El faro de Alejandría alumbrará de Nuevo el Mediterráneo

El Faro de Alejandría, considerado una de las Siete Maravillas del Mundo, será reconstruido por el Gobierno egipcio con la ayuda de Alemania, Francia, Grecia e Italia. El proyecto, enmarcado dentro del programa Medistone, tiene un coste aproximado de cuarenta millones de euros. Este programa ha sido creado para la conservación y reconstrucción de los monumentos emblemáticos del mundo mediterráneo.

La decisión de reconstruir el Faro llega en un momento clave para la Humanidad, cuando el autoproclamado Estado Islámico de Irak y Levante ha destruido ciudades persas antiguas tan valiosas y emblemáticas como Hatra y Nimrud, joyas del patrimonio de la Humanidad, y una terrible catástrofe natural ha arrasado con valiosos sitios y monumentos arqueológicos en Nepal. Resucitar al Faro de sus ruinas es, pues, una reafirmación de la voluntad humana de conservar su pasado, su historia y su multidentidad cultural y étnica. Es, además, una prueba de fe de Occidente en su tradición cultural, porque aunque el Faro se encuentre en Egipto, está en la ciudad de Alejandría, en cuya bandera figura como símbolo de esta urbe, que durante siglos fue la segunda ciudad más importante del mundo después de la Roma imperial.

 En Alejandría de Egipto se reunieron, desde los tiempos de Alejandro Magno, lo que quedaba de la antigua y fastuosa cultura milenaria del Egipto faraónico, una floreciente colonia judía y una pujante colonia griega, que comenzó con las tropas que tomaron la ciudad bajo las órdenes del emperador macedonio, y terminaron convirtiéndose en la mayoría de la población alejandrina, gobernada por una dinastía griego-macedonia nacida con Ptolomeo I, compañero de armas de Alejandro y uno de sus más importantes generales, a la muerte del legendario emperador, cuyo cadáver Ptolomeo conservó en miel y luego exhibió durante años en un féretro de cuarzo, para asegurarse, mediante la posesión de los despojos reales, el derecho a gobernar sobre la parte más suculenta del poco antes inmenso imperio macedonio.

Alejandro, recién llegado a una aldea egipcia de pescadores llamada Rakotis, se dio cuenta de la magnífica ubicación del lugar y encargó a su arquitecto Dinócrates de Rodas que trazara allí el plano de una ciudad. Esa noche tuvo un sueño donde un anciano vestido de blanco le recitó un pasaje de La Odisea: “Hay a continuación una isla en el mar turbulento, delante de Egipto, que llaman Faros. Alejandro visitó la isla de Faros y de inmediato pidió a Dinócrates la construcción de un dique que uniera la isla con la ciudad, y así se formaron dos puertos, el Gran puerto hacia el este, el más importante; y el Puerto del buen regreso, al oeste, que es el que continúa utilizándose en la actualidad. En torno a estos puertos se levantarían poco después el barrio griego, con su célebre núcleo de elegantes palacios de mármol llamado Bruchion, y el próspero gueto judío, protegido por fuertes murallas. El barrio egipcio, poblado por pescadores, era el más pobre de la ciudad.

Dinócrates trazó el plano de Alejandría según un sistema empleado desde el siglo V a. C.: una gran plaza, una calle mayor de treinta metros de anchura y seis kilómetros de largo que atravesaba la ciudad, con calles paralelas y perpendiculares, cruzándose siempre en ángulo recto. Construyó barrios, semejantes a los que muchos siglos después levantaron los españoles en las ciudades hispanoamericanas, las llamadas cuadras. Las calles tenían conducciones de agua por cañerías. Administrativamente se dividió en cinco distritos, cada uno de los cuales llevó como primer apelativo una de las cinco primeras letras del alfabeto griego. Alejandría se convirtió pronto en el centro de la cultura griega en la época helenística, y contribuyó a helenizar al resto del país de tal manera que cuando llegaron los romanos todo Egipto era bilingüe. Solo el arte y la arquitectura conservaron la influencia de la cultura autóctona.

En 285 aC y siguiendo el sueño de Alejandro, Ptolomeo I ordenó al arquitecto Sóstrato de Cnido, hijo de Dinócrates, la construcción del Faro en la isla, para dar una muy necesaria referencia a las embarcaciones que debían desplazarse sobre las aguas de una costa demasiado llana y estaban siempre en peligro de naufragio. La estructura original consistía en una gran torre sobre la cual una hoguera nocturna marcaba a los navegantes la posición de la ciudad. Tenía 134 metros de altura y constaba de tres secciones: una sección cuadrada inferior con un núcleo central, una sección octogonal media y una sección circular en su parte superior. En su construcción se utilizaron grandes bloques de vidrio que fueron situados en los cimientos para evitar la erosión y aumentar la resistencia contra la fuerza del mar. El edificio fue levantado con bloques de mármol ensamblados con plomo fundido. En la parte más alta fue colocado un gran espejo metálico que reflejaba la luz del sol durante el día, y por la noche proyectaba la luminosidad de la gran hoguera a una distancia de hasta cincuenta kilómetros. Impresionado por su majestuosidad y magnificencia, el poeta griego Antípatro de Sidón lo proclamó una de las Siete Maravillas del mundo.

El Faro iluminó a los navegantes durante un milenio, pero sucumbió a los terremotos de 1303cy 1323, y quedó en tal estado que el viajero árabe Ibn Battuta escribió en sus crónicas.que le había sido imposible penetrar en las ruinas. En 1480 el sultán mameluco de Egipto, Quaitbey, empleó los bloques de las ruinas para construir un fuerte que aún se conserva en la actualidad.

Los faraones griegos de la dinastía ptolemaica, el último de los cuales fue la célebre Cleopatra, se dedicaron a hacer de Egipto, y sobre todo de Alejandría, el centro cultural del mundo. No en balde Ptolomeo I había sido, junto con Alejando, discípulo del gran filósofo griego Sócrates. Llenaron la ciudad de palacios, plazas y otras construcciones de mármol e hicieron venir a los más afamados sabios de su tiempo, quienes disfrutaron de la protección real y de las mejores condiciones para dedicarse a la investigación de las ciencias matemáticas, astronómicas y filosóficas, entre otras disciplinas. Para impulsar la cultura alejandrina los Ptolomeos construyeron otros edificios. Entre los más importantes se encontraba el Museión o templo dedicado a las Musas, diosas de las artes y de las ciencias, Se considera el establecimiento científico más antiguo del mundo, con una  Universidad e enseñanza superior. El edificio constaba de varias secciones que con el tiempo fueron ampliándose. Una de ellas se destinó a biblioteca, y fue quizás la que más creció y la que adquirió mayor fama en el mundo antiguo. Había también un jardín botánico con plantas de todos los países conocidos, un zoológico con gran variedad de especies, un observatorio astronómico y una sala de anatomía donde se hacía la vivisección en cuerpos de criminales y donde, durante algún tiempo, se llegaron a disecar cadáveres, según la antigua tradición de momificación propia de Egipto.

El Museion contenía también una residencia para profesores, y todos los gastos corrían por cuenta de los faraones, quienes estaban orgullosos de esta institución y acostumbraban acudir para disfrutar de cenas en compañía de los sabios, amenizadas con largas y eruditas conversaciones. Estos, además de investigar y estudiar, impartían conferencias y lecciones a jóvenes discípulos que viajaban a Alejandría de todas partes del planeta, y se cree que llegó a haber hasta 14.000 estudiantes en la ciudad. En la residencia vivieron los famosos gramáticos alejandrinos que determinaron las leyes de la retórica y la gramática, los famosos geógrafos que diseñaron mapas del mundo y los famosos filósofos cuyo grupo acabó fundando una especie de religión, el neoplatonismo, cuya figura emblemática fue Plotino, y cuyas enseñanzas difundió la tristemente célebre Hipatia de Alejandría, matemática, física, astrónoma y filósofa, última persona en dirigir la Biblioteca, quien murió asesinada por una horda de cristianos enardecidos que desmembraron su cuerpo con cascotes procedentes de los escombros de otros edificios vandalizados con anterioridad por ellos mismos.

Otras escuelas de pensamiento filosófico florecieron en Alejandría, como la del sabio judío  Filón, quien vivió en la ciudad en el siglo I, e interpretó la Biblia aplicando los métodos del platonismo estoico. Sus enseñanzas tuvieron una poderosa influencia en toda la teología del cristianismo primitivo, cuyos principales representantes fueron el filósofo griego Clemente de Alejandría,  y el alejandrino Orígenes, uno de los llamados Padres de la Iglesia. En Alejandría fue traducida del griego la versión de la Biblia conocida como Septuagita o Versión de los Setenta, en honor a los 70 eruditos que trabajaron en ella.

También reciben el nombre de escuelas de Alejandría a las escuelas científicas que surgieron en la ciudad durante los primeros siglos a. C. e influyeron en otras ciudades con ideas eclécticas y del neopitagorismo pagano. Destacaron en ellas Aristarco de Samos(astrónomo y matemático griego), Hiparco de Nicea (astrónomo, geógrafo y matemático griego), Claudio Ptolomeo (geógrafo y matemático greco-egipcio), Diofanto (matemático greco-egipcio), Eratóstenes (matemático, astrónomo y geógrafo griego), Ammonio Saccas(fundador del neoplatonismo), y Filón de Alejandría (filósofo judío greco-egipcio).

Entre los ilustres huéspedes del Museion estuvieron Arquímedes de Siracusa; Euclides, quien desarrolló allí su geometría;  Hiparco de Nicea, que esplicó a todos la trigonometría y defendió la visión geocéntrica del universo, y enseñó que las estrellas tienen vida, que nacen y después se van desplazando a lo largo de los siglos y finalmente, mueren; Aristarco de Samos, que defendió todo lo contrario, es decir, el sistema heliocéntrico (movimiento de la Tierra y los demás planetas alrededor del Sol); Eratóstenes, quien escribió una Geografía y compuso un mapa bastante exacto de “el mundo conocido”, y logró medir la circunferencia terrestre con un error inferior al 1 por ciento; Herófilo de Cal cedonia, un fisiólogo que llegó a la conclusión de que la inteligencia está en el cerebro y no en el corazón; Apolonio de Pérgamo, gran matemático; Herón de Alejandría, inventor de cajas de engranajes y también de unos aparatos de vapor asombrosos (es el autor de la obra Autómatas, la primera obra que conocemos en el mundo sobre los robots), etc. Más tarde, ya en el siglo II, allí mismo trabajaron y estudiaron el astrónomo y geógrafo Claudio Ptolomeo y el médico Galeno, autor de muchas obras de medicina y anatomía y cuyas enseñanzas y teorías fueron seguidas hasta el Renacimiento.

La alquimia, el arte de la trasmutación de los metales, que tuvo tantos adeptos en Europa y el Oriente y cautivó la imaginación de la Humanidad incluso durante el Siglo de las Luces — y de donde surgió la moderna ciencia de la química—, nació en Alejandría en el siglo III, producto de la fusión entre el conocimientos de los egipcios sobre las sustancias materiales y las teorías griegas sobre los elementos.

La sangrienta disputa dinástica entre Cleopatra y su hermano Ptolomeo por el trono egipcio provocó en el año 46 aC la intervención de Julio César, primer emperador de Roma, gran general y estratega. El incendio de una nave de su flota, anclada en el puerto de Alejandría, se extendió a algunas zonas de la ciudad y consumió algunos almacenes de libros, pero no la Biblioteca, como es creencia general. En el año 30 su heredero Augusto tomó la ciudad y Egipto dejó de ser un país independiente para transformarse en provincia romana, con lo que Alejandría aumentó su importancia y gente de todas partes del Imperio acudieron a ella para instalarse y comerciar.

Las arbitrariedades y caprichos de los emperadores romanos se ensañaron con la ciudad. En 273 Aureliano la saqueó, destruyó el Brucheon y dañó el Museion y la Biblioteca. Algunos sabios se refugiaron en el templo de Serapis o Serapeum, y otros emigraron a Bizancio, que poco tiempo después se convertiría en rival de Alejandría como capital del Imperio Romano de Oriente.

En el siglo VI, en el año 553, en el segundo concilio de Constantinopla, con el emperador romano Justiniano I al frente, fue declarada herética iglesia ortodoxa de los cristianos de Alejandría, quienes se apartaron definitivamente de la iglesia romana. El símbolo de la cruz de Cristo se empezó a emplear en Alejandría, entre los cristianos coptos, y fue una costumbre que nació allí, pues no existió antes en las catacumbas de Roma ni en el lábaro de Constantino.

Alejandría seguía siendo una de las mayores metrópolis mediterráneas cuando su patriarca Ciro capituló ante los árabes musulmanes en abril de 641, quienes habían derrotado a las fuerzas imperiales locales. El esplendor de aquella Alejandría puede medirse por una misiva donde el general árabe musulmán Amr inb al Abas al entrar en la ciudad, hizo para el segundo sucesor de Mahoma, el califa Unar-Ibn al-Jattab, un inventario de lo encontrado en la urbe invadida: «4.000 palacios, 4.000 baños, 12.000 mercaderes de aceite, 12.000 jardineros, 40.000 judíos y 400 teatros y lugares de esparcimiento». Según el cronista árabel Ibn-al-Kifti, en aquel momento fue destruida la Gran Biblioteca de Alejandría, aunque en realidad, esa depredación había comenzado mucho antes a manos de los propios cristianos de la urbe, fanatizados y enfebrecidos contra el paganismo representado por Roma. Cuenta una leyenda que el general de los ejércitos musulmanes preguntó al Califa qué debía hacer con todos los rollos de papiro que atesoraban el saber humano, y el Califa le respondió: “Todo lo que se necesita saber ya está escrito en el Corán. ¡Quemalos!”.

Alejandría padeció sucesivas ocupaciones y destrucciones a manos de árabes, bizantinos, piratas andalucíes y otros invasores, hasta que resurgió en la Edad Media durante las Cruzadas, para ser nuevamente destruida por los propios cruzados, por los portugueses, por Napoleón y, finalmente, por los ingleses, que declararon Egipto protectorado suyo.

Hoy, la Alejandría moderna es una ciudad nuevamente floreciente que compite con la capital, El Cairo, y albergó en algún momento del siglo XX una importante colonia europea, fundamentalmente italiana e inglesa, que dio a la ciudad una fuerte aura cosmopolita. Ahora su población es mayoritariamente musulmana, con un 10 por ciento de cristianos coptos. Pero el mundo no ha querido dejar morir la memoria del pasado histórico de una de las más importantes ciudades de la civilización humana, y la comunidad internacional, por medio de la UNESCO, financió el Proyecto de Reconstrucción de la Antigua Biblioteca, cuya nueva versión tiene un centro de conferencias, un museo de las ciencias, un planetario, un centro de estudios y el Instituto Caligráfico y Museo. Ocupa un área de 85.000 m² y guarda 8 millones de libros, 100.000 manuscritos antiguos y 10.000 libros raros, además de material electrónico y audiovisual y bases de datos.

Además del Faro, el Museion y la Biblioteca, tuvo Alejandría otros monumentos célebres, entre los que resultan más sobresalientes la columna o pilar de Pompeyo, que pertenecía al Serapeo o templo del dios egipcio Serapis y que se halla situada sobre un montículo en el antiguo distrito de Racotis. El Serapeum, del que solo han sobrevivido algunos túneles, criptas y nichos y alguna columna de mármol; el Cesareum, uno de los monumentos desaparecidos, arrasado por las turbas de Teófilo y donde fue descuartizada la filósofa Hipatia; la fortaleza de Quaitbay, empazada en el mismo lugar donde se supone que se encontraba el famoso faro; las tumbas de Amfushi, descubiertas en los años 1901 y 1921; las tumbas de El Shabty; las catacumbas de Kom el Shukafa, de los siglos I y II; el teatro romano y la Villa de los Pájaros; el templo de Taposiris Magna, contemporáneo de la fundación de Alejandría, del que hoy sólo quedan restos de un muro exterior y un pilono; Mezquita Terbana, construida con los restos de los monumentos grecorromanos; la Mezquita de Abbu el Mursi; el palacio de Montaza, que fue residencia de verano de la familia real, mandado construir por el jedive de Egipto (virrey) (1892-1914) Abbas II. Catedral Ortodoxa Griega de La Anunciación; la Iglesia Ortodoxa Griega de El Swesrian; la Iglesia Católica Romana de Santa Catalina; la Iglesia Copta de San Marcos; la Sinagoga judía; el Museo Grecorromano; el Museo Nacional de Alejandría, inaugurado en 2003, con arte faraónico, grecorromano, copto, árabe y del siglo XX; los monumentos sumergidos, entre los cuales se han encontrado ruinas del Faro, y la Casa Museo del poeta griego Constantino Kavafis.

Por su pasado convulso a manos de muchas culturas, por el multinacional tesoro cultural que contuvo y aún contiene en su seno, por la pluralidad de lenguas, religiones y razas que habitan su suelo y por todas las corrientes del pensamiento mundial que nacieron allí, Alejandría podría reclamar con justicia el título de Urbe Universal . Por eso, la reconstrucción de su Biblioteca y ahora el plan de reerigir el Faro para que alumbre nuevamente con su luz las aguas del Mediterráneo, el mar en medio de todas las tierras, el mar–vínculo, el mar-placenta, reivindica una vez más el firme propósito que anima a la Humanidad de no renunciar a la Historia y de luchar por su pasado con todos los recursos y medios a su alcance, para defender la dignidad de la condición humana y la suprema importancia de la cultura para la supervivencia de nuestra especie.

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Acerca de Gina Picart

Soy escritora, periodista especializada en La Habana de la colonia y la república, investigadora, crítica literaria, guionista de cine, radio y televisión
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