Dulce María Loynaz y Pablo Álvarez de Cañas: Fe de vida

Una segunda edición de Fe de vida, hermoso libro que Dulce María Loynaz escribió sobre su esposo Pablo Álvarez de Cañas, y donde reveló una parte de sus secretos íntimos celosamente guardados durante décadas, fue publicado por la editorial Hermanos Loynaz, de Pinar del Río, para llenar un vacío y un reclamo aumentados por tantos años de ausencia de la obra de la inigualable escritora en nuestras librerías.

A pesar de haber merecido un Premio Cervantes, el más alto galardón conferido a escritores de lengua española, y que en Cuba, además de ella solo han obtenido Alejo Carpentier y Guillermo Cabrera Infante (quien a mi juicio nunca lo mereció), Dulce María Loynaz, tras un breve período de reconocimiento público a su obra debido, precisamente, a la obtención del Cervates, volvió a pasar al territorio de las sombras sagradas de las que se habla poco o no se habla. Las arrogantes nuevas generaciones de escritores cubanos no han leído Jardín, se burlan, acaso, de la prosa densa de Un verano en Tenerife y en su mayoría desconocen la existencia de Fe de vida. Muchos de ellos tampoco saben que Dulce dirigió durante décadas la Academia Cubana de la Lengua, que antes de tener su sede actual en el Colegio San Jerónimo, la tuvo en la bella casa de la escritora en El Vedado, allí donde hoy está el centro cultural que lleva su nombre. Menos conocido es que fue admitida como miembro de la Real Academia Española de la Lengua, honor que muy pocas mujeres han disfrutado.

La ignorancia de los cubanos sobre una de sus más grandes escritores no se debe solamente a un silenciamiento oficial posterior al triunfo revolucionario, causado por la pertenencia de la escritora a la misma clase social que el proceso renovador combatía como enemiga del proletariado, sino, y sobre todo, al hermetismo con que la familia Loynaz rodeó siempre todos los actos de su vida. Los Loyaz fueron un clan de silencio y secreto, tal vez porque fueron una familia marcada con el fatídico sello de lo trágico, o tal vez porque su modo de estar en el mundo, ya raro en el tiempo que les tocó vivir en plenitud, se volvió totalmente incomprensible después de 1959, como si fueran fósiles majestuosos de tiranosaurius rex en medio de manadas de tigres diente de sable.

Dulce María se casó en primeras nupcias con su primo Enrique de Quesada y Loynaz, de la sangre de Ignacio Agramonte, pues las dos familias estaban emparentadas. Ella misma lo describe como un hombre de bella presencia, pero espíritu mínimo, más bien básico. Hay páginas sentidas y de gran belleza sobre él en este libro, que no se sienten del todo sinceras, pero ya se sabe que las autobiografías nunca lo son. Divorciada, tomó por esposo a Pablo Álvarez de Cañas, un inmigrante canario que llegó a Cuba paupérrimo y se labró una fortuna personal como cronista social, género en el que llegó a ser considerado como el mejor periodista de Cuba, y que había sido su novio de adolescencia en un idilio truncado por la poderosa voluntad familiar, que cerró filas ante quien supusieron advenedizo cazador de acaudaladas herederas.

Pablo tuvo una vida pública frenética, como exigía su profesión, a pesar de lo cual es una figura totalmente olvidada en nuestros días, y cuando se le recuerda es para despreciarlo como máximo representante de un género considerado como manifestación suprema de la trivialidad y superficialidad de la burguesía cubana, aunque ha sido practicado entre nosotros por las más grandes personalidades de nuestra cultura nacional, entre ellas José Martí, cuyas crónicas sociales podrían compararse con bordados primorosos. Como bien apunta Dulce María, aunque la crónica social carece de valor en sí misma juzgándola desde la propia época que la produce, deviene documento de testimonio histórico de inestimable valor, y así lo pudo comprobar quien esto escribe cuando logró importantes datos a través de crónicas sociales del tiempo de Marta Abreu y Catalina Lasa, donde algunos aspectos y acontecimientos de las vidas de estas dos célebres cubanas quedaron plasmados con verosimilitud y exhaustividad.

La malevolencia consustancial al ethos de la cubanidad, o para decirlo de un modo más directo, nuestra natural inclinación al paladeo de la murmuración, herencia de nuestra sangre española, han consagrado solo dos anécdotas de las muchas que sin duda podrían hallarse en una vida tan intensa y rica como la de Álvarez de Cañas. Una se refiere a la ambigüedad de su sexualidad, y la otra, al abandono de su ilustre esposa para partir al exilio. Dulce María declara expresamente en Fe de vida que su intención al aceptar la sugerencia de escribirlo -que le vino de su amigo y albacea Aldo Martínez Malo-, fue vindicar la memoria de su esposo, ya fallecido tras una larga y penosa enfermedad cuando ella procedió a la redacción de esta especie de memorias.

Sin embargo, aunque Fe de vida tiene el enorme valor humano de descorrer el velo sobre la vida sentimental de una de las más grandes poetas y escritoras en lengua española de todos los tiempos, tiene un valor aún más trascendente, porque ofrece una mirada sobre la vida proveniente de una clase social extinta hoy en Cuba, que no es solo la de la burguesía, sino la de las poderosas familias criollas de la alta cúpula del mambisado: los Generales del Ejército Libertador como el padre de Dulce, el General Loynaz del Castillo, quienes pasaron después a ser protagonistas en la vida política de la isla. Esas familias, formadas en su mayor parte por matrimonios entre criollos y españoles, tenían, sin embargo, una cultura colonial de orientación afrancesada, y fueron una clase refinada y exquisita, culta, que nada tuvo que envidiar a sus homólogos de Europa, y ante quienes brillaban con pálida luz las más ilustres familias de la alta sociedad norteamericana de su época.

A través de la pluma de Dulce María, joyante, como diría Martí utilizando uno de sus adjetivos predilectos, el lector de Fe de vida podrá asomarse a la imagen de una Habana tan lejana y desaparecida en el tiempo que cuesta creerle existencia real. Carruajes, mansiones, vestuario, comidas, bebidas, costumbres, instituciones, apellidos y personajes, pero en especial, un estilo de vida que retrata de cuerpo entero a una clase social que hoy nos resulta totalmente desconocida y ajena, y cuya magnificencia y extraordinaria distinción no dejan de provocar una mezcla de admiración estupefacta. ¿Qué Cuba era aquella…?

Lamentablemente, cuando concurren en la lectura al mismo tiempo Fe de vida con otros libros como El barco de esclavos y La rebelión de Aponte, debidos a investigadores norteamericanos y cubanos respectivamente, queda al desnudo el insalvable abismo de clases que existía en la sociedad colonial cubana, y que se mantuvo en la República apenas matizado por una falsa apertura de accesos entre estratos sociales. Solo en las crónicas (sociales, por cierto) de Julián del Casal y Renée Méndez Capote puede encontrarse un complemento de la imagen integral de una Cuba que ha sido y sigue siendo, como la Diosa Blanca, la Virgen, la Madre y la Bruja.

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Acerca de Gina Picart

Soy escritora, periodista especializada en La Habana de la colonia y la república, investigadora, crítica literaria, guionista de cine, radio y televisión
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6 respuestas a Dulce María Loynaz y Pablo Álvarez de Cañas: Fe de vida

  1. Pablo alvarez de cana tiene un ahijado y heredero

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