A la muerte de Umberto Eco

umberto-eco-1-769x470

Todas las cosas en las que nunca hemos pensado, cuando ocurren provocan en nosotros una extraña sensación de irrealidad, y así está sucediendo con la muerte de Humberto Eco, tenido por muchos como el intelectual más importante del último medio siglo, quien demostró al mundo que su extensa obra El nombre de la rosa, una historia remota contada en orden cronológico y con técnicas narrativas casi decimonónicas, además de resultar una excelente novela capaz de deslumbrar a los intelectuales y críticos más exigentes de Europa, también es un best seller leído por todos los públicos del planeta, incluso por quienes solo se interesan en novelitas policiales de muy dudosa factura.

El hombre que hizo realidad la tan incomprendida y manipulada frase la literatura no tiene fronteras nació el 5 de enero de 1932 en la región del Piamonte, norte de Italia, en la ciudad de Alessandria. No provenía de una familia de intelectuales o artistas, pero se educó en un colegio dirigido por la orden católica de los salecianos, y ello ejerció gran influencia sobre su literatura. Eco ha muerto a los 84 años de una vida intensa y fructífera dedicada al ejercicio de la semiótica, la filosofía y la literatura. Después de graduarse de Filosofía en la Universidad de Turín con una tesis, El problema estético en Santo Tomás de Aquino, publicada en 1956, ejerció como Profesor Agregado de Estética de 1962 a 1965 en las muy prestigiosas universidades de Turín y Milán, y en la de Bolonia fue profesor de Semiótica y catedrático de Filosofía. Dirigió el Instituto de la Comunicación y del Espectáculo. También tuvo el honor de ser seleccionado como uno de los diecisiete intelectuales del Foro de Sabios de la UNESCO. Recibió el Premio Príncipe de Asturias, y entre otros premios y galardones estaba en posesión de la Legión de Honor de Francia, que le fue otorgado en 1993, y del Premio de Literatura Europea por toda su obra, concedido por Austria en 2004. Fue nombrado doctor Honoris Causa por más de 25 universidades de todo el mundo, entre ellas, la Complutense de Madrid, las de Tel Aviv, Atenas, Varsovia y Berlín. En febrero de 2001 creó en esta ciudad la Escuela Superior de Estudios Humanísticos, iniciativa académica solo para licenciados de alto nivel destinada a difundir la cultura universal. Resulta paradojal que, con la implementación de este proyecto, Eco llevara a la vida real una institución que parece sacada de su novela El péndulo de Foucault y es la viva imagen de las teorías conspiracionales basadas en el poder de un pequeño grupo de individuos poseedores de un saber restringido. También cofundó en 1969 la Asociación Internacional de Semiótica, de la que era secretario al morir. Durante los últimos años de su vida impartió conferencias y conversatorios, siguió escribiendo artículos y dictando clases magistrales.

Eco revolucionó el mundo de la semiótica con tres libros hoy  imprescindibles para el estudio y comprensión de esta disciplina: La obra abierta (1962), La estructura ausente (1968) y Tratado de semiótica general (1975). Quien las haya leído (yo solo pude conseguir las dos primeras), habrá disfrutado la posibilidad de adentrarse en el pensamiento de un hombre singularmente lúcido y conocedor profundo de todos los lenguajes de la ciencia de la comunicación, pero, en mi experiencia particular, lo que más me impresionó en estas obras fue la fuerza titánica estructuradora de las ideas que muestra el discurso de Eco, muy diferente del estilo intencionalmente oscuro y plagado de pedantería exhibicionista que caracteriza a muchos teóricos, más interesados en escribir para cenáculos que los adopten como gurús que en exponer con seriedad y claridad el análisis del mundo que les rodea.

El nombre de la rosa es la novela más conocida de Humberto Eco, un fenómeno de ventas nada común en el mercado del libro. Millones de personas en todo el planeta han leído la historia del monje franciscano fray Guillermo de Baskerville y su discípulo el joven novicio Adso de Melk, enfrascados en resolver una serie de misteriosos asesinatos en una abadía medieval asediada por las herejías transgresoras culturales y religiosas, donde un grupo de jóvenes sacerdotes dedicados a la traducción y copia de antiguos manuscritos iluminados descubren la cara oculta del conocimiento, rechazada por la ortodoxia de la fé católica, y son seducidos por saberes proscritos que los arrastran a oscuras y ominosas muertes. Calificada por la crítica especializada como novela culturalista, es, en realidad, la traspolación a fines de la Edad Media y principios del Renacimiento de una tremenda intriga policíaca basada en uno de los aspectos más difíciles de la investigación criminal, el asesinato múltiple, y ubicada en un ambiente eclesiástico que emplea como telón de fondo las luchas entre las más poderosas Órdenes monásticas de aquella época por el control interno de la Iglesia y las ideas del siglo. En el libro por momentos se abre una ventana hacia la vida del campesinado del norte de Italia, castigado por la hambruna, la peste y los vientos heréticos que terminaron por barrer del sur de Europa, entre torturas y hogeras, a dulcinianos, bogomilos, valdenses y cátaros, esta última una de las herejías que más trabajo costó erradicar al Papado. Aún recuerdo un ensayo breve de Eco publicado hace décadas en El caimán barbudo y titulado “Apostillas a El nombre de la rosa”, una deslumbrante exégesis realizada por el autor sobre su propio método de creación de esa obra. Considero esas pocas páginas más valiosas para un escritor que un curso completo en el más renombrado de los talleres literarios.

Poco después Eco publicó su segunda novela, El péndulo de Foucault, esperada con ansiedad por los lectores, quienes aguardaban un libro tan bueno como su opera prima. Compuesto sobre una de las estructuras narrativas más sólidas de la literatura, la búsqueda del objeto perdido, El péndulo… analiza las teorías de la conspiración, tan populares en toda época. Por sus páginas desfilan fracmasones, rosacruces, druidas, miembros de la Golden Dawn, rabinos, wiccanos, metafísicos, discípulos de los grandes magos decimonónicos, satanistas, cristianos esotéricos, en fin, todo un fresco de las sectas más y menos conocidas de Europa, hasta donde el término resulte válido para caracterizar fenómenos tan disímiles entre sí en cuanto a conceptos y repercusión social se refiere. La crítica, sin embargo, halló que la cultura humanista de Eco rebosaba y rebasaba el marco de la historia narrada lastrándola con su peso, y muchos comenzaron a hablar de “las cien páginas que sobran a la novela”.

Las novelas siguientes de Eco, La isla del día antes, Baudolino, La misteriosa llama de la reina Loana y El cementerio de Praga continuaron centrándose en temas históricos de la Edad Media y comienzos del Renacimiento, siglos que han resultado evidentemente un pecio inspirador para escritores, artistas y cineastas por su extraordinaria abundancia en enigmas sin solución de naturaleza casi mítica. Solo que la cultura humanista de Eco le permitió tratar esos temas no como meras puestas en escena, sino como estudios socioculturales y antropológicos de gran valor. Únicamente creadores de muy alto potencial pueden impedir que la novela histórica se convierta en lo que en su día Francia y Hollywood hicieron de ella: un básico pastiche indecoroso destinado al mercado.

No está de más acotar aquí que el conflicto tratado por Eco en Baudolino se desarrolla en el marco histórico de la cuarta Cruzada, cuyo proyecto original era, como el de las anteriores, llegar a Tierra Santa, pero por obra y gracia de la codicia artera de sus capitanes terminó en Bizancio, capital del Imperio Romano de Oriente y cabeza de la Iglesia Ortodoxa Griega, considerada entonces cismática y hereje por el Papado de Roma, pretexto que esgrimieron los cruzados para invadir, ocupar y saquear la más bella, poderosa y rica de todas las ciudades de entonces, saqueo que terminó con una masacre en la que los cruzados asesinaron a gran parte del clero bizantino, sangriento episodio que solo hoy, novecientos años más tarde, ha empezado a ser zajado por el encuentro del Papa Francisco y Kirill, Patriarca de la Iglesia Ortodoxa Rusa, en un aeropuerto de La Habana.

Eco es el líder de los escritores de novela histórica de los últimos dos siglos, tanto por la estética siempre impecable de su escritura como por su erudición, su profundidad filosófica y conceptual y el rigor histórico y cultural de sus reconstrucciones de época. En su última novela, El número cero, se distanció de su habitual patrón de creación para abismarse en una sorprendente reflexión y un abierto ataque a la manipulación de los medios de comunicación, fenómeno que le interesaba como individuo y como italiano que vivió la etapa del mandato como Primer Ministro de Silvio Berlusconi, un magnate de la prensa en su país.

No quiero terminar este artículo sin dedicar un homenaje muy personal a Umberto Eco, quien hizo cuatro favores realmente impagables a la escritora que soy, aunque nunca nos hayamos conocido. El primero fue devolverme la confianza en la dignidad de la novela histórica, tan desprestigiada antes de El nombre de la rosa por un sinfín de escritores mediocres que la habían explotado como impúdicos ladrones de tumbas, y mucho más desprestigiada después de él por una cantidad aún mayor de escritores todavía más mediocres, que han hecho esfuerzos sobrehumanos por imitarlo o, para ser más exacta, sueñan en igualar sus tremendos éxitos de ventas.

El segundo favor fue reafirmarme en mi convicción de que la narración cronológica es la mejor de cuantas existe, porque es la única que se acopla al ritmo del tiempo lineal producido por nuestro hemisferio cerebral izquierdo, y es, por tanto, un concepto inseparable de la función narrativa.

El tercer favor que me hizo Eco fue recordarme algo que mi entorno sociocultural y generacional casi me había hecho olvidar: que una prosa transparente y una sintaxis clásica no constituyen merma alguna para el “prestigio” de un escritor, y ningún creador genuino debiera renunciar a ellas solo por obedecer el dictat de corrientes literarias de moda, y aún actitudes de moda que en el fondo no son más que diletancias destinadas a ocultar el vacío comunicacional, la insensibilidad y la precariedad en la percepción de la grandeza, padecimientos crónicos e insalvables de quienes nada tienen qué decir en el lenguaje del Arte y, me temo, tampoco en el lenguaje de la Vida.

El cuarto favor lo considero especialmente importante no solo para mí, sino para todos aquellos que pretendan ejercer, o ya lo hagan, el oficio de escritor: cualquier persona, aún la más alejada de la cultura, concederá su atención, y hasta su pasión, a una obra de arte si esta habla a lo más visceral de su ser, allí donde el ser humano guarda la conciencia de identidad con su especie.

Sí, aunque parezca una broma pesada Umberto Eco ha muerto y, como sucede con todos los muertos, tendremos que continuar viviendo con su ausencia, que será mucho más penosa para aquellos que le consideramos un Maestro y creemos en todo lo que tan generosamente nos enseñó, en especial la sinceridad sin compromisos -premisa insoslayable para un artista-, y la necesidad de observación, reflexión y análisis de la materia narrativa en todos sus aspectos. Y desde luego, para quienes amaban sus libros y estaremos ahora resignados a reciclar los que alcanzó a publicar en vida, lo cual será siempre mucho más gratificante y provechoso que leer obras nuevas de autores nuevos que pugnan cada día en todas partes por empujar las mamparas de las editoriales y, para desesperación nuestra, a veces lo consiguen. Eco ya no padecerá esa tortura.

 

 

 

 

 

Anuncios

Acerca de Gina Picart

Soy escritora, periodista especializada en La Habana de la colonia y la república, investigadora, crítica literaria, guionista de cine, radio y televisión
Esta entrada fue publicada en Uncategorized y etiquetada , , , , , , , , . Guarda el enlace permanente.

2 respuestas a A la muerte de Umberto Eco

  1. JG dijo:

    Gracias, Gina, por este comentario acerca de este Grande del Mundo. Tu artículo acerca de los pintores de la generación de Bedia y Leandro me trajo en forma de presencia viva a mi muy querida amiga, y en mucho mentora, Graziela David. Todavía resuena la frase casi olvidada: ” Bedia, oye, chico ” . Siempre recuerdo a Graziela y me la devolviste viva por unos minutos. Disfruto mucho de tu trabajo. Gracias desde Miami. Julio Gómez

    Sent from my iPad

    >

    • ginapicart dijo:

      ¿Julio Gómez? ¿Eres mi compañero de San Alejandro y del pre de Amadeo…? Si eres tú, sabe que todos los días de mi vida me viene a la mente aquella frase que me dijiste un día bajando unas escaleras: “No hay nada como unos ojos negros bien puestos”. Aclaro que estábamos hablando de colores de ojos. Me daría gusto que seas tú. De todos modos, si no eres, muchas gracias por tus palabras hermosas sobre mis artículos. Es verdad que aquel “Oye, Bedía…!, es inolvidable, aún me suena en los oídos. Ella acentuaba Bedía. Interesante mujer.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s