¿LA HABANA CIUDAD-MARAVILLA? CON ORGULLO DE SER HABANERA Y…MARAVILLOSA*

¿QUE NO ES UNA CIUDAD-MARAVILLA?

¡¡¡PUES CLARO QUE LO ES…

…A PESAR…

… DE TODO!!!

La Habana es una ciudad sin deudas: no debe a nada ni a nadie su intensa magia, como no sea a Dios, al Caribe y, por supuesto, a los habaneros que pobres, dolientes y tristes, o ricos, satisfechos y alegres, todos mezclados, han sido y serán siempre el alma y la poesía de su ciudad.

Cuando La Habana fue seleccionada Ciudad Maravilla la noticia me desconcertó profundamente, porque ¿cómo puede ser una maravillosa una urbe con tantas zonas en un estado tal de ruina que parece haber sido bombardeada con ensañamiento y alevosía, donde los basureros colectivos florecen con más fertilidad que los frutos de la tierra, donde existen niveles de miseria que abruman el espíritu, donde el tiempo parece haberse detenido, pero no en un año cualquiera del pasado, sino en una especie de limbo maloliente en el que la violenta grosería de muchos de sus pobladores es una de las formas de agresión no bélica que más desmoraliza al ciudadano decente…? Pero leo que La Habana obtuvo esa nominación por millones de votos en el mundo entero. Entonces pienso que debo tratar de analizar el tema no con la sensibilidad desolada de un habanero de a pie que sufre cada día su ciudad, sino con los ojos de la especialista que soy en La Habana Colonial y Republicana.

La Habana es una de las ciudades más antiguas del Nuevo Mundo, aunque no la más antigua, como se suele repetir. Las urbes con tanto pasado tienen también mucha historia, y el tiempo les ha dado la oportunidad de reinventarse varias veces. Como resultado de estas reinvenciones, siempre dictadas, en el caso de La Habana, por el desplazamiento de un sector social pudiente que busca alejarse de la infiltración de los márgenes hacia el centro —y anhela, además, la elegante soledad de los paisajes bellos y exclusivos, sinónimo de vacíos—, tenemos lo que pudiéramos describir como varias ciudades dentro del área geográfica que, por convención, se llama La Habana. Cada una de estas Habanas lleva el sello de la moda arquitectónica del momento en que fue proyectada y edificada. Así, La Habana Vieja y Centro Habana muestran en sus imponentes palacios y mansiones coloniales la impronta de los estilos del sur de España, donde la escasa lluvia hace innecesario el crecimiento de los aleros en las ventanas, el sol a plomo exige los soportales y los patios interiores con árboles y fuentes salvan al hombre de los calores tórridos.

El Cerro, con sus boscosas quintas que abrigaron en su profunda intimidad a los linajes más prominentes de su tiempo, muestra un eclecticismo que va desde amalgamas arcaicas con enormes soportales acintados de columnas y habitaciones resguardadas por mamparas preciosas, hasta viviendas en las que aún puede reconocerse la impronta de la arquitectura descomplicada norteamericana, concebidas para profesionales que no permanecerían mucho tiempo en el país y para quienes era vital conseguir brisa y sombra donde sentarse a beber limonada o wisqui, según se tratara de señoras o caballeros. Y en medio de estos edificios suntuosos (o modernos para la época) proliferaban las casuchas humildes, los garitos y lupanares que terminaron por desbordar el espacio permisible y obligaron a emprender nueva fuga a los afortunados socales, esta vez hacia El Vedado.

El Vedado fue diseñado según los principios arquitectónicos de la Ciudad Jardín, un concepto proveniente de Barcelona, afirman algunos especialistas que solo miran la abundancia de verdor, y por un diseño proveniente de los Estados Unidos, aseguran otros especialistas que prestan más atención a procedimientos normativos como aceras anchas, parterres y muros altos, concebidos para alejar las fachadas de las calles y resguardar la intimidad de la vida familiar. Fue en sus orígenes una zona boscosísima cuyo acceso las autoridades coloniales debieron restringir, para impedir que los piratas recibieran ayuda de los pícaros habaneros en sus frecuentes incursiones costeras y pudieran llegar al corazón de la urbe para contrabandear y… otras desvergüenzas. A finales del siglo XIX hacía las veces de paseo extracitadino veraniego para los habaneros, quienes iban en coche y a caballo las tardes de domingo y bajaban hasta los pueblos costeros de pescadores a comer ostras y mojarse los pies en las limpias aguas del Caribe. Al término de la última Guerra de Independencia, El Vedado albergó a soldados y oficiales provenientes del licenciado Ejército Mambí, quienes construyeron, los unos, ranchos con techos de tejas que aún pueden verse hoy, y los otros, moradas grandes capaces de albergar a la tradicional familia cubana compuesta por varias generaciones, y cuyos muros cubiertos de verdín impiden, aún en nuestros días, atisbar lo que sucede más allá de sus piedras viejas. Pero pronto fue descubierto como lugar delicioso por una alta burguesía que estrenaba el automóvil, surgió el refinado hotel Trotcha y la zona no tardó en cubrirse de suntuosos palacios y palacetes, como los de los marqueses de Revilla de Camargo y los Baró Lasa. Aquella fue la época de oro del nacimiento de la República hasta los felices años veinte. Políticos de alto rango edificaron en El Vedado sus villas de estilos arcaicos europeos, como el Ministro y prominente académico Dr. Orestes Ferrara, alto oficial del mambisado, y su Dolce Dimora, un palacio florentino con todas las de la ley erigido en las cercanías de la Universidad. Por esa fecha florece en El Vedado y sus alrededores el Art Deco, no al extremo de la mexicana Avenida de Mazatlán en el Distrito Federal, considerada el mayor emporio de ese estilo en el Nuevo Mundo, pero tenemos un Art Deco interesante y eso es indiscutible. Sin embargo, cuando la cultura norteamericana impuso los rascacielos y los edificios de apartamentos dúplex y propiedades horizontales con alquileres elevados, destinados a profesionales y propietarios, como el Focsa, por solo citar un ejemplo, una vez más la alta burguesía emprendió la fuga, esta vez hacia Miramar.

Para muchos Miramar comienza en la famosa Casa Verde, cuya historia ha dado lugar a tantas leyendas que valdría la pena escribir algún día una novela sobre ella. La Quinta Avenida con su reloj espectacular es el emblema por excelencia de esta nueva urbanización, en la que los estilos arquitectónicos más modernos de su tiempo se conjugaron con todo el esplendor que la muy grande riqueza de Cuba permitía entonces. Chalets de lujo con piscinas y bares interiores y salones de juego; fachadas decoradas con esculturas abstractas, jardines de ensueño y cristalerías que permiten ver por sobre los tejados bajos los atardeceres cayendo sobre el mar, los carposh con autos de marcas lujosas, los clubes selectos con fondeaderos para los yates de los miembros más ilustres y poderosos… Miramar es La Habana de los potentados, de los dueños de Cuba, de los que cuentan, los socios comerciales del “amigo americano”. Una joya que se conserva casi indemne y contiene en su seno la Escuela Nacional de Arte, ese tesoro arquitectónico erigido después de 1959 y que es uno de los mayores de Cuba. Pero la alta sociedad, que pareciera perseguida por el mimetismo de la clase que le sigue inmediatamente debajo en la pujante pirámide social habanera, tiene que huir nuevamente amenazada por la invasión de quienes vienen de El Vedado, que ya no es el marco de moda adecuado para las nuevas fortunas. Y se construyen así repartos como el Biltmore y Siboney, cada vez más lujosos, cada vez más inaccesibles. La Habana no para de expandir su vientre henchido, como una mujer preñada que no cesa de parir nuevos retoños. O como un pulpo, según otros observadores y estudiosos, porque no solo se expande hacia delante, sino hacia los costados. Un ejemplo es el precioso reparto Lutgardita, construido por el Presidente Gerardo Machado, de macabra memoria, para albergar a su madre y a su amante. Ubicado en los alrededores del aeropuerto José Martí posee los eucaliptos más fragantes que he visto en la ciudad, y en sus calles techadas por árboles cuyas frondosas copas se entrelazan de una acera a la otra, la luz del sol forma extrañas figuras que hacen sentir al paseante inmerso en un mundo de hadas y otras extrañas, pero siempre poéticas apariciones.

En fin, que La Habana es ella sola un libro de arquitectura más completo e ilustrativo que la mejor multimedia concebida para las altas universidades del Primer Mundo, y en este sentido es realmente una ciudad inabarcable e infinita, a la que en nada desluce que la catedral mexicana de El Zócalo, con sus apabullantes toneladas de oro, deje a la nuestra reducida a un templo casi de aldea. Además, La Habana tiene su luz, más bien su fulguración, aunque también se habla de la luz de Atenas, la de París…, en fin. Pero la nuestra es también muy hermosa, quién lo duda, y es una luz mágica. Siempre he creído que la vehemencia de los amores y la sexualidad de los habaneros son la consecuencia de esa luz que todo lo transforma en plata fúlgida. Bésese con alguien en La Habana, será una experiencia inolvidable.

Pero ya que los votantes que consideran La Habana como una Ciudad Maravilla precisan que su mejor caudal es el humano, hablemos un poco de los habaneros, lo cual es muy difícil, porque el habanero como categoría epistemológica dejó de existir hace décadas, y tal vez nunca existió, porque no se debe olvidar que La Habana es un puerto de mar con todas las características de los puertos de mar del mundo entero, o sea, con una población de tránsito que viene y va dejando su huella genética en todas partes.

Si abrimos el catálogo de la población “habanera”, encontraremos enseguida que no hay individuos más diferentes tanto física como conductualmente que el típico habitante de La Habana Vieja y Centro Habana, mestizo de español, africano y chino con toques hebreos y árabes por aquí y por allá, especulador, comerciante y pícaro redomado; el vedadense intelectualoide que siempre viste a la moda y el nativo de Guanabacoa, cuya población actual desciende de nuestros aborígenes concentrados en esa villa por las autoridades coloniales, y cuyos rasgos somáticos se conservan hoy con una fidelidad asombrosa. Por otra parte, para el ojo entrenado no es imposible distinguir entre los “habaneros” a los pinareños educados, amabilísimos y modestos; los matanceros finos y ensimismados (con los ojos más soñadores de la isla); los villaclareños refinados, cultos y elegantísimos; los camagüeyanos disciplinados y eficientes, siempre orgullosos de sí mismos y con motivos reales para estarlo; los cienfuegueros arrogantes y soberbios, convencidos de que su ascendencia francesa los coloca en un lugar prominente entre los cubanos de la isla; y varias categorías de orientales, que van desde los holguineros — muchos de ellos muy blancos, pelirrojos y ojiverdes— quienes pretenden erigirse en capital de Cuba, hasta los santiagueros despiertos y habilísimos (con una acentuada vocación de mando que les viene, seguramente, de que sus montañas fueron la cuna de nuestras Guerras de Independencia), pasando por ese biotipo característico que algunos llaman montuno, representado por individuos de poca estatura y piel muy trigueña, complexión robusta y musculosa y cráneos chatos, a quienes los demás “habaneros” llaman palestinos, y que poseen increíbles capacidades de adaptación y sobrevivencia aún en las circunstancias más hostiles. Y por supuesto, La Habana tiene la más nutrida y variada población afrodescendiente del país, en la que los tipos están muy mezclados, pero aún se pueden distinguir —más o menos— los cuerpos majestuosos y magníficos de las naciones mina y mandinga de los pequeños y robustos de los congos, junto a los tipos muy delgados y de poca estatura del negro criollo, mestizo de todos los negros que en el Caribe han sido.

El habanero, en fin, es infinito. Pero tiene en común esa alegría superficial que lo mantiene riendo aún en medio de los peores conflictos; la vocación por el comercio en absolutamente todas su manifestaciones, desde las tiendas lujosas de la calle del Obispo, pasando por complejos comerciales como el de Carlos III, las mesitas de portal que venden cositas risibles y útiles, y los buhoneros callejeros hasta el pintoresco (y peligroso) emporio llamado La Cuevita, en las afueras de San Miguel del Padrón, donde, como dice el dicho popular, usted podrá encontrar quien le venda hasta un muerto ya seco pero todavía con espejuelos. Y la astucia.

El habanero no es desinteresadamente rumboso y hospitalario como el oriental, pero algo le queda de un pasado donde se vivía en las casas de familia con mesa abierta aunque se fuera pobre. Mas si puede hacer de su vivienda un lugar que produzca algún tipo de ganancia lo hará sin vacilar, ya sea instalando en ella una paladar, un centro de videojuegos o un lugar a donde invitar al amigo turista a tomarse una cerveza. Lo que mejor sabe hacer el habanero es producir riqueza y… almendrones.

El habanero es creyente, pero no católico, como ya dijo en su momento el muy esclarecido Monseñor Carlos Manuel de Céspedes, y en su casa es posible encontrar un altar donde se mezclan ídolos afrocubanos con cruces y cálices de la iglesia católica y estampas de Buda y Sai Baba, junto con símbolos del reiki y el Dragón Rojo chino sobre una estera con el símbolo pintado del yin y el yang, sin que falte, por supuesto, la bóveda espiritual con sus siete vasos de agua, presidida por la foto del muerto familiar servido por una copa de agua pura en la que nada un crucifijo, para que la bóveda no sea “judía”. En La Habana, como en cualquiera de las grandes urbes del mundo civilizado, el visitante foráneo no echará de menos un templo de la confesión a que pertenezca, cualquiera que esta sea: hasta tenemos un templo Bajai. En ese sentido somos como los antiguos griegos, y solo nos falta erigir en el Paseo del Prado una estatua al Dios Desconocido, que tal como va el mundo, pudiera ser Alien, el octavo pasajero.

El habanero —estadísticamente, que conste—, no es muy bien educado que digamos (matará por colarse en una cola de cualquier cosa, por ejemplo, o por quitarle a usted su asiento en un ómnibus, y gesticula y grita más que nadie, además de tender sábanas en los balcones), pero entre el choteo —del que es maestro— y la simpatía natural que le rezuma por los poros (se muere de ganas de agradar porque es el cubano que tiene más interiorizado aquello de que es preferible estar muerto que caer pesao), resulta un tipo tan simpático que el resto de sus muchos defectos se torna invisible para el visitante. Y desde luego, como sucede con el resto de los cubanos, el habanero —puede que más que los cubanos de otras provincias y menos que los cienfuegueros y los holguineros— se las sabe todas, habla de todo, opina sobre todo con tremenda autoridad y le importa un bledo lo que piense su interlocutor: es él y solo él quien tiene la razón, el dueño de la verdad, el poseedor de “la bola”. El habanero tiene teorías estrictamente personales sobre todo. Eso lo hace un ser tremendamente divertido, qué duda cabe, solo hay que dejarlo hablar y se monta un circo que el Cirque du Soleil se queda chiquito a su lado. Y si se encuentra con un interlocutor que tiene potencial para vencerlo, simplemente lo chotea y ya. Lo cubre de ridículo. Victoria. Nunca olvido un vuelo desde Cancún a La Habana en que yo tuve cierta diferencia con las aeromozas mexicanas, y aún teniendo ellas la razón los integrantes del Ballet de la Televisión, quienes viajaban en el mismo vuelo, se solidarizaron conmigo y empezaron a gritarles a coro a las aeromozas: “¡Dale, cállate ya y ve a ponerte un poco de maquillaje en esa cara, que pareces una rata pálida!”. Ni que decir tiene que las mexicanas se batieron en retirada rumbo a la cabina del piloto y no me fastidiaron más. Antológico.

En fin, que he intentado escribir sobre La Habana con un poco de humor, pero yo soy una habanera que ama su ciudad con todos sus defectos, sus basureros, sus pesaos y la superficialidad indolente del trópico. Cuando se les pregunta a los españoles a que les huele La Habana, responden sin dudar que huele a gas. A los franceses nunca les he preguntado porque están habituados a las rotundas fetideces del Sena. A los canadienses no se les pregunta, porque siempre andan tan risueños y constelados con todo lo que ven que da pena sacarlos de ese estado de euforia natural en el que caen en cuanto salen de su país. Los italianos están familiarizados con la basura napolitana, las putrideces del Tíber y los canales venecianos, así que no encuentran grandes diferencias en La Habana y siempre dicen que todo está como debe estar, lo cual es una respuesta muy sabia digna de un pueblo que tiene detrás dos mil años de cultura, como dijo en cierta ocasión Federico Fellini. Ahora ya podré preguntarles a los norteamericanos, pero como son tan educados no sé si creerles lo que me respondan. No importa: a mí La Habana me huele a mar, y el viento salobre del Malecón es para mi nariz el perfume más entrañable que existe. Una tarde en el jardín de Madre Teresa de Calcuta, donde Eusebio Leal ha instalado su cementerio particular de personalidades ilustres tal y como se acostumbraba en la Colonia, tan cerca de la Iglesia Ortodoxa Griega y de esa impresionante escultura que es La Mesa del Silencio, no la cambio yo por ninguno de los lugares que he visitado en el mundo, aunque le haga competencia muy de cerca la isla de Madeira, sembrada en mi corazón como un árbol del Paraíso Perdido.

Aunque a tantos habaneros nos resulte incomprensible que La Habana haya merecido ser nombrada Ciudad Maravilla, hay que reconocer que La Habana lo merece. ¿No está acaso repleta de los contrastes más violentos y absurdos? ¿No es la propietaria indiscutida de un tiempo que se congeló desde hace mucho y es ahora un bucle estático donde solo giran los vientos y los insectos, pero tiene, sin embargo, una de las vidas culturales más movidas de Latinoamérica? ¿No somos la capital del Cine Latinoamericano y del mejor Ballet del Nuevo Mundo? Enumerar contrastes resultaría una lista que se me escaparía de las manos por su riqueza. Pero dejemos de estar sorprendidos por la nominación y busquemos en un Diccionario lo más actualizado posible la definición de Maravilla. Ofrezco aquí un extracto del concepto, del que eliminé los significados referentes a la botánica:

Suceso o cosa extraordinaria que causa admiración. Acción o efecto de maravillar o maravillarse. […] Ser muy extraordinario o admirable. Ser singular y excelente.

Desde luego que La Habana y los habaneros tenemos que causar admiración al resto del mundo, si somos más difíciles de matar que las cucarachas. Desde luego que la ciudad y sus pobladores somos extraordinarios, en el sentido de que no hay nadie como nosotros en el planeta, locos y diestros al mismo tiempo, tan por completo más allá del Bien y del Mal. Por eso somos admirables, singulares y… ¿por qué no también excelentes…? ¿Acaso no estamos aquí todavía, contra viento y marea? Según las leyes de cierta lógica ya deberíamos ser un espejismo en el desierto. Pero somos una Ciudad Maravilla. ¿No es un milagro que merece cualquier nominación?

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*Pido perdón a los autores de las fotografías que he usado para ilustrar este trabajo, pero busqué tanto en Internet y tan febrilmente que ya no recuerdo dónde las fui encontrando. De todos modos, debo decirles lo mucho que me gustaron, aún cuando la resolución de alguna no es óptima. De verdad, las escogí por puro amor. Perdón, perdón, perdón…

 

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Acerca de Gina Picart

Soy escritora, periodista especializada en La Habana de la colonia y la república, investigadora, crítica literaria, guionista de cine, radio y televisión
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