Pasión total: de los Vedas a la saga Crepúsculo o el dilema de la aridez emocional en la posmodernidad

NewMoonPelícula09A la gente de letras no les gusta confesar que a veces se entretienen con telenovelas, películas cómicas o literatura basura. Yo debo confesar que me atraen los vampiros y he visto todas las partes de la saga Crepúsculo. Bueno, ya está dicho. ¡Uff!

Desde la primera de estas películas comenzó a llamarme la atención la palabra imprimar, usada en la historia en referencia a la forma en que se enamoran los licántropos u hombres-lobo. De momento pensé que era una palabra inventada, y me dije: “Mira que estos americanos hacen barbaridades”. Pero la idea se me quedó en mente y emprendí una búsqueda que me ha llevado a otra confesión un tanto vergonzosa: la palabra existe, no es neologismo en ningún idioma, sino un término derivado del latín, y es más, forma parte del vocabulario técnico de las artes plásticas. Vergüenza para mí, que a pesar de  los años que pasé en las aulas de la Academia San Alejandro y de todo lo que me enseñaron allí sobre preparación de lienzos según las escuelas italiana, francesa, española, etc., no la conocía hasta que vi Crepúsculo.

Esta definición de imprimación la encontré en Wikipedia:

La imprimación o imprimatura es el proceso por el cual se prepara una superficie para un posterior pintado. A la superficie ya imprimada se le llama soporte pictórico. Los soportes más usuales en la historia han sido: paredes (pintura al fresco o murales), tablas de madera, lienzos y pergamino o papel.

Y esta otra pertenece al Diccionario de la Real Academia Española (RAE):

Imprimación: 1. Acción y efecto de imprimar. 2. Conjunto de ingredientes con que se imprima.

Imprimar: 1. Preparar con los ingredientes necesarios las cosas que se han de pintar o teñir. 2. Colombia y Perú. Cubrir la superficie no pavimentada de una carretera con un material asfáltico, con el fin de evitar el polvo y la erosión.

Curiosamente, el término también forma parte del vocabulario técnico que se emplea
en el maquillaje que caracteriza al teatro kabuki, una de las escuelas dramáticas clásicas más importantes de Japón. Este estilo de pintura facial, que tiene en común con el de las geishas la base de polvos blancos que cubre toda la piel del rostro (para evitar la sudoración), recibe el nombre de kumadori, y consiste en aplicar sobre la piel la consabida base blanca de polvos de arroz, que después se procede a cubrir con una capa de pintura también blanca, sobre la cual se traza el delineado en negro de los ojos y se aplican otras marcas y colores que forman parte del código simbólico de este teatro, compartido también con el teatro Noh, otra escuela clásica del arte dramático japonés. En sus orígenes el kabuki copió prácticas propias de otros géneros teatrales más elevados al uso entre la aristocracia imperial, que a su vez lo había copiado de ciertos rituales sacerdotales propios de los templos. La técnica de la imprimación del rostro tiene, pues, un origen religioso, espiritual, elevado.

Pintarse el rostro de blanco y hacerle dibujos encima fue una práctica que pasó a Occidente, donde la utilizaron mucho las célebres cortesanas de la República de Venecia durante el Renacimiento, época en que alcanzaron su máximo esplendor como estrato social, y sobrevive hasta hoy en las bellísimas máscaras típicas del carnaval veneciano. En nuestros días, los seguidores de una subcultura urbana basada en el estilo gótico decimonónico europeo también usan la imprimación del rostro como base para el maquillaje, porque confiere un aire espectral a quien lo lleva. Y hasta se puede encontrar la imprimación del rostro en algunos juegos de simulación virtual como, por ejemplo, los tan gustados Sims 3 y 4, donde figura entre las opciones de maquillaje.

No puedo explicar cómo el término imprimación pasó a convertirse, de un término del vocabulario técnico pictórico, en una concepción del amor que caracteriza a una saga sobre vampiros destinada a un público adolescente; una forma de amor que clasifica como categoría, que ha estado presente desde los tiempos más remotos de la Humanidad y la encontramos ya en la antigua cultura védica hindú bajo el nombre de Bacti, que significa pasión total.

En Crepúsculo, la imprimación es el modo en que se enamoran los hombres-lobo, de los cuales es Jacob Black, el joven piel roja de la tribu quileute, el representante más llamativo. Cuando un licántropo se imprima en alguien quiere decir que funde su alma con la del elegido o elegida, y es un estado de entrega absoluta y total que no tiene final en el tiempo. No importa si el amado es un nene de dos años, como Renesme, la hija de la humana Bella y el vampiro Edward: ella será para siempre la Amada arquetípica de Jacob.

Es curioso, o al menos a mí me lo parece bastante, que una saga concebida con fines comerciales para el entretenimiento de un grupo etáreo que abarca desde la niñez hasta más o menos los veinte años, promueva una clase de amor que ya no está de moda en nuestros días, como dice la canción. Valores como fidelidad, monogamia, renuncia y sacrificio capaz de llegar hasta la inmolación no son los que caracterizan el ars amandi de la posmodernidad, donde el ejercicio del sexo ha desplazado al imperio de los afectos y el mundo digital posibilita y promueve cada día más el aislamiento del individuo y le ofrece, como sucedáneo del verdadero contacto humano, una ilusión de comunicación cuyo símbolo más ilustrativo son las redes sociales, que nos permiten vivir encerrados en una habitación pero rodeados de “amigos” a quienes probablemente jamás conoceremos físicamente, pero de quienes sabemos hasta sus hábitos más íntimos y viceversa, y nos permiten escapar de los tormentos de la soledad. Y es sabido que son los jóvenes quienes sucumben en mayor proporción a este género de vida tan artificial como nocivo.

Sin embargo, he encontrado en Internet más de 13 000 sitios donde personas en su mayoría jóvenes participan activamente en foros que giran alrededor de la imprimación de los licántropos en la saga Crepúsculo, que como referencia es la más inmediata y muchas veces la única que estos foristas poseen sobre el término. Ello sugiere que esta forma de amor, que aparece descrita en los tratados de psicología occidentales como amor romántico, sigue siendo un reclamo importante para muchas sensibilidades. Me parece un tópico que invita a la reflexión. Y otra pregunta que me asedia es esta: ¿Por qué en el imaginario fantástico que el hombre ha creado las criaturas no humanas son las más capaces de sentir las formas más elevadas del amor? ¿Y por qué entre las criaturas no humanas son precisamente las que mantienen formas humanoides, como los licántropos, las hadas y los vampiros, las que saben amar como los mismos hombres querrían ser amados…? ¿Acaso el hombre percibe la condición humana  ya tan deteriorada que no podemos regresar a ella, y ni siquiera podemos albergar la esperanza de reconquistar la estatura de los héroes antiguos y los amates perfectos, cuyo último suspiro fue lanzado en tiempos de las Cortes de Amor y los trovadores del Sur de Francia, allá por el 1300…? Qué pobre en emociones se reconoce el hombre moderno, qué retrato tan magro y amargo tiene de sí mismo cuando desplaza hacia criaturas creadas por su propia fantasía las virtudes y capacidades que siempre fueron atributos del género humano. Aún recordamos los ideales arquetípicos, pero ya no nos reconocemos en ellos, como actores que tienen noticia de cierto papel maravilloso, pero creen a las marionetas más capaces de representarlo que ellos mismos.

Sin duda un tema para pensar, y mucho. Y de paso, también una ocasión para preguntarnos si será cierto que la literatura y el cine “basura” solo sirven para desestimular el crecimiento espiritual y cultural de las personas. Y también para cuestionar si el melodrama es, en verdad, un género que merece desaparecer porque rebaja la elevación del goce estético. En fin…, pensemos, pensemos…

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Acerca de Gina Picart

Soy escritora, periodista especializada en La Habana de la colonia y la república, investigadora, crítica literaria, guionista de cine, radio y televisión
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