La cultura Rastafari en Cuba

Con una impresionante bibliografía pasiva que se extiende a lo largo de varias páginas se presenta al lector La cultura rastafari en Cuba, tesis con que Samuel Furé Davis obtuvo su Doctorado en Ciencias del Arte, y que fuera publicada por la editorial Oriente en 2011.

 Di con este libro recientemente, mientras realizaba una investigación sobre la conspiración

Fragmento de la portada del libro, tomado de Cubaliteraria.

Fragmento de la portada del libro, tomado de Cubaliteraria.

antiesclavista cubana de 1812 y la figura de José Antonio Aponte. Y lo leí con placer, pues el fenómeno rastafari siempre me ha interesado, aunque no haya muchos rastas auténticos en Cuba, o al menos en La Habana, pero son una presencia que no pasa inadvertida, y no puede decirse que sea solo por su pintoresquismo de corte atávico, ni por esa especie de aura entre atractiva y maligna que confiere a veces lo prohibido. No. Los rastas llaman la atención porque son tipos diferentes y originales. Y cuando digo tipos no uso el término con una connotación peyorativa, sino puramente tipológica. Pero ¿por qué nos parecen diferentes y originales a nosotros los cubanos, que somos tan caribeños como ellos?

 Toda investigación antropológica, o para ser más exacta, multidisciplinaria sobre El Caribe atrae enseguida, en especial a los caribeños, pero también a ese primer mundo que aún nos ve como un conjunto de islas y franjas costeras continentales de lo más exóticas, sensuales y musicales. Y me alegra que Furé haya publicado una investigación seria, largamente meditada y muy bien documentada.

Una mirada atenta a la bibliografía consultada por el autor revela que la investigación de Furé intenta esclarecer/establecer si realmente existe una cultura rasta en Cuba, y cuál sería el lugar que le correspondería en el mapa social de la cultura cubana. Después de concluida la lectura, uno se queda con la impresión, extraída sobre todo de las entrevistas realizadas a algunos rastas que viven su filosofía en modo pleno, de que en Cuba hay rastas, sí, pero no los suficientes como para considerarlos una minoría sociocultural (nunca una minoría étnocultural) con influencia sobre la cultura nacional, como no sea en el terreno de la música, donde parece que se han hecho sentir con más fuerza. No constituyen, o al menos esa impresión saqué yo después de leer el libro, un fenómeno de número como lo fueron los hippies, por poner solo un ejemplo. No en Cuba, aunque sí en Jamaica, cuna del reggae y de su creador, Bob Marley.

En la bibliografía pasiva consultada por Furé abundan títulos sobre el problema negro en Cuba, la cultura afrocubana y la música, además de otras manifestaciones artísticas como la pintura. No pienso que los rastas tengan que ver con el problema negro en Cuba, que si en verdad existe, sería de una índole muy diferente. No creo que los rastas tengan que ver con algún problema de integración en esta isla y no creo que el problema fundamental de los rastas sea ese, al menos en nuestro país. El problema fundamental de los rastas y por el cual no aumentan su membresía en Cuba parece ser este: la población afrocubana no se identifica con Rastafari. La población blanca tampoco. Nuestra identidad nacional, como tan bien sabemos, es una fusión monolítica entre la religión yoruba y el catolicismo. La Virgen de la Caridad  de la mano con Oshún, sin nexos visibles con el etiopianismo, al menos de la manera en que el término importa a Rastafari.

Mi opinión estrictamente personal sobre por qué tan pocas personas en Cuba se identifican con Rastafari, además del mencionado tiene también otros aspectos. No sé aún en qué orden colocar mis reflexiones (hablo del orden en que colocaría mis reflexiones, no de reflexiones desordenadas, OJO), así que lo haré de un modo aleatorio. En primer lugar, aunque los cubanos no seamos un pueblo esencialmente religioso, de lo que siempre se nos acusa (y es verdad),  estamos bien dispuestos a aceptar cualquier procedimiento no material que aporte una solución rápida, concreta y eficaz para nuestros problemas. Creo que somos una de las sociedades con mayor diversidad de espiritualidades en el planeta. En Cuba hay católicos, protestantes de todos las confesiones, budistas de diferentes escuelas, babalawos, santeros, espiritistas, masones, rosacruces, seguidores de Sai Baba, sanadores, practicantes de Reiki, Energía Universal, Control Mental, Arquetipos, yoguis de diferentes escuelas, buscadores del Cuarto Camino, y hasta las religiones y cosmovisiones de las culturas maya, azteca e inca están representadas entre nosotros ccada una con su propio discipulado; en fin, parece un buen abanico de referencias para solo once millones de habitantes, pero lo que no ha aparecido todavía entre nosotros es un grupo que adore a un ser humano. A ningún cubano se le ocurriría creer a José Martí, Antonio Maceo o el indio Hatuey seres divinos. Que haya quien crea que si les implora puede obtener ayuda de ellos porque han trascendido y tienen ciertos poderes, es algo que forma parte de los nuevos mitos de la sociedad actual cubana, pero nadie los cree seres divinos. Es muy difícil entonces, por causa de la estructura mental del cubano, entre supersticiosa, utilitaria materialista y pragmática, sumarse a una religión o filosofía o como se la quiera clasificar, donde haya que aceptar la naturaleza divina de un señor que murió en vida de muchos de nosotros, un emperador que fue depuesto por una de las revoluciones africanas a las que Cuba prestó ayuda internacionalista, y de cuya vida personal tenemos los cubanos la suficiente información para saber que no había en su persona divinidad alguna, o al menos la clase de sustancia divina que cabría en la mente superficial y dinamitera del cubano.

Si me dejara llevar por el libro de Furé, creería que los rastas cubanos mismos están confundidos con respecto a los orígenes y significado de Rastafari, puesto que a quienes más parecen mencionar es a Marcus Garvey como lider ideológico y a Bob Marley como icono artístico, y no todos aceptan la divinidad del depuesto emperador de Etiopía Haile Selasie I. Esto es lo que se desprende no solo de las entrevistas que contiene el libro, sino del texto mismo y del discurso denotativo de Furé.

 Parece ser que, en efecto, los rastas cubanos que Furé conoció solo llegan de Marley a Selasie y ese es su Alfa y Omega. La pregunta sería: ¿por qué Selasie es un ser divino? Pero la respuesta no la encontraríamos, o al menos yo no fui capaz de encontrarla, en el texto de Furé. Porque no está ahí de manera explícita. Solo una vez vi mencionado en sus 223 páginas el Kebra Nagast o el Libro de la Gloria de los Reyes de Etiopía, el único y más antiguo texto que podría explicar por qué Haile Selasie I sería un ser divino. O para ser más exacta: por qué Haile Selasie sería una representación de Lo Divino: porque es el último heredero de una muy antigua historia, una antiquísima casa real y una sangre linajuda entre las más linajudas del mundo. Y a partir de ello comprenderíamos por qué los etíopes se consideran un pueblo especial entre los pueblos que se consideran especiales sobre La Tierra.

 El Kebra Nagast es una versión de la Biblia. Yo nunca he tenido una edición en mis manos, jamás lo he visto, pero sé que tiene en común con la Biblia católica el Libro del Génesis y todo el Antiguo Testamento hasta la historia de Salomón con la reina de Saba, quien en realidad se llamaba Makeda y reinaba sobre una ciudad ubicada en el centro de Etiopía llamada Shewa, cuya capital era Addis Ababa. La Biblia católica reconoce que hubo amores entre Salomón y la reina etíope, quien viajó a Jerusalem expresamente para conocerlo, atraída por las noticias de su sabiduría y su poder. Luego los dos libros santos se separan: la Biblia sigue contando la historia del pueblo hebreo y el Kebra… comienza a contar cómo Menelik, el príncipe fruto de esos amores, se educó en la corte de Salomón y cuando alcanzó la edad viril su padre lo envió de regreso a Shewa y lo nombró guardián del Arca de la Alianza, el objeto más sagrado de la religión hebrea, para albergar el cual fue construido el Gran Templo de Jerusalem, y en cuyo interior se supone que se asentaba el espíritu divino de Yavé. Por supuesto, Menelik llevó el Arca consigo en su viaje de regreso a Shewa, y allí fue coronado rey, fundando una dinastía que desciende en línea directa de David, y por tanto de la misma sangre que Jesucristo. Los etíopes se consideraron descendientes de los hebreos y hebreos ellos mismos, hasta que fueron cristianizados por los misioneros portugueses. Se dice que el Arca de la Alianza continúa oculta en algún lugar de Etiopía, custodiada por sacerdotes levitas, como lo estuvo en Jerusalem, pero nadie puede verla, y no creo sea este el espacio adecuado para explicar las razones, que tienen poco que ver con Rastafari. Lo que sí tiene que ver con Rastafari es que la divinidad de Selasie está en el linaje de su sangre, como sucede con los descendientes de cualquier otra monarquía. Sin embargo, nadie piensa que la reina Victoria fuera un ser divino.

 Tampoco me pareció que los rastas cubanos estén debidamente informados de que una zona de la actual Etiopía perteneció en la antigüedad al actual Sudán, de donde era originaria la XXV dinastía faraónica que gobernó Egipto por casi un siglo y con un número nada desdeñable de siete faraones en total. Así que si sumamos los genes faraónicos y los salomónicos, el pueblo etíope puede medirse —en cuanto a ser “especial”— con los israelíes, quienes se consideran “el pueblo elegido” por Dios, y de quienes los etíopes serían una rama muy digna, por cierto.

 Voy a citar un fragmento del libro de Furé:

 En un grupo de debate, dos de mis estudiantes, conversando animadamente con varios Rastas, recogieron la siguiente opinión sobre si se conoce o no la figura de Haile Selasie I entre ellos:

 Sí, como no. Todo ser humano en la vida es utilizado por Dios para lograr un objetivo porque él es quien nos mueve. Espiritualmente ya el Rasta vive con el movimiento espiritual de Dios. En esa época en que estuvo Haile Selasie en Etiopía debería haber alguien que le hiciera frente a los atropellos que se estaban haciendo. Ahora, todo ser humano, a veces cuando tiene verdaderamente un poder en sus manos, escoge el camino del bien, y él escogió el otro camino. Dios lo puso en un beneficio para los etíopes; liberarlos de Musolini y veinte mil guerras más que había entre ellos mismos. Verdad es que fue un rey, de verdad que fue un emperador, de verdad que fue un dios para ellos. Yo lo veo así; yo lo veo como el Ché, como veo a Martí, como veo a Fidel, como veo a Lenin, como veo a los líderes políticos. Fue grande políticamente, pero después cogió su camino. ¿Quiso ser malo? ¡Quiso ser malo! ¿Me entiendes? Lo veo así.

 Ciertamente, en un momento de su vida y de la historia de Etiopía, Selasie fue un líder político positivo para su país. Salvo esa condición transitoria, no tiene ningún punto en común con las grandes figuras políticas que el entrevistado menciona. Se puede percibir la profunda confusión conceptual de este rasta, su discurso atropellado, de estructuras simples, de conexiones débiles, donde el punto central es una reflexión sobre el libre albedrío, aunque no me parece que el entrevistado estuviera ubicado en un nivel realmente estructurado de pensamiento abstracto.

 Que la naturaleza de Rastafari sea mal conocida por los “rastas” cubanos no me sorprende, ya que es un fenómeno completamente ajeno a nuestra cultura en general y a nuestra cultura afrocubana en particular, que como todo cubano sabe, en tanto religión gira en torno al panteón yoruba, al Palo Monte, la santería y a otras derivaciones menos numerosas de religiones africanas, entre ellas el vudú haitiano. Que los rastas cubanos entrevistados por Furé no mencionen el Kebra Nagast se podría explicar por las mismas razones de indigencia bibliográfica (léase bibliografía actualizada) que padece la isla. Existen traducciones al español, pero no creo que sea fácil conseguirlas. No obstante, no estoy segura de que los rastas cubanos desconozcan el Kebra…. O al menos que todos lo desconozcan. Y estoy casi segura de que Furé lo ha leído, porque no le creo capaz de haber realizado semejante investigación sin leer el Kebra… Entonces, ¿por qué el Kebra… casi no aparece mencionado en todo el libro, siendo como es, la base teológica de Rastafari?

 Tengo respuestas hipotéticas, pero no estoy convencida de que deba compartirlas, porque no estoy segura de que sean las respuestas correctas para esa pregunta. Podrían ser otras las explicaciones para el silencio de Furé.

 De cualquier modo, La cultura Rastafari en Cuba es un libro muy interesante y muy bien escrito, muy bien armado además. El tema ha despertado curiosidad entre nosotros desde su aparición, independientemente de los prejuicios que pueda instilar en ciertos sectores de nuestra sociedad que se caractericen por su ortodoxia política o sus inclinaciones a cierto nivel de racismo sociocultural. Lo considero una investigación exhaustiva en lo que se refiere a Cuba, aunque no rigurosa. Lo considero una investigación incompleta hecha por un profesional con capacidad para llegar mucho más lejos. Pero este libro es solo parte de la obra de su autor, de quien se puede y se debe esperar mucho todavía. La inconformidad ha sido siempre la madre del desarrollo.

 

 

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Acerca de Gina Picart

Fui alumna y discípula de Beatriz Maggi en la Facultad de Filología de la Universidad de La Habana. Soy escritora, periodista, investigadora, crítica literaria y otras cosas, y ella me mostró el camino.
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