LO QUE DIJO RUFO CABALLERO CUANDO OBTUVO MENCIÓN EN EL CONCURSO JULIO CORTÁZAR DE CUENTO

Rufo Caballero, mención en el Premio Julio Cortázar de cuento 2009

Páginas embestidas por otros delirios

Mabel Machado • La Habana

Para debatir sobre cine o literatura sería interesante y divertido sostener una correspondencia cruzada con Rufo Caballero. Lo digo porque así fue como me topé con él, a través de esquelas viajeras en el espacio virtual. A pesar de sus recelos hacia la “promiscuidad” del universo cibernético, respondió pródigamente a mi “acoso textual”, como llama el ecuatoriano Raúl Vallejo al bombardeo de e-mails. Pero conversar solo entre cartas es como hablar bajito, y casi estoy segura de que él disfruta más —permítaseme la leve metáfora— hablar alto luego de haber escuchado, porque, aunque le parezca demasiado recto decirlo, tiene mensajes para compartir. Rufo (se) divierte mientras comunica, dejándose arrastrar por los impulsos que lo llevan a pronunciar en un mismo discurso, la palabra del sesudo y la del transeúnte del vivir más cotidiano. Recuerdo alguna que otra crítica hilada en tono muy popular con alusiones a “tembas” y “pepillos”, en la cual se despierta de súbito Thomas Mann. En medio de tal alternancia, que no niega de facto ninguna de las formas terrenales de cultura, el crítico “atrapa” a opuestos y seguidores. Sorprende como lo hizo al obtener Mención en el Premio Iberoamericano de Cuento Julio Cortázar este año con su relato “Los que fueron al bosque de avellanos”.
Controvertido por llevar a punta de voz y pluma tanto el látigo, como la balanza, Caballero se ha destacado como profesional no solo en los medios de comunicación, sino como docente en la Facultad de Artes y Letras de la Universidad de La Habana y el Instituto Superior de Arte. Es autor, entre otros, de los títulos Un pez que huye. Cine latinoamericano, 1991-2003. Análisis estético de la producción (su libro más premiado), Lágrimas en la lluvia. Dos décadas de un pensamiento sobre cine, Rumores del cómplice, cinco maneras de ser crítico de cine; Sedición en la pasarela, cómo narra el cine posmoderno; y Un hombre solo y una calle oscura. Los roles de género en el cine negro. Entre los premios recibidos destacan el de Ensayo Hispanoamericano Lya Kostakowski (México, 1999), el Premio Nacional de la Crítica Cinematográfica y el Premio de Ensayo sobre Cine en Iberoamérica y el Caribe (2004).

Luego de varios libros publicados, el programa televisivo La columna y la aparición de su rúbrica en otros espacios de los medios de prensa cubanos, a Rufo Caballero se le conoce más como ensayista, como crítico vinculado al audiovisual, que como narrador.

¿Qué motivaciones lo acercaron al concurso por el Premio Cortázar?

“Mis primeros libros se publican en los años 90. En mis críticas y ensayos siempre hubo una cierta narratividad, como una historia pugnando, tratando de salir a la superficie, de hacerse espacio. Dice Senel Paz que le tiene pánico a mis anécdotas y fabulaciones. Por suerte para él, todavía no ha aparecido en ninguna. Y siempre hubo emotividad, lejos del cartesianismo frío y la metatranca sin lubricante que al menor asomo de la emoción aduce el fantasma del kitsch. Como si el sentimiento fuera un problema o hubiera que escamotearlo en virtud del “sentido recto”. Las emociones tienen su rigor y su limpieza. Por ahí viene la apuesta. Amaury Pérez me dice que no sabe si soy el mejor o el peor —cosa pueril por demás— pero que soy el que más mete el cuerpo, el que más se involucra en lo que escribe. Eso me lo comenta a menudo también José Luis Estrada, el jefe de la página cultural de Juventud Rebelde. Nunca dejamos de saber qué piensa Rufo sobre las cosas: soy frontal. No me gusta la oblicuidad.

“Tal vez me dije: está bueno ya de que narración y emoción permanezcan en un segundo plano. Démosles el protagonismo que me piden hace años.

“Esa asunción me decidió a confrontar, a participar. Detesto los concursos; pienso que les van sobre todo al atletismo. Siento una culpa enorme, hace años, por no poder acompañar al director de Lucas en su entusiasmo por la competencia de videos que el programa auspicia. Es un ejemplo. Nada de eso me importa mucho. Me gustan las obras y las reflexiones, pero los concursos me parecen algo infantil. Los concursos sirven más para conocer a los jurados que a las obras mismas. Por eso, si ganas, celébralo; si pierdes, olvídalo. Tienen, a lo sumo, el encanto de un juego de azar. Participar en el prestigioso Cortázar fue siempre para mí como un juego.”

¿Considera que el certamen del cual participó recientemente, nos devuelve de alguna manera al Cortázar que dijo adiós en 1984?

“Ni idea, querida. No he leído un solo cuento fuera del mío. Presiento que me gustarán todos. Soy muy poco competitivo y siempre veo en los demás razones poderosas. El jurado era serio, exigente. Los cuentos deben ser magníficos. Alguien me comentó que el mío había interesado por su carácter “aventurado”. No me gusta la palabra experimental; me parece adolescente. Pero el riesgo sí. Y si todos nos arriesgamos un poquito, Cortázar anda entre nosotros; al menos su espíritu, su andadura siempre presta a los abismos y los hallazgos menos presumibles. Ojalá, querida; ojalá que hayamos sido, al menos, decorosos seguidores del maestrazo. Discípulos aplicados, cuando mucho.”

“Tras esta respuesta pudiera comenzar a dibujarse la caricatura del autor que se descubre mientras responde a la próxima interrogante. Rufo parece ser un escritor de los que se dejan arrastrar por cierta suerte de feeling intenso, mezclado con la urgencia del desahogo personal sobre lo que comparte y lo que ve. Paro de especular. Retomando la cita que hizo una vez él mismo de un personaje de la novela Fake: “hablar ‘por’ el otro no es lo mismo que hablar ‘desde’ el otro”, prefiero su confesión a mis supuestos.

¿Cómo define su “manera de hacer” dentro de la narrativa corta? ¿Cuáles son sus referentes literarios inmediatos a la hora de escribir cuentos?

“Hace años debí presentar la novela Fake, de Alberto Garrandés, y me cautivó el juego de dimensiones de lo real, lo que pudiéramos llamar la “imaginación cultural” de Alberto. Más tarde leí Oil on Canvas, el libro de Gina Picart (mi querida Piquina) que ganó el Carpentier, y me pareció otro ejercicio de reescritura muy interesante. Nada de esto es “original”, desde luego. Creo que Alberto, Gina y yo mismo, respecto a la originalidad, decimos más bien: “Padrino, quítame esa sal de encima”. Nos sumergimos en un infinito tejido textual; eso es todo. Yo también me siento cómodo en la reescritura, pero no para clonar la estirpe del crítico, sino para encauzar un tipo de literatura donde el centro se relaciona con el valor y la posible limpieza de la emoción. Es curioso: Garrandés y Gina escriben enamorados del poder de la cultura. A Garrandés lo excita, es claro, el refinamiento y la cuna de la literatura. Gina se deja seducir por los misterios del mundo, de la cognición, de la pintura o la literatura. Pero yo, que los aprecio sobremanera, tengo ambiciones mucho más modestas: lo mío son las pequeñas emociones, las vibraciones mínimas de la gente de todos los días. Soy un escritor microscópico, para adentro; nunca total. Me siento un enano, cómodo en la cámara, en el pequeño formato, y me importa un pepino que eso parezca a algunos, poco digno del anterior Rufo. Rufo siempre fue consciente de que los demás resultan mucho más interesantes. Y ha decidido observar, callar y luego escribir frente a su ordenador. “

¿Qué nos cuenta “Los que fueron al bosque de avellanos”? ¿Cuál es el mensaje que desliza Rufo entre las líneas de la obra?

“Los que fueron al bosque de avellanos” narra ciertos acontecimientos pequeños, diríase que menores, sucedidos en la Iowa de 1965. Esos acontecimientos fueron fabulados años atrás por una novela y más tarde alimentaron una popular película. De forma que el relato viene a ser una tercera “intervención” sobre los hechos; más bien una segunda, si consideramos el trato de ficción del primer intento. Sé que “intervención” es un término que proviene del mundo de las artes visuales, pero es justo esa la estrategia que sigo en mi reinterpretación de “los hechos”. Intervengo una subjetividad anterior, por así decirlo.”

“Ahora, cuando me hablas, estimada, de “mensaje”, me asusto un poco. “Mensaje” es una noción dura, cortante. Te propondría algo más “blando”. Ni siquiera sé, a derechas, qué palabra emplear. No me gusta lo de mensaje porque hace pensar en inducción, y lo maravilloso del arte y la literatura reside en que todo el mundo los interioriza —o no— como dé lugar.

“Aunque no tengo ningún problema en precisarte al menos cuáles fueron los espectros que animaron este relato. Pareciera, de inicio, un cuento sobre la consecuencia del amor, tema que me ha interesado siempre. El amor demanda esfuerzo, sacrificio, rupturas, cuerdas al cuello. Pero no. Ese es, en realidad, el pretexto. Yo mismo no tengo demasiado claro si Francesca Johnson actuó bien o mal. Comenzar a envejecer te enseña que vivir es ir perdiendo cosas y que el mundo resulta bastante más complejo que actuar bien o mal. Creo que “Los que fueron al bosque de avellanos” es un relato sobre el coraje de dimitir de uno mismo; sobre la valentía que asiste a alguna gente para decir: “Joder, esto que he pensado hasta hoy con una contundencia tremenda se me aparece de pronto como falible, y en la acera de enfrente hay razones más poderosas que las mías”. Amo al personaje de Joe Kincaid, porque tiene el arrojo de echar por tierra su elaborada filosofía, que lo había llevado antes a la obsesión, a la neurosis; posiblemente, lo había hecho rozar la locura. Hacia el final del relato, Joe tiene la honestidad de replantearse su odio y de ensanchar su filosofía sobre el amor. El día que sea grande quisiera ser como Joe, francamente.

“Por cierto, como Joe desgrana, de paso, algunas consideraciones sobre el cine y la literatura, se ha pensado que es, directamente, un alter ego, o incluso, que el ensayista prima sobre el narrador. Con independencia del legítimo componente ensayístico de la narrativa desde tiempos inmemoriales, Joe no es un crítico ni mucho menos. Hay un momento en que confiesa algo así como esto: No había publicado antes mis confesiones porque no soy exactamente un escritor… Lo de “exactamente” fue mi coartada, te lo confieso. Joe es un hombre culto, pasea algunas referencias; puede que sea un historiador, un filósofo: en todo caso, eso sí, un humanista. Cuando escribo “pasea” soy impreciso. Joe no pasea las referencias; Joe las llama siempre que les sirven a su filosofía en contra de Francesca Johnson: siempre que alimentan su obsesión. En tal sentido, la referencia cultural tiene, en cada caso, una puntual utilidad en el mundo posible de la ficción. No es este un cuento objetivo. Es el relato de una fiebre, de una psicología, de un debate interior que un día decide compartirse con unos interlocutores muy singulares…

“Pero te cuento que el relato ha suscitado lecturas encontradas. Algunas personas no consiguen la distancia y responsabilizan al relato de las opiniones de Joe. Te comento que una gran amiga, una actriz que vive en Miami, me escribió horrores porque yo era incapaz de comprender a Francesca Johnson. Luego me di cuenta de que, de alguna manera, ella era Francesca Johnson. Pero juro que al único que entiendo es a Joe; sobre la actitud de Francesca no tengo respuestas en forma de conclusiones. Tengo, a lo más, conjeturas. Mi amiga es una mujer culta, y ni siquiera ella pudo distanciarse; eso te quiere decir que probablemente sí, la gente tome el cuento como otra especulación sobre la consecuencia del amor. En todo caso, tendrían derecho, y yo me sentiría igualmente honrado.

“No quisiera dejar de decir que la idea surgió en una tarde de charla animada con Francisco López Sacha. Es muy difícil que Sacha, whisky por medio, no termine convenciéndote de algo. Sacha defendió aquella tarde la idea de que en la historia de Los puentes de Madison todo el mundo, de alguna manera, tenía la razón. Decía Sacha que en toda obra hay brotes conservadores y revolucionarios, los cuales se montan de una forma difusa y convulsa. Aquella tarde me fui con la idea dándome vueltas en la cabeza, y el resultado final es “Los que fueron al bosque de avellanos”. Dedico entonces al maestro Sacha este primer impacto del relato. De algún modo le pertenece.

“Hay un Rufo que aboga por que el ejercicio de la crítica esté avalado por la autoridad y la transparencia. Es el mismo que siempre ha querido contar historias. Puede uno imaginarse un combate reñido entre dos púgiles que se saludan con reticencia y sospecha al final del combate. El Rufo manager de los dos bandos se ha decidido, final y resueltamente, por el oficio de la creación en lugar de acceder al del enmudecimiento.

Desde su condición de crítico, ¿cómo enfrenta el reto de escribir y superar a la vez el riesgo de una posible “autocrítica” en extremo rigurosa?

“Hubo un tiempo en que el crítico conseguía frenar la fuerza del narrador. Por eso no he terminado mi novela En el umbral del camerino, que varios lectores esperan, a partir de un segmento que publicó La Gaceta de Cuba. Hoy logro avanzar, no obstante los resabios del crítico, porque la emoción está por encima de mí; ya no la contengo, no la reparto, no la reviso, no la dicto, no la examino a cada minuto. Un estado de posesión, y no de racionalidad, llegó a resolverlo todo.”

¿Piensa que, tras haber experimentado en los terrenos de la literatura, el periodismo y la realización audiovisual, debe establecerse definitivamente en alguno de ellos?

“Lo que sí tengo claro es que la realización audiovisual constituye para mí un hobby. No porque no la haya disfrutado enormemente. Dirigir Soy lo que ves fue una de las experiencias más excitantes de mi vida. Dirigir a Viengsay Valdés o trabajar con un fotógrafo como Alejandro Pérez representó para mí un privilegio que me encantaría repetir (de hecho, Viengsay y yo no sabemos qué pretexto buscar para volver a trabajar juntos). Pero no tengo tiempo que invertir en asuntos de producción en verdad engorrosos y que en nada dependen de mí. Eso me atormenta y huyo. No te niego, al mismo tiempo, que por ahí anda un proyecto para dirigir un largo, en clave minimalista. Un proyecto precioso. Veremos qué sucede el año próximo.”

“En cuanto al ensayo crítico, reflexivo, y la narrativa, siento que alternaré esos géneros por el resto de mis días. Nunca dejaré de ser un crítico; me fascina mi primera profesión, y su ejercicio me cautiva como el primer día. Pero luego de que he tomado el gusto a la narrativa, no hay vuelta atrás. Claro, te lo confieso: con mucho cuidado, con cautela, con extensos períodos de quietud entre un relato y otro. “Los que fueron al bosque de avellanos” hace parte de todo un libro, Tanda de reposiciones, sobre fenómenos de la reescritura, que terminaré en diciembre o enero. Me faltan al menos cinco o seis relatos, pero siento a veces que tengo que parar, o me volvería loco. Tuve que cumplir 40 años para definitivamente escribir narrativa. Antes escribí el libro Cartas a nadie, que me negué a publicar. No me sentía seguro. Más que por razones literarias, por razones vitales. Sentía que tenía que vivir más, que observar más, que razonar más. Con 42 años, me descubro como un observador que empieza a poseer razones, nunca cerradas, para compartir; un observador ya capaz de compartir sus advertencias, sus anotaciones, sus detenimientos en la complejidad del mundo, de las emociones, de la conducta. No puedo escribir sobre “lo objetivo”. Eso escapa a mis posibilidades. Todo cuanto me importa tiene que ver con el intento de comprender la naturaleza de las emociones y de los comportamientos humanos, lo frondoso de la subjetividad. Pero eso mismo me lleva a escribir en un estado de trance muy peligroso. Podría enfermar muy seriamente. Puedo escribir muchas horas sin detenerme y cuando termino me siento a pasos de la locura. He cogido miedo. Estoy asustado. Pero, al tiempo, noto que no tengo regreso posible. Si quisiera volver atrás, ya no tendría fuerzas, no podría. Apenas puedo prestar mis dedos para que un grupo de cuentos “energéticos” se escriban solos. Nunca me había sentido tan cerca de la locura y de la felicidad como ahora, con estos relatos.

“Tras leer este final vuelvo a conectarme con Raúl Vallejo y su novela de encuentros cibernéticos. Uno de sus personajes tiene, como mi entrevistado, una inevitable adicción. Rufo no puede renunciar a los textos que le brotan, como <banano> tampoco podía apartarse de sus interlocutores en la Web. “Cada uno de ustedes ha alimentado mi espíritu —confiesa <banano>— que engordó con enorme dosis de cotidianidad adentro (…)”.

Anuncios

Acerca de Gina Picart

Soy escritora, periodista especializada en La Habana de la colonia y la república, investigadora, crítica literaria, guionista de cine, radio y televisión
Esta entrada fue publicada en Uncategorized y etiquetada , , , , , , , , . Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s