A treinta y cuatro años de Volumen 1 (¡Nos amábamos tanto…!)

torres_llorca_1Navegando por internet encontré el blog Havana Times, donde una joven cubana estudiante de Arte rememora la mítica exposición de artes visuales Volumen 1 (1981), evento del que por su edad ella no pudo ser testigo, y me gustó que alguien tan joven escarbe en la memoria de aquella década que no fue prodigiosa como los sesenta, pero en ciertos aspectos fue fundacional para la cultura cubana. También me provocó cierta tristeza teñida de nostalgia, porque aquellos fueron mis años de una adolescencia y una juventud perdidas hace mucho, y no hay modo de que eso no resulte desgarrador.

Yo tuve la oportunidad de participar desde dentro en la formación de aquel grupo de jóvenes pintores integrado por José Bedia, Rubén Torres Llorca, Fords, Arturo Cuenca, Ricardo Brey, Consuelo Castañeda y Humberto Castro, alumnos de San Alejandro, donde fueron mis compañeros. Flavio Garciandía y Gustavo Pérez Monzón eran de la Escuela Nacional de Arte (ENA). No recuerdo de dónde procedían Edson y Leandro Soto, y no he querido verificar curriculums ni visitar posts de crítica para no viciar la virginidad de mis recuerdos.

Bedia era un adolescente delgado y larguirucho, con unos ojos azules inmensos, que se reía poco. Rubén medía 6 pies y tres pulgadas, era descendiente de mayorquines y tenía una piel muy blanca y pelo y ojos muy negros; en cuanto pudo se dejó la barba, tal vez para disimular las pecas, y le decíamos El Grande. Consuelo era bajita, algo rechonchita, con una carita muy pícara y hoyuelos que le salían con la risa. Gustavo y Ford eran lindos. Edson, enigmático, interesante y pálido. Cuenca era pequeñajo y desgarbado, siempre descuidado en el vestir, odiaba las medias y amaba los overoles de mezclilla, y nunca se peinaba. Todos tenían un gran sentido del humor, pero, curiosamente, no eran propensos a las carcajadas. Cuenca sí, desde el primer día que lo vi me llamó la atención su forma de reírse espasmódica, con todo el cuerpo, como una convulsión.

Menos Cuenca, quien estaba ya en segundo año, los muchachos ingresaron en San Alejandro junto conmigo. Creo que antes de que termináramos el primer curso ya ellos despuntaban como los más talentosos de esa promoción. Mi primer amigo fue Rubén. No recuerdo exactamente cómo nos conocimos, pero creo que nos encontramos en un bebedero de la escuela y allí cruzamos las primeras palabras. No recuerdo si Bedia estaba en mi clase, pero lo conocí a través de Rubén. Luego todos nos relacionamos en la primera Escuela al Campo que hicimos juntos, donde por las noches, después del trabajo, los alumnos mayores armaban en un rincón de alguna barraca un “cabaret” al que llamaban El Bhúo Nocturno, donde tocaban guitarra y cantaban los que sabían, entre ellos Gumersindo, un jabao de cabello color de paja y estatura de gigante, y María Luisa, una muchacha delgada y frágil con la piel traslúcida y la belleza sutil de las mestizas de asiático, aunque la estrella era Grajales, el profesor de Diseño, un mulato joven, bohemio y con una vena autodestructiva que puso fin a su vida demasiado pronto. Grajales era el ídolo de todos, porque era afable, descomplicado, siempre risueño, chistoso y magnífico guitarrista y cantautor, un auténtico músico, poeta y loco, aunque en realidad era un depresivo, siempre intentando alejar las sombras que lo acosaban a costa de irradiar una luz que se sacaba con mucho esfuerzo de no sé qué parte de su ser. Otros profesores como Amhed Velásquez, Alejo, Osvaldo, Miguelón, fueron amigos y consejeros a la vez que maestros.

Recuerdo aquella época en San Alejandro como un panorama en el que existían en la escuela pocos, pero grandes grupos en los que se nucleaban los jóvenes. Los alumnos de segundo y tercer año no se reunían con nosotros, los nuevos, y una excepción eran Carlos del Toro, Vicente, Carlitos González y Cuenca, siempre juguetón, irreverente y rebelde, junto a su amigo Reinaldo el Mono. Me encantaba Cuenca, con su ingenio de una brillantez inquieta y transgresora. Todos eran muy inteligentes, y aunque en el plano personal eran deliciosamente adolescentes, y en algunos casos realmente cándidos, como artistas ya tenían desde entonces un pensamiento de extraordinaria madurez. Todo el tiempo que compartí con ellos fue para mí un constante entrenamiento de reflexión, de búsquedas estéticas e interiores, y aunque su amistad y su contacto no pudieron convertirme en lo que la naturaleza no hizo de mí, una pintora, haberlos conocido y escuchado fue muy importante para mi formación como artista.

Todos eran asiduos a la biblioteca de la escuela, para ellos no había horarios. Me maravillaban los libros y revistas que estudiaban, la mayoría sobre arte moderno, del que yo, salida de una secundaria de barrio y del seno de una familia de cultura clásica, no sabía nada. Verlos discutiendo con una lámina de Andy Warol en medio de ellos me inspiraba una veneración profunda, y auque algunos, como Bedia, eran más jóvenes que yo, siempre los respeté de acuerdo con lo mucho que me aventajaban en conocimientos. Ya entonces todos hablaban o chapurreaban inglés, lo que para mí ha sido siempre absolutamente imposible, y eso los hacía crecer en estatura ante mis ojos, deslumbrados entonces por aquel mundo del arte que empezaba a descubrir.

Dije que eran deliciosamente jóvenes, sensibles, y no recuerdo haber visto jamás en ninguno de ellos una actitud de superioridad o desdén hacia quienes no estábamos dotados para el pincel. No eran elitistas, aunque como todo grupo humano se habían agrupado por afinidades, y había mucha gente dentro de la misma escuela que no les despertaba interés porque no compartían con ellos casi nada aparte de la matrícula y el aula. Pero como individuos eran de una absoluta y hoy casi inconcebible naturalidad. Les gustaba reunirse, las fiestas, disfrutaban enormemente de la playa. Recuerdo que para asistir a una fiesta en la Embajada de Polonia, donde Leandro Soto tenía una amistad, Ricardo se compró con su primer salario una camisa bacteria, un jean y unas gafas de sol, y yo estuve una semana bordándome con canutillo un fotingo de colores en el peto de un jumper que me había cosido la mamá de Rubén, por entonces mi suegra. Eran tímidos, y cuando llegamos a la Embajada nos quedamos sobrecogidos en un rincón, con nuestras ropitas pobres, viendo cómo llegaban aquellas señoras con trajes largos y joyas y eran recibidas por el Embajador con todo el protocolo diplomático. No sabíamos qué hacer hasta que Leandro nos presentó a Irena, la esposa del Embajador si no recuerdo mal, quien nos trató con mucha gentileza porque percibió, tal vez, lo incómodos que nos sentíamos. Fue una buena amiga del grupo.

Gustavo tenía una cabañita en Guanabo, un rinconcito muy humilde donde el grupo se reunía. Yo fui varias veces y guardo un recuerdo muy lindo de aquellos días. No teníamos dinero, pero cada uno llevaba lo que podía: pan, papas, arroz, huevos, spaguettis, y al final comíamos opíparamente y lo pasábamos como reyes hablando de arte, de estética, de artistas y de obras. Ellos hablaban de sus proyectos, intercambiaban ideas. Gustavo hacía yoga. Cuando comenzaron a graduarse ya teníamos dinero para alquilar casas en la playa, que eran entonces muy baratas, y hacíamos fiestas de disfraces donde ya despuntaba el espíritu instalacionista que ha marcado la obra de todos ellos. En alguna estuvo el caricaturista DAVID, cuya esposa solía dirigirse a Bedia siempre con el mismo preámbulo: “Oye, Bedía…”, con una voz extraña y muy afrancesada y marcando mucho el acento, lo que divertía enormemente a los muchachos. En una de esas fiestas Ricardo se disfrazó de teléfono, y entre los elementos de su traje había un pequeño teléfono de juguete que le colgaba del cuello. Ya entonces hacían performans.

Los recuerdo como un grupo de personas de una gran sanidad mental. Éramos libres, nadie nos controlaba, no había adultos ni represores, y sin embargo, no presencié ni un solo evento de los que hoy suceden con tanta naturalidad entre los jóvenes. Nunca vi drogas, nunca vi nada impropio relacionado con la sexualidad. Más bien eran austeros, recatados, algunos tenían sus parejas y no eran uniones de un día ni mucho menos. Rubén y yo estuvimos casados por corto tiempo, pero mientras duró fue una relación sólida y respetuosa de ambas partes. Bedia tenía una novia. Consuelo y Humberto eran pareja, una de las más emulsionadas que he conocido en mi vida. Ford tenía una esposa y un bebé. Una tarde en que fuimos todo el grupo a comer spaguettis a su casa, me llamó la atención que los jóvenes padres no intentaban aislar del ruido la cuna del niño. Ellos me explicaron que el pequeño iba a crecer en un ambiente de artistas y era mejor que se acostumbrara al ruido. El “ruido” eran los discos de los Beatles, los Rollig Stones, el jazz, pues el grupo estaba tan informado en plástica como en música. También eran aficionados a la literatura y el cine norteamericanos. Rubén era un fan de la novelas y las películas de serie negra, por él conocí Chinatown y La llave de cristal.

No faltaban ciertas notas esotéricas en el entorno, aunque ellos no eran adictos a las especulaciones metafísicas ni nada parecido, peroa veces atraían sin proponérselo rarezas de ese tipo. Una tarde estábamos en la cabañita de Gustavo terminando de almorzar. Caía uno de esos aguaceros que parece que van a borrar el mundo, cuando de repente alguien llamó a la puerta o entró por una ventana, nunca he podido recordar el dato. Aunque nadie sabía quién era aquel  señor bajito, calvito, con un gastado maletín negro en la mano, Gustavo lo dejó pasar . El hombrecito dijo llamarse Gabriel Laguna y ser cantante del Lírico y tarotista. No recuerdo quiénes de nosotros se hicieron un tarot aquella tarde. Rubén y yo lo hicimos y a él le salió la carta del Sol en posición dominante. Gabriel Laguna le dijo que le esperaba un futuro de grandes éxitos y se convertiría en una persona importante en el mundo del arte. A mí me dijo que mi bienestar en la vida dependería siempre de que supiera ser discreta con mis pensamientos, cosa que, por desgracia, nunca he logrado. Recuerdo que me dio tristeza saber que a Rubén le esperaba un futuro luminoso mientras que el mío sería mediocre, y tuve en ese mismo momento la premonición de que nuestro tiempo juntos estaba ya contado. El misterioso tarotista regresó con nosotros en ómnibus para La Habana y nunca más lo volví a ver. Nos quedamos con la casi convicción de que era un agente que nos espiaba.

Otro recuerdo medio esotérico que guardo tiene que ver con una conversación muy breve que sostuvimos Consuelo Castañeda –Bebé Consuelo como la llamábamos- y yo durante una exposición. Ella me explicaba que quería meter entre el lienzo y las texturas de sus cuadros pequeña notas de papel con mensajes para el público. Yo le dije que nadie lo sabría, nunca se enterarían de lo que ella quería decirles, y ella sonrió como una pequeña bruja: “Eso mismo es lo que quiero, nunca lo van a saber, como cuando hablas y la gente no escucha, pero lo que les digo está ahí, y tiene una fuerza”. Por supuesto, no puedo hacer una transcripción literal después de tantos años, pero ese fue el espíritu de su respuesta. Ella tenía razón, y me sorprende que siendo tan joven ya se hubiera dado cuenta de la inutilidad de intentar hacerse escuchar por los demás, porque la gente solo presta atención a su propio discurso. Siempre estamos monologando y es un milagro conseguir un interlocutor verdadero. Pero es una sabiduría rara en alguien que entonces no llegaba a los veinte años.

Salvo Cuenca, que sí tenía muchas inquietudes de orden filosófico y cuestionaba duramente los mecanismos represores que se aplicaban entonces a la juventud (y en esto por supuesto no era el único), durante el tiempo que traté a los muchachos hubo dos territorios en los que nunca los vi incursionar: lujuria y política. Solo una vez comentaron que a alguien, no recuerdo si a Gory, le habían retirado un cuadro o una foto de una exposición. En el San Alejandro de mi época el tema predominante eran las búsquedas estéticas y la música. La primera obra expuesta que vi de Bedia en una galería de La Rampa mostraba ya su inclinación hacia la antropología, recuerdo que había estado buscando lanzas indígenas para hacerla. Y la primera obra de Gustavo que vi era una instalación, un mapa hecho con piedras. Tuve tiempo de leer la primera crítica que Gerardo Mosquera hizo de ellos, pero los cometarios del grupo sobre el artículo fueron, como siempre, en torno a su trabajo. Les molestaba, como a todos los jóvenes que la padecimos entonces, la ortodoxia represora del sistema en cosas tan absurdas como el largo del pelo, la música que queríamos oír, la forma en que queríamos vivir. Por su propia naturaleza eran ajenos a las normativas, y gracias a su índole inquieta y transgresora la plástica cubana tuvo a  Volumen 1. Cuenca fue la figura más destacada en aquella protesta que hicimos en la famosa Reunión del pelo, que tuvo lugar en el conservatorio Caturla, donde reunieron al alumnado de las escuelas de arte y en la que hasta el silencioso Gabriel Gastón caminó hasta el micrófono solo para decir: “No estoy de acuerdo”. A Cuenca le costó sufrir una medida tan extrema como arbitraria e injusta: la expulsión de San Alejandro. Pero era comprensible que nos rebeláramos, porque nos incordiaron durante años en todos los aspectos de la vida, y la juventud no es paciente ni sumisa.

Me divorcié de Rubén antes de que tuviera lugar la exposición Volumen 1. No puedo decir que me sorprendió el proceso de radicalización que lentamente se fue operando en ellos, y tampoco me sorprendió que comenzaran a marchar al exilio tras un éxito inicial que parecía asegurado en la isla a pesar de la necedad de los funcionarios de Cultura con que todos tropezamos inexorablemente, porque ese fue el destino de casi todo el mundo en aquellos tiempos. He oído poco sobre los muchachos en todos estos años, incluso no supe que Gustavo realizó una exposición en La Habana en agosto de 2015. Me hubiera gustado saludarlo. Pero habrán cambiado, como sucede con todo el mundo; el exilio echa como un ácido sobre las personas y las deja irreconocibles. Cuando encontré en Internet una instalación de Rubén que es una foto muy antigua del grupo -tomada probablemente el mismo día de la inauguración de la muestra que cambió el rumbo de la plástica cubana-, montada sobre un papel tapiz de pared viejo y deslavado, y rodeada por un cable eléctrico enchufado en uno de sus extremos, pero sin conexión en el otro como símbolo de la comunicación perdida, me di cuenta de que el paso del tiempo no perdonó a los muchachos, y pueden ser ciertos los rumores sobre desavenencias entre algunos de ellos que en su día fueron amigos entrañables. Conociendo a Rubén, conociendo su sensibilidad tan profunda y al mismo tiempo algo cínica (mezcla común en toda autodefensa ante el dolor), que haya titulado esta obra con el famoso verso de Vallejo “Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos”, me clavó una puntada de dolor en ese rincón del espíritu donde uno guarda los recuerdos más queridos, aquellos que sirven de norte y ayudan a que uno no pierda el sentido de quién fue alguna vez, aunque ya haya perdido todo lo demás que configura una vida. Nunca quisiéramos que La Marea que Corroe Todas las Cosas alcanzara ese rincón de la memoria que es como un sanctum, pero cuando lo hace, cuando un golpe de esa marea azota allí, un pedazo de nosotros se desmorona ¡y duele! Qué importante es el pasado para quienes no tenemos presente ya.

 

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Acerca de Gina Picart

Soy escritora, periodista especializada en La Habana de la colonia y la república, investigadora, crítica literaria, guionista de cine, radio y televisión
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