Bienal

La intensa cobertura de prensa en torno a la Duodécima Bienal de La Habana confirma que se trata de un evento de proporciones trascendentes. El precedente de las anteriores, la extensa lista de invitados extranjeros y nacionales que expondrán sus obras durante un mes, y otros muchos detalles dan fe de que esta Bienal es la más grande e importante de todas las que se han celebrado en Cuba.

 Pero algunas situaciones ya despiertan reacciones contradictorias entre la población. El sábado 23, por ejemplo, en la Plaza Vieja se hacía notar de un modo harto desagradable la presencia de algunos jóvenes vestidos con pulóveres y gorras que hacían referencia a la Bienal, y armados con cazuelas, cucharas y otros implementos, quienes ejecutaban en la Plaza patrimonial semidesierta una fanfarria ensordecedora, un auténtico “cacerolazo”, como bautizaran los chilenos del tiempo de Allende aquellas procesiones de señoras burguesas que se lanzaban a las calles a protestar golpeando cacerolas vacías. Por momentos los jóvenes gritaban cosas ininteligibles mientras se desplazaban por el lugar, observados desde los soportales por los famosos zanqueros de la Oficina del Historiador, por unos pocos turistas soñolientos y por algunos habaneros incómodos. Alguien comentó que si la Bienal fuera en Viena, las cacerolas sería una orquesta de valses; si fuera en Moscú, a lo mejor pasaría una troika con bellas muchachas envueltas en acordes de balalaika; si fuera en Budapest habría unos violines gitanos, y si fuera en Irlanda probablemente veríamos un desfile de jóvenes con trajes medievales, gaitas y arpas, mientras otro de los presentes añadía que si estuviéramos en Pekín dragones de papel tomarían las avenidas. En el aire quedaron flotando cuestionamientos inquietantes: ¿Por qué nosotros promovemos proyectos de la Bienal con un cacerolazo, ruido insoportable totalmente ajeno al entorno colonial de palacios, fuentes, esculturas y comercios, a la histórica majestuosidad de la Plaza? En realidad, resultaba una acción vergonzosamente fuera de contexto. ¿Por qué tan mal gusto, tanta falta de imaginación, de creatividad, tanta vulgaridad y bastedad? ¿Se trataría, tal vez, de un performance con connotaciones ideológicas…? ¿Es eso arte moderno…?Unas cuadras más lejos, encerrado en una caseta ligera, un hombre enfundado en ropas blancas de mujer y sentado en el suelo pintaba paisajes coloniales sobre un gran lienzo blanco. Unos dependientes de la Casa de la Natilla ofrecían algunas explicaciones a quienes preguntaban, pero ellos solo sabían que se trata de un hindú que está en La Habana con su familia, que debe permanecer sesenta horas encerrado en la caseta sin pronunciar palabra, que tiene relación con la Bienal y…nada más. Los libreros hacían gala de las típicas habilidades nacionales para el choteo y se burlaban. Algunas personas, entre ellas niños, se detenían, miraban un momento y seguían de largo con semblantes inexpresivos. Los niños preguntaban, pero los adultos no tenían nada que decir. En el Prado, una esfera de material sintético transparente semejante a una burbuja yacía en medio de los parterres. Nadie le prestaban atención.

Es casi un cliché obligado afirmar que el arte posmoderno demanda un espectador interactivo, y abundan conceptualizaciones sobre el diálogo entre la obra de arte y sus destinatarios, pero la población no está mayoritariamente compuesta por entendidos en arte. Si los supuestos destinatarios mayoritarios del arte de la Bienal no pueden establecer ni siquiera un diálogo básico con ciertas propuestas que les son ofrecidas y tampoco se les proporciona un mínimo de información puntual, ¿se cumplen los objetivos de llevar el arte a las calles y trasmitir mensajes al hombre común? Las personas que escapaban del cacerolazo en la Plaza Vieja, y quienes no podían comprender lo que veían, sentían repulsa, disgusto y displacer. Lo peor es que no podrán analizar lo visto y llegar a conclusiones que enriquezcan su espíritu y desarrollen su sensibilidad, porque carecen de referencias elementales para comprender y procesar, por lo que el intento de promocionar la Bienal a cazuela limpia no pasó de ser un ruido molestísimo, y el tan buscado diálogo entre espectadores y artistas, al menos en los casos mencionados fue diálogo de sordos.

 

 

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Acerca de Gina Picart

Soy escritora, periodista especializada en La Habana de la colonia y la república, investigadora, crítica literaria, guionista de cine, radio y televisión
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