Compañero, no te toca expresarte, así que cállate

 

 acosoEl obcecado placer de escucharse a sí mismo, artículo publicado en Granma por Sylvia Delgado Guerra, trata el tema de la sustitución de la comunicación social y entre individuos por fórmulas preconcebidas cuya verdadera finalidad consiste en abortar la comunicación y no en viabilizarla. Muy bien escrito, el texto analiza las posibles causas de este fenómeno propio de nuestra época: ¿Será la falta de tiempo que nos abruma a todos en la vida moderna, o tal vez las rutinas improductivas de la vida cotidiana…? ¿O habrá, quizá, causas más soterradas y malévolas…?

En mi opinión, el obcecado placer de escucharse a sí mismo no es más que una de las tantas consecuencias del fenómeno, pero este va mucho más allá e involucra muchas más formas de expresión que las señaladas por la autora. Yo habría titulado el trabajo Los placeres perversos de la manipulación comunicacional, pues de eso es de lo que se trata, y al respecto me vienen a la memoria Las 38 formas de ganar una discusión, del filósofo alemán Arthur Schopenhauer, conocido por su cinismo y misoginia. Este libro es nada menos que un tratado breve donde su autor recopila 38 maniobras para ganar una discusión aunque la razón la tenga la contraparte. Los cubanos no hemos leído este libro, que jamás ha sido publicado en la isla, pero tenemos una intuición y una sagacidad naturales para aplicar constantemente las 38 recetas y algunas más creadas por nosotros mismos.

Sylvia Delgado enumera en su texto las siguientes formas de manipulación comunicacional, que copio textualmente, pero los ejemplos son míos:

-relegar a planos secundarios lo que el otro quiere decir: “Sí, pero los planteamientos del compañero sobre la necesidad de repartir medios de protección a los trabajadores no son lo más importante en este momento en que todos estamos trabajando en la búsqueda de nuevas estrategias para ganar la emulación”).

-el demérito (léase descalificación) como respuesta a quienes osan franquear los muros del criterio personal: “Sí, tú estás reclamando ahora porque en la cuadra hay vecinos que no respetan los derechos del resto de la vecindad, pero hace tres años, cuando te quejaste por el uso de sustancias químicas peligrosas para la vida, yo convoqué a una reunión y tú no te presentaste, así que ahora no vengas a reclamar nada”.

-ridiculizar al oponente -con el choteo en nuestro caso nacional, por supuesto, aunque en las últimas décadas nos hemos vuelto más mordaces e irónicos y ya el choteo no persigue únicamente hacer reír, sino cosas peores: El médico al paciente y en presencia de terceros: “Mire, en lugar de estar cuestionando lo que le estoy diagnosticando y haciendo tantas preguntas, mejor ordene todos esos papeles que me quiere enseñar, porque se ven bien desorganizados”.

-la distorsión de frases que nunca abogaron por centralizar la discusión y que, sin embargo, desembocaron en camisa de fuerza criterial: La jefa del Archivo del Hospital a la madre que le reclama porque una empleada del Archivo gritó a su hija discapacitada: “Bueno, pero es que la doctora de su hija no podía mandarla a ella para acá con su historia clínica, porque para eso hay una secretaria de sala, aunque estuviera de vacaciones en ese momento. Aquí hay un Reglamento, y ahora vamos a tener que analizar y sancionar la conducta de la doctora por culpa de la reclamación de usted”).

-desaprovechamiento de espacios concretos de discusión: la célebre frase silenciadora: “Compañero, este no es el momento ni el lugar para hacer ese planteamiento, aquí tenemos que ceñirnos al orden del día”. Y nunca aparecen ni el momento ni el lugar adecuados, por supuesto.

-la tendencia peligrosa a absolutizar (yo añadiría: aunque la contraparte no lo haya hecho, pero haciéndola quedar como responsable de la absolutización y convirtiéndola, por ello, en objeto de censura desmoralizadora que debilitará su posición).

-la agresividad al exponer (o imponer) los argumentos: Gritos, ademanes, miradas sobreactuadas sobre la “víctima” de la acusación o de la riposta, imputaciones que la colocan en situación comprometida y hacen que nadie se atreva a tomar su defensa o simplemente a apoyar lo que ha dicho.

-la retirada explosiva con ademanes de molestia o resentimiento, cuando en el seno de una controversia sobran palabras, pero faltan argumentos: ¿quién no ha visto en medio de una discusión, generalmente en una reunión -que ofrece más público para los que gustan de la teatralidad-, cómo alguien que está siendo vencido por las acometidas más lógicas de la contraparte usa una salida de escena digna de la tragedia griega, levantándose de manera dramática y abandonando la habitación con un tirón de puerta a sus espaldas que deja a la concurrencia sin aliento y amedrentada ante las posibles consecuencias de esa ira, en caso de que se trate de un jefe o un “cuadro”?

-agresiones a la autoestima mediante la exposición de trapos sucios

A este inventario fraudulento y vergonzoso podrían añadirse aportes más o menos cubanos:

-no dejar hablar a la contraparte mediante el recurso de interrumpirla constantemente impidiéndole desarrollar una sola idea

-emprender, amparado en un cargo de poder, un discurso interminable que nunca cede espacio a la exposición de la contraparte

-hilvanar discursos que no dicen nada y no son más que amontonamientos más o menos sonoros de frases y consignas.

-acusar a la contraparte de estar “dando armas al enemigo” con sus planteamientos o de tener “problemas ideológicos”.

-el empleo recurrente de frases hechas, sin sentido real, pero que invariablemente funcionan como comodines para neutralizar una situación incómoda o comprometedora: “Ya estamos trabajando en eso”; “El tema en cuestión ya está en la gaveta del buró de quien tiene que estar”; “A este nivel no corresponde discutir esos asuntos, compañero, eso le corresponden a un nivel superior”; “¿Qué méritos tienes tú, compañero, para venir a esta asamblea a reclamar tal o mas cual cosa?”; “Nosotros no debemos hacer crítica de nuestros errores, sino propaganda de nuestros aciertos, porque de los errores ya se ocupará de hablar el enemigo”, y otras muchas construcciones lexicalizadas que ya han fraguado en el diario ejercicio del cinismo de los pícaros, esa “manteca de puerco” que un filósofo de mi barrio contraponía siempre como imagen de la astucia más vil ante la luz radiante que asignaba como distintivo de la inteligencia.

Todos estos recursos, y muchos otros, pueden encontrarse en un libro que cada día gana más lectores, El acoso moral, de la psiquiatra Marie-France Irigoyen. Se trata del estudio de una nueva forma de acoso que puede hallarse tanto en la vida laboral como en la vida privada de los ciudadanos, donde mediante la hábil manipulación de la comunicación, que puede llegar incluso a la absoluta supresión de la misma, se acorrala a individuos o grupos y se los obliga no solo a someterse, sino a convertirse en cómplices o verdugos de un individuo o grupo de individuos que mediante la coerción, la intimidación y las amenazas veladas (y hasta algunas formas de violencia física) maniobran para ejercer el control sobre otro u otros individuos. El acoso moral es uno de los mecanismos predilectos de los psicópatas y ha sido incluido en algunos países en el Código Penal, por considerarse que constituye una figura delictiva, pues quienes son víctimas de este tipo de acoso, que rara vez puede ser demostrado, presentan daños psicológicos y pérdidas materiales y de prestigio que no pocas veces impulsan al suicidio.

Tal vez no sea muy abundante en Cuba el acoso moral en sus más siniestras formas, diluido en su esencia por los vientos calcinantes de la tropicalidad, como tantas otras cosas en esta isla bendecida por las frutas que cuelgan de los árboles y las playas más agradables del planeta, el dulzor de la caña de azúcar que tanto acaramela la sexualidad de sus habitantes, y la superficialidad “contentosa” que Jorge Mañach reprocha a sus coterráneos en ese tremendo ensayo antropológico sobre el carácter del cubano que es Indagación del choteo, y que, por cierto, pocos cubanos conocen.

Sin embargo, el breve artículo de Sylvia Delgado debería hacernos reflexionar profundamente, y reflexionar mucho, sobre las muchas y muy variadas maneras en que constantemente somos agredidos por los que creen “sabérselas todas”, para despojarnos de nuestro derecho legítimo a comunicarnos y defender nuestras posiciones y criterios.

 

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Acerca de Gina Picart

Fui alumna y discípula de Beatriz Maggi en la Facultad de Filología de la Universidad de La Habana. Soy escritora, periodista, investigadora, crítica literaria y otras cosas, y ella me mostró el camino.
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