Desapolillando féretros: Coronel Orestes Ferrara Merino

Coronel Orestes Ferrara Merino

Coronel Orestes Ferrara Merino

Revalorizar una figura política que ya en su época fue indistintamente adorada y estigmatizada con el descrédito más mordaz, y más tarde con la muerte civil que imponen la execración y el silencio, puede parecer una asunción delirante y absurda, pero intentar recuperar para la historia de Cuba a una de sus figuras más importantes y pintorescas ya va pareciendo un empeño más razonable y positivo. Un empeño que intentará basarse sobre el postulado raigal de la más estricta objetividad.

Orestes Ferrara, napolitano descendiente de una familia inmersa en la tradición de la lucha por la libertad, nieto de un hombre que luchó por la independencia y unificación de Italia, hijo de otro que siguió a Garibaldi en su gesta liberadora, estaba destinado, por decretos no tan incomprensibles del destino, a convertirse en una de las figuras más conspicuas de la historia de Cuba.

Ferrara tomó esta decisión en momentos en que también se luchaba en Creta y Filipinas, y pudo unirse a cualquiera de esas dos causas. ¿Por qué eligió Cuba? Los motivos que aduce en sus Memorias no me resultan convincentes, y lo mismo su elección pudo deberse al más puro azar que a cálculos que no confiesa. Lo que en mi opinión si queda claro es que a tan temprana edad, casi en la adolescencia, ya Ferrara sentía que en su Nápoles natal lo esperaba un destino mediocre en un bufete de abogados provinciano, y esa perspectiva, vista desde la fogosidad de su temperamento y la brillantez de su intelecto juvenil, no le interesaba.

 En Cuba Orestes Ferrara hizo carrera como militar, como abogado, como profesor universitario y, sobre todo, como hombre de Estado. Tuvo épocas en que gozó de más popularidad que el propio Presidente de la nación, y quién sabe, si su condición de extranjero no le hubiera impedido aspirar a la Presidencia, como también le ocurrió a Máximo Gómez, tal vez Cuba habría tenido un Presidente italiano. Ocupó durante décadas los más encumbrados cargos en la cúpula dirigente de la Isla, fue Ministro, Embajador, recibió distinciones muy notorias y jugó roles decisivos en la vida política del país. Amasó una gran fortuna, al parecer por medios bastante lícitos, aunque no hay que descartar que algunas de sus amistades más incondicionales, como las que mantuvo con los Presidentes de la República José Miguel Gómez y Gerardo Machado, contribuyeran no poco al incremento de su peculio. Estas mismas amistades han hecho que, ante los ojos de muchos jueces de la Historia, Ferrara haya quedado como un camaján aplatanado, aprovechado, capaz de jugarretas sucias, corrupto y cínico, que supo colocarse siempre bajo la sombrilla de los poderosos. Sin embargo, una lectura atenta de sus Memorias, y de algunos documentos que sus contemporáneos escribieron sobre él, nos deja la imagen de un hombre más multifacético de lo que suelen ser los hombres comunes, como si en su interior habitaran varios Orestes, y esa característica poco abundante en la especie humana hace de Ferrara un individuo difícil de comprender y aún más difícil de juzgar. Conviene, en todo caso, recordar el temperamento napolitano y la mentalidad de un italiano  del siglo XIX, hijo de un país que luchó denodadamente por independizarse de un gran imperio y convertirse en nación; la mentalidad de un descendiente de un garibaldino orguloso de su linaje; su cultura de inspiración clásica y su extrema juventud. Solo situando a los hombres en sus contextos naturales se puede tener de ellos una imagen más transparente.

Algunas cualidades de Orestes Ferrara fueron su extraordinario valor personal, su temperamento romántico y apasionado, que coexistía con un pragmatismo desconcertante, su capacidad para la amistad incondicional, su astucia y su humor espléndido y acerado que le brotaba de los labios como una chispa sulfurosa, pero jovial. El destacado intelectual cubano Carlos Márquez Sterling, prologuista de las Memorias de Ferrara, destacaba otra faceta no menos importante de su personalidad:

Hay otro Ferrara, del cual no se ocuparon mucho los políticos, y que no conocen las generaciones más nuevas, que le ha dado la vuelta al mundo con sus libros, sus conferencias, sus folletos, y su enorme personalidad… Ferrara reunía grandes cualidades. Talento, valor, audacia, tacto, prudencia, espíritu de aventura, ideales, realismo, romanticismo, destreza, habilidad. Sentido del límite, conocimientos diversos, una cultura inmensa. Hablaba varios idiomas y poseía un saber hacer las cosas que nunca le fue superado por sus contemporáneos.

 Ferrara escribió cuarenta libros. Debió ser uno de esos trabajadores incansables que dormía pocas horas, pues de otro modo no se entiende cómo encontró tiempo para crear obra tan vasta en medio de su convulsa vida política, su bufete y su profesorado universitario. Es interesante resaltar que Niccolo Maquiavelo y Alejandro VI, más conocido como el Papa Borgia, fueron dos de sus personajes favoritos, los más investigados y biografiados por un Ferrara que sin duda se identificaba con ellos y con su proverbial astucia política. No debemos olvidar, a la hora de enfrentarnos a Ferrara, que procedía del antiguo reino de Nápoles, con una riquísima tradición cultural de milenios, feudo de la poderosísima familia Sforza, uno de los clanes renacentistas que dio a Europa relevantes perfiles políticos que caracterizaron el Renacimiento, y dejaron su impronta en esa magna época de la Humanidad. Orestes Ferrara no salió de la Nada, fue un carácter moldeado por su procedencia y esto hay que tomarlo muy en cuenta a la hora de reflexionar sobre su vida. Para entender un poco a Orestes Ferrara tal vez sería bueno intentar una transcripción al siglo XX de la historia que cuenta el escritor argentino Manuel Mujica Laínez en su magnífica novela Bomarzo.

 El anecdotario que se atribuye a Ferrara es muy extenso, pero siempre pueden seleccionarse algunos momentos que definen al hombre y ayudan a tener un atisbo de su carácter. Sus primeros tiempos en el Ejército Libertador transcurrieron cortando leña y alimentándose de mangos verdes, como el más humilde soldadito de filas. Hechos de una temeridad asombrosa y que revelaban en él la posesión de habilidades muy valiosas en la guerra le valieron prontos ascensos. Ferrara fue el primer mambí que logró cruzar la trocha de Júcaro a Morón, y lo hizo en solo ocho minutos, aunque este primer esfuerzo no le sirvió de mucho y tuvo que llevar a cabo otros intentos. En otra ocasión,

durante el ataque a Arroyo Blanco, el coronel José D´Strampes, que estaba al frente de la artillería mambisa, solicitó ayuda a Orestes Ferrara para corregir el tiro sobre un fortín español, ya que no contaba su pieza con telémetro y erraba constantemente. El italiano se subió sobre un árbol a mitad de camino entre la pieza y el pueblo, y bajo un intenso fuego español fue y vino varias veces hasta el cañón de “Pepe” D´Strampes, hasta que uno de los proyectiles dio en el centro del fortín español. Luego de la destrucción del fuerte, los españoles entregaron la plaza el 28 de julio.

En 1940, siendo ya Ferrara un hombre público que ocupaba los cargos más elevados de la República

sobrevivió a un atentado cuando se dirigía a la Asamblea Constituyente que debía aprobar la nueva Carta Magna de la República de Cuba ese año, recibiendo diez impactos de bala de desconocidos que disparaban desde un auto a gran velocidad  en la esquina de la Avenida de Infanta y San Miguel, mientras los pistoleros huían, Orestes se montó sólo y sangrando en un taxi y se fue a curar a un hospital de emergencia. El chofer que conducía el auto de Ferrara murió en el sitio; sobre el timón del auto.

En un trabajo leído en la Conferencia Internacional y titulado «Orestes Ferrara Da Napoli a Cuba», que tuvo lugar el 23 de abril de 2009 en la ciudad de Nápoles, auspiciada por el Instituto Italiano para los Estudios Filosóficos (Instituti Italiano per gli Studi Filosofici), se pueden leer estos párrafos que ofrecen una visión resumida pero muy viva de Orestes Ferrara:

 A través de su vida, Orestes Ferrara ocupó muchos de los más altos cargos y rangos de la política cubana, entre ellos Secretario de Estado, Embajador de Cuba en Brasil, Embajador de Cuba en Estados Unidos de América y Delegado de Cuba ante la UNESCO, y se relacionó con las más descollantes figuras de las finanzas y de la nobleza de su época, así como de la literatura y el poder político, entre estas últimas figuras cabe mencionar, entre muchas otras, al profesor italiano Franceso Saverio Nitti, al  dictador español Miguel Primo de Rivera, al poeta italiano Gabrielle D´Annunzio, al mandatario español Francisco Franco Bahamonde, al dictador italiano Benito Mussolini, al primer ministro inglés Winston Churchill, a los presidentes estadounidenses William Howard Taft, Herbert Hoover y Franklin Delano Roosevelt, y al poeta francés Paul Claudel. Ferrara fue un pensador y un defensor de la libertad individual, rara avis en el siglo XX cubano, que supo percibir el peligro de las tendencias estatistas no sólo en la isla, sino también en Estados Unidos y, en ese sentido, tuvo el valor de opinar y escribir en contra de los íconos establecidos por polémico que resultase. Así, en sus Memorias puede leerse: “Como todos los hombres públicos de limitados alcances, al ser electo Roosevelt (Franklin Delano), anunció cambios sociales y políticos que asombraron especialmente a las mayorías incultas deseosas de cambios y novedades. El New Deal sirvió de nombre de batalla (…) Por la calle se encontraban a menudo a grandes grupos de obreros que trabajaban el asfalto para devengar un salario del Estado (…) pero, la obra hubiese podido ser llevada a cabo en pocos minutos por cualquier instrumento mecánico apropiado (…) y tuve la impresión directa de que si el New Deal era verdaderamente algo nuevo, impresionaba por su carácter antiamericano”. En esas misma Memorias también manifiesta: “Soy igualmente un sempiterno anti-estatal, por odio intuitivo a la burocracia, especialmente a la de los países latinos. No cabe duda que la limitación de las funciones  estatales impulsan la colectividad humana hacia el mayor bienestar. Considero que el orden es la primera  necesidad de la vida colectiva, pero cuando es espontáneo, cuando es la resultante del concurso de la voluntad general. El Estado, a mi entender, es indispensable para impedir el abuso, no para crearlo; para reprimir la violencia, no para ejercerla; para armonizar los interesas procomunales, no para dominarlos.

Aunque muchos cubanos de su tiempo consideraban a Orestes Ferrara como un aventurero, el hecho de que al final de la Guerra del 95 regresara a su Nápoles natal para terminar sus estudios de abogacía no habla de un

María Luisa Sánchez de Ferrara

María Luisa Sánchez de Ferrara

joven alocado ni irresponsable, sino de alguien con la cabeza muy bien puesta y un proyecto de vida muy bien facturado y sólido. El que tomara en matrimonio a la joven cubana María Luisa, a quien diera en el exilio palabra de casamiento si regresaba vivo de la guerra, habla también de un hombre constante en sus afectos. El que conservara siempre un sentimiento de respeto y un instinto protector hacia sus antiguos compañeros de armas en el Ejército Libertador y les fuera fiel aún cuando se tratara de convivir con sus errores, como hizo con José Miguel Gómez y Gerardo Machado, y con muchos otros que militaron en el partido Liberal, pero también en el Conservador, habla de un hombre capaz de lealtades y principios. Lealtades que fue capaz de llevar a extremos que hoy censuramos, pero que en su día y analizados en el contexto correspondiente se vuelven comprensibles, aunque no exoneremos a sus protagonistas. Me estoy refiriendo, por solo citar un ejemplo, pues hay muchos, a la masacre de los Independientes de Color, Partido político fundado por Evaristo Ivonnet y Pedro Estenoz, ambos altos oficiales del mambisado y amigos de Ferrara y de José Miguel Gómez, quienes se constituyeron como partido político para reclamar contra el incumplimiento de todas las promesas hechas a los negros de Cuba para cuando llegara el fin de la guerra, y que doce años después de fundada la República continuaban sin materializarse, y quienes, más tarde, se alzaron en armas en el episodio que ha pasado a la Historia como la Guerrita de los Negros, de tan triste memoria.

Es sabido que Ivonnet se entrevistó en secreto con el Presidente Gómez y llegaron a un acuerdo de caballeros que Gómez, presionado por los Estados Unidos, se vio obligado a violar para evitar una nueva intervención norteamericana en la Isla. Así fueron masacrados los dos caudillos negros y centenares de sus seguidores, acribillados en la manigua, ahorcados, quemados y suprimidos de muchos modos en menos de doce horas por las tropas del Ejército Nacional, comisionadas por el propio Presidente para poner fin a una situación política en extremo comprometedora para la independencia política de la República. Ferrara fue enviado por Gómez como su representante personal a negociar una prórroga con el Presidente de los Estados Unidos, que concediera tiempo a Gómez para estabilizar la situación política de Cuba. Por el papel tan principal que desempeñó en este oscuro capítulo de la historia cubana, es obvio que Ferrara conocía al dedillo todos los detalles de ese oscuro episodio desde su mismo comienzo. Estoy segura de que aunque él asegura que la noticia de la muerte de los dos jefes negros insurgentes le llegó mientras conversaba con el Presidente norteamericano y le causó una profunda sorpresa, era algo que ya él y Gómez tenían decidido incluso antes de la salida de Ferrara para la Casa Blanca. Sin embargo, en sus Memorias trata el tema en estilo tan acéptico que prácticamente lo transforma, por obra y gracia de su discurso manipulatorio y encubridor, en un suceso sin trascendencia, mera anécdota, y desde luego, tiende un velo sobre aquel crimen que, aunque necesario para el gobierno en sus circunstancias desde el punto de vista político, no fue por ello menos crimen ni menos alevoso. Entre Ferrara y Gómez existía una amistad tan sólida que cuando Gómez falleció en el exilio, fue Ferrara, también entonces exiliado, quien acompañó sus restos de vuelta a Cuba, donde su propia vida corría peligro, y dicen quienes le conocieron que fue una de las muy escasas ocasiones en que se le vio llorar.

Otra de sus ambiguas actuaciones ocurrió cuando, siendo Canciller del gabinete de Gerardo Machado y viendo la crisis sangrienta en que se hundía el país, intentó convencer a Machado para que renunciara a la Presidencia; Ferrara tuvo por dos meses en su poder la renuncia del dictador, con la esperanza de que este la firmara. El Maestro Ciro Bianchi publicó recientemente un extenso artículo donde cuenta este capítulo de la historia republicana.

No es posible negar que en otras ocasiones asumió posturas de un cinismo casi sobrenatural, como cuando prometió al embajador de los Estados Unidos, quien intercedía para salvar a un opositor aprehendido por las autoridades, que al sujeto en cuestión, quien se ocultaba bajo una identidad falsa, “no le ocurriría nada”. El prisionero fue asesinado, y cuando el Embajador intentó protestar fue Ferrara, impertérrito, quien le respondió: “Pero Embajador, usted se interesó por la suerte de Fulano de Tal (el verdadero nombre del occiso), y el cadáver encontrado es de Zutano de Mas Cual” (la identidad falsa). Esta reacción pertenecía a la misma clase de actitudes mentales que le permitieron a Ferrara en los primeros años de la República, cuando solo era un veinteañero que en compañía del parlamentario liberal Enrique Villuendas defendía una plaza codiciada por los Conservadores, empujar a sus correligionarios a prender fuego al Ayuntamiento del pueblo en medio de la noche , para que los enemigos no pudieran ocuparlo. Se opuso resueltamente a la reelección del Presidente Estrada Palma y más tarde a la del General Menocal, como también siempre fue un enemigo convencido de la Enmienda Platt. Ferrara, como pocos, hizo honor al viejo refrán árabe que reza: “Todo hombre lleva dentro el Cielo y el Infierno”.

La firma Govantes y Cabarrocas –la misma que diseñara el Capitolio Habanero y la Biblioteca Nacional– construyó para Ferrara, en 1928, una gran mansión al estilo de los palacios del renacimiento florentino, en la esquina conformada por las calles San Miguel y Carlitos Aguirre, a la cual su dueño bautizó como Dolce Dimora.

Nacido en Nápoles a mitad del siglo XIX, Ferrara fue duelista consumado. En Cuba retó a duelo y fue retado en múltiples ocasiones, sin que jamás saliera vencido de ninguno de esos encuentros. Cuando cayó Machado, Ferrara lo acompañó en su huida a Nassau. Junto al historiador Ramiro Guerra y el periodista Alberto Lamar, fue el último de los funcionarios en abandonar el Palacio Presidencial minutos antes de que el pueblo lo ocupara y saqueara. Escapó a bordo de un hidroavión que, mientras se alejaba de la costa, iba recibiendo impactos de bala de una muchedumbre enfurecida que gritaba y disparaba desde el muelle pidiendo su cabeza. Se exilió en Miami, pero cinco años más tarde volvió a Cuba para liderar el partido Liberal, del que siempre se mantuvo fiel militante.

Ferrara vivió sus últimos años en un hotel de Roma, en compañía de María Luisa, su eterna esposa cubana. Allí redactó sus Memorias, que con independencia del punto de vista de su autor, contienen un valioso caudal de información sobre la vida republicana, como cuando narra en estilo cinematográfico el asesinato del coronel del Ejército Libertador Enrique Villuendas, así como el transcurso de la vida cotidiana en una de las capitales más cosmopolitas de América Latina.

Orestes Ferrara, juzgado con los parámetros ideológicos de ahora mismo, probablemente no resulte absuelto del juicio de la Historia, pero ya dijo Marx que el hombre se parece más a su época que a sus propios padres, y si para enjuiciar a este internacionalista italiano que decidió jugar en Cuba las cartas de su vida empleamos los parámetros de la época que le tocó vivir —aunque en su caso sería más exacto decir la época que eligió—, nos encontraremos ante un hombre con talla de gigante, de quien, si conviene no olvidar sus errores, conviene mucho más, en bien de la memoria histórica que necesitamos atesorar los cubanos, recordar todo lo positivo que hizo por su patria adoptiva, que no fue poco. Si rectificar es de sabios, reconocer lo es también.

 

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Acerca de Gina Picart

Soy escritora, periodista especializada en La Habana de la colonia y la república, investigadora, crítica literaria, guionista de cine, radio y televisión
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2 respuestas a Desapolillando féretros: Coronel Orestes Ferrara Merino

  1. Lizzyocean dijo:

    MI QUERIDA GINA GRACIAS POR TODOS LOS CORREOS TODOS ESTAN BUENISIMOS. SI ORESTES FERRARA FUE UN HOMBRE CON MUCHAS MAS VIRTUDES QUE DEFECTOS, ADEMAS DE POSEER UNA INTELIGENCIA INMENSA. LO MAS CURIOSO QUE EL Y JULIO LOBO SE ODIABAN, VINIERON A HACER LAS PACES EN EL EXILIO YA MAYORES. JULIO LLEGO A POSEER UNA DE LAS FORTUNAS MAS GRANDES DE LA EPOCA, CUANDO SE FUE LE QUITRON SUS 16 CENTRALES Y EL DINERO QUE TENIA EN LA BOLSA LO PERDIO POSTERIORMENTE, EPRO COMO CUENTA SU HIJA MURIO EN MADRID Y TENIA UNA VIDA SIN NINGUNA CARENCIA MATERIAL Y AQUI VIENE LO MAS ASOMBROSO, TOMARON LA COLECCION DE NAPOLEON Y LA LLEVARON A LA CASA QUE ERA DE ORESTES FERRARA. INCREIBLE!!! ESA PARTE DE LA HISTORIA DE CUBA ES DIVINA, MACHADO FUE MAMBI, JOSE MIGUEL GOMEZ(TIBURON), DON TOMAS, MENOCAL….NO ESTAN LIBRES DE CULPA , PERO QUIEN VIVIO ESA EPOCA, Y OSTENTARON EL PODER , NO HUBIERAN HECHO LO MISMO??? O PEOR. CARINOS. MARTA

    • ginapicart dijo:

      Mi querida y extraordinaria amiga, todos los hombres son hijos de su tiempo, y pretender juzgar a un hombre con el rasero de tiempos posteriores es un disparate. La camaradería que se fragua entre los hombres en medio de la guerra es un vínculo demasiado fuerte y suele durar para toda la vida, si no los convierte en enemigos a muerte los hace amigos leales e incondicionales. Ferrara, eso sí me llamó la atemción, se alejó mucho al final de su vida de los ideales de su juventud y terminó flechado por su admiración a los aristócratas. Puedo comprender ese fenómeno perfectamente, la admiración digo, pero ¿viniendo de un garibaldino…? Eso demuestra, sin embargo, que nadie se baña dos veces en el mismo río y que el ser humano está sujeto a cambio constante quiéralo o no. Nada es para siempre. Mucho te aprecio. Gina

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