Maya Plisétskaya, la Muerte del Cisne

 Para los hombres y mujeres de mi generación se torna extraño un mundo donde ya no existe Maya Plisétskaya, una de las más geniales bailarinas de ballet clásico de todos los tiempos y, en opinión de numerosos críticos, la más grande bailarina rusa después de Ana Pavlova. No es que los cubanos la hayamos visto bailar mucho, pero una sola vez basta para no olvidar nunca aquella figura pequeña, etérea, que parecía volar sobre el escenario con sus brazos inolvidables, hechos de la misma sustancia que las alas de un ave…

La singularidad de Maya Plisétskaya no se reveló solo en el mundo de la danza, sino, con idéntica fuerza, en el ámbito de su vida personal. Esta mujer que durante casi un siglo fue protagonista de los más famosos ballets de todos los tiempos, incluso de algunos creados exclusivamente para ella por los coreógrafos más afamados de Occidente, era de ascendencia hebrea por parte de madre y de padre. Nacida en Moscú en 1925, se inició en la danza a los tres años de edad. En 1934 ingresó en la Escuela de Danza de Moscú, donde estudió con Elizabeta Gerdt y Agrippina Vagánova, y en 1941 entró a formar parte del Teatro Bolshoi. En 1938 su padre, Mijail Plisetsky, fue fusilado por Stalin, luego de lo cual su madre, Rachel Messerer, actriz dramática y estrella del cine mudo, fue deportada a Siberia, donde pasó años prisionera junto con su hijo menor. Maya era, pues, lo que en la Unión Soviética de la época se catalogaba como hijo de un “enemigo del pueblo”, situación nada envidiable y sumamente peligrosa. No abundan en la historia del arte los casos en que el brillo de un talento haya salvado de una triste suerte a un artista, y en la misma Rusia de aquellos años, por solo mencionar un ejemplo, malvivía pobre, enfermo y acosado el genial escritor Mijail Bulgacov, autor de la célebre novela El Maestro y Margarita.

Pero Plisétskaya tenía otro destino. Ayudada por sus tíos Asaf y Sulamith Messerer, bailarines del Gran Teratro Bolshoi, se graduó a los 18 años en la Escuela Coreográfica de esa institución, y meses más tarde pasó a formar parte de la prestigiosa compañía dancística, donde debutó profesionalmente en 1944. Un año después ya actuó como solista, y en 1948 pasó a ser bailarina titular tras sustituir a Galina Ulanova en “El lago de los cisnes”. Desde esta interpretación inicial fue llamada “la reina del aire” por su personalísimo estilo de salto y de brazos, que llegaría a caracterizarla. Este ballet lo interpretó unas 500 veces a lo largo de su vida. Algunos críticos y biógrafos sostienen que fueron 800 sus interpretaciones de esta famosa pieza romántica. En el Bolshoi llegaría a alcanzar el rango de primera bailarina, y fue una de las pocas bailarinas de su tiempo con el título de prima ballerina absoluta.

Tras años de veto estatal, Plisétskaya emprendió giras internacionales durante las cuales visitó los Estados Unidos, Francia, Reino Unido, Italia (donde fue directora del Ballet de la Ópera de Roma), Argentina ( donde actuó con gran éxito en el Teatro Colón de Buenos Aires) y adonde regresó en varias oportunidades), y España, donde dirigió la Compañía Nacional de Danza. En aquellos viajes conoció y colaboró con grandes personalidades y obtuvo reconocimiento internacional en los más importantes teatros.

Maya Plisétskaya pertenece a un grupo generacional de grandes bailarinas entre quienes se destacan Margot Fonteyn, Alicia Alonso e Yvette Chauviré, y en el que también cuentan bailarinas de la India, China y otros países, aunque sean menos conocidas por los cubanos. Quienes hayan participado alguna vez en corrillos de balletómanos habrán escuchado la perpetua discusión sobre quién es la mejor bailarina del mundo, trabada siempre entre Plisétskaya y Alonso, y que al final suele acabar en una cuestión de gustos personales. Maya era dueña de un estilo lírico y emotivo, un inconfundible port-des-bras, un salto especialísimo y una gracia en mi opinión inigualables. Su interpretación del doble rol de Odette–Odile en El lago de los cisnes y su momento cumbre, de La Muerte del cisne, son vistas por algunos especialistas como «definitivas», y tampoco ha podido ser igualada en sus interpretaciones de Kitri en Don Quijote, La noche de Walpurgis y Raymonda. En cambio, pocas veces bailó Giselle, que parece ser un pecio particular de la cubana Alicia Alonso, y la Aurora de La bella durmiente. Logró fama mundial con sus interpretaciones de “El cisne”, con música de Saint-Saëns y coreografía de Mijail Fokin, y El lago de los cisnes de Chaikovski. Una de sus intervenciones más notables fue Carmen, con música de Bizet-Shchedrin, estrenada en 1967 y presentada con éxito en España en 1983.

En 1972 estrenó Ana Karenina, con una partitura de su esposo, el compositor y pianista Rodion Shchedrin. En este montaje Plisétskaya asumió las tareas de directora escénica y coreógrafa de su propio personaje, Anna Karenina, tomado de la novela homónima de León Tolstoi. Más tarde, junto con Shchedrin, puso en escena obras de la talla de La gaviota y La dama del perrito.

En 1973, Roland Petit compuso para ella La rose malade. 1977 marcó el centenario del nacimiento de la bailarina estadounidense Isadora Duncan, autodidacta, innovadora y creadora de la danza moderna. En su honor el coreógrafo francés Maurice Béjart compuso el ballet Isadora en el Teatro Bolshói de Moscú. Para ese entonces, el nombre y la obra de la Gran Descalza (así llamaban a Duncan sus contemporáneos) se habían constituido en mito. Maya Plisétskaya recreó el estilo y el espíritu de la danza libre que Isadora había concebido, lo que debió resultar muy difícil para una profesional como Plisétskaya, formada en el espíritu del ballet clásico. El estreno de Isadora fue un gran éxito que restauró la fama de Duncan. Es posible que su trabajo en Isadora influyera en su decisión de abandonar el ballet clásico y dedicarse a la coreografía moderna.

Plisétskaya reformó la estética del ballet durante la segunda mitad del siglo XX mediante una nueva interpretación de la belleza y de las formas de movimiento. Es común escuchar que se inventó a sí misma como creadora de un estilo propio en la danza denominado gráfico por la precisión y belleza de los movimientos. Algunos de los mejores coreógrafos del siglo XX comoBejart, quien también hizo para ella El bolero de Ravel, Kasian Goleizovsky, Roland Petit y Alberto Alonso, quien le compuso Carmen Suite, crearon obras inspirados en la perfección de su arte.

Plisétskaya fue Directora del Ballet de la Ópera de Roma y del Ballet Lírico Nacional de España. Fue galardonada y homenajeada en repetidas ocasiones. Obtuvo entre numerosas distinciones y reconocimientos premio Anna Pavlova de París (1962), la Medalla de Oro de las Bellas Artes de España (1991), la Medalla al Servicio de Rusia, máxima condecoración de este país, recibida en dos ocasiones (1995 y 2000), y el Premio Príncipe de Asturias de las Artes (2005). Fue también Doctora Honoris Causa por la Universidad de Lomonosov de Moscú y La Sorbona de París. La editorial Nerea publicó su autobiografía en español bajo el título de Yo, Maya Plisétskaya (2006), traducida a catorce idiomas, donde da testimonio de la odisea personal y profesional de una artista soviética sobre el trasfondo histórico de los años 1930-1993, y relata con inteligencia y pasión la historia del ballet soviético del pasado siglo, la represión política y cultural vivida en carne propia, su lucha, sus sueños y sus decepciones, una vida marcada por el éxito, pero también por la tragedia y la pérdida.

Durante la larga etapa comunista de Rusia, fue una de las pocas estrellas a las que las autoridades de la Unión Soviética permitían actuar en el extranjero para hacer “propaganda del arte soviético”. Bailó ante grandes personalidades políticas de rango internacional, entre las que se encontraban Mao Zedong, Nikita Jruschov y John F. Kennedy.

Plisétskaya dirigió el Ballet de la Ópera de Roma y entre 1987 y 1990 se hizo cargo del Ballet Lírico Nacional de España. En 1994 fundó el Ballet Imperial Ruso. En 2000 fundó con su marido la Fundación Maya Plisétskaya y Rodion Shchedrin, ubicada en la localidad alemana de Mainz, con el objetivo de preservar, documentar y facilitar el acceso libre a la obra artística de ambos. Entre las distinciones que ha recibido destacan el Premio del Pueblo de la URSS (1959), el Ana Pavlova de París (1962), el Premio Lenin (1964), la distinción de Héroe del Trabajo Socialista (1985), la Legión de Honor de Francia (1986), la Medalla de Oro de las Bellas Artes de España (1991) y la más alta condecoración de su país, la Medalla al Servicio de Rusia, que ha recibido en dos ocasiones (1995 y 2000). Fue honrada con el Doctorado Honoris Causa por las universidades Lomonosov de Moscú y la Sorbona de París.

Desde 1993 tenía la nacionalidad española y falleció en Múnich, el 2 de mayo de 2015. 

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Acerca de Gina Picart

Soy escritora, periodista especializada en La Habana de la colonia y la república, investigadora, crítica literaria, guionista de cine, radio y televisión
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