A la memoria del escritor Alberto Mesa Comendeiro

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Sabía, desde que lo vi en su féretro con aquella horrible tapa de cristal cubriéndole el rostro, que tenía el deber de escribir sobre Alberto Mesa Comendeiro, porque fue mi amigo verdadero durante mucho tiempo. La muerte se lo llevó de un modo a la vez cruel y dulce. Cruel porque lo segó a los cuarenta y cuatro años de edad, en un momento de su vida en que, luego de experimentar grandes pérdidas afectivas, estaba renaciendo a nuevos proyectos, a planes nuevos. Alber estaba reinventando su vida. Había regresado a la medicina china, una de sus grandes pasiones; iba a inscribirse en la universidad del Pacífico para honrar sus genes asiáticos, que tanto influyeron en su forma de ser; iba a casarse con su compañera Esther tras diez años de relación, una gallega magnífica que lo amó con un amor íntegro y leal, y volaba hacia La Habana en el momento en que Alber moría en su apartamento de Alamar, esperándola. Y digo que la muerte fue dulce con él porque fue rápida y lo arrebató en segundos, y quiero creer que no solo no sufrió, sino que, probablemente, ni siquiera se dio cuenta que moría. Darse cuenta hubiera sido para él más horroroso que el hecho mismo de cesar de existir, porque Alber amaba la vida y estaba lleno de ella, rebosante de ella.

Alber era rico en contradicciones, como suelen serlo las personalidades relacionadas con el arte. Era suave en su trato y al mismo tiempo un  experto en artes marciales capaz de causar estragos severos en sus oponentes. Altísimo, fornido, muy blanco de piel y tan lozano como una fruta, yo recuerdo su risa, muchas veces irónica, como la de esas personas que suelen adivinar los pensamientos ajenos. Invariablemente, cuando me llamaba por teléfono decía  a manera de saludo: “Bueeeenas, te habla tu fan número uno…”, y enseguida se reía: “Je,je, je, ¡¡¡A que no sabes lo que tengo!!!”, y me hablaba de un libro que él sabía que yo codiciaba, de una película, de un disco, de un chisme sabroso que nos hacía reír como locos o ponernos a defenestrar de alguien del gremio literario cubriéndolo con los epítetos y las acusaciones más pintorescas y esperpénticas que se nos ocurrían, y se nos iban las horas conversando. Cuando ya estábamos al acabar, se quejaba de lo mal que andaba el mundo, de que “en el barrio chino ya no hay chinos”, de cómo los peligros de las guerras y el cambio climático acercan a la humanidad a su final inevitable, y como yo también tengo una veta catastrofista y paraclara, nos metíamos miedo mutuamente hasta que temblábamos por el cable telefónico y sudábamos como si el Mal ya nos tuviera puesta la mano en el hombro. Pero había un tema que Alber nunca conseguía alejar de su mente, y era la deslealtad y la traición de los amigos. Lo atormentaba.

Alber creció en un hogar humilde donde le fueron inculcados principios morales muy sólidos que siempre guiaron su conducta en el mundo. Muchas veces se dolió conmigo de que sus amigos más cercanos, con quienes venía transitando desde la adolescencia y se había iniciado en la carrera de escritor, habían cambiado demasiado. Y cuando uno no es capaz de cambiar al par de los demás sufre las consecuencias: se queda solo. Albert sufría mucho su soledad, aunque se esforzaba por sobrellevarla de la manera más digna posible. Yo sé que no exageraba cuando decía que sus amigos lo habían tratado mal. Las miserias humanas corroen lo que no es perenne en las personas. El mundillo literario cubano, tal vez por la falta de oportunidades o por la doble moral que caracteriza a una gran parte de nuestra sociedad, es muy proclive a la superficialidad de los afectos y de los valores individuales, entre los cuales se cuenta la amistad. Uno de los principales conflictos de Alber era que seguía rindiéndole culto a esa virtud cuando ya casi ninguno de los que habían sido sus amigos estaban interesados en seguir siéndolo. Como era altivo no sabía humillarse. Como era orgulloso no sabía hacer concesiones. Como a su modo era puro, no sabía de poses ni de ficciones que no fueran literarias. Alber casi era un hombre monolítico, muy poco proteico, y eso es un pecado social no mensurable que se paga a un precio muy alto: el ostracismo. Y él fue condenado. Las condenas sociales esconden, a menudo, la expresión de algún miedo.

De alguna manera imprecisa Alber fue una especie de chivo expiatorio, y mucho antes de ser un muerto verdadero ya era ese cadáver a quien todos tienen que pinchar para demostrar sus lealtades oscuras. Como llevo años apartada de la vida social, no podría decir con exactitud cuándo ni cómo surgieron las primeras señales de su calvario, pero supongo que todo comenzó con los rejuegos de cambio de poderes en el tablero de la ciencia ficción cubana, que era donde a Alber le interesaba estar, pues nunca quiso incursionar en otros géneros literarios aunque yo estoy segura de que habría podido hacerlo, pues le sobraban sensibilidad y talento para ello. Pero no había espacio para Alber en la nueva “nave de los locos”, porque solo aceptó amigos por señores, y cuando ya no hubo amigos, no aceptó ningún otro vasallaje. Yo lo conocí durante una velada en el Instituto Cubano del Libro, cuando la institución estaba en el Palacio del Segundo Cabo. Recuerdo que el escritor José Miguel Sánchez, YOSS, hacía aquel día un performance y Alber le ayudaba a cambiarse de ropa manteniéndose discretamente fuera de la vista detrás de un biombo, pero desde mi asiento yo podía verlos a los dos. Momentos después, cuando quise dedicar un libro a YOSS, quien entonces era mi amigo, no encontré bolígrafo en mi mochila y vi que Alber tenía uno en el bolsillo de su pulóver. Se lo pedí y me lo dio sonriendo, y su sonrisa era tan límpida que me hizo descubrirlo, y fue allí donde él comenzó a existir para mí y donde nació una amistad que continúa aunque haya muerto, porque no fuimos amigos de cuerpos, sino de almas, y la suya siempre fue un alma hermosa y como de niño, lo que no puedo decir de quienes le hicieron a un lado, lo excluyeron de las antologías, lo vejaron, lo humillaron, le faltaron el respeto en público y en privado y terminaron cerrándole toda posibilidad de publicar. No está vacío el prontuario de sus acosadores.

Me asombra (y me indigna) que aún después de muerto, cuando se supone que el haber dejado este mundo sin boleto de retorno hace que nuestros detractores nos condonen nuestras deudas verdaderas y también todas las falsas, continúen sonando en el éter referencias a su persona que espantan por mezquinas. Cómo es posible que esos amigos que le conocieron  íntimamente y le fueron tan cercanos durante décadas solo lo recuerden como un polemista empecinado que nunca rendía sus puntos de vista como rinden los vencidos sus banderas. Sí, Alber disfrutaba polemizar, pero no lo hacía por vanidad, sino porque era un adicto al ejercicio de pensar y gozaba con la esgrima verbal al tiempo que se enriquecía con el intercambio de ideas, y para él era importante que prevalecieran aquellas que pudieran ser defendidas con los mejores argumentos, porque las exposiciones claras y lógicas, aunque no calmaran sus inquietudes ni sus temores, le proporcionaban cierta paz. Como buen chino, era prolijo y minucioso en sus disquisiciones. ¿Cuesta tanto entender eso…? Tenía un temperamento expansivo y era difícil en él situar el límite entre la vehemencia y la violencia. En una discusión entre amigos podía llegar a exaltarse, y en momentos de ebullición intelectual su exquisita educación y su dulzura habitual se replegaban para dejar paso a esa especie de samurai nervioso que llevaba dentro. Me consta que el efecto de esa transmutación no era agradable, aunque yo nunca fui víctima de ella, pero sí testigo.

También a mí me ha sorprendido lo poco que se encuentra en Internet sobre Alberto Mesa Comendeiro, pero tiene sentido: no logró publicar más que tres cuentos, por uno de los cuales, Fantasmas inocentes, mereció el Premio Guaicán, del cual fui jurado y en el que NO tuve, contrariamente a lo que algunos han malpensado, más influencia que cualquier otro miembro de aquel jurado, pues fue un premio otorgado por unanimidad y sobradamente merecido. No sé si Alber era un trabajador infatigable. Tenía padres ancianos y enfermos que cuidar y necesitaba ganarse el pan honradamente (y en su caso esta no es solo una frase hecha, sino muy real), así es que dudo que gozara de la suerte que ha permitido a otros escritores escribir a tiempo completo, hacer una vida social rutilante y viajar y viajar y viajar… Pero escribió mucho, solo que no perteneció a la estirpe de los apurados, esos que tratan sus textos como si fueran pan hirviendo y los lanzan al mostrador de la imprenta aún humeantes del horno creador; él fue de los que dudan y pulen, pulen y dudan y nunca están seguros de haber hecho el máximo posible por lo que han escrito. Leía con avidez patológica, coleccionaba películas, discos y toda la información que podía conseguir la atesoraba como una hormiguita. Padecía una necesidad insaciable de conocimientos. Pero sé que de noche lo agobiaba una soledad  angustiosa, y entonces me llamaba y teníamos aquellas largas conversaciones que eran a veces un poco locas. Siempre estaba al tanto de mi hija, de mis problemas, era uno de los pocos que nos visitaban durante nuestros largos ingresos hospitalarios, siempre gentil, atento a nuestras necesidades. Yo no lo recuerdo como un empecinado, sino como el más fiel de los amigos. Si Alber hubiera sido un auténtico empecinado, de nada habrían servido las incontables horas que invertí en convencerle de que ninguno de sus acosadores merecía que él se tomara la justicia por su mano, y a estas alturas dos o tres estarían bastante maltrechos. Y mucho lo merecían. Lo merecen ahora más que nunca, porque han demostrado que ni la Muerte logra germinar en sus almas secas un sentimiento noble.

Es arriesgado predecir hasta dónde habría llegado un escritor que publicó tan poco. Pero sus relatos conocidos son excelentes. Y si tomáramos esos tres relatos como algoritmo para una posible predicción, creo que Alber hubiera dejado una obra sólida, auténtica, melancólicamente inspirada, basada en conflictos que él conocía muy bien porque eran las sombras que agitaban su propio espíritu. Lo único acertado que se ha dicho sobre él es que sus personajes son desechos emocionales. Este enfoque de la ciencia ficción no es privativo de ella, y por eso estoy segura de que Albert tenía potencial para ser un buen escritor en cualquier género que hubiera elegido fuera de la CF, pero él se dolía de un modo muy vivo de que el desarrollo tecnológico mutilara lo mejor de la condición humana, y en algunos momentos en que se acercaba a la depresión pudo haberse sentido como un desecho emocional, como sus personajes que otros usaban y tiraban sin escrúpulos y, mucho menos, remordimientos. Alber tenía el don de conferir a un género en el que han predominado los autores fríos y “duros”, emoción, ternura, delicadeza de sentimientos, sensibilidad y una cualidad muy rara: la piedad, y eso lo hace un autor peculiar dentro de la ciencia ficción cubana. El más sincero y emocional de su generación y de las que han venido después.

No hay ironía alguna en que solo unos pocos hayamos sabido de su muerte y le acompañáramos en su despedida. Quienes lo quisimos de veras sabíamos sin el menor atisbo de duda que Alber se hubiera exigido ser digno hasta el final. Su madre Norma, su compañera Esther y yo estuvimos de acuerdo en que únicamente lo supieran muy pocas personas, aquellas que le habían demostrado de alguna manera su afecto en tiempos en que muchos le negaron el suyo y fueron con él tan sumamente crueles y abusivos. Sí, nosotros protegimos a Alber con un pacto de silencio, y gracias a eso su muerte fue muy limpia, y quienes le lloraron lo hicieron de verdad. ¿Cómo íbamos a permitir que en la hora postrera se le acercaran con lágrimas falsas quienes solo fueron capaces de ver en él un ente ridículo, irracional, frenético y absurdo de quien había que burlarse? Junto a la sepultura de un guerrero no pueden estar quienes no hayan merecido su coraje y su luz.

Quise postergar el momento de escribir sobre Alber hasta que me doliera menos. Pero me sigue doliendo igual y sé que no terminará, y no podemos permitir que el silencio se convierta en olvido. Además, cómo se viene la muerte / tan callando hay que dejar testimonio mientras sea tiempo. Y hacer justicia.

 

 

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Acerca de Gina Picart

Soy escritora, periodista especializada en La Habana de la colonia y la república, investigadora, crítica literaria, guionista de cine, radio y televisión
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