Memorial para Rufo Caballero

Copy of imagesEl insomnio es una enfermedad y mucha gente no lo sabe. Particularmente duro es el insomnio cuando se acompaña de un cortejo de reflexiones, rememoraciones y pensamientos que afligen, pero aún así, en ocasiones resulta un padecimiento beneficioso para la cultura. Rufo Caballero y yo conversamos sobre esto alguna vez. Él me dijo que en ciertas noches en que no lograba conciliar el sueño salía a recorrer la ciudad. Yo, cuando no puedo dormir, leo, y anoche releí su hermoso libro Nadie es perfecto, con un escueto subtítulo: Crítica de cine. Rufo es parte de muchos de mis insomnios tristes, pero quedan sus libros para aliviar la ausencia.

Rufo fue un hombre y un intelectual infinito. No hay un texto suyo que deje de entregar algo nuevo cuando se lo revisita. Su obra es como una especie de Akasha, esos archivos de la memoria cósmica que, según los místicos, están en algún punto del universo a disposición de aquellas almas buscadoras de conocimiento capaces de hallar el Umbral de acceso. Los textos de crítica de cine que escribió, no importa su extensión, tienen la misma calidad ya fueran concebidos para revistas especializadas como Revolución y Cultura o para periódicos populares como Juventud Rebelde. Su cerebro era una máquina perfecta que nunca descansaba, lo más parecido que se me ocurre a esa máquina de movimiento perpetuo que obsesionó a los más grandes sabios desde la Antigüedad hasta el siglo XIX, y quién sabe si continúe fascinando aún con su misterio a alguna mente inquieta.

Por más que pienso, tengo que confesar que no encuentro entre nosotros a nadie con el extraordinario, multifacético y tremendamente lúcido potencial intelectual de Rufo, con su sabiduría humanística y ecuménica, con su rara capacidad fractal para la exégesis y la hermenéutica. Cuba ha tenido grandes figuras del pensamiento y sigue teniendo intelectuales brillantes, pero Rufo estaba hecho de una materia que por su misma naturaleza no abunda en la especie humana. Yo no sé si fue un genio, pero estoy muy segura de que tenía mucho, pero mucho más que talento. Y poseía un raro don: podía ver lo que nadie ve y donde nadie ve. Ese conjunto de capacidades hizo de él un crítico de arte formidable y, en nuestro ámbito, inigualable.

Pero Rufo tenía entre sus muchas cualidades una virtud sin precio y que no encuentro en las personas que se dedican entre nosotros a la crítica en cualquiera de sus formas: la valentía armada con látigo de cascabeles. Rufo, hasta donde conozco su obra, nunca hizo concesiones, ni prodigó caricias complacientes a la mediocridad ni silenció las deficiencias allí donde creyó verlas. Todo lo dijo, pero siempre con objetividad y elegancia, pocas veces irónico, siempre prodigando una rara especie de bondad que le hacía destacar junto a los fallos los logros, hasta los tan pequeños que requieren lupa. Si alguien entre nosotros ha sido capaz de dedicarse al ejercicio del criterio sin separarse un milímetro del arquetipo del crítico que concibió Martí, ese alguien ha sido Rufo Caballero. Y no es que fuera un santo desprovisto de carácter e ironía —que poseía una lengua temible y calcinadora—, pero era un intelectual serio, supremamente honesto y respetaba mucho su profesión, y aún cuando ironizaba, la gracia de su ingenio atenuaba cualquier dosis de agresividad que pudiera haber en su discurso. En mi ejemplar de Nadie es perfecto —como en todos los libros que tengo de él— he subrayado muchos párrafos y frases, pero hay uno en particular, extraído del discurso de defensa de su Doctorado, que resume la concepción que Rufo tenía del ejercicio del criterio y que yo considero como una especie de legado a la Posteridad:

Siempre he sido un relativista y un subjetivo. No por figurar ahora frente a la Santa Inquisición Académica voy a retractarme. Mi carne no será nunca débil. No creo en el relativismo como agnosticismo posible. Creo en el relativismo como una herramienta sobregnóstica; es decir, que produce un excedente de sentido frente al cual es posible la decantación, la jerarquización racional, el deslinde. El relativismo te permite decantar información, comparar, colegir, actuar sin orejeras, sin monologuismo. El relativismo es vecino de la complejidad.

Hay que tener pantalones para llamar Santa Iquisición Académica al Jurado que a pesar de una Tesis brillante podía negarle su título de Doctor, pero allí mismo Rufo sostuvo sus banderas de combate con pulso entero: la primera, su absoluta independencia de pensamiento, que le permitía ser al mismo tiempo un universo interrelacional autotélico e hipertélico, pues producía ideas sin depender de academias ni escuelas ajenas más allá de un punto de partida o  referencia, al extremo de que si intelectuales, artistas y académicos nuestros son capaces de comprender una escritura como la que acabo de citar, me pregunto cuántos de nosotros seríamos capaces de escribir con semejante arquitectura ciclópea de ideas y lenguaje, cuyas herramientas Rufo manejaba como el guerrero más letal, y permítaseme hacer aquí paráfrasis del título de un documental del Discovery que, aunque no es una buena metáfora porque Rufo merece las más rutilantes del idioma, expresa muy claramente lo que quiero decir. Y no estoy hablando del infinito vocabulario rufiano de términos provenientes de todas las teorías literarias que en el mundo han sido, porque esos términos los manejamos muchos de nosotros en mayor o menor grado, sino de lo que Rufo era capaz de hacer con ellos: crear una transmisión efable de sus profundísimas y complejas elaboraciones mentales con la más alta calidad estilística y conceptual, y al mismo tiempo, con una sinceridad rayana en la transparencia, con sensibilidad y pasión.

Y también dijo, para vergüenza de quienes pretenden salvarse olvidando verdades incuestionables:

Para escribir con mediana seriedad sobre algo, sobre cualquier cosa en el mundo, se precisa el entrenamiento de la mirada afilada, casi más que el conocimiento sistemático sobre el oficio de la escritura misma.

Rufo no se limitó en su función crítica solo a los aspectos estéticos del arte, sino también (y yo diría que en primer lugar) a los históricos, antropológicos, sociales, ideológicos y cuanto tiene que ver con el Ser y el Estar del hombre en el mundo. Lo mismo defendió con energía y valor el derecho a la práctica de aspectos escabrosos de la sexualidad del Homo Sapiens  —entonces aún sin apoyo oficial—, que rompió lanzas por el derecho de un artista a plasmar en su obra su personal percepción del mundo y de esa categoría tan ilusoria que llamamos realidad. Nada menos que en el diario Juventud Rebelde Rufo defendió a brazo partido a la realizadora del polémico documental Telón de Azúcar, y dijo que ella tenía todo el derecho que le confería su condición de artista de mostrar su percepción de Cuba, aunque él mismo no la compartía por considerar que nuestra realidad ha sido siempre tan compleja que desborda simplificaciones, esquemas y reduccionismos. En ese mismo texto defendió con argumentos tan equilibrados e irrefutables la no obligación por parte del artista de convertirse en un propagandista de fetiches ideológicos que no se puede menos que admirar la seguridad en sí mismo que semejante actitud pone de manifiesto. Rufo dijo todo aquello de lo que estaba convencido, y estaba convencido de todo lo que dijo. Solo la Muerte lo hizo callar. Fue fiel —como nadie entre nosotros— a aquella inolvidable declaración de principios de Voltaire: “Podré no estar de acuerdo con lo que dices, pero defenderé hasta la muerte tu derecho a decirlo”.

No quiero terminar estas reflexiones sobre Rufo Caballero sin tributarle el homenaje que merece por no haberse dejado encorsetar jamás en los estrechos (y asfixiantes) límites mentales de este constructo insular atrapado en la maldita circunstancia del agua, como tan genialmente definió Virgilio Piñera a esta isla. Mientras vivió se mantuvo con un hemisferio de su cerebro en Cuba y el otro en lo universal. Habiendo sido un cubano visceral jamás permitió que lo cegaran  impostadas concepciones de cubanía y cubanidad, y gracias a su insaciable sed de Humanidad sin fronteras nos dejó en sus libros el fruto de ese esfuerzo descomunal que llevó a cabo para enseñarnos a entrenar la mirada afilada, tan imprescindible para entender el planeta en que vivimos. Desde el siglo XIX no habíamos vuelto a tener los cubanos un intelectual tan completo y, salvo Lezama, capaz de un pensamiento tan profundo y abarcador y una percepción casi sobrehumana como Rufo. “Entrenar la mirada afilada” es una frase que trae a mi mente, una y otra vez, el eco de aquella otra: “…enseñó a pensar a los cubanos”, que como epíteto homérico acompaña siempre la inmensa figura del Padre Varela.

Muchas personas dirán de estas humildes páginas que es muy fácil elogiar a los difuntos, ya arropados bajo el manto respetable de Doña Muerte e incapaces, a su vez, de proyectar su sombra reductora sobre los vivos codiciosos de la Gloria y sus dones. Y lo dirán con más fruición porque las firma alguien que pocas veces habla bien de los no-muertos. Sin embargo, escribir sobre Rufo siempre me causa tristeza y dolor, tanto como me llena de orgullo haber podido compartir un tiempo breve, pero fecundo, de su invaluable amistad. Yo necesito —y siempre voy a sentir necesidad imperiosa de— hablar de Rufo porque lo quiero y no está, y cuando lo echo de menos no puedo hacer otra cosa que dialogar con sus libros sin poder abrazarlo. Hablo de Rufo porque ya no puedo hablar con él, y para agradecerle todo lo que me enseñó y que me haya concedido un poquito de su estimación, pero sobre todo porque a Rufo no se le puede olvidar. Cuando estamos seguros de la valía de un hombre nuestro deber es hacer que otros hombres también la conozcan. Rufo Caballero pertenece a las generaciones, como llamaban los celtas a la Posteridad, y para que la Memoria no se extinga inventaron los antiguos la llama votiva que hay que mantener siempre encendida, aunque el templo sea interior. Que arda la flama, y el recuerdo se ilumine con su luz.

Anuncios

Acerca de Gina Picart

Soy escritora, periodista especializada en La Habana de la colonia y la república, investigadora, crítica literaria, guionista de cine, radio y televisión
Esta entrada fue publicada en Uncategorized y etiquetada , , , . Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s