Ecos de Ciudad Gótica en La Habana

Recientemente, mientras buscaba en Internet fotografías para graficar un trabajo sobre la nominación de La Habana como Ciudad Maravilla, encontré muchas imágenes que llamaron poderosamente mi atención, pero ninguna tanto como esta, oscura, sombría pudiera decirse, y totalmente incoherente:

061-783433Una pasadita por Photoshop me la aclaró bastante, pero no lo suficiente como para distinguir con propiedad los últimos planos de la imagen:

estudioSe trata, como puede verse aún con dificultad, de un interior en el que se puede suponer, al fondo, la presencia de una ventana de doble hoja y persianas de postigos, tal vez protegidos por cristales opacos. La resolución no es óptima, pero la forma rectangular de la estructura y un tenue resplandor que penetra a través de ella permite creer que se trata de luz exterior. Hasta donde alcanzo a ver no se aprecia una puerta. El local mismo es una habitación dividida por arcadas cuadradas, con arquitrabes y vigas gruesas. Un tubo fluorescente colocado en el techo ilumina escasamente el lugar y deja ver los cables que cuelgan de las vigas sin más destino que flotar en el vacío a distintas alturas. Hacia la izquierda cuelga también del techo una bandera cubana. No entiendo qué hace ahí, pero está y es una de las incógnitas que me ofrece este lugar tan extraño.

Al pie de lo que yo he supuesto una ventana se ven una escuálida escalera de mano y otras estructuras sobre el suelo que no puedo distinguir, no sé que son, pero hay un viejo ventilador fijo de careta cuadrada, matusalénico. Siguiendo por la pared de la derecha (la del observador de la foto, que se supone está ubicado frente a la pantalla), hay como especie de varios carteles apilados de canto sobre el suelo de cemento gris, junto a una estructura que pudiera ser alguna especie de librero o algún tipo de soporte para objetos. Sigue una endeble mesita muy deteriorada con una escoba delante que parece sacada del féretro de una bruja antigua, pero debe entenderse que sería no demasiado antigua, porque es plástica. Rectifico: se trata de una escoba muy gastada por el uso. Sobre esta mesita sucia hay una botella volcada, parece de cristal pero está tan cubierta de polvo como todo aquí dentro. Sigue una estructura en la pared, de madera, en forma de L, sobre la que parece haber cosas pintadas, y enseguida un grupo de viejas máquinas de escribir de diferentes modelos que han sido colgadas de la pared del techo al suelo con cierto orden. Alguna son modelos soviéticos. Inmediatamente después se ve una especie de nicho en la pared en el que alguien empotró repisas de madera. Hay tres: la primera de arriba soporta varias tallas en madera que no parecen terminadas; en la repisa que le sigue se ven unas figuras que parecen casitas de barro de cerámica coloreada, aunque podrían ser cualesquiera de los objetos de fantasía que aparecen en Ciudad Animada en el filme Quién engañó a Roger Rabbit. Y en la tercera y última repisa, casi pegada al suelo, duermen el sueño de Blanca Nieves seis teléfonos viejísimos blancos, rojos y negros, colocados de modo que los colores se alternen y nunca se vean juntos dos iguales. Frente a estos estantes improvisados, y ya en franco primer plano, aparece una talla en madera abstracta que solo se aprecia hasta su mitad, ya que la foto está cortada.

En la pared de la izquierda y delante de la bandera cubana, lo primero que atrae la mirada es un retrato sin marco en la pared, una cabeza monócroma en grises sobre fondo oscuro, negro, no podría asegurarlo. ¿Un óleo? Pudiera ser, o un trabajo con alguna otra técnica. Una vez más la baja resolución de la fotografía impide apreciar los detalles, pero se ve que es una cabeza calva. Bajo el cuadro hay un librero tosco, de tubos metálicos, con rollos de cartulina y libros o carátulas de discos, muchos, apretujados. Frente a este mueble hay una especie de pupitre de hierro con espaldar de cabillas artísticamente curvadas, pintadas de blanco como en los muebles de jardín, pero la paleta es de madera, parece bagazo. Luego, en primer plano, uno de esos conjuntos de mesa y sillas de plástico unidos entre sí mediante tubos de metal. La mesa es una plancha de mármol sobre una estructura de hierro, y las sillas tienen asientos plásticos blancos, pero espaldares también de tubos de hierro pintados de negro. Esos jueguitos son muebles de jardín o merendero, o de café o pizzería al aire libre, estuvieron de moda en La Habana hace décadas. Y no hay uno, sino dos o más, quizá tres, pero la imagen cortada no me deja descubrir su número. El que se ve más completo tiene sobre el mármol un pepino verde de refresco vacío, puede que de limón, una lata de refresco o cerveza y alguna clase de recipiente de cerámica vidriada para beber.

Es todo lo que alcanzo a visualizar.

Siento que en ese sitio huele a moho y a humedad y reina un calor sofocante, como suele ocurrir con viejos inmuebles de La Habana Vieja en parte ruinosos. No hay en la imagen nada que sirva como indicio para presuponer en qué parte de la ciudad se encuentra esa estancia. ¿Qué es, en realidad: el estudio de un escultor o un pintor o alguien con los dos oficios? ¿O se trata de una especie de almacén de trastos, de cuarto de desahogo? ¿Fue un local del Estado donde trabajaban artesanos…? ¿Qué habrá en el espacio que la cortadura de la imagen no nos deja ver, pero que existe, sin duda, en el mundo real? ¿Vive acaso alguien en este lugar? Todo son preguntas inquietantes. ¿Quién ha amontonado allí esa cantidad de objetos sin ninguna relación entre sí? ¿Vive todavía quien llevó todas esas piezas a esa especie de escondite? Si es un estudio, ¿qué artista es el dueño y por qué todo parece sugerir que desde hace mucho tiempo nadie entra allí? Me recuerda esas escenografías que la gente se vio en la necesidad de abandonar de repente un día, y después nadie volvió. ¿De quién era este lugar? ¿Dónde está el dueño, por qué no regresa, qué actividad de hacía aquí?

Solo he escrito estas reflexiones para mostrar cómo algo tan simple como una fotografía es capaz de despertar la imaginación y de agitar la sensibilidad y la curiosidad de otros individuos que nada saben del asunto. Es así como opera la magia del arte: abriendo el espíritu y estimulando la fantasía hasta un punto en que se despierta el proceso creativo o el estado inspirado receptivo. Uno se acerca por casualidad a una fotografía donde el lente capturó más que un momento de la vida, y queda atrapado por la magia de lo incomprensible, de lo abierto a toda posibilidad, al potencial infinito de la fabulación creadora.

Estos lugares fantasmales que no siempre están a la vista, conservan un aura de misterio que aporta a la ciudad un encanto que difícilmente se podría explicar. El lugar es viejo, quién sabe desde cuándo se encuentra deshabitado, pero tiene un alma que ha permanecido en lucha contra el tiempo, y nos habla en un lenguaje secreto del que la mayoría de nosotros no somos conscientes. ¿Estamos en presencia de un espacio perteneciente a la Ciudad Gótica del subdesarrollo…? No pases de largo, solo mira a tu alrededor y se te revelarán mundos.

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Acerca de Gina Picart

Soy escritora, periodista especializada en La Habana de la colonia y la república, investigadora, crítica literaria, guionista de cine, radio y televisión
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