YATISMO EN LA CUBA REPUBLICANA

La Habana nau 4El yatismo ha sido siempre y en todas partes un deporte exclusivo de las clases económicamente poderosas, ya que construir o comprar un velero, equiparlo debidamente, darle mantenimiento y además, contratar una tripulación, resulta sumamente costoso. Son pocos los casos en que los dueños de yates los tripulan por sí mismos, ya que estar de pie frente al timón y controlar la cabina de mando pueden resultar actividades agotadoras, y lo que buscan los propietarios de estas embarcaciones particulares es, precisamente, una escapada del mundo cotidiano de sus actividades para descansar y desestresarse. ¿Cuántas veces no hemos visto en las películas y hasta en las telenovelas brasileñas a estos ejecutivos millonarios salir en sus yates con un grupo de amigos, todo el mundo bronceándose bajo el sol de cubierta y con un Cosmo en la mano? En el muy interesante libro Sociabilidad y cultura del ocio, las hélites habaneras y sus clubes de recreo, de Maikel Fariñas, hay un capítulo, “Ventajas del tiempo dedicado al ocio”, que comienza con un capitulillo, “El reducido universo de los yatistas”, donde el autor hace un análisis de esta actividad y quienes la desarrollaban en los clubes de la alta burguesía cubana de la República. Supuestamente, el fomento del yatismo entre las altas clases de la isla se debería al contacto con la cultura norteamericana, que sentó plaza entre nosotros con mayor fuerza al término de las Guerras de Independencia y con posterioridad a las intervenciones del vecino del Norte en la política nacional.

El hecho de que el yatismo fuera uno de los deportes que confería mayor lustre social no solo a quienes lo practicaran, sino a las instituciones a las que estuvieran adscriptos, contrasta en Cuba con el reducido número de propietarios de yates que aparece registrado en los libros de los clubes sociales más distinguidos del país. Eso resulta raro para quien se enfrenta por primera vez con la noticia, pero Fariñas hace un comentario muy ingenioso acerca de que en Cuba, aunque había fortunas más que capaces de costear la compra de un velero de los más caros, en muchas de ellas, gobernadas por pater familias chapados a la antigua, o lo que es lo mismo, con una mentalidad financiera muy española que aún no había tenido tiempo de americanizarse, no se concebía ganar los dineros para invertirlos en el fomento de la cultura del ocio. Y cita Fariñas a Hernández Blanco en “HYC Editorial”, la revista del Habana Yatch Club:

La psicología de nuestros ricos es, salvo raras y honrosas excepciones, parecida a la de un pobre judío que, queriendo gozar por siempre de su inmensa fortuna, hizo testamento instituyéndose a sí mismo como heredero… Así la adquisición de un barco de placer es “una mala inversión”; la compra de un caballo de pura sangre, la locura de “un incapacitado”.

Seguramente en el fondo de esta mentalidad que se asocia entre nosotros con España, subyace la concepción del pecado propia de la cultura judeocristiana medieval, donde todo lo que diera placer al cuerpo y sus sentidos era una ofensa a los ojos de Dios. Si en aquella concepción hasta el baño corporal era pecaminoso, cómo no lo sería el placer de navegar y hacer francachelas a bordo de un yate que, por demás, desfalcaba el tesoro familiar tan concienzuda y sacrificadamente creado por esos padres y abuelos españoles que protagonizan en la imaginería popular la primera parte del conocido refrán: “Padre bodeguero, hijo millonario, nieto pordiosero”, nacido al calor de la propensión al despilfarro de los hacendados criollos, quienes derrochaban sus pesos oro ante los ojos despavoridos de los comerciantes peninsulares, tan ahorradores.

Pero cualquiera fuera la razón sociológica o monetaria, lo cierto es que los clubes sociales más distinguidos de Cuba se quejaban de la poca membresía yatista con que contaban en sus plantillas de asociados, lo que hacía de esta prestigiosísima actividad una especialidad anémica dentro de los deportes a los que se entregaba con placer la clase alta cubana. Pero no se piense que quien se permitía la posesión de un yate lo hacía únicamente por obtener prestigio y capital social, provenientes de la participación en regatas internacionales y la obtención de premios, terrenos en que los cubanos se mostraron muy activos y capaces. Había otras razones más poderosas, como puede apreciarse en un fragmento epistolar perteneciente a la correspondencia del conocido político republicano Carlos Miguel de Céspedes, de ilustrísima prosapia, a quien cita Fariñas:

Ven: yo también necesito un descanso. Quiero pasar tres o cuatro días durmiendo lejos de la ciudad, en el mar, hasta donde no llegue el ruido de los contratistas, los políticos, de las máquinas de picar piedras y combinar concreto; donde no haya humo, polvo, llamadas telefónicas, visitas, quejas, informes, intrigas, sorpresas, acechanzas, ni mentiras. ¡Si no vienes a las buenas te sacaré de tu casa a las malas con la policía de Obras Públicas!

Este fragmento epistolar fue extraído por Fariñas del libro Navegando con Céspedes, de Ramiro Cabrera. No conozco esta obra, pero concuerdo con Fariñas en su apreciación sobre el tono de este párrafo: es conminatorio. Yo diría más, se nota cierta urgencia cercana a la hartura desesperada por sustraerse a un ambiente que acorrala y sofoca. Este Céspedes, descendiente del Padre de la Patria, poseía una gran fortuna (su yate le costó 10 000 pesos de la época), pertenecía a una poderosísima firma de abogados y poseía muchas propiedades a través de las cuales promovió la industria recreativa. Baste decir que fue el propietario del balneario La Concha y del célebre parque de diversiones Coney Island. Fue abogado consultante de la Secretaría de Obras Públicas y poseía una firma inmobiliaria propietaria de numerosos terrenos en El Vedado y Miramar. Tenía muchas inversiones en el sector del turismo y fue una prominente figura política hasta los tiempos del batistato. Era casado y con tres hijos. Se comprende que esta variedad de actividades le costara el alto precio de una vida personal sumamente agitada. No es de extrañar que aspirara a su hortus deliciarum particular bajo la forma de un yate. ¿Quién de nosotros no ha soñado alguna vez, aún sin tener un peso en el bolsillo, con ese fin de semana en la playa “para despejar”, o esa cabañita en el bosque, o simplemente con una cabaña en un campismo, o hasta con retirarse a una azotea aunque no más sea por unas pocas horas, para huir del “mundanal ruido”, como dijera Fray Luis de León…?

Esta motivación tan claramente expresada por Céspedes también pudo ser, y seguramente lo fue, la de otros propietarios de yates, movidos por el deseo de alejarse de un mundo –o de un estado de cosas- que en ocasiones rebasaba sus posibilidades personales de tolerancia y control. Tener un yate se convierte, entonces, en la materialización de la posibilidad de realizar el arquetipo de la huída, uno de los más arraigados en el inconciente colectivo desde tiempos remotos, el mismo que provocó la migración de los grupos humanos y aún hoy vierte su discurso asordinado en el oído de cada emigrante.

Pero que este sueño tan comprensible no era de fácil realización, se hace evidente cuando se lee esta nota del Miramar Yath Club citada por Fariñas: “Nuestro club cuenta con cerca de mil socios, y solo existe un número reducido, que no llega a veinte, que se dedican de lleno al sport náutico, lo que no deja de ser lamentable”. Incluso el resplandeciente y exclusivísimo Habana Yatch Club ni en sus mejores momentos contó con una cifra de propietarios de yates que rebasara el 11 por ciento de su membresía, según Fariñas. Y eso en una isla rodeada de agua por todas partes, o como la describió Virgilio Piñera: “La maldición del agua por todas partes”. Nada, que hasta para los más poderosos entre los humanos se cumple esta oscura máxima que reza: “Cuando no se puede, no se puede”.

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Acerca de Gina Picart

Soy escritora, periodista especializada en La Habana de la colonia y la república, investigadora, crítica literaria, guionista de cine, radio y televisión
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