Entre cubanos…

Enfermarse y guardar cama tiene, en ocasiones, sus ventajas, entre las que se encuentra la

La Dra. Graziella Pogolotti en la presentación de su libro Polémicas culturales de los sesenta. A su lado el crítico Ambrosio Fornet

La Dra. Graziella Pogolotti en la presentación de su libro Polémicas culturales de los sesenta. A su lado el crítico Ambrosio Fornet

posibilidad de dedicarse a leer y releer, y hasta cruzar lecturas, pues hay lectores voraces que pasan su enfermedad leyendo varios libros a la vez, de donde resultan, a veces, tremendas sorpresas. Acaba de sucederme con los títulos Entre cubanos, del gran etnólogo don Fernando Ortiz, y la segunda edición de Polémicas culturales de los sesenta, de la Dra.Graziella Pogolotti.

No soy una estudiosa profunda de la obra de Ortiz, y lo reconozco como una insuficiencia muy grande en mi autoformación cultural, por ser él el más grande antropólogo cubano y yo, desde mi adolescencia, alguien tan fuertemente inclinada a los estudios antropológicos. Apenas había leído Los negros brujos, Los negros esclavos, Contrapunteo cubano del tabaco y el azúcar y algunos artículos y conferencias.

Ortiz

Don Fernando Ortiz

Comparto ahora con mis lectores un breve repaso a la biografía de don Fernando Ortiz, quien nació en La Habana en 1881, pero a los dos años de edad fue llevado por su familia materna a la isla española de Menorca, y allí permaneció hasta su adolescencia. Comenzó la carrera de Derecho en la Universidad de La Habana, se licenció en la Universidad de Barcelona y obtuvo su Doctorado en Madrid. De regreso a La Habana trabajó como profesor en la Universidad capitalina durante nueve años, en las asignaturas de Derecho Constitucional y Economía Política. Durante una larga estancia en Italia fue discípulo de Cesare Lombroso, considerado el padre de la Criminología. Desde muy joven ejerció cargos diplomáticos en representación de Cuba en España, Italia y Francia. Fue miembro del Grupo Minorista, de tan grande importancia en la cultura republicana y líder en la resistencia antimachadista. Amigo de las figuras más representativas de la cultura hispanoamericana de su tiempo, fue etnólogo, antropólogo, jurista, arqueólogo, periodista, criminólogo, lingüista, musicólogo, folklorista, economista, historiador y geógrafo, lo que le valió el calificativo de polígrafo. Creó el concepto de transculturación, considerado como uno de los mayores aportes a la antropología cultural. Fundó, dirigió y colaboró en varias revistas científicas cubanas y extranjeras cuya enumeración haría demasiado extenso este artículo. Fue miembro y llegó a presidir la Sociedad Económica de Amigos del País; con don José María Chacón y Calvo de la Puerta, aristócrata y reconocido académico cubano, fundó la Sociedad del Folklore Cubano; estuvo entre los fundadores del Instituto Panamericano de Geografía; fue miembro y Presidente de la Academia de la Historia de Cuba; fundó y dirigió la Sociedad Hispanoamericana de Cultura, la Sociedad de Estudios Afrocubanos y el Instituto Cubano-Soviético. Su labor periodística se desarrolló en relevantes órganos de la prensa cubana como El Diario de La Marina, El Fígaro, El Cubano Libre, Bohemia, Heraldo de Cuba, La Gaceta de Cuba, Casa de las Américas y otros, y en publicaciones internacionales. Recibió el título de Doctor Honoris Causa por las Universidades de Columbia, Cuzco y Santa Clara. Entre su vasta obra investigativa se encuentran los títulos  ya citados y otros como Las rebeliones de los afrocubanos, La reconquista de América, Entre cubanos, Hampa afrocubana, La santería y la brujería de los blancos, Los negros curros, Los cabildos afrocubanos, La crisis política cubana: sus causas y remedios, Catauro de cubanismos, Contrapunteo cubano del tabaco y el azúcar, Los factores humanos de la cubanidad, El engaño de las razas, Historia de una pelea cubana contra los demonios y varios tratados sobre la presencia de elementos afrocubanos en la música de Cuba. Fue el precursor de los estudios de la cultura afrocubana y uno de los pilares fundamentales de la cultura cubana no solo en la República, sino de toda nuestra historia. Murió en La Habana en 1969.

Polémicas culturales de los sesenta (editorial Letras Cubanas), con un ilustrativo aunque —en mi humilde opinión— muy intencionalmente incompleto prólogo de Graziella Pogolotti, es una selección de textos publicados en la década mencionada en la revista Cine Cubano, la sección “Aclaraciones” del periódico Hoy, La Gaceta de Cuba y otros órganos de prensa habaneros. Estas polémicas comenzaron a raíz de Conclusiones de un debate entre cineastas cubanos, un documento hecho público por un grupo de artistas del ICAIC (varios de ellos habían realizado estudios de cine en Europa), quienes se habían reunido con intención de debatir y, en lo posible, unificar criterios en torno a algunos temas cruciales relacionados con la nueva ideología aportada por el advenimiento al poder de la Revolución triunfante de 1959. Ya habían tenido lugar el famoso discurso de Fidel conocido como Palabras a los intelectuales, la tan comentada censura del documental PM y el cierre de Lunes de Revolución. El grupo del ICAIC, liderado por Alfredo Guevara, Presidente de esa

Alfredo Guevara

Alfredo Guevara

Institución, contaba entre sus nombres a los más importantes cineastas del momento y que hoy son los clásicos indiscutidos del cine nacional y latinoamericano. El punto principal, manzana de discordia: el rechazo de los intelectuales cubanos a que el Consejo Nacional de Cultura, cuya Dirección estaba integrada por militantes del Partido Socialista Popular (PSP), donde se nucleaban los comunistas isleños, implantara por decreto la radicalización del arte y el realismo socialista como único estilo formal acreditado y posible para los creadores de la isla, como ya había sucedido en la Unión Soviética de Stalin. Intervinieron en estas esgrimas tremendas del intelecto y la pasión figuras destacadas de la cultura cubana, entre quienes combatieron, de un lado, Alfredo Guevara, Julio García Espinosa, Tomás Gutiérrez Alea, Jorge Fraga, el crítico Ambrosio Fornet y otros entonces jóvenes artistas, y de otro Blas Roca Calderío, prominente figura de la lucha

Blas Roca

Blas Roca

antiimperialista y comunista en Cuba, con una larga carrera política dentro del movimiento obrero que lo llevó a ser durante la República Secretario General del PSP(1) , y luego del triunfo revolucionario Director del periódico Hoy, Presidente de la primera Asamblea Nacional del Poder Popular y Jefe del Departamento de Órganos Jurídicos del Comité Central. Desde la constitución del Primer Comité Central del Partido Comunista de Cuba integró su Dirección. Otros influyentes miembros del PSP y también del CNC como Edith García Buchaca y la Dra. Mirta Aguirre, junto a profesores de la Escuela de Filosofía de la Universidad de La Habana y algunos personajes francamente oportunistas participaron a su lado en este enfrentamiento que, como pueden comprobar quienes lean el libro, fue cruento a la vez que, visto a la distancia de décadas, muestra hoy costuras de una gran ingenuidad (2), y donde ambas partes se atacaron con un ardor in crescendo que tuvo por consecuencia que la última réplica de Guevara a Blas Roca nunca fuera publicada, quedando cerrado este durísimo match conceptual por la última respuesta de Blas a Guevara. Creo que no debió ser así, pero así fue.

Edith García Buchaca (a su lado Joaquín Ordoqui)

Edith García Buchaca (a su lado Joaquín Ordoqui)

No es mi intención analizar aquellas polémicas ni los múltiples temas que en ellas fueron abordados por uno y otro bando, salvo este: ¿La cultura es una sola, como planteaban los cineastas, o existen tantas culturas como naciones y estas pueden ser excluyentes entre sí en atención a postulados ideológicos, políticos, históricos, religiosos, económicos, etc, como planteaban sus oponentes, los viejos comunistas de orientación estalinista provenientes de las filas del PSP?

Mirta Aguirre

Mirta Aguirre

De la respuesta que se diera por buena a esta cuestión nacía automáticamente una disyuntiva medular: ¿Debía el proletariado renunciar a la herencia cultural de la Humanidad, léase la herencia cultural de todas las anteriores formaciones sociales que habían existido desde el Paleolítico Inferior y antes de que la Revolución de Octubre llevara a los proletarios al poder, o esta herencia debía ser asumida y asimilada y la nueva cultura proletaria proclamarse sucontinuadora? ¿Debían imponerse como política cultural las deformaciones sufridas en la Unión Soviética por la filosofía marxista o había algo más allá igualmente digno de respeto, de atención, de confianza?

Y es aquí, justamente donde encuentro un nexo entre estas polémicas sesenteras y don Fernando Ortiz. Un doble nexo, para ser más precisa. Por una parte, Ortiz es la encarnación misma del intelectual republicano de familia burguesa formado en Europa, de pensamiento nacionalista, no marxista, que en líneas generales constituía la representación de lo que, según interpretaciones más que literales del marxismo, NO debía ser un intelectual consagrado a servir a la causa del proletariado. Durante todas estas polémicas se debatió sin cesar en torno a qué es la cultura y cuántas culturas hay, pero quienes afirmaban que no existe una sola cultura, sino muchas y que la herencia cultural de la Humanidad está viciada y debería ser rechazada por el proletariado por entrar en contradicción con sus intereses de clase, nunca presentaron un concepto, una categoría, una idea tomada de la antropología cultural, en la que Cuba tuvo en Ortiz uno de los más grandes precursores del mundo hispanoamericano. Crearon una imagen del hombre proletario sin contradicciones internas, el tan llevado y traído “héroe positivo”, y exigían obras de arte con finales felices y moralejas ideológicas que respaldaran los postulados teóricos del marxismo-leninismo. El pueblo, sostenían, no debía ser intoxicado con filmes como Accatone, del realizador comunista italiano Pier Paolo Passolini, El ángel exterminador de Buñuel, La dulce Vida de Antonioni, etc., todas críticas acerbas a la decandencia de la burguesía como clase, sino educado con filmes y libros soviéticos como Los hombres de Panfilov, La joven guardia, etc. Era como si todos los estudios, las investigaciones rigurosísimas, vidas enteras consagradas por Ortiz y otros brillantes intelectuales del patio a estudiar el carácter del cubano, la cultura cubana, nunca hubieran ocurrido.

Mi pregunta es: ¿Cómo fue posible el intento de implementar en Cuba una política cultural copiada de una Unión Soviética que en nada se nos asemejaba sin atender a todo el arsenal de conocimientos, herramientas y posibilidades que las disciplinas de la antropología cultural ya en esa fecha habían puesto a disposición del género humano, y de los cubanos también? Estaban intentando nada menos que una transculturación absoluta y sin fisuras de un modelo foráneo que esperaban ver cumplida a escasos cinco años del triunfo revolucionario, cuando en la Historia procesos como la transculturación y la aculturación demoran siglos si se conducen de acuerdo con su ritmo natural. ¿Cómo coexistió Ortiz hasta 1969 con ese dogmatismo a ultranza que operaba desde esferas del Poder? No lo sé, no tengo información sobre ello, pero ahí está la Fundación Fernando Ortiz, así que se las arregló de algún modo. Imagino que su enorme prestigio internacional, unido a su ejecutoria de luchador antimachadista fervoroso y patriota más que probado, y la inignorable importancia de su obra científica para la cultura cubana crearon un equilibrio con la mácula de que nunca se llegara a identificar con el marxismo. ¡Ortiz, quien en varios momentos de Entre cubanos defiende con firmeza la ascendencia cultural europea de la cultura cubana (ascendencia francesa, llega a decir textualmente); que era un antimilitarista declarado y con ácida mordacidad llegó a poner en solfa hasta los residuos oportunistas de un mambisado de machete y guapería; que celebraba como un gran y necesario acontecimiento cultural el hecho de que se ofreciera en La Habana una exposición de arte francés…! Hay que agradecer a la lucidez de la Dirección de la Revolución que el realismo socialista haya pasado junto a nosotros y seguido de largo en otra dirección, pero aún así, su paso fugaz dejó secuelas negativas para nuestra cultura que aún planean en los vericuetos de algunas mentes retorcidas y proyectan sobre nosotros su sombra amenazante. Aún hoy se discute si lo que debe primar para el artista es su ideología revolucionaria o su sensibilidad personal, y todavía se concede primacía a obras reflectoras pero sin una estética siquiera discretamente mediocre.

El otro nexo que percibo entre Ortiz y los protagonistas de las polémicas culturales de los sesenta es que Tomás Gutiérrez Alea, uno de los más ardientes defensores del derecho a la

Tomás Gutiérrez Alea, Titón, fundador del Nuevo Cine Latinoamericano

Tomás Gutiérrez Alea, Titón, fundador del Nuevo Cine Latinoamericano

libertad de juicio, creación y pensamiento y uno de los más activos participantes en este cruzamiento de espadas, creó una de sus películas más significativas, Una pelea cubana contra los demonios, sobre la obra homónima de Ortiz, lo que supone no solo una afinidad, sino una continuidad de ideas entre estos dos hombres a quienes tanto debe la identidad cultural de Cuba. Alea, como Ortiz, estaba profundamente convencido de que el pueblo, cualquier pueblo, crece intelectual y espiritualmente al libre contacto con la cultura. Hay textos de Entre cubanos donde Ortiz proclama con una pasión casi desaforada la absoluta necesidad de nutrir al pueblo con lo mejor de la cultura internacional. En las posiciones de los cineastas del ICAIC pueden advertirse ecos muy claros y muy precisos de esta convicción, de esta confianza en la capacidad del hombre de pueblo para crecer y superar  limitaciones.

Se me ocurre una última (aunque no única) observación. Pese a todas las profecías implícitas en las advertencias de las principales voces del Consejo Nacional de Cultura, fue un filme, Los sobrevivientes, realizado en 1978 por Gutiérrez Alea con mínimo presupuesto y la colaboración decisiva de una representante de la alta burguesía decadente cubana, Flor Loynaz(3) , hija del General del Ejército Libertador Enrique Loynaz de Castillo y hermana de la poetisa Dulce María Loynaz, el que anticipó, en el mejor lenguaje de los símbolos, el futuro de Cuba. Hoy, cubanos de todas las edades han tenido acceso a lo mejor del cine internacional, nuestras editoriales publican libros de todos los géneros y estilos artísticos, la cultura cubana se ha impuesto en el mundo entero y la Revolución tiene casi sesenta años de vida. Lo único que expiró fue la idea de que la libertad de pensamiento no es buena y el juicio crítico esclarecido no es patrimonio de masas. Idea y profecía quedaron enterradas en la mansión de Flor Loynaz. Esto me hace recordar unas palabras de Rubén Martínez Villena también proféticas, como suelen ser las palabras de un poeta:

Mañana, cuando triunfen los buenos (los buenos son los que ganan a la larga), cuando se aclare el horizonte lóbrego y se aviente el polvo de los ídolos falsos; cuando rueden al olvido piadoso los hombres que usaron máscara intelectual o patriótica y eran por dentro lodo y serrín, la figura de Fernando Ortiz, con toda la solidez de su talento y su carácter, quedará en pie sobre los viejos escombros y será escogida por la juventud reconstructora para servir como uno de los pilares sobre los que se asiente la Nueva República

NOTAS

(1) El PSP jugó un importantísimo papel en la difusión masiva de la cultura en Cuba a través de la Sociedad Cultural Nuestro Tiempo, donde brindaron su concurso, junto a militantes comunistas reconocidos, destacadísimas figuras de la intelectualidad cubana que, aunque no militaban en el Partido, profesaban ideologías de izquierda. Pero especialistas y estudiosos de nuestra etapa republicana afirman que con respecto a algunas manifestaciones artísticas, la cultura foránea que interesaba divulgar a la Asociación era la cultura anterior al siglo XX en sus aspectos más clásicos, fundamentalmente, y ponían énfasis en ella en detrimento de las vanguardias artísticas, que consideraban devaneos pequeño burgueses en franca contradicción con la ideología e intereses de la clase proletaria.

(2) Por ejemplo, Blas nunca intentó ocultar el hecho de que no tenía información de primera mano en algunos temas sobre los que pontificaba. Por ejemplo, no había visto las películas que declaraba dañinas para el pueblo y el proletariado cubanos. En una rarísima postura de honestidad, transparencia, sinceridad (¿?), reconoció desde el principio que lo que sabía sobre esos filmes se lo habían comentado algunos trabajadores que los habían visto y en quienes él creía. No sé si yo habría sido capaz de actuar así.

(3) Los sobrevivientes fue rodado por Alea en la quinta Santa Bárbara, propiedad de Flor Loynaz, donde hoy tiene su sede la Fundación del Nuevo Cine Latinoamericano.

 

 

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Acerca de Gina Picart

Soy escritora, periodista especializada en La Habana de la colonia y la república, investigadora, crítica literaria, guionista de cine, radio y televisión
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