Memorias de mis cangrejos moros

Este es el dulce culpable del montón de muelazos que se ha llevado tanto bañista distraído.

La primera vez que mis padres me llevaron a pasar unas vacaciones en la playa cubana de Arroyo Bermejo*, los cangrejos moros me persiguieron desde que íbamos por la carretera hasta el último día de nuestra estancia en la cabaña. Inundaban el asfalto y crujían cuando las ruedas del auto aplastaban sus caparazones. Ninguno se quitó, se inmolaron en masa como los Trescientos de Leónidas el Espartano. Dejamos atrás una pasta color berenjena que revolvía el estómago, y un reguero de muelas que daba grima.

Dentro de la cabaña nos acechaban por todas partes, como si nos consideraran okupas de un espacio que les pertenecía. Los encontrábamos en los closets escondidos entre los zapatos, dentro de las chancletas de mi papá, en los potes de cold cream de mi mamá, en los cacharros de la cocina y en las toallas que se nos quedaban en las tumbonas del portal. Y si tirábamos en el suelo las colchonetas para que pudieran dormir más amigos visitantes, de madrugada siempre había gritos de espanto, porque los cangrejos caminaban sobre los durmientes y los mordían.

Sin embargo, los cangrejos moros tenían su poesía: de noche, en la costa oscura, se veían unas lucecitas como pequeños fuegos fatuos que se movían al borde del agua. Me dijeron que eran los cazadores de cangrejos, que se alumbraban con sus fanales. Muchos años después volví a ver el mismo espectáculo semejante a una lluvia de estrellas fugaces que bajaran a beber entre las olas, mientras paseaba de noche por Playa Baracoa, esta vez llevando a mi hija en unas breves vacaciones que pasamos allí en familia.

Este ranchón de Arroyo Bermejo se conserva igual a como lo vieron mis ojos de niña, y recuerdo que por esto caminitos blancos se podían ver a cualquier hora del día cangrejos moros en fila, yendo disciplinadamente para quién sabe dónde…

E n esta costa de Playa Baracoa vi de niña a los pescadores de camgrejos llenar la noche de pequeñas llamitas luminosas

Una hermosa vista de Playa Baracoa, aunque las hay mucho más bellas

E n este mismo lugar mi hija, mi esposo Benigno y yo estuvimos contemplando a los cazadores de cangrejos una noche de 1994

Nada, que los cangrejos moros son para mí un símbolo que asocio a la salvaje belleza del mar y al encanto de las vacaciones, la familia y el amor.

El cangrejo moro, también llamado cangrejo de piedra Menippe mercenaria, es un crustáceo del Orden Decápoda que habita en fondos duros, con solapas, rodeado de seibadal ó substratos de sedimentos de fango arenoso. Al cangrejo moro se le asocia en Cuba con Caibarién e Isabela de Sagua, allí se pescaba mucho antes de la Revolución y de esos pueblos venían a las cocinas de los restaurantes habaneros, donde eran servidos como platos de lujo.

Según escribe Palmiro Cantaclaro Oliva, “en Caibarién existían unos 25 empresarios de pesca principales, que controlaban alrededor de 500 barcos de distintos tipos y unos 1000 pescadores. La mayor parte de estas embarcaciones tenían menos de 21 pies de eslora, eran propulsadas a vela y carecían de lo más elemental para asegurar la vida en el mar y brindar condiciones adecuadas de trabajo y descanso a los pescadores, por lo que tenían muy baja productividad y realizaban salidas diarias al mar. Otros podían permanecer en sus faenas durante meses, viviendo precariamente en la cayería, o regresar a puerto con sus capturas al cabo de unos pocos días. Solo 8 embarcaciones de mayor porte se dedicaban a la pesca con chinchorro y 3 realizaban la pesca en el alto, llegando a cruzar el Canal Viejo de Bahamas para pescar en aguas internacionales”

Los cangrejos moros suelen ser grandes, pero hay ejemplares gigantes, como el encontrado en aguas cubanas por una turista alemana,. Sebastián, como fue bautizado, pesa casi siete kilos y mide 38 centímetros de ancho. ¿Cuántos sabrosos platos podrían prepararse con uno de estos ejemplares?

Sebastián es raro, pero no único. Diviértete, busca tu gigantón,llévate un Sebastián pa tu caldero.

Aquí dejo algunas recetas que harán las delicias de quienes gusten de este bicho. Yo no, a mí no me gusta.

Variante 1
INGREDIENTES: Cangrejo moro, jaibas, salsa criolla, picante, sal.
PROCEDIMIENTO:
Se sacan las masas, se hierve, se monta una salsa criolla con picante y se le adiciona a gusto.
Variante 2
Enchilado de cangrejos. (Chupa chupa)

INGREDIENTES: cangrejo, ajo, ají, cebollas, salsa de tomate.
PROCEDIMIENTO: El cangrejo se lava y se toman las masas del pecho y se cocinan en un sofrito con ajo, ají cebolla y abundante salsa de tomate

Cangrejos Rellenos

“Se toman 4 cangrejos moros y se cocinan en agua hirviente a la cual se le ha añadido 1 cucharadita de vinagre y 1/2 cucharadita de sal. Tenga cuidado de no romper los caparachones.

“Relleno:

“Sauté en un sartén 2 cucharadas (tablespoons) de mantequilla, un diente de ajo y perejil (parsley) picado. Añada la carne del cangrejo bien desmenuzada, 1 taza de migas de pan, 1/2 cucharadita de sal, 2 cucharadas de agua. Cuézalo todo diez minutos revolviéndolo todo constantemente. Sáquelo del fuego y rellene los caparachones con esta mezcla, espolvoréelo con galleta molida y trocitos de mantequilla, y póngalos al horno hasta que se doren. Para 4 raciones.”

No sé a qué receta corresponde este plato, pero ¿verdad que da muy bien la idea de lo rico que es el cangrejo moro cuando somos nosotros quienes le mordemos a él?

Idem...

Pero no se piense que el cangrejo moro solo entusiasma al estómago. También la poesía se ha visto más o menos invadida por ellos, miren si no algunos ejemplos. El poeta asturiano Alfonso Camín tiene unos versos muy cubanos que dicen:

Mulata, tú sabes bien
que yo te amé como un toro
olías a cangrejo moro
de Sagua y de Caibarién.

Y también he oído una guaracha con el siguiente estribillo:

El cangrejo moro no tiene ná
hueso, hueso namá.

Contrariamente a la creencia popular de que al cangrejo hay que matarlo para quitarle las muelas, lo cierto es que existen técnicas para el desmuele que dejan vivo al animal y en condiciones de regresar al mar. Las muelas vuelven a crecer.

*Una aclaración necesaria: Los recuerdos de los niños pueden ser muy exactos en los detalles y vagos en la generalidades. Arroyo Bermejo se encuentra al este de la provincia de La Habana, y parece que muy cerca de Jibacoa, que también visité bastante en mi adolescencia. Me parece que Arroyo Bermejo aún hoy conserva un ambiente más natural, mientras que Jibacoa está como más trabajada para el turismo. Viendo fotos de Arroyo Bermejo me ha parecido identificar rincones que se conservan como mismo los vi cuando era una niña, y esto me parece maravilloso. Una vez más ofrezco excusas por usar fotos de otras personas, pero a veces hablo de tiempos en los que no existían los celulares ni las cámaras digitales, sino cámaras rusas en blanco y negro, y tampoco tuve de esas.

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Acerca de Gina Picart

Soy escritora, periodista especializada en La Habana de la colonia y la república, investigadora, crítica literaria, guionista de cine, radio y televisión
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