EL JURAMENTO HIPOCRÁTICO

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El juramento hipocrático

Recientemente, mientras leía Fe de vida, las memorias de Dulce María Loynaz, encontré una frase suya que me dejó pensando: “Los médicos son una masonería”. Si no recuerdo mal, el comentario de la gran escritora cubana era mordaz y se refería a un célebre radiólogo de la República, quien, por un error de interpretación en unos Rayos X, mandó al quirófano a un joven de familia importante, el cual fue abierto en canal sin que apareciera por parte alguna el tumor anunciado por aquella insigne celebridad médica, en cuyo gabinete particular se retrataban las vísceras los apellidos más ilustres de la capital.

 Es una verdad de Perogrullo que los médicos se equivocan en sus diagnósticos y tratamientos con mucha más frecuencia de lo que sería deseable, pero errare humanum est, y aunque jamás habrá una disculpa ni un perdón capaces de devolver la vida o la salud a esos “errores” de dos pies imputables a los médicos, hay en este gremio otros comportamientos tan censurables como vergonzosos desde el punto de vista no solo de la ética, sino, fundamentalmente, de la condición humana, y yo me pregunto si en vez de llevar un obsequio costoso a un doctor que nos atiende, no le haríamos mayor favor a la Humanidad recordaándoles a todos los médicos que padecen memoria flaca cómo deben comportarse frente a los pacientes en ciertas situaciones.

 Para empezar, me pregunto cómo es posible que haya instituciones médicas que exigen a los pacientes ingresados firmar un documento donde se comprometen a aceptar cualquier investigación, procedimiento y tratamiento que los doctores decidan aplicar sobre su persona (y no me estoy refiriendo al Consentimiento Informado, que es diferente). En los documentos que publico al final de este artículo queda demostrado que esa exigencia es una práctica absolutamente ilegal, pues si bien algún principio de la Bioética admite que para un médico lo principal es salvar a un paciente, se entiende y queda claramente estipulado que solo en casos en que el paciente se encuentre mentalmente incapacitado (muerte clínica, shock o demencia), se puede proceder a consultar a la persona o personas que estén legalmente a su cargo, o en su defecto, a la institución de donde proviene (asilos, otros hospitales, etc), y solo en caso de los llamados John Nadie, pacientes sin origen conocido, puede el médico actuar sin autorización y sin rendir cuenta a familiares o instituciones, puesto que no los hay.

 Otro caso que en su momento me provocó un shock emocional muy fuerte fue la negativa de un doctor a brindar acceso a su hospital a una paciente que ya había sido internada una vez en la institución y dada de alta con un diagnóstico de fibromialgia que, en el mejor de los casos, no alcanzaba a cubrir todos sus síntomas. La familia de la paciente ni siquiera pedía al doctor que la atendiera personalmente por segunda vez, sino solo que diera acceso a la joven discapacitada a ciertos recursos de ese hospital, de los cuales carecen otras instituciones médicas, y que la remitiera a especialidades más puntuales. El médico se negó tajantemente, alegando que él siempre lograba ayudar al 98 por ciento de los enfermos que acudían a solicitar sus tratamientos, pero que esa enferma era un caso muy difícil y lo mejor sería llevarla a otro hospital. Ante las súplicas desesperadas de la madre de la joven, quien le recordaba a este doctor que el hospital propuesto por él era de muy difícil acceso, este respondió que le tocaba a la familia “resolver” esa situación.

 De menor envergadura, pero de muy duras consecuencias, son las situaciones de maltrato a pacientes y familiares, y que a menudo quedan totalmente impunes, porque como dijo Dulce María, los médicos son una masonería. Los afectados se dividen en dos bandos: los que toleran el maltrato en silencio y al día siguiente le llevan un “regalito” al maltratador para congraciarse con él, y los que defienden sus derechos y su dignidad humana elevando una queja a la Dirección de la institución donde han sido maltratados. Pero ¡oh, sorpresa!, aunque la queja siempre es atendida, los resultados pueden hacer enrojecer las mejillas y la paciencia de los reclamantes. En las respuestas, ya sean verbales o por carta, suelen encontrarse distorsiones, manipulaciones, mentiras descaradas, conclusiones cínicas y todo recurso que sirva para poner a salvo al trabajador de la Medicina que ha incurrido en el delito de maltratar a un paciente, Las comisiones de ética con frecuencia no sancionan al trabajador, sino que justifican su mal comportamiento y condenan al demandante, en un acto de cinismo  que espanta, por provenir precisamente de un sector que se ha comprometido a defender al paciente, su vida y su dignidad por encima de todo, y a hacerle siempre justicia y nunca daño. En el afán de defender a un trabajador de la Medicina que ha maltratado a un paciente, las instituciones son capaces de recurrir a un grupo de técnicas que pueden calificarse, cuando menos, de vandálicas, pues consisten en diferentes tácticas de descalificación, que pueden llegar, incluso, hasta el intento burdísimo de hacerle creer al paciente y a otras personas del entorno que el paciente en cuestión está “psiquiático”, una de las peores acusaciones que se le pueden hacer a una persona en ciertos contextos y culturas, porque la convierte al instante en objeto de burla y arruina en un segundo su credibilidad y su fuerza moral. Más que un diagnóstico nacido de la fabulación y la mala voluntad, es un escupitajo lanzado en pleno rostro de la víctima para humillarla y avergonzarla, para neutralizarla y que se calle.

 Otras estrategias más sutiles consisten en que la Dirección de la institución médica acepta la queja y promete investigar para que no vuelva a suceder. El paciente maltratado y sus familiares esperan, esperan y nunca llegan a saber si en realidad se puso en práctica alguna investigación ni los resultados de la misma, pero los compañeros de trabajo del maltratador comienzan un cerco en cuyo centro el paciente es cazado, hostigado, constantemente provocado, y se le somete a situaciones perversas creadas artificialmente para hacerlo parecer culpable de cualquier cosa. No todos los enfermos, no todas las familias son capaces de soportar ese clima enrarecido de presiones psicológicas, culpabilizaciones y hostilidad enmascarada, pero permanente, que en realidad es una forma de acoso moral, figura delictiva reconocida en los cuerpos de leyes de muchos países hasta la fecha. Las personas de mayor fragilidad emocional se afectan considerablemente, y todo aquel que haya sido objeto de algún tipo de cacería de brujas entenderá de qué hablo. El malestar en el ambiente se acumula, crece la tensión silenciosa, y el enfermo, quien debería disfrutar en paz el tratamiento que ha ido a buscar en esos médicos, enfermeras y técnicos para mejorar su calidad de vida, está constantemente nervioso, expectante, sabiendo que se le observa y se le acecha. Mientras, los familiares asisten impotentes a esta tortura, sabiendo que si insisten en quejarse, el cerco se estrechará en torno a su ser querido. Hay pacientes que abandonan las terapias. Otros sufren diversas alteraciones como hipertensión, insomnio, ansiedad, pero no se van del servicio porque necesitan alivio, por lo que siguen constantemente expuestos a las técnicas mafiosas de la “masonería” de blanco.

 ¿Y aquellos médicos que habiendo indicado a un paciente un tratamiento que causa estragos en su salud, se niegan a retirarlo ni a cambiarlo por otro, desatendiendo y desacreditando las quejas y argumentos del paciente y su familia, y si el enfermo se niega a seguir sufriendo los efectos nocivos, lo amenazan con abandonarlo a su suerte?

 ¿Y los médicos de una sala que ante el error de diagnóstico del jefe del team optan por callar para no provocar la hostilidad del superior, y permiten con su silencio cómplice que el enfermo sea dañado, y además, engañado con un diagnóstico inservible que en lugar de darle alivio empeorará su dolencia?

 Sé que hay médicos muy dignos que jamás incurrirían en las máculas que he enumerado en este artículo (ni en otras que no menciono); médicos  conscientes del dolor infinito que pueden provocar en enfermos y familiares, y muestran compasión y dan apoyo emocional; que nunca olvidan que un enfermo y quienes cuidan de él son un grupo de seres frágiles, inmersos a veces en verdaderas tragedias, en tristezas y penas que minan el bienestar y el equilibrio de los seres humanos obligados a soportarlas; médicos que saben que la enfermedad es una desgracia y tratan de llevar a los desgraciados alivio y comprensión; médicos nobles, capaces, prudentes, solícitos. Esos médicos cuya prioridad es ayudar, respetar y salvar a quienes sufren, existen en cualquier parte del mundo, porque la abnegación no es atributo exclusivo de ningún país, pero muy lamentablemente en todas partes hay médicos, enfermeras, técnicos y otros especialistas de la Salud que actúan de forma sádica, o muestran una indiferencia de mármoles ante lo que constituye el objeto único de la profesión que eligieron: los otros seres humanos.

 Para estas personas fallidas, sin conciencia, sin ética, que son la vergüenza de la Medicina universal y se benefician, con profundo dolor e indignación de quienes somos testigos, de la más absoluta y hermosa impunidad, y también para sus víctimas, los enfermos en primer lugar, y los familiares angustiados, reblogueo a continuación el juramento hipocrático que presta el personal de la Salud en muchísimos países de este planeta, algunas versiones modernizadas del mismo, el juramento personal del célebre médico judío Maimónides, y los cuatro principios fundamentales de la Bioética. No espero que este post remueva conciencias turbias, porque para que la conciencia sea susceptible de cualquier reacción primero tiene que existir y no estar en tinieblas. Pero sí espero poder ayudar a quienes han sido, son y serán en la Tierra las víctimas de elección de estos “masones” que pervierten los más sagrados y puros principios de la profesión de salvar, aliviar y dignificar a los que sufren.

 Muchas veces en la vida somos impotentes y no podemos defendernos de la violencia que se nos hace; tenemos que sufrir y soportar, o abandonar las instituciones con el consiguiente riesgo para nuestra salud; tenemos que vivir en la rabia y la humillación, pero tenemos al menos la libertad, y el derecho, de decir a la cara de quien nos agrede y nos daña que sabemos quién es y cómo obra, y que no pueden confundirnos ni engañarnos. Tenemos el derecho de decirles que son personas despreciables y siniestras, y lo sabemos.

 EL JURAMENTO HIPPOCRÁTICO

El juramento hipocrático es un juramento público que hacen las personas que van a empezar sus prácticas con pacientes o se gradúan en medicina, farmacia, veterinaria, psicología, tecnología médica, fisioterapia, logopedia, odontología y enfermería, lo hacen igualmente otras personas del área de la salud. Se hace ante los otros médicos, doctores y ante la comunidad. Su contenido es de carácter ético, para orientar la práctica de su oficio, es también el juramento que se basa a partir de la responsabilidad del ser humano y conciencia de ella. Índice [ocultar] 1 Historia 2 Texto del juramento hipocrático clásico 3 Versión del juramento hipocrático de la Convención de Ginebra 4 Versión del Juramento Hipocrático de Louis Lasagna 5 Véase también 6 Enlaces externos Historia[editar] Busto de Hipócrates hecho por RubensDurante casi dos mil años la medicina occidental y árabe estuvo dominada teóricamente por una tradición que, remontándose al médico griego Hipócrates (siglo V a. C.), adoptó su forma definitiva de la mano de Galeno, un griego que ejerció la medicina en la Roma imperial en el siglo II. Según la tradición, fue redactado por Hipócrates o un discípulo suyo. Lo cierto es que forma parte del corpus hipocráticum, y se piensa que pudo ser obra de los pitagóricos. Según Galeno, Hipócrates creó el juramento cuando empezó a instruir, apartándose de la tradición de los médicos de oficio, a aprendices que no eran de su propia familia. Los escritos de Galeno han sido el fundamento de la instrucción médica y de la práctica del oficio hasta casi el siglo XX.

A partir del Renacimiento, época caracterizada por la veneración de la cultura grecolatina, el juramento empezó a usarse en algunas escuelas médicas, y esa costumbre se ha ido ampliando, desde el siglo XIX, en algunos países, y desde la Segunda Guerra Mundial en otros, aunque es completamente ignorada en muchos. Aun cuando sólo tenga en la actualidad un valor histórico y tradicional, allí donde se pronuncia, el tomarlo es considerado como un rito de pasaje o iniciación después de la graduación, y previo al ingreso a la práctica profesional de la medicina.

En el período clásico de la civilización griega sobresalió el arte de curar. Aunque seguía contemplando principios religiosos, la curación ya no estaba orientada por la magia, sino por lo clínico. En esa época se escribió el primer escrito ético relacionado con el compromiso que asumía la persona que decidía curar al prójimo; el compromiso del médico era actuar siempre en beneficio del ser humano, y no perjudicarlo.

El contenido del juramento se ha adaptado a menudo a las circunstancias y conceptos éticos dominantes de cada sociedad. El Juramento hipocrático ha sido actualizado por la Declaración de Ginebra de 1948. También existe una versión, muy utilizada actualmente en facultades de Medicina de países anglosajones, redactada en 1964 por el doctor Louis Lasagna.

Texto del juramento hipocrático clásico

Juro por Apolo, médico, por Esculapio, Higía y Panacea y pongo por testigos a todos los dioses y diosas, de que he de observar el siguiente juramento, que me obligo a cumplir en cuanto ofrezco, poniendo en tal empeño todas mis fuerzas y mi inteligencia.

Tributaré a mi maestro de Medicina el mismo respeto que a los autores de mis días, partiré con ellos mi fortuna y los socorreré si lo necesitaren; trataré a sus hijos como a mis hermanos y si quieren aprender la ciencia, se la enseñaré desinteresadamente y sin ningún género de recompensa.

Instruiré con preceptos, lecciones orales y demás modos de enseñanza a mis hijos, a los de mi maestro y a los discípulos que se me unan bajo el convenio y juramento que determine la ley médica, y a nadie más.

Estableceré el régimen de los enfermos de la manera que les sea más provechosa según mis facultades y a mi entender, evitando todo mal y toda injusticia. No accederé a pretensiones que busquen la administración de venenos, ni sugeriré a nadie cosa semejante; me abstendré de aplicar a las mujeres pesarios abortivos.

Pasaré mi vida y ejerceré mi profesión con inocencia y pureza. No ejecutaré la talla, dejando tal operación a los que se dedican a practicarla.

En cualquier casa donde entre, no llevaré otro objetivo que el bien de los enfermos; me libraré de cometer voluntariamente faltas injuriosas o acciones corruptoras y evitaré sobre todo la seducción de mujeres u hombres, libres o esclavos.

Guardaré secreto sobre lo que oiga y vea en la sociedad por razón de mi ejercicio y que no sea indispensable divulgar, sea o no del dominio de mi profesión, considerando como un deber el ser discreto en tales casos.

Si observo con fidelidad este juramento, séame concedido gozar felizmente mi vida y mi profesión, honrado siempre entre los hombres; si lo quebranto y soy perjuro, caiga sobre mí la suerte contraria.

Texto original en español:

Juro por Apolo médico, por Esculapio, Higía y Panacea, por todos los dioses y todas las diosas, tomándolos como testigos, cumplir fielmente, según mi leal saber y entender, este juramento y compromiso:

Venerar como a mi padre a quien me enseñó este arte, compartir con él mis bienes y asistirles en sus necesidades; considerar a sus hijos como hermanos míos, enseñarles este arte gratuitamente si quieren aprenderlo; comunicar los preceptos vulgares y las enseñanzas secretas y todo lo demás de la doctrina a mis hijos y a los hijos de mis maestros, y a todos los alumnos comprometidos y que han prestado juramento, según costumbre, pero a nadie más.

En cuanto pueda y sepa, usaré las reglas dietéticas en provecho de los enfermos y apartaré de ellos todo daño e injusticia.

Jamás daré a nadie medicamento mortal, por mucho que me soliciten, ni tomaré iniciativa alguna de este tipo; tampoco administraré abortivo a mujer alguna. Por el contrario, viviré y practicaré mi arte de forma santa y pura.

No tallaré cálculos sino que dejaré esto a los cirujanos especialistas.

En cualquier casa que entre, lo haré para bien de los enfermos, apartándome de toda injusticia voluntaria y de toda corrupción, principalmente de toda relación vergonzosa con mujeres y muchachos, ya sean libres o esclavos.

Todo lo que vea y oiga en el ejercicio de mi profesión, y todo lo que supiere acerca de la vida de alguien, si es cosa que no debe ser divulgada, lo callaré y lo guardaré con secreto inviolable.

Si el juramento cumpliere íntegro, viva yo feliz y recoja los frutos de mi arte y sea honrado por todos los hombres y por la más remota posterioridad. Pero si soy transgresor y perjuro, avéngame lo contrario.

Versión del juramento hipocrático de la Convención de Ginebra

Ha habido varios intentos de adaptación del juramento hipocrático a lo largo de la historia. En 1948, se redactó un juramento hipocrático en la convención de Ginebra, con el texto siguiente:

En el momento de ser admitido entre los miembros de la profesión médica, me comprometo solemnemente a consagrar mi vida al servicio de la humanidad.

Conservaré a mis maestros el respeto y el reconocimiento del que son acreedores.

Desempeñaré mi arte con conciencia y dignidad. La salud y la vida del enfermo serán las primeras de mis preocupaciones.

Respetaré el secreto de quien haya confiado en mí.

Mantendré, en todas las medidas de mi medio, el honor y las nobles tradiciones de la profesión médica. Mis colegas serán mis hermanos.

No permitiré que entre mi deber y mi enfermo vengan a interponerse consideraciones de religión, de nacionalidad, de raza, partido o clase.

Tendré absoluto respeto por la vida humana.

Aun bajo amenazas, no admitiré utilizar mis conocimientos médicos contra las leyes de la humanidad.

Hago estas promesas solemnemente, libremente, por mi honor.

Versión del Juramento Hipocrático de Louis Lasagna

Una versión del juramento muy utilizada actualmente, sobre todo en países anglosajones, es la versión redactada en 1964 por el Doctor Louis Lasagna, Decano de la Facultad de Medicina de la Universidad de Tufts. El texto, en su traducción al castellano, dice así:

Prometo cumplir, en la medida de mis capacidades y de mi juicio, este pacto.

Respetaré los logros científicos que con tanto esfuerzo han conseguido los médicos sobre cuyos pasos camino, y compartiré gustoso ese conocimiento con aquellos que vengan detrás.

Aplicaré todas las medidas necesarias para el beneficio del enfermo, buscando el equilibrio entre las trampas del sobretratamiento y del nihilismo terapéutico.

Recordaré que la medicina no sólo es ciencia, sino también arte, y que la calidez humana, la compasión y la comprensión pueden ser más valiosas que el bisturí del cirujano o el medicamento del químico.

No me avergonzaré de decir «no lo sé», ni dudaré en consultar a mis colegas de profesión cuando sean necesarias las habilidades de otro para la recuperación del paciente.

Respetaré la privacidad de mis pacientes, pues no me confían sus problemas para que yo los desvele. Debo tener especial cuidado en los asuntos sobre la vida y la muerte. Si tengo la oportunidad de salvar una vida, me sentiré agradecido. Pero es también posible que esté en mi mano asistir a una vida que termina; debo enfrentarme a esta enorme responsabilidad con gran humildad y conciencia de mi propia fragilidad. Por encima de todo, no debo jugar a ser Dios.

Recordaré que no trato una gráfica de fiebre o un crecimiento canceroso, sino a un ser humano enfermo cuya enfermedad puede afectar a su familia y a su estabilidad económica. Si voy a cuidar de manera adecuada a los enfermos, mi responsabilidad incluye estos problemas relacionados.

Intentaré prevenir la enfermedad siempre que pueda, pues la prevención es preferible a la curación.

Recordaré que soy un miembro de la sociedad con obligaciones especiales hacia mis congéneres, los sanos de cuerpo y mente así como los enfermos.

Si no violo este juramento, pueda yo disfrutar de la vida y del arte, ser respetado mientras viva y recordado con afecto después. Actúe yo siempre para conservar las mejores tradiciones de mi profesión, y ojalá pueda experimentar la dicha de curar a aquellos que busquen mi ayuda

Muchos siglos después el médico judío cordobés, Maimónides, sobre la dura experiencia de su vida, formuló en líneas más breves la guía moral del médico. Maimónides nació en 1135, y se vió obligado a emigrar por la intransigencia mahometana. Pasó al Africa del Norte, se estableció en Fez, y más tarde se trasladó a Palestina y a Egipto. Fue en Acre durante las cruzadas médico de Ricardo Corazón de León; luego éste ofreció a Maimónides el puesto permanente, que fue rehusado por el médico.

Sus escritos cuentan entre los mejores documentos de medicina medieval. Este es el Juramento de Maimónides:

“La Providencia Eterna me ha encargado la misión de cuidar vida y salud de sus creaturas. A ella ruego que el amor por mi arte me fortalezca en todas las ocasiones; que nunca desvíen mis propósitos la avaricia ni la mezquindad, el afán de gloria o de gran reputación; que los enemigos de la verdad y la filantropía no puedan impedir mi ánimo de servir a sus hijos; que siempre vea en el enfermo una creatura adolorida. Dame fuerza, tiempo y oportunidad para aumentar mis conocimientos y abjurar de mis errores, porque la ciencia es inmensa y el espíritu del hombre puede enriquecerse siempre con nuevas enseñanzas. Que en el día de hoy descubra mis desaciertos de ayer, y en el de mañana vea con nuevas luces lo que hoy me parece seguro. Dios mío: me has señalado la labor de vigilar la vida y la muerte de tus criaturas; aquí estoy, atento a mi vocación hasta que quieras llamarme a tu seno”.

JURAMENTO MÉDICO DE MAIMÓNIDES *

Que yo sea moderado en todo, excepto en el conocimiento del arte; que con respecto a él sólo sea yo insaciable; que siempre quede alejada de mí la idea de saberlo todo y de conocerlo todo; concédeme fuerzas, tiempo, oportunidad y ocasión para rectificar siempre los conocimientos adquiridos, para extender su dominio; porque el arte es grandioso, y el espíritu del hombre puede igualmente extenderse indefinidamente, enriquecerse cada día con nuevos conocimientos; puede descubrir hoy muchos errores, y su saber de ayer y la jornada de mañana pueden traerle luces que no ha sospechado hoy.

BIOÉTICA

La bioética es la rama de la ética que se dedica a proveer los principios para la conducta correcta del humano respecto a la vida, tanto de la vida humana como de la vida no humana (animal y vegetal), así como al ambiente en el que pueden darse condiciones aceptables para la vida.

Se trata de una disciplina relativamente nueva, y el origen del término corresponde al pastor protestante, teólogo, filósofo y educador alemán Fritz Jahr, quien en 1927 usó el término Bio-Ethik en un artículo sobre la relación ética del ser humano con las plantas y los animales.[1] Más adelante, en 1970, el bioquímico estadounidense dedicado a la oncología Van Rensselaer Potter utilizó el término bio-ethics en un artículo sobre “la ciencia de la supervivencia”[2] [3] [4] y posteriormente en 1971 en su libro Bioetica un puente hacia el futuro.

En su sentido más amplio, la bioética, a diferencia de la ética médica, no se limita al ámbito médico, sino que incluye todos los problemas éticos que tienen que ver con la vida en general, extendiendo de esta manera su campo a cuestiones relacionadas con el medio ambiente y al trato debido a los animales. Se han formulado una serie de definiciones respecto a la disciplina de la Bioética, siendo una de ellas la adoptada por la Unidad Regional de Bioética de la OPS, con sede en Santiago de Chile y que, modificada por el S.J. Alfonso Llano Escobar en una revista de la especialidad, define a la Bioética como “el uso creativo del diálogo inter y transdisciplinar entre ciencias de la vida y valores humanos para formular, articular y, en la medida de lo posible, resolver algunos de los problemas planteados por la investigación y la intervención sobre la vida, el medio ambiente y el planeta Tierra”.[5] Sin embargo, cabe destacar, que ya en 1978, el Kennedy Institute de la Universidad jesuita de Georgetown en Estados Unidos, había publicado la primera Enciclopedia de Bioética en cuatro volúmenes, dirigida por Warren Reich, un teólogo católico, donde se define a la Bioética como el “estudio sistemático de la conducta humana en el área de las ciencias de la vida y la salud, examinado a la luz de los valores y principios morales”.[6]

Principios fundamentales de la bioética

En 1979, los bioeticistas Tom L. Beauchamp y James F. Childress,[9] [10] definieron los cuatro principios de la bioética: autonomía, no maleficencia, beneficencia y justicia. En un primer momento definieron que estos principios son prima facie, esto es, que vinculan siempre que no colisionen entre ellos, en cuyo caso habrá que dar prioridad a uno u otro, dependiendo del caso. Sin embargo, en 2003 Beauchamp[11] considera que los principios deben ser especificados para aplicarlos a los análisis de los casos concretos, o sea, deben ser discutidos y determinados por el caso concreto a nivel casuístico.

Los cuatro principios definidos por Beauchamp y Childress son:

Principio de autonomía

La autonomía expresa la capacidad para darse normas o reglas a uno mismo sin influencia de presiones externas o internas. El principio de autonomía tiene un carácter imperativo y debe respetarse como norma, excepto cuando se dan situaciones en que las personas puedan no ser autónomas o presenten una autonomía disminuida (personas en estado vegetativo o con daño cerebral, etc.), en cuyo caso será necesario justificar por qué no existe autonomía o por qué ésta se encuentra disminuida. En el ámbito médico, el consentimiento informado es la máxima expresión de este principio de autonomía, constituyendo un derecho del paciente y un deber del médico, pues las preferencias y los valores del enfermo son primordiales desde el punto de vista ético y suponen que el objetivo del médico es respetar esta autonomía porque se trata de la salud del paciente.

Principio de beneficencia 

Obligación de actuar en beneficio de otros, promoviendo sus legítimos intereses y suprimiendo prejuicios. En medicina, promueve el mejor interés del paciente pero sin tener en cuenta la opinión de éste. Supone que el médico posee una formación y conocimientos de los que el paciente carece, por lo que aquél sabe (y por tanto, decide) lo más conveniente para éste. Es decir “todo para el paciente pero sin contar con él”.

Un primer obstáculo al analizar este principio es que desestima la opinión del paciente, primer involucrado y afectado por la situación, prescindiendo de su opinión debido a su falta de conocimientos médicos. Sin embargo, las preferencias individuales de médicos y de pacientes pueden discrepar respecto a qué es perjuicio y qué es beneficio. Por ello, es difícil defender la primacía de este principio, pues si se toman decisiones médicas desde éste, se dejan de lado otros principios válidos como la autonomía o la justicia.

Principio de no maleficencia (primum non nocere) 

Abstenerse intencionadamente de realizar acciones que puedan causar daño o perjudicar a otros. Es un imperativo ético válido para todos, no sólo en el ámbito biomédico sino en todos los sectores de la vida humana. En medicina, sin embargo, este principio debe encontrar una interpretación adecuada pues a veces las actuaciones médicas dañan para obtener un bien. Entonces, de lo que se trata es de no perjudicar innecesariamente a otros. El análisis de este principio va de la mano con el de beneficencia, para que prevalezca el beneficio sobre el perjuicio.

Las implicaciones médicas del principio de no maleficencia son varias: tener una formación teórica y práctica rigurosa y actualizada permanentemente para dedicarse al ejercicio profesional, investigar sobre tratamientos, procedimientos o terapias nuevas, para mejorar los ya existentes con objeto de que sean menos dolorosos y lesivos para los pacientes; avanzar en el tratamiento del dolor; evitar la medicina defensiva y, con ello, la multiplicación de procedimientos y/o tratamientos innecesarios.

Aparece por primera vez en el Informe Belmont (1978).

Principio de justicia 

Tratar a cada uno como corresponda, con la finalidad de disminuir las situaciones de desigualdad (ideológica, social, cultural, económica, etc.). En nuestra sociedad, aunque en el ámbito sanitario la igualdad entre todos los hombres es sólo una aspiración, se pretende que todos sean menos desiguales, por lo que se impone la obligación de tratar igual a los iguales y desigual a los desiguales para disminuir las situaciones de desigualdad.

El principio de justicia puede desdoblarse en dos: un principio formal (tratar igual a los iguales y desigual a los desiguales) y un principio material (determinar las características relevantes para la distribución de los recursos sanitarios: necesidades personales, mérito, capacidad económica, esfuerzo personal, etc.).

Las políticas públicas se diseñan de acuerdo con ciertos principios materiales de justicia. En España, por ejemplo, la asistencia sanitaria es teóricamente universal y gratuita y está, por tanto, basada en el principio de la necesidad. En cambio, en Estados Unidos la mayor parte de la asistencia sanitaria de la población está basada en los seguros individuales contratados con compañías privadas de asistencia médica.

Para excluir cualquier tipo de arbitrariedad, es necesario determinar qué igualdades o desigualdades se van a tener en cuenta para determinar el tratamiento que se va a dar a cada uno. El enfermo espera que el médico haga todo lo posible en beneficio de su salud. Pero también debe saber que las actuaciones médicas están limitadas por una situación impuesta al médico, como intereses legítimos de terceros.

La relación médico-paciente se basa fundamentalmente en los principios de beneficencia y de autonomía, pero cuando estos principios entran en conflicto, a menudo por la escasez de recursos, es el principio de justicia el que entra en juego para mediar entre ellos. En cambio, la política sanitaria se basa en el principio de justicia, y será tanto más justa en cuanto que consiga una mayor igualdad de oportunidades para compensar las desigualdades.

¡Dios de la bondad! Me has elegido para velar sobre la vida y la muerte de las criaturas; héme aquí que me dispongo a mi vocación”.

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Acerca de Gina Picart

Soy escritora, periodista especializada en La Habana de la colonia y la república, investigadora, crítica literaria, guionista de cine, radio y televisión
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