sus accesos y caminos estacadas.

Pero el mayor énfasis durante los encuentros sostenidos con sus compañeros lo hacía en la Revolución de Haití, donde esclavos harapientos y desnudos, armados de unos pocos revólveres y pistolas, viejas espadas llenas de herrumbre, implementos agrícolas y estacas con puntas de hierro, consiguieron su libertad. Aponte mostraba con orgullo los retratos de los cuatro líderes que simbolizaban esta hombrada. Por orden: Jean François, bien parecido, con don de mando e inteligencia excepcional, cimarrón mucho antes del levantamiento y uno de los jefes principales durante la primera etapa insurreccional; Toussaint L´Ouverture, quien nunca extravió el camino, comandó la vanguardia del ejército revolucionario y al promulgar en 1801 la Constitución que abolió la esclavitud, echó los cimientos de una nación independiente.

Luego estaban los dos lugartenientes de L´Ouverture que culminaron su obra: Jean Jacques Dessalines y Henry Christophe. El primero, bravo entre los bravos, no sabía leer ni escribir y llevaba en su cuerpo las marcas del látigo; fue convertido en general por su genio militar y liderazgo. El segundo, tampoco sabía leer ni escribir, pero impresionaba por su autoridad. Ambos encabezaron la hazaña final protagonizada por los hombres, mujeres y niños que bajo la consigna de «¡Libertad o Muerte!» pulverizaron al ejército de 60 000 hombres que intentó recuperar Saint Domingue para Napoleón. Sin independencia no habría libertad, una condición de mayor importancia para los antiguos esclavos que los principios democráticos preconizados en París. En consecuencia, en la noche del 31 de diciembre de 1803 se leyó en Gonaives la Declaración de Independencia y, para dejar clara la ruptura con Francia, se estableció la República de Haití, hasta que el 19 de marzo de 1811 Christophe convirtió al país en reino y se proclamó Enrique I, noticia que se diseminó por toda Cuba como pólvora encendida y despertó la admiración de esclavos y libertos.

De esta forma inteligente y sencilla, Aponte sembró conciencia y al mismo tiempo preparó la contienda en medio del torbellino político que embargaba el ánimo de los hacendados esclavistas y las autoridades coloniales.

Un hecho tuvo significado especial en aquella coyuntura: a fines de diciembre de 1811 arribó a La Habana, en escala de tránsito, el general negro de origen dominicano Gil Narciso, combatiente bajo el mando de Jean François en Bayajá, al que acompañaban seis de los hombres de su estado mayor con sus familias. Venían de Nicaragua, donde habían permanecido expatriados por más de diez años (ANC-AP, leg. 12, no. 14: B 90-95). El marqués de Someruelos observó con recelo su llegada y los alojó en el fuerte militar de Casa Blanca; no obstante, los autorizó a permanecer en Cuba mientras se preparaba su regreso a Santo Domingo y, como recompensa por los servicios prestados a la Corona, les proporcionó un estipendio para que compraran provisiones.

Narciso solicitó permiso en varias oportunidades para cruzar la bahía y recorrió los barrios negros de extramuros. Luego Salvador Ternero y Juan Barbier visitaron Casa Blanca y conversaron con sus ayudantes, y poco después también los conoció Aponte. La presencia de los hombres de Jean François levantó las expectativas; además, Aponte y Barbier aseveraban que el general había accedido a encabezar el levantamiento y desde ese instante decidieron emplear los uniformes militares de la revolución haitiana como estrategia para captar adeptos entre la población negra, base social de su movimiento político.

Pero la rebelión no comenzó en La Habana: el 15 de enero de 1812 se levantó la dotación de la hacienda Najasa, en Puerto Príncipe, en una acción que se extendió a otras cuatro plantaciones localizadas en un perímetro de 5 km en torno a la ciudad; dos días más tarde fueron derrotados por fuerzas combinadas del ejército y la milicia blanca. Las autoridades ejecutaron a 14 líderes del movimiento local y otros 170 fueron encarcelados o desterrados a La Florida. Todo apunta a que sus organizadores estaban en contacto con Bayamo, donde entre el 2 y el 4 de febrero libertos y esclavos aprovecharon las festividades religiosas para ultimar los preparativos, pero el 7 de febrero se produjo una delación y el plan resultó frustrado. Cinco encartados fueron ahorcados y sus miembros amputados colocados en caminos concurridos y lugares públicos para inspirar terror, pues temían que la insurrección se extendiera a Jiguaní, Holguín e, incluso, Santiago de Cuba. El resto sufrió azotes y fueron condenados a 6 años de prisión en La Florida.

De acuerdo con los resultados del proceso, el organizador del levantamiento en Puerto Príncipe y oriente fue el revolucionario dominicano Hilario Herrera. En consecuencia, las autoridades coloniales circularon una orden de captura, pero logró evadir el cerco y abandonar el territorio cubano con destino a su país.

Franco afirma que Herrera fue responsabilizado por Aponte con esta misión (Franco, 2006: 29-30); Childs señala que no existen evidencias sobre su presencia en La Habana, aunque no niega tal posibilidad. Reconoce que las autoridades sospechaban que pudo haber estado en la capital, pues el comerciante catalán Pablo Serra informó al marqués de Someruelos que un esclavo suyo recibió un mensaje a través de un negro que usaba pañoleta en la cabeza, rasgo que coincidía con la descripción del dominicano. A su vez, refiere que el funcionario que condujo la investigación, Juan Ignacio Rendón, enfermó en medio del proceso de instrucción judicial, «lo cual -según afirma- podría explicar por qué hizo muy pocas preguntas acerca de los acontecimientos en otras partes de la Isla» (Childs, 2011: 236).

La pañoleta en la cabeza era un uso muy común entre los negros de la época, según se puede apreciar en grabados de esos años; además, Childs no menciona la fuente de la información sobre la supuesta enfermedad que alejó de la causa a Juan Ignacio Rendón, oidor de la Audiencia de Puerto Príncipe. Mientras, el abogado y escritor habanero Ramón Francisco Valdés, redactor del Diario de Gobierno y amigo íntimo de este funcionario, afirmó que tras la detención de los encartados principales se acuarteló en La Cabaña y no salió en los dos meses iniciales del proceso de instrucción. Según relató, la esposa de Rendón tenía que llevarle los hijos hasta la fortaleza para que pudieran saludarlo (Valdés, 1839: 43).

Lo cierto es que, contrario a lo que se ha aseverado hasta el presente, no ha sido posible confirmar la conexión entre el movimiento liderado por Aponte y los levantamientos orientales, aunque las circunstancias en que se desarrollaron y su escalonamiento -primero Puerto Príncipe y Bayamo; luego Holguín y La Habana, estos dos últimos previstos para el domingo 15 de marzo- apunten en esa dirección. De todos modos, lo más importante es que durante esta etapa las clases más humildes y sufridas del país crearon una situación revolucionaria que sembró la alarma en España e hizo evidente que la burguesía criolla era depositaria de las ideas más retrógradas que existían entonces en el continente europeo respecto al régimen esclavista.

El 4 de marzo de 1812 Someruelos recibió un oficio en el que le informaron acerca del levantamiento en Puerto Príncipe y las medidas tomadas en Bayamo y Holguín. Quedó tan preocupado que indicó extremar la seguridad en toda la Isla, lo que incluía sistematizar las rondas nocturnas en las ciudades y los recorridos por las áreas rurales, actuar contra los «vagos», observar las personas sospechosas y establecer control sobre los extranjeros. Al día siguiente escribió a Ignacio de la Pezuela, ministro de Justicia español, para alertar sobre sus inquietudes respecto a la situación interna.

En correspondencia con la gravedad de los acontecimientos, procedió a investigar algunos informes recibidos que evidenciaban que en La Habana se tramaba algo. Fue entonces cuando se regó por toda la capital la voz de que la revolución había sido denunciada; sin embargo, Aponte no se amilanó y el 13 de marzo convocó una reunión en su casa con los principales líderes del movimiento para ultimar los detalles del plan de operaciones.

Durante los interrogatorios Clemente Chacón relató minuciosamente cómo se desarrolló esta reunión. Participaron, además, Juan Barbier, Salvador Ternero, Juan Bautista Lisundia, Francisco Javier Pacheco y los también milicianos negros José del Carmen Peñalver y Francisco Maroto. Convinieron en que el domingo 15 de marzo colocarían una proclama en el Palacio de los Capitanes Generales para llamar al levantamiento, pues como debían enfrentar al gobierno colonial y a los comerciantes que detentaban el poder económico, necesitaban del apoyo popular. Ese propio día por la noche Barbier y Lisundia incendiarían los ingenios Peñas Altas, Trinidad, Santa Ana y Rosario, en Guanabo; luego darían la libertad a sus esclavos. Otro grupo prendería fuego a los barrios de extramuros al anochecer del martes 17 y mataría a todos los que acudiesen a sofocar el siniestro, una acción dirigida a distraer la atención.

En paralelo, Chacón tomaría el castillo de Atarés para garantizar armamento y facilitar el paso de la nueva tropa rebelada hacia la capital. Salvador Ternero expresó que a esa propia hora estarían acuartelados en su casa de trescientos a cuatrocientos hombres armados que ya tenía convocados, con los cuales podría apoderarse del cuartel de Dragones y ocupar sus cañones. Pacheco, Peñalver y Maroto aseguraron contar con gente dispuesta en espera de la orden de levantamiento. La señal para comenzar la daría Aponte desde su casa, mediante una bandera blanca cuyo estandarte era la virgen Nuestra Señora de los Remedios (ANC-AP, leg. 12, no. 14: B 70-83).

José Luciano Franco hace referencia a otra acción de envergadura dentro del plan: la toma del cuartel de Artillería. Según refiere, José Sendiga, un miliciano de la compañía de Artillería del Batallón de Morenos Libres de La Habana, se ofreció para ejecutar la misión (Franco, 2006: 61); pero Franco no lo documenta, ni ninguno de los encartados principales lo menciona en sus alegatos. Matt D. Childs también lo asevera, señala que Pilar Borrego y Sendiga dirigirían la ofensiva sobre esa unidad peninsular y hace referencia al resultado de los interrogatorios para sustentarlo (Childs, 2011: 226).

Los hechos confirman lo contrario. En el interrogatorio a Pilar Borrego que Childs cita, le preguntaron por José Sendiga; dijo que lo conocía desde que era un muchacho. La segunda pregunta fue un evidente procedimiento para conducir el interrogatorio: ¿sabía que Sendiga se ofreció para tomar el cuartel de Artillería y ocupar sus cañones, armas y municiones, contando para ello con gente dispuesta? Borrego respondió que no (ANC-AP, leg. 12, no. 25, H 6-8). El otro documento utilizado por Childs como referencia es un informe que explica que Borrego había sido captado por José del Carmen Peñalver durante los preparativos del levantamiento, pero no quiso reconocerlo ni siquiera durante el careo realizado con Aponte (leg. 13, no. 1: A 222-225).

Un dato adicional: a Borrego y Sendiga los condenaron a solo 4 años de privación de libertad, lo cual deja claro que no resultaron encausados entre los autores principales de la rebelión, que fueron ejecutados.

Aponte quería sumar a blancos interesados en promover cambios en el régimen de la Isla. Creyó que podría encontrar aliados entre pequeños y medianos comerciantes partidarios de las ideas liberales, sobre todo catalanes, que tenían posiciones encontradas con la oligarquía habanera. En consecuencia, envió un importante mensaje a Pablo Serra, en el que le explicó que la acción estaba por comenzar. Serra, interrogado en La Cabaña, testificó que se trataba de una carta larga, pero de su contenido solo recordaba la señal: «En la iglesia se cantará la gloria antes del sábado santo y los nobles comerciantes deben tener una junta, porque está para caer una columna»  (ANC-AP, leg. 12, no. 14: B 86).

Serra se asustó. Las noticias del fracaso en Puerto Príncipe y Bayamo, el incremento de las medidas de control y el rumor de que la conspiración había sido denunciada, eran razones más que suficientes. Si lo vinculaban a una insurrección negra estaría perdido. Así que carta en mano, al día siguiente fue para el Palacio de los Capitanes Generales y se la entregó a Someruelos. Un elemento a su favor: no denunció a Aponte.

Como estaba previsto, en la madrugada del 15 de marzo Francisco Javier Pacheco clavó la proclama dictada por Aponte en una puerta del Palacio de los Capitanes Generales, ubicada en la calle O´Reilly. En la propia morada del marqués de Someruelos, los revolucionarios desafiaban al régimen colonial:

Fidelísimos habaneros y compatriotas llegó el tiempo de nuestra infeliz o feliz ventura, mis deseos son bastante de buena felicidad. Vosotros me haréis a mí feliz, para esto necesito de vuestra buena armonía, la paz entre los de la clase, la buena fe, religión y temor a dios, que así podremos alcanzar buen éxito según nuestras buenas disposiciones. […] os encargo que al sonido de una caja y trompeta os encuentre listos y sin temor para acabar este imperio de esta tiranía y así podremos vencer la soberbia de estos enemigos, y así os encargo no tener temor que yo os ofrezco que con vuestra ayuda podré lograr la felicidad. Invocar a todos, en primer lugar a María Santísima, que es el estandarte de nuestro remedio, y rogar a dios por vuestro caudillo, que él de su parte lo hará por vosotros (ANC-AP: leg. 12, no. 14, B 35).

Había comenzado la insurrección y al capitán general no le quedó ninguna duda. La nota entregada por Serra y la proclama encontrada en la residencia oficial lo confirmaban; mas no disponía de datos concluyentes y ni siquiera tenía indicios sobre quiénes estaban detrás de estos hechos.

Esa noche Barbier y Lisundia comandaron el levantamiento en Peñas Altas: le prendieron fuego y mataron a las cinco personas blancas que trabajaban en la hacienda, propiedad del teniente coronel Juan de Santa Cruz. Luego reunieron a los esclavos, proclamaron su libertad y los convocaron a sumarse; de allí partieron hacia el Trinidad, donde se repitieron los hechos. Muertos diez blancos y dos ingenios pulverizados, la alarma se disparó en toda la zona, y en las mañana del lunes 16 de marzo los rebeldes fueron rechazados cuando intentaban insurreccionar la dotación del Santa Ana.

En los interrogatorios Clemente Chacón confesó que sobre las cuatro de la tarde del día 16, su hijastro apareció con uno de los rebeldes de Guanabo. Estaban agitados y sin hablar una palabra partieron hacia la casa de Aponte, donde se encontró con ellos en la noche. Fue entonces que Lisundia le contó que habían prendido fuego a los ingenios y matado a los blancos que estaban en el lugar. Después le pidió la bendición a Aponte y partieron a esconderse. Antes de marcharse, Lisundia dijo que estaban perdidos; él los acompañó.

De acuerdo con Chacón, al retornar a la casa de Aponte lo encontró muy alegre. Manifestó que iban muy bien, pues habían logrado los propósitos que perseguían en Guanabo y continuarían con el plan. Ante la pregunta de con quién iban a combatir si no tenían gente, el líder revolucionario aseguró que sí tenían y muy buenos hombres. Chacón repuso que en el asalto a los castillos serían destruidos con dos cañonazos de metralla. Aponte respondió impasible: «No tengas cuidado, en otras partes se ha peleado con aros de barril, chufos y otras armas, y han alcanzado victorias. Lo mismo ha de esperarse de nosotros. Salvador ha ofrecido que tomado el cuartel de Dragones, echará mano de los cañones […]» (ANC-AP, leg. 12, no. 14: B 74).

Sin embargo, las cosas no salieron bien. Las noticias de Guanabo tenían muy irritadas a  las autoridades coloniales y había comenzado una investigación en los barrios de extramuros dirigida por Juan Ignacio Rendón.

En la tarde del martes 17 de marzo José Antonio Aponte convocó a una reunión en su casa; durante los interrogatorios Salvador Ternero relató lo ocurrido. Según confesó, asistieron él, Chacón, Melchor Chirino, Francisco Javier Pacheco, José del Carmen Peñalver y Francisco Maroto. Aponte fue directo, dijo que había resuelto apoderarse del castillo de Atarés aquella misma noche y que Ternero debía tomar el cuartel de Dragones, pero este manifestó que se hallaba sin fuerzas para emprender la acción. Añadió que tras indagar si era aquella toda la gente con que podían contar, Aponte manifestó que resultaban suficientes; él repuso que eran muy pocos. Entonces el jefe revolucionario aseveró con firmeza: «No importa, en el Guárico [Haití] los de nuestra clase hicieron la revolución y consiguieron lo que deseaban».

Ternero, de acuerdo con sus propias declaraciones, reiteró que no contaran con él y argumentó que entró al proyecto pensando que eran otros quienes lo fraguaban, y al constatar que no, optaba por separarse. Era una evidente alusión a la supuesta participación del general Gil Narciso; de hecho, Melchor Chirinos confesó en los interrogatorios que había conocido en la casa de Aponte a «los oficiales morenos franceses que están en Casa Blanca» (ANC-AP, leg. 12, no. 17: C 84).

La reunión se tornó entonces muy tensa. Chacón manifestó que él y su hijastro perderían la vida, pero Ternero se las pagaría. Aponte, molesto ante el temor del capataz del mina guagni, selló el encuentro con una frase dura: «cualquier gente de color que no nos auxilie o reniegue de nuestra compañía, le cortaremos la cabeza» (ANC-AP, leg. 12, no. 14: B 90-95).

Sobre las nueve de la noche de ese propio día Francisco Javier Pacheco, José del Carmen Peñalver y Francisco Maroto se aparecieron en la posada de Chacón, dispuestos a comenzar la operación; pero este los persuadió de que se retiraran: había apreciado que la casa de Aponte estaba siendo vigilada. Finalmente la señal no se produjo (ANC-AP, leg. 12, no. 14: B 80).

El 18 de marzo en la mañana sesionó el ayuntamiento bajo la presidencia del conde de Casa Montalvo. El síndico procurador general informó que había entregado al marqués de Someruelos «los fondos disponibles de la ciudad para la mantención de las partidas voluntarias que se dirigieron a remediar la conspiración del ingenio Peñas Altas»; se le confirió «el más amplio poder para la intervención de semejantes pagamentos necesarios e inevitables». Luego el conde de Santa María de Loreto explicó lo sucedido los días 15 y 16 en Guanabo. Advirtió que el Consejo de Regencia no había aprobado «medidas perentorias» propuestas para prevenir «los males que nos amenazaban» y sugirió insistir: «…la revolución va ganando mucho terreno, […] los sucesos de Bayamo y Puerto Príncipe y lo ocurrido a las puertas de casa el quince, deben hacernos recelar [de que es un] momento favorable para destruirnos, como lo han intentado en las islas de Barlovento». En el último punto de la reunión, se acordó enfrentar «…los males que tan inminentemente nos amenazan y que la comisión encargada sobre este particular proponga a la mayor brevedad sus reflexiones» (AOHC-AC, leg. 83: 61v-65v).

La presión de la oligarquía criolla para que las autoridades coloniales mostraran resultados era muy fuerte, y el jueves 19 de marzo Someruelos pudo descifrar lo que estaba sucediendo. El mulato Esteban Sánchez, miliciano del Batallón de Pardos y Morenos Libres de La Habana, compareció ante el capitán pedáneo del barrio de Jesús María para llamar la atención sobre encuentros clandestinos sostenidos por Aponte, Chacón y Ternero, en la casa de este último, donde pudo apreciar que habían tomado medidas de seguridad. Poco más tarde se produjo una segunda delación: Mauricio Gutiérrez, un carpintero negro libre reveló que el lunes 16 de marzo, después de difundirse la noticia del levantamiento en Guanabo, Ternero lo había mandado a buscar para proponerle que se sumara a la insurrección, pero él se negó; luego, en la tarde, vio llegar a Chacón y a Pacheco (ANC-AP, leg. 12, no. 14: B 6).

El capitán general aprobó el auto de detención contra Salvador Ternero, Clemente Chacón y José Antonio Aponte. Este último, al saberse perdido, tomó la precaución de quemar los retratos de François, L´Ouverture, Dessalines y Christophe. A las once de la noche fueron conducidos al cuartel de Dragones, para su traslado a La Cabaña en la mañana del 20 de marzo, pero la investigación se estancó en ese punto. En las primeras 72 horas ninguno de los tres confesó su responsabilidad en los hechos. Sabían que los miembros activos del Batallón de Milicias de Pardos y Morenos o los que se licenciaban con más de veinte años de servicio, disfrutaban del privilegio del fuero; por tanto, debían ser procesados por un tribunal militar.

En la mañana del lunes 23 de marzo el capitán general presidió la sesión del ayuntamiento a la que asistieron también Francisco de Arango y Parreño, en su condición de oidor honorario de la Real Audiciencia del distrito del Consejo de S. M. en el Supremo de Indias; Pedro Pablo O´Reilly y el marqués de Justiz y Santa Ana. En nombre del bien público los oligarcas habaneros exigieron un pronto castigo para los involucrados en el levantamiento de Peñas Altas. El terreno fue preparado para pasar por encima de las leyes vigentes en la Isla:

…sin ofender en nada la confianza que merece y tiene el ayuntamiento en el celo y vigilancia de nuestro Excmo. jefe, [se] le haga, aunque parezca importuna, a nombre del vecindario, la súplica más vehemente para que tomando camino y medidas extraordinarias se impida el entorpecimiento del proceso que se forma contra los sublevados y se logre su castigo tan pronto como es necesario, empleando […] todo lo que pueda permitir el estado y naturaleza del proceso, […] para que sean juzgados y castigados al instante los que pudieran serlo sin perjudicar el progreso y trámites de la causa ni los sagrados respetos que […] a la justicia se deben (AOHC-AC, leg. 83: 67v-68).

Así, con la anuencia del cabildo habanero, a partir de ese instante comenzó un intenso proceso en el que fueron instruidas de cargo más de ciento cincuenta personas, y tras largas jornadas de interrogatorios en los que las autoridades judiciales recurrieron a la tortura, varios de los encartados principales: Chacón, Ternero, Chirino, Lisundia y José del Carmen Peñalver, señalaron a Aponte como el ideólogo y organizador del levantamiento. El martes 7 de abril de 1812 fueron condenados a muerte sin juicio previo. En medio de la conmemoración por la semana santa, el marqués de Someruelos dispuso la misma medida aplicada en Puerto Príncipe y Bayamo: luego de ejecutados, sus cabezas serían exhibidas en lugares públicos. El 9 de abril los sacaron de sus celdas en La Cabaña y los condujeron hasta la explanada de La Punta, donde fueron ahorcados ante una multitud blanca que aplaudió frenética. Al día siguiente, el Diario de La Habana lo anunció con cinismo:

Ayer cerca de las ocho de la mañana fueron conducidos a sufrir la pena de horca, José Antonio Aponte, Clemente Chacón, Salvador Ternero, Juan Bautista Lisundia, Estanislao Aguilar, Juan Barbier, Esteban, Tomas y Joaquín, los seis primeros libres y los tres últimos esclavos de la dotación del ingenio […] Trinidad; todos reos convictos y confesos de haber proyectado perturbar la feliz tranquilidad que reina en esta afortunada isla, y causado los atentados desastrosos que se indican en el bando del […] capitán general […] publicado con el Diario de ante ayer. A las nueve y media ya habían recibido el condigno castigo, que exigían sus crímenes y reclamaba la vindicta pública.

Para escarmiento de los malos se colocarán las cabezas de Aponte y Chacón en los barrios extramuros donde tenían su residencia, la del primero a la entrada de la calzada de S. Luis Gonzaga [actualmente Carlos III y Belascoaín], y la del segundo en el Puente-Nuevo del Horcón [en la zona donde hoy se halla Cuatro Caminos]: las de Lisundia y Barbier en los ingenios Peñas Altas y Trinidad. La justicia se verificó con el mayor orden, dando este vecindario una nueva prueba de su ilustración y religiosidad (Pavez, 2006: 665).

Durante más de un siglo el nombre el líder de este movimiento fue estigmatizado con la frase: «¡Más malo que Aponte!», para perpetuar el desprecio hacia su figura, símbolo de los ideales que el 10 de octubre de 1868 cristalizaron en el ingenio La Demajagua. A decir de Fernando Martínez Heredia, «la solución más eficaz no era satanizar a Aponte y sus compañeros: era ocultarlos, borrarlos de la historia, someterlos al olvido», y no cabe duda de que lo consiguieron. Aunque resulte increíble, y a pesar de todo lo hecho por la Revolución desde su triunfo para honrar su memoria, que cobró especial fuerza en el contexto del bicentenario, esta epopeya todavía no sido suficientemente estudiada y divulgada entre nosotros.

Lo que es peor, todavía existen historiadores que se preguntan si se trató o no de un movimiento político que abogaba por la independencia. Algunos piden incluso evidencias, cuando los hechos expuestos hablan por sí solos. ¿Cómo podrían emanciparse sin tener primero patria? ¿No negó España la libertad a los eslavos en Santo Domingo durante la campaña de Bayajá, a pesar del apoyo de las Tropas Auxiliares de Carlos III? ¿No fueron humilladas luego en Cuba esas propias Tropas Auxiliares? ¿Cómo podrían suponer que España les permitiría gobernar después de la dramática experiencia de la Revolución de Haití a la que tanto temían la Corona y la oligarquía criolla? ¿Se puede pensar que una persona con la cultura de Aponte no era capaz de evaluar correctamente el desafío que afrontaban? ¿Acaso podía haber espacio a tamaña ingenuidad entre los revolucionarios negros después de sentir en carne propia el régimen bárbaro que vivían los esclavos en la Isla? Nadie les ha respondido con palabras más hermosas que el propio Martínez Heredia:

Todo eso sucedió porque Aponte resultaba irreductible a la manipulación burguesa. Los rebeldes de 1812 fueron los protagonistas de la actuación más radical en la Cuba de su época, de la subversión contra lo que era esencial en el régimen de dominación. Estos primeros rebeldes de Cuba, […] estos pioneros, tienen sus monumentos, aunque no los tengan de piedra ni mármol ni bronce. Esos monumentos son las revoluciones, y los revolucionarios (Martínez Heredia, 2008).

 

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Acerca de Gina Picart

Soy escritora, periodista especializada en La Habana de la colonia y la república, investigadora, crítica literaria, guionista de cine, radio y televisión
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2 respuestas a José Antonio Aponte relectura de su epopeya

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