CUBA EN SUS PARQUES

En 1958, cuando yo era niña, mi padre solía llevarme por las tardes al parque de La Asunción, en el reparto del mismo nombre donde vivíamos. Allí me encontraba con la gente menuda de los alrededores y con sus padres y abuelitos. La actividad central, casi la única, consistía en que los mayores ayudaran a los niños a deslizarse por la canal, girar en el tiovivo, impulsarles en las hamacas. Algunos niños prefrían hacer castillos con la arena que cubría el piso del parque. Había algunos perritos de vecinos, bien bañados y cepillados, que daban vueltas con andares lentos y oliscaban las patas de los bancos y los macizos de flores. Había un guardaparques uniformado y un señor con sombrero y guayabera que vendía juguetes baratísimos colgados de una tabla.

En 1968, cuando fui adolescente, iba al parque de La Asunción con mis novios. No éramos la única pareja, pero tampoco había muchas, porque los niños con sus familias seguían siendo los principales usuarios del parque, y los enamorados teníamos que escondernos muy bien para besarnos. Y desde luego, estaban los perritos… Por las tardes, mi padre me castigaba porque las señoras amigas suyas que vivían en las bellas mansiones alrededor del parque le habían contado escandalizadas mis “fechorías” eróticas.

En 1981, cuando matriculé en la Escuela de Letras de la Universidad de La Habana, iba sola a mi parque a leer o a estudiar. Llegaba cargada de libros, escogía un banco debajo de un árbol, un banco de hierro con listones de madera pintados de un verde que relucía bajo la luz del atardecer. Entre página y página, miraba jugar a los niños y corretear a los perritos…

En 1986, cuando mi hija nació, enseguida comencé a llevarla a mi parque, y pronto se convirtió en uno de aquellos niños que desde hacía décadas jugaban en el parque de La Asunción, montaban en sus aparatos, hacían castillos de arena y arrastraban juguetes soviéticos entre los macizos de flores. Teníamos dos amigos de cuatro patas que carecían de dueño, pero alguna vecina piadosa les llevaba comida cada día. Yo conocía a todos los habitantes del reparto. Las personas se saludaban al pasar y en las calles había un silencio lleno de placidez.

Hoy, en 2015, vivo en Santos Suárez, a solo dieciocho cuadras de La Asunción, y en la esquina de mi casa está el parque del mismo nombre, donde estuvo una de las dos bibliotecas públicas al aire libre que alguna vez tuvo La Habana. Hoy es la biblioteca de una escuela primaria y nadie ajeno a ella puede pasar a tomar un libro para leer en la floresta. El parque suele estar repleto de adolescentes flacos  en uniforme de secundaria que arman un ruido insoportable, y tienen allí sus clases de educación física. Todos los días y a toda hora, un montón de “peloteros” de cualquier edad convierten los senderos del parque en auténticos “pasos de la muerte”, donde un pelotazo puede dejar a cualquiera contando ovejas en el aire para el resto de la vida. Hay un par de bancos ocupados a perpetuidad por los alcohólicos del barrio, quienes duermen, comen y hacen allí vida social; al amanecer se les puede ver dormidos, envueltos en andrajos, con las botellas vacías bajo los bancos de piedra como guardianes de un sueño que se parece al no-ser. En otros bancos se ven parejas maduras en poses grotescas y faltas de gracia. En un área cercana al fondo de la secundaria aparecen los fines de semana dos o tres payasos patéticos, rodeados por algunos niños que, solos o con sus padres, matan el tiempo mirando de soslayo esos cuerpos disfrazados y esas narices rotas que no arrancan a nadie una sonrisa, mientras una música absurda y machacona, casi siempre un reguetón, brota de un altavoz oculto entre el follaje. Algunos niños cultivan su sensibilidad golpeando perros y gatos, apedreando pajaritos, abriendo en canal lagartos y otros insectos previamente cazados con tal propósito. Donde hubo rosales y marpacíficos ahora florecen manos de platanitos atados con cintas, gallinas decapitadas, calabazas hundidas por el ícor de la podredumbre. Los bancos de piedra están mellados, como si una bestia misteriosa les hubiera atacado a dentelladas. En un banco disimulado tras un muro se reúnen algunos jóvenes de mala catadura y hacen apuestas extrañas, pero uno sabe que de algún modo se relacionan con los mundiales de fútbol o de pelota. No hay un banco para leer, o simplemente para sentarse a mirar los árboles y tomar el fresco en silencio, para meditar. Las familias, compuestas casi siempre únicamente por madres encolerizadas y mal vestidas, apenas prestan atención a sus criaturas, quienes corren destrozándolo todo a su paso. En una esquina del parque, un círculo de abuelos se menea al ritmo de unas claves tocadas por el instructor.

 En mi parque de La Asunción ya no hay aparatos para diversión de los niños, y el área enrejada que antes ocuparon parece ahora la arena desolada de un circo de gladiadores en desuso. De los bancos solo quedan fragmentos de la armazón de hierro, los listones verdes desaparecieron hace mucho tiempo. Las plantas, mustias, terminaron por ceder su lugar a montones de hojarasca y basura vecinal. A los perritos se los llevó Zoonosis.

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Acerca de Gina Picart

Soy escritora, periodista especializada en La Habana de la colonia y la república, investigadora, crítica literaria, guionista de cine, radio y televisión
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2 respuestas a CUBA EN SUS PARQUES

  1. grecia1955 dijo:

    Tal parece que el parque ha perdido su antiguo encanto. Lo siento de veras.
    Aqui no hay parques de ese tipo, quizas sea que yo no entiendo como son y como funcionan. Aqui todo es muy impersonal, frio y algo decepcionante. Y muy pocos arboles….

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