Pinky y Cerebro o la dicotomía sentir-no sentir

 

empatia

Para mi hija, a quien debo conocer los animados de Pinky y Cerebro, y que a sus veintinueve años todavía no entiende la maldad humana y se rebela contra ella

Un área del cerebro denominada corteza singulada anterior sería, según estudiosos del Colegio Universitario de Londres, la responsable de que seamos mamíferos capaces de alegrarnos por el bienestar de nuestros semejantes. Esta área se activaría cada vez que recibimos buenas noticias que atañen a otras personas. ¿Podríamos partir de este acerto para inferir que en alguna parte de nuestro misterioso cerebro pudiera existir el negativo, otra área mucho más egoísta que fuera responsable por la envidia que sentimos ante los triunfos ajenos?

Otras teorías refieren a la capacidad conocida como empatía, propia solamente de la especie humana, aunque muchos de nosotros creemos que también la poseen los perros y otros animales altamente desarrollados, como los delfines. Los científicos admiten que no todos los humanos poseemos las mismas capacidades empáticas, o lo que es lo mismo, que mientras muchas personas somos capaces de sentir conmoción ante el sufrimiento de humanos y animales, otro número de individuos que aún permanece sin calcular (pero que la experiencia cotidiana permite suponer abrumadoramente mayor) no solo no siente ninguna emoción ante la alegría o el sufrimiento ajenos, sino que hasta podría proporcionarle placer ver padecer a otros seres, y mientras más, mejor.

Las neurociencias pretenden explicar todas estas variable conductuales mediante la cantidad y calidad de funcionamiento de sustancias químicas que existen en nuestro cerebro, y por el comportamiento más o menos eficaz de los neurotransmisores que aseguran la interacción entre ellas. La actitud de negar hallazgos de la ciencia debidamente demostrados no corresponde a los seres humanos civilizados, pero podemos preguntarnos si las dinámicas sociales tendrán algún papel en la orientación o desorientación de la sensibilidad humana.Por ejemplo, las estadísticas demuestran que entre los hombres que golpean sistemáticamente a las mujeres y a los niños hay una cifra considerable de individuos que fueron golpeados por el padre, la madre o ambos progenitores. En muchos casos ha bastado una educación caracterizada por una gran severidad para obtener como resultado un individuo especialmente proclive a manifestar conductas violentas en el trato con sus semejantes y, en general, en su comportamiento en todas las áreas de la vida social.

No es imposible que un niño abusado se convierta en un monje piadoso, pero abundan más los casos en que un niño abusado se transforma al crecer en un abusador de menores. El estudio atento de la vida de los asesinos seriales demuestra que algunos de ellos provienen de hogares equilibrados, con familias muy funcionales que les dieron amor y proveyeron debidamente todas sus necesidades, pero la gran mayoría es fruto de familias disfuncionales, de madres o padres abusivos, promiscuos, drogadictos, alcohólicos o estigmatizados por alguna lacra social, o han vivido su infancia o su adolescencia en barrios marginales donde tuvieron a mano numerosos ejemplos de malas conductas sociales.

La inmensa mayoría de los homosexuales fijaron su orientación sexual en su infancia al contacto con “iniciadores” subrepticios, generalmente familiares o amigos de su familia.

Los sádicos sexuales tienen en la mayor parte de los casos antecedentes de haber sido en edades tempranas “sumisos” de otros sádicos, cuyas conductas dominadoras tienden a reproducir en cuanto se independizan de sus “maestros”.

Y ahora una gran pregunta que no ha sido todavía respondida de un modo satisfactorio: ¿Son los temibles psicópatas productos malogrados de la naturaleza o creaciones fácticas?

¿Hay algo más extraño que ver a un niño quemar a un bebé perrito que apenas puede sostenerse sobre sus patas…? ¿No son los niños por naturaleza protectores y amantes de las mascotas? ¿Cómo reaccionaría usted si entra en la habitación de su hijo y lo descubre ahorcando al gatito que usted mismo le ha regalado horas antes? ¿Usted se lo tomaría calmosamente pensando que son “cosas de niños” que no deben tomarse demasiado en serio…?

Y llegamos a ejemplos peores: un preadolescente norteamericano de once años con antecedentes de acosar a su vecinita de ocho, le dispara al pecho con la escopeta de su padre por haberse negado ella a mostrarle su perrito. ¿Existen seres humanos genéticamente codificados para asesinar otros seres humanos con armas de fuego? El ADN humano no contiene genes escopeteros. Las escopetas no existían cuando el Hombre de Cromagnon se convirtió en nosotros. Existe una codificación genética que predispone a la violencia desde los comienzos de nuestra especie, pero ¿a matar con escopetas de caza? Definitivamente estamos ante un patrón aprendido, ante un lamentable aprendizaje social.

Hace años un célebre antropólogo inauguró la tesis de que el Hombre es una especie naturalmente “buena”, sin aptitudes naturales para la violencia, y que los comportamientos violentos como la guerra, entre otros, son causados por las interrelaciones sociales. Aunque disiento profundamente de esa afirmación, no estoy en condiciones de contradecir a un antropólogo de academia. Sin embargo, prefiero recordar la violencia conductual de los neanderthales, producto de ciertas condiciones físicas y de su estructura encefálica, y no olvidar que, aunque más evolucionados, no somos una especie diferente de ellos como se había creído hasta ahora, sino producto de una mezcla entre el Neanderthal y el Cromagnon, y muchas características físicas neanderthalenses perviven entre nosotros. Siempre me gusta citar como apoyo a mi teoría la configuración craneofacial de Javier Bardem, uno de los más conocidos actores del cine español y uno de los especimenes actuales con una marca genética neanderthalense más definida, pero hay millones de personas con esta herencia. Por cierto, los hombres con rasgos neanderthalenses son catalogados por las mujeres como de mayor atractivo sexual y virilidad más acentuada.

No es por gusto que casi todas las religiones de la Tierra intentan convencer por más de un medio a sus adeptos para que adopten códigos de conducta que no son otra cosa que sistemas de ética, o sea, de valores sociales positivos. Aún el Islam, con su justificación de la guerra, la esclavitud, la venganza personal y el asesinato, convoca al hombre a ser bueno con quienes sean buenos con él. Las religiones no han vacilado en acudir a la intimidación pura y dura a través del temor para convencer a la gente de que se porte bien, o de lo contrario recibirán castigos divinos.

Pinky y Cerebro

Pinky y Cerebro

De acuerdo, todos tenemos en nuestros cerebros un área denominada por los estudiosos corteza singulada anterior que nos haría más o menos sensibles hacia el bienestar ajeno, y tal vez otra área refleja en negativo que nos haga envidiosos y destructivos ante el éxito de nuestros semejantes, pero el modo en que nos trate la vida será, salvo casos muy específicos de distorsión del código genético, el determinante principal que haga la diferencia en que yo sea el dulce Pinky, amante de las flores, los mantelitos lindos y capaz de llorar si un pajarito se parte un alita, y usted el frío Cerebro que solo piensa en conquistar el mundo, aunque para lograrlo deba convertir el planeta en un desierto cubierto de alitas arrancadas.

 

 

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Acerca de Gina Picart

Soy escritora, periodista especializada en La Habana de la colonia y la república, investigadora, crítica literaria, guionista de cine, radio y televisión
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