Suspenso, novela negra y fantasía en la obra de Gina Picart

34_%20Gina%20Picart_%20La%20casa%20del%20alibiPor Yailuma Vázquez

(Tomado de Cubanow)

La última de las novelas de Gina Picart (La Habana, 1956) es monumental, no solo por ser extensa, compleja y cosmopolita; sino también porque apuesta por caminos poco transitados por la literatura femenina: el suspenso y la novela negra; al mismo tiempo que utiliza técnicas metaficcionales propias de los discursos más contemporáneos.

Gina Picart (La Habana, 1956) ha incursionado en la narrativa, el ensayo y la crítica literaria, así como también ha escrito guiones para la radio, el cine y la televisión. Ha transitado con éxito por el espinoso camino de los géneros fantástico y de ciencia ficción, y ha recibido numerosos premios entre los cuales se encuentran el Luis Rogelio Nogueras de ensayo (2005) y el Alejo Carpentier (2008) por su libro de relatos Oil on canvas. De su obra publicada destacan además los textos La poza del ángel (1994), El reino de la noche (2008) y La casa del alibi (2011). Posee un blog donde debate sobre temas literarios, especialmente sobre el quehacer de la literatura femenina actual.

Su novela La casa del alibi es prácticamente inabarcable. Múltiples son sus temas, sus enfoques, sus narrativas; y numerosas también, las posibles interpretaciones. Se trata de una novela monumental. No solo por ser extensa,[1] compleja, cosmopolita; sino también porque apuesta por un camino muy poco transitado por la literatura escrita por mujeres –el suspenso y la novela negra–[2] y lo hace desde una perspectiva femenina, con los elementos propios de su discurso –la protagonista es una mujer, una profesora exitosa (se demuestra la multiplicidad de los niveles de emancipación) y la narración ocurre en primera persona–, al mismo tiempo que utiliza técnicas metaficcionales propias de los discursos más contemporáneos.

La metaficción y la intertextualidad establecen el elemento cohesionador que brinda verosimilitud a los hechos fantásticos que se narran y ofrecen una clave poética para la compresión textual; todo ello vinculado con el afán posmoderno de deshacer y cuestionar lo establecido, empezando por el canon de la literatura femenina en Cuba: Jardín (1951), de Dulce María Loynaz.[3] Canon que se subvierte para volver a establecerse en la propia narración de la novela, cuando la autora analiza la obra en cuestión y establece una santa trinidad entre la escritora cubana y otras dos constelaciones de las letras femeninas: “Para tener una idea exacta de su valía debemos colocarla entre Virginia Woolf y Marguerite Yourcenar. Aunque en el espíritu de la Academia esta afirmación pudiera resultar casi un escándalo, ellas son sus pariguales y la cubana no les cede ni un punto en méritos. Marguerite, Dulce y Virginia conforman la Diosa Triple de la literatura occidental”.[4]

También de la más encumbrada tradición literaria toma Picart dos poemas de Lezama, uno para el título de la novela y otro para el nombre de un capítulo: “La casa del alibi”[5] e “Invocación para desorejarse” son dos intertextos en los cuales se apoya esta obra. La explicación que brinda la autora sobre cómo debe interpretarse el símbolo del alibi en la novela es la siguiente: “El título de esta novela asume la exégesis lezamiana de alibi como un estado alterado de conciencia donde la imaginación del hombre es capaz de crear el hecho y ‘transfigurarlo en un espejo de enigmas’”.[6] El enigma, el misterio de la existencia, la multiplicidad de existencias que conviven sin ser notadas y la superposición de planos narrativos son los ejes centrales y temáticos que estructuran la obra.

Así, queda también justificada la hibridez genérica que el texto exhibe. Se trata de una obra en la cual se reproduce íntegramente una representación teatral en tres actos: Las puertas al cielo, de Chely Lima.[7] Por otro lado, el tema sobre el que se sostiene el suspenso y que desde el inicio se vislumbra en dicha representación teatral, escrita con anterioridad a la novela, es tratado con prolijidad ya muy entrada la obra, en “El dossier Ibañez”, un capítulo cuyo tono didáctico e informativo remite mucho más al ensayo histórico que a la narración. En la obra conviven, por lo menos, tres discursos identificables: el teatral, el ensayístico y el narrativo; aunque me atrevería a señalar uno más: el poético. En cuanto a este último cabe señalar la deuda que esta obra pronuncia explícitamente con la novela lírica Jardín. De esta obra, que la protagonista Marta Ríos reconoce como de cabecera, la Gina Picart toma más de lo que puede expresar abiertamente: el uso sofisticado del lenguaje, la metáfora vinculada con lo sensorial y al mismo tiempo con una espiritualidad profunda; mientras subvierte el canon se apropia de sus estructuras triunfadoras, para fundar un reino propio, sobre la base de una espiritualidad macerada con los años, como un buen vino. Más allá de las citas en extenso de Jardín –las cuales la autora inserta con cursivas–, aparece un juego con el lenguaje, una mistificación de la divinidad y una imaginería y simbolismo de claro acento poético, cuyo germen ya ha sido identificado; sobre todo en algunos momentos, como en las confesiones de Aline Simons (Alondra) y Ely Sima, acrónimo evidente de Chely Lima –debe tenerse en cuenta que se trata de brujas (locas).[8]

Sin embargo esta no es la única extrapolación posible. Los personajes recuerdan en muchas ocasiones a los antológicos de Rayuela. Especialmente Alondra, un ser atormentando, que se comporta entre la víctima y la femme fatale, y que reproduce insistentemente a la Maga. La presencia del sobrenombre no es una casualidad. Las discusiones del grupo en Kakoland[9] (Miami), un poco inverosímiles por los arranques intempestivos de furia desmedida –de Kako, el novio de Alondra– que lindan con la locura, permiten escuchar las resonancias de las reuniones de El Club de la Serpiente, tampoco libres de violencia, en otro exilio voluntario, en el París de la década de los setenta.

En cuanto a las técnicas metaficcionales que la obra reproduce, cabe destacar la intercalación del plano de lo concebido como realidad, dentro del texto, con el plano de lo concebido como representación. Marta Ríos, personaje que se vincula con el plano real del relato, visita en un momento climático de la obra, cuando se supone que los conflictos están a punto de resolverse, la casa del alibi, espacio donde se produce en primera instancia la representación de la obra teatral. Allí convive con, al menos, dos personajes de los representados: con la viuda del maestro Ibañez, Ely Sima, y con Buenaventura.

El elemento fantástico viene dado por la existencia de puertas secretas que, más que acceder al cielo, se dirigen al interior de la tierra, donde una raza desconocida gobierna un mundo paralelo: se trata del misterio de los Iluminati, esa raza de la cual se presupone que Jeff, el novio de María Ríos, forme parte. En el dossier se inicia un largo recorrido alrededor de esa posibilidad, cuyos estudios vinculan a más de uno de los sabios y los políticos más prominentes de todos los tiempos, entre ellos Thomas Jefferson y Adolf Hitler. Esta doctrina de la tierra hueca, según la propia autora, “estaba llamada a constituirse en uno de los mayores delirios del mundo moderno”.[10] Además agrega que: “Según los mitos recurrentes, el reino interior es accesible a través de túneles inmensos que cruzan toda la tierra, algunas de cuyas entradas han sido incluso descubiertas”.[11] Para hacer más verosímil dicha aseveración enumera algunas de estas: en la cordillera de los Andes; la de Potala, en el Tíbet; la de Pamir; la de los montes Karakorum; la de la montaña Kouin Long Sang, situada entre el Tíbet y China; y continúa con otros ejemplos en la India.

Lo fantástico es reforzado y sostenido por los elementos propios de la novela negra: un misterio, sucesos extraños, desapariciones, asesinatos y crímenes que pocas veces son explicados, la existencia de un complot que excede a la protagonista, cuya participación solo será develada al final, así como la presencia de espacios vedados para la protagonista, tales como el cuarto de Jeff en Berkeley y los pasadizos ocultos y desconocidos para la protagonista, que posee su casa en el interior. Cabe señalar que es típico de la novela negra la narración en primera persona de un protagonista que, generalmente, vive al margen del mundo marginalizado al que termina enfrentándose. A diferencia de la novela policíaca tradicional, Marta Ríos no es una detective clásica; pero sí está involucrada emocionalmente con el misterio que da origen a la novela, a partir de su relación con un hombre también misterioso. Además se crea una atmósfera de suspenso, amparada por la intertextualidad con el cine y las referencias a películas de Alfred Hitchcock, las cuales producen un efecto contaminante de thriller psicológico.

En cuanto al tema amoroso, central para la novela femenina, cabe destacar su vinculación con el incesto, tradicional dentro de la novela decimonónica cubana –piénsese en María, de Vicente Morúa, y en Cecila Valdés, de Cirilo Villaverde.[12] En la novela de Picart, el incesto aparece normalizado a partir de la reencarnación y en la conciencia establecida de familiares distintos; además, en el olvido del supuesto pasado kármico. Sin embargo, dicha figura posee la misma función que tenía para la novela naturalista: crear el extrañamiento y la repulsión, mostrar lo que para Julia Kristeva es lo irrepresentable en la narrativa posmoderna: lo abyecto, lo horrible, lo intolerable. Y, al mismo tiempo, sirve para establecer una culpa que no dejará vivir a la protagonista sin una especie de castigo divino.

Por otro lado, en cuanto al significado de este tipo de obras, advierte Robert Spires,[13] refiriéndose particularmente a la novela negra española del último cuarto del siglo pasado, que en ellas existe un elemento provocador, ya que subvierten el discurso autoritario al ironizar el sistema del cual parte y su concepción de los criminales. Colmeiro,[14] sin embargo, es más explícito cuando afirma que tanto la novela negra española posfranquista como la norteamericana de los años veinte y treinta surgen en momentos de profunda crisis social. Por su parte, si bien La casa del alibi no hace claros enfrentamientos de orden político, sí posee una tenaz crítica social que va desde la consabida descripción de la miseria y el abandono de la ciudad –La Habana, como resumen de Cuba–, hasta la manifestación de la imposibilidad de ascenso social para una gran parte del pueblo. El desencanto, que se traduce como circularidad de una existencia vacía de significado, aparece constantemente en la obra.

 ***

 La casa del alibi (fragmentos de novela)[15]

Gina Picart

 

Ella intenta huir hacia lo alto

Los pájaros han enmudecido. El sol es apenas un charco de luz turbia entre dos rocas. Abajo aúlla el jardín, que pronto será cubierto por el mar como una ostra que devora su perla…

¡Esta lluvia..!

Busco aún la ciudad tras la empañada cristalería de los ventanales… Busco la ciudad como un último asidero a mi tristeza, y la encuentro una vez más, ya con puntos de luz tenue y picada que se encienden a lo lejos en limaduras de estrellas…

Doy la espalda al vacío, me separo de la balaustrada e inicio mi ascenso torvo y defraudado hacia la torre. ¡Ah de los dioses, de la eterna traición de las aguas…!

Subo, subo de prisa. La noche se me viene encima a oleadas negras…

Mis pisadas resuenan en el Tiempo.

Avanzan las arremolinadas olas. Mañana los habitantes de la ciudad yacerán en sus lechos mortales con un pez de plata en cada párpado.

Cada escalón parece querer recordarme algo, me sujeta el pie y me lo impulsa de nuevo hacia lo alto… ¿Qué me dejo detrás, que mis pies se niegan a subir?

No será la ciudad, que nunca ha sido mía, adonde nunca he pertenecido…

Vuelvo los ojos al hueco de la puerta, casi lleno de sombra, y alcanzo a ver un último revuelo de pinzones.

¡Que la noche se detenga al filo de los cielos! ¡Que le pongan diques al océano para que no acabe de caer sobre la tierra, para que no me ahogue ese rincón perdido de jardín que siempre he deseado poseer!…

Para que yo no tenga que subir a la torre.

Sigo ascendiendo. Me sumerjo en la escalera torva y neblinosa, y ya solo puedo ver en mi recuerdo la cristalería de colores de la casa invadida por las enormes masas de agua verde, preñada de algas y caracolas.

Después de esta augurada avalancha de mareas, ya todos los caminos convergen para siempre a un solo centro. Miro hacia abajo instintivamente: la balaustrada del mirador es ya una cosa tan lejana, tan baja, tan imposible que mi corazón se oprime y me lleno de lágrimas. Cuando llego a lo alto de la escalera bajo los ojos, estoy un rato tanteando con el pie el manojo de caminos de luz que derrama la luna sobre el entarimado desde detrás del ventanal; caminos trémulos, desenredados ya de la nebulosa primitiva de mi vida. Yo no he elegido: han sido las mareas con su cólera súbita quienes me han obligado a enfrentar mi obsesión. Han sido las mareas desatadas quienes me han empujado ante esta puerta. Y ahora estoy aquí, alisando despacio un pliegue de mi sudario; lentamente, como girando sobre un resorte, me aparto del ventanal y entro en la torre, abierta siempre en la infinita, eterna espera…

 

¡Basta!

¿Cuántas veces habré soñado que una inundación anega la ciudad? Si durante el día he sido presa de la angustia, de noche vienen las aguas sobre mí como un rebaño de locura. En una de mis pesadillas avanza el torrente brutal por las estrechas calles coloniales, y persigue a los hombres hasta la soleada profundidad de los patios. En otra es un mar con fondo morado de vino antiguo derramándose, calmoso, desde una playa de arena gris hacia los rascacielos fulgurantes bajo el sol del verano. Otras veces voy saltando sobre islas emergidas entre las olas, mientras el mar crecido las vuelve a devorar en el tiempo fugaz de un grito. Ora voy nadando con desesperación, ora intento salvarme huyendo por callejuelas donde el nivel del líquido no cesa de subir, mientras en torno a mí la turbulencia de las alcantarillas hace girar cadáveres como muñecos rotos. Una gigantesca Madre de Agua castiga a la ciudad por pecados que nunca hay tiempo de esclarecer, porque en el sueño yo solo anhelo subir a la torre; y la torre es indistintamente un campanario colonial, el último piso del Habana Libre o de otro hotel desconocido. La ciudad puede ser cualquiera, bella y sin nombre, abierta al océano como una amante complaciente espera al violador que al mismo tiempo será su asesino. En mis sueños los muertos flotan cerca de mí con sus miembros dislocados, sus ojos ciegos, y en sus rostros el último miedo. Demoledor, inapelable abandono el de los muertos. Y nadie me ha dicho nunca qué hay que purgar.

Hoy acabo de soñar una nueva versión de mi pesadilla recurrente: mi yo onírico tomó prestado el escenario de unas páginas de Jardín releídas anoche antes de dormir. Me obsesionan mis investigaciones sobre esa novela, y mi subconsciente la esgrime contra mí, nueva arma de castigo, como si fueran pocas las que ya empuña para agredirme. Y esto ha sucedido porque llevo muchos días intentando encontrar un libro raro y huidizo. Necesito consultarlo antes que expire el plazo para la entrega de mi ensayo sobre Dulce María Loynaz. No podré terminarlo si no consigo ese libro fantasma.

 

Cómo nace un misterio

Todo empezó un domingo sobre las cuatro de la tarde. Llovía y yo me dirigía a la UNEAC para asistir a la inauguración de una exposición de fotografía en la sala Villena. A mi paso contemplaba alucinada el espectáculo de cientos de flores de majagua arrastradas por el manadero de las alcantarillas; desprendidas de los árboles por un viento precursor de ciclones, pasaban rozando mis pies y nadaban inermes hacia el mar. Solo recuerdo con claridad ese detalle, como si un agua lodosa hubiera sepultado en mi memoria otros sucesos importantes de aquel día. Durante la velada no pude concentrarme en los discursos, saludos y comentarios que siempre aderezan tales actividades, y en ese estado de agitación mental escuché decir que un señor Llépez (o Tépez, no sé…), había publicado un ensayo muy interesante sobre la novela de Dulce, titulado Un diabólico jardín o las claves del Umbral. También recuerdo que esas palabras fueron pronunciadas por una voz extraña y susurrante.

El pánico se apoderó de mí y comencé a temblar en medio de la gente, aterrada ante la posibilidad de que alguien hubiese develado antes que yo el enigma oculto en las astutas páginas de esa novela. Aunque investigo sobre el tema desde hace años, no me molesté cuando comenzaron a aparecer libros, conferencias, ensayos y monografías sobre la ancianita peligrosa tanto tiempo sumida en el olvido. Al contrario, me alegré por la resurrección literaria –justicia algo tardía– de tan grande gloria nacional. Yo conocí a Dulce y la visité varias veces en su casa de El Vedado, no puedo recordar exactamente cuántas, pero fueron suficientes para exponerle mis teorías sobre ella, sus hermanos y su obra, y obtener de sus marchitos labios ciertas confidencias que me permitirán escribir algún día un libro diferente de los que hasta ahora han visto la luz.

Porque todo el mundo está engañado. Todos fueron confundidos desde un inicio y siguen repitiendo la misma tontería sobre Jardín: que si es el Edén, que si es el Paraíso; y se la pasan unos a otros como una pelota de papel trucado, que en realidad no es una pelota, sino una calavera monda y lironda, pero ellos no pueden verlo porque no tienen oídos adiestrados para oír ni ojos dotados para ver, pues no han sido iniciados en los oscuros senderos de Saturno, Hathor y Yesod.

Yo sí. Lo hice para comprender el Arte.

¡Dios mío, he descubierto el secreto de la obra y solo yo tengo pleno derecho a revelar sus claves! Me las dio la Gran Vieja en otra tarde ya lejana y también de lluvia torrencial, mientras las ráfagas azotaban los ventanales de su casona en contraste fiero con el té de Ceilán remansado en las tazas, que bebimos juntas en la estancia donde tiempo atrás su marido la había abrazado entre abanicos de plumas. Dulce me ofreció el té, ya casi frío, en una taza roja con blanco festón de amorcillos volantes estilo Teresienthal. Me pregunto quién la tendrá ahora, en qué salón distinguido esa taza estará yendo de unas manos a otras durante las veladas elegantes, mientras alguna voz susurra untuosa: “Esta taza perteneció a la vajilla de los Loynaz del Castillo, era la preferida de Dulce María para beber su té de las cinco…”, y el fantasma de la Vieja, multiubicuo como resultan siempre los espectros de quienes no pudieron vengar en vida sus agravios, hará chirriar su dentadura fantasmal por los rincones rabiando de impotencia, de ira y de dolor…

Convencida de que por las buenas no encontraré el libro –probablemente la edición haya sido recogida en un clima de súbitas urgencias–, regué en la panadería, la bodega y la tintorería que me he ganado un premio en España y estoy dispuesta a pagar cualquier precio por un ejemplar del libro de Llépez (o Tépez, no sé…), aunque me lo traigan sin cubiertas, orinado y con un par de mocos impregnados, residuos de alimentos o cualquier otra materia soez.

Y funcionó.

Ayer, por fin, me sonrió la suerte y alguien me sopló un nombre al oído. Fue la cocinera negra del comedor del Instituto Cubano de Investigación y Clasificación de Documentos para Intelectuales, ICICDI, donde trabajo. Yo sospechaba que estaba enamorada de mí (porque siempre me concedía más tomates verdes que a los demás investigadores), y esta nueva prueba de su afecto me conmovió profundamente. Me susurró con sus enormes labios color de pasto seco –de donde escapaba un vientecillo cosquilleador de orejas–, que un primo suyo poseía un ejemplar del ansiado volumen. El hombre –me explicó– trabajaba en un circo, y me anotó la dirección al dorso de la etiqueta de una lata de casquites de guayaba La Conchita. Su escritura era tan críptica como un petroglifo, pero tras mucho sudar sobre sus garabatos a la luz de las velas,[16] logré descifrarla. El circo estaba en un callejón del Malecón, y el primo a quien yo debía ver respondía al bíblico nombre de Baruk. Me recomendó asistir enmascarada a la función, porque allí se ofrecían actuaciones clandestinas donde solía intervenir la policía. Casi rompí a reír en su cara, pues me pareció absurdo que enviaran espías y policías a un espectáculo tan inofensivo; pero ella, adivinando mi risa secreta, se apresuró a terminar: “Es un circo, sí, pero no olvide que es clandestino. Lleve la máscara en la cartera y póngasela antes de entrar”. Le agradecí deslizando en el estrecho surco de sus senos un billete de veinte pesos moneda nacional, y me llevé mi bandeja bien cargada de arroz y tomates verdes, pero no pude probar bocado; de repente estaba desganada.

Eso fue ayer.

Ahora salto de la cama, todavía enredada en los malos vientos de la pesadilla, pero dispuesta a asistir a esa cita con el destino. La Cita, que sucede pocas veces en la vida, quién sabe si una sola, y no la puedo perder.

 

Descenso al Inframundo

Ya es de noche. Abandono mi edificio vestida con mis jeans guerrilleros, una camisa a la que ya le he cosido varias veces las mangas de otras camisas (las rompo siempre por los codos, de tanto apoyarme para investigar en esas viejas mesas de bagazo carcomido…), y unos zapatos con suelas cosidas y pegadas por lo menos tres veces. Así, con un atuendo tan común, no llamaré la atención de los gendarmes. Camino imitando el andar de la gente más anodina que puedo recordar. Estoy tan nerviosa que apenas si logro encontrar la dirección que me ha entregado mi negra fiel. Y me sorprendo al ver que el edificio, ubicado frente al Malecón, es solo un resto de muro con fragmentos de valla pegada aún sobre los horadados ladrillos de panetela. Al frente del inmueble hay una especie de terreno ruinoso con un aro de baloncesto. Debajo del cesto y sentado sobre un cajón, un negro viejo tocado con un gorro de papel periódico tañe en su flauta los aires de La paloma.

Me acerco muy despacio, desconcertada porque no veo allí nada que se parezca a un circo, y sudo al pensar que la cocinera se equivocó y tampoco esta noche conseguiré el maldito libro por el cual llevo suspirando una semana. El músico no se mueve ni me mira –la oscuridad es mucha y a lo mejor sí lo hace y no lo veo–, y sigue tocando. Oiga, señor –le digo–, me contaron que aquí hay un circo… Vengo de parte de Yolanda, la prima de Baruk… Sin levantarse ni dejar de soplar, con una habilísima maniobra de sus nalgas, el hombre se las arregla para desplazar un poco el cajón sobre el que está sentado y deja al descubierto un estrecho agujero. Baje –me ordena con voz neutra.

La orden me parece delirante, porque una vez que el cajón vuelva a cubrir el agujero estaré desvalida y podría sucederme cualquier cosa. A pesar de los tiempos que corren no he escuchado todavía rumores de canibalismo humano, pero nunca se puede estar seguro de nada en una ciudad tan siniestra como La Habana, donde cualquier cosa puede suceder… Sin embargo, mi deseo del libro es tan fuerte que al fin me decido. Lo último que veo es la mole de los edificios que rodean el lugar, casi todos demolidos, pero las velas titilando en las ventanas como ojos de licántropo son pistas seguras de que aún vive gente en esos aposentos sin paredes ni puertas. Mientras voy descendiendo por una insegura escalerita de piedra, me pregunto si un grito mío sería escuchado por los invisibles ocupantes de las ruinas. Y en caso de que oyeran mis alaridos, ¿harían algo por socorrerme…?

Al final de la escalerita comienza un túnel. Me adentro en él y no veo mi cuerpo de tanta negrura como hay. Recorro unos veinte metros, y al final otra escalerita me conduce a un nivel aún más bajo del suelo donde sí está iluminado; la débil luz proviene de unas antorchas sujetas a las paredes, y puedo ver que ya estoy en la cripta. Mi negra no me mintió: aquí es donde se encuentra el circo, montado sobre un tinglado, y los espectadores se sientan en semicírculo como en un teatro ateniense del siglo v. En vez de gradas hay cajones y piedras, y todos los asistentes están enmascarados. ¿Cómo encontrar al tal Baruk? Aquí no parece haber nadie encargado de atender al público y la concurrencia guarda un silencio sepulcral. Puedo percibir la respiración entrecortada de los espectadores más cercanos. Calculo qué posibilidades tengo de escapar de aquel pozo, pero me digo que eso le resultaría muy sospechoso al hombre que aguarda fuera con su flauta y su cajón de palo. Ya es tarde para volver atrás. “Donde fueres haz lo que vieres”, resuena en mis oídos la voz de mi madre, quien siempre me daba de niña ese sabio consejo. Decido permanecer allí y salir cuando todos lo hagan. Si como empiezo a sospechar, he caído en alguna especie de trampa, camuflarme entre la multitud podría ser el único modo de salvarme. Me siento sobre una piedra y finjo asistir al espectáculo con gran interés; y mientras, trato de hacer respiración yoga para tranquilizarme, pero me molesta el sudor helado que empapa mi camisa, y mi turbación es tan grande que no consigo concentrarme en el escenario.

Una voz en off, demasiado ronca para ser natural, anuncia al público la llegada de Baruk. Me pongo rígida como si me hubieran empalado y estiro el cuello. En un estrecho círculo de luz aparece, como surgida de la nada, una figura ataviada con jubón, calzas y cascabeles de feria medieval, y un sombrerón en forma de lemniscata. Se mueve con porte mayestático y reconozco en su vestuario al Mago del Tarot. Dos enmascarados se apresuran a colocar ante el recién llegado una mesita baja con un cubilete, dados, puñal y monedas. El Mago se inclina para saludar al público, y cuando se incorpora agita su varita fosforescente en unos breves, pero firmes pases mágicos. Me pregunto de dónde habrá sacado en pleno período especial las lentejuelas del traje, los cascabeles y la enorme lemniscata verde, roja y amarilla, que no se ven por estos días ni en el Circo Nacional.

Y con empaque de redentor se muestra el Mago ante su concurrencia, seguro de sí, agigantada su estatura por el disfraz cuyo simbolismo casi nadie podría descifrar en la ciudad. Lo observo.

Ahora ejecuta unos trucos triviales y enseguida comprendo que nada de alta magia veremos hoy. Se me escapa un bostezo, hasta que, de repente, el Mago se arranca el sombrero y se inclina en un profundo saludo cortesano mientras señala hacia las cortinas corridas a sus espaldas. Está anunciando algo; debo de haberme distraído un instante y perdido algún detalle importante de su actuación. Ahora Mago/Baruk hace mutis por el foro con un curioso paso de danza. Observo a las personas alrededor: la curvatura de sus hombros muestra una tensión tan expectante como la mía. Nadie ha aplaudido, supongo que está prohibido por las reglas de esta representación clandestina. Los acordes de un rock gótico inundan la cripta y el telón (uno de verdad, de damasco rojo sin parches ni remiendos) se va alzando lentamente para mostrar al público una escenografía…

 [1] La edición de Letras Cubanas consta de 419 páginas, una extensión muy poco usual en las novelas recientemente publicadas por mujeres en Cuba; no es así el caso de otras obras publicadas por escritoras españolas, por solo citar un ejemplo, cuya extensión es siempre mayor. En el contexto cubano, cabe la salvedad de la obra de Ena Lucía Portela, cuya novela Djuna y Daniel (2007) es muy extensa también.

[2] Antecedentes paradigmáticos y foráneos son Agatha Christie y Patricia Highsmith.

[3] Luego de su olvido y enclaustramiento voluntario, la Loynaz y por extensión los Loynaz han sido frecuentemente revisitados. Amplios y novedosos análisis han circulado sobre sus obras, en especial sobre la obra de Dulce María, y han aparecido como personajes en numerosas obras contemporáneas, acentuado todo ello por un halo de misterio y desconocimiento que los convierte en poco menos que seres tutelares de la literatura cubana. Entre esos estudios destacan los de Zaida Capote y, en la literatura, la presencia de Flor Loynaz ha sido identificada en Posar desnuda en La Habana (2001), de Wendy Guerra. (Un texto sobre Dulce María Loynaz puede consultarse en esta sección de Narradores Cubanos, en la dirección http://cubanow.cult.cu/articles/dulce-mar%C3%ADa-loynaz-lyric-narrator. Además, en la sección también puede encontrarse un fragmento de la mencionada novela de Wendy Guerra, en la dirección http://cubanow.cult.cu/articles/wendy-guerra-postmodern-updating-diary-genre. N. del E.)

[4] Gina Picart: La casa del alibi, Editorial Letras Cubanas, La Habana, 2011, p. 353.

[5] Este texto, según la autora, fue encontrado por Cintio Vitier entre los documentos del poeta. Al respecto dicho investigador formuló algunas posibles interpretaciones y explicaciones.

[6] Gina Picart: Ob. cit., nota al pie n.o 19, p. 408.

[7] La relación con esta autora de origen cubano, radicada en los Estados Unidos, aparece desde los agradecimientos: “A Alberto Serret y Chely Lima, maestros y amigos entrañables, porque ellos abrieron para mí los senderos infinitos de la Otra Realidad. Esta escritura es mi homenaje” (p. 7). De la autoría de Chely Lima aparece en la novela la obra de teatro Las puertas del cielo, escrita con anterioridad a La casa del alibi. Gina Picart, en la nota final del texto, afirma que la idea de su novela proviene de dicha obra y que Chely colaboró además con la escritura de varias partes de esta, entre las cuales se encuentran el monólogo del chamán Quanah, las descripciones de la Universidad de Berkeley y “La confesión de Ely Sima”. Todo ello con la intención de realizar un homenaje literario a Alberto Serret, esposo de Chely y amigo de Gina, el cual encarna en el personaje del maestro Ibañez.

[8] La confesión de las brujas antes de su muerte es un hecho comprobado. Generalmente eran obligadas por sus cazadores-captores. En el caso de Ely Sima, la muerte es simbólica, ya que una parte de ella, al modo de una viuda india, ha muerto al morir su esposo y compañero de estudios y de vida. Por otro lado, la relación entre locura y brujería, comúnmente aceptada como caras de una misma moneda, da pie para otros análisis que excederían los requerimientos espaciales de este texto.  

 [9] Kakoland es el nombre paródico que recibe la casa de este personaje en Miami. En la novela se desarrollan tres capítulos en este lugar y el título de cada uno de ellos comienza con su nombre.

[10] Gina Picart: Ob. cit., p. 286.

[11] Ibídem, p. 295.

[12] Un fragmento de Cecilia Valdés puede encontrarse en http://www.cubanow.net/articles/cirilo-villaverde-his-bicentennial-cecilia-vald%C3%A9s-endures, como parte de esta misma sección de Narradores Cubanos (N. del E.).

[13] Cfr. Robert Spires: Post-Totalitarian Spanish Fiction, University of Missouri Press, Columbia, 1996, p. 100.

[14] Cfr. José F. Colmeiro: La novela policíaca española: teoría e historia crítica, Anthropos, Barcelona, 1994, p. 211.

[15] Tomado de Gina Picart: Ob. cit.

[16] Este manuscrito fue escrito en época de apagones reiterados. N. del A.

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Acerca de Gina Picart

Soy escritora, periodista especializada en La Habana de la colonia y la república, investigadora, crítica literaria, guionista de cine, radio y televisión
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