El cine, el crítico y el espectador que vino a cenar

El cine, el crítico y el espectador que vino a cenar, título publicado en 2013 por la colección Diálogo de la Editorial Oriente, lo encontré en una de mis lamentablemente esporádicas elcinelcritico2visitas a las librerías capitalinas, y es un texto que forma parte de la ya nutrida literatura sobre cine que desde hace al menos una década se viene publicando en Cuba, de la que cualquiera de sus ofertas es una incitación casi imposible de ignorar para quienes se interesan en la pantalla grande.

El título mismo es una tentación por su polisemia casi perversa. Es una especie de parodia del filme homónimo rodado en Hollywood en 1942, basado, a su vez, en una obra de teatro de igual nombre. Estamos, pues, ante un título no solo con rancio abolengo cinematográfico, sino portador de una semiosis que parece impresionar el subconsciente (tal vez no de un modo tan inconciente) de quienes reparan en él. Hay títulos así de misteriosos, que se pegan a uno como esos fragmentos de canciones que nos sorprendemos tarareando durante días como un disco rayado. La historia es simple: un director de teatro que viaja a un próspero pueblo para ofrecer conferencias a un público perteneciente a la burguesía, se accidenta no más llegar a la casa de sus anfitriones y debe permanecer con ellos durante su convalecencia, produciéndose entonces un fenómeno que recuerda, de cierta manera, la monstruosa distorsión social que muestra otro filme, El sirviente, donde el recién llegado se hace con el control de la familia y gobierna la casa con mano de hierro, dirigiendo y alterando las vidas de todos a su alrededor. Valga esta definición que he tomado de un blog sobre cine de Internet:

Lejos de tratarse de un invitado tranquilo y agradecido, y más lejos todavía del obligado reposo que debe guardar para su dolencia, Whiteside se convierte en un tirano que desde el primer momento mediatiza, dirige y controla todo lo que ocurre dentro de la casa, incluso imponiéndose a sus propietarios ante los empleados del servicio. La vida de los Stanley da un giro, hasta el punto de sentirse extraños en su propia casa, cuando, bajo las directrices de Whiteside, que toma la casa como base de operaciones para el desempeño de sus abundantes tareas burocráticas y personales, todo va sumiéndose en el caos, crecen los malos ententidos y los equívocos, y ya nada parece ser lo que es. No faltan los personajes que, aprovechando la cercanía de una celebridad, insisten en que lea borradores de obras de teatro y novelas para intentar así ser “descubiertos” por el gran crítico, aunque él hace bien poco aprecio de ellas.

Si se piensa que El cine, el crítico y el espectador que vino a cenar es el título de la memoria del XVIII Taller Nacional de Crítica Cinematográfica que tradicionalmente se celebra en Camagüey, y en esta edición recoge ponencias y mesas redondas sobre temas como “Los grises años setenta y las trampas del realismo (socialista)”, “El cine cubano en tiempos de definiciones”, “Varias peleas de Titón contra el demonio”, “Los siete contra Héctor” , “El caso nada extraño de Oscar Valdéz” y otros que remiten a sombras del pasado aún no conjuradas —y mucho menos expiadas—, de inmediato uno comienza a preguntarse quién será ese espectador que ha venido a cenar al Taller de Crítica Cinematográfica, o quién es ese espectador que tomó el control del cine cubano y asumió un mando que no le correspondía trastocándolo todo… Y entonces, sin poder resistirse, uno compra el libro y se va corriendo a leerlo, porque quién no sospecha que la historia del cine cubano, aunque relativamente breve, guarda innumerables sorpresas que esperan ser develadas.

Una de estas sorpresas es la tesis firmemente sostenida sobre el ICAICentrismo, donde se echa por tierra la ilusión de que la cinematografía cubana nació con la fundación de esta Institución y solo ha existido dentro de su radio de acción. Esta tesis, sostenida por críticos del prestigio de Luciano Castillo, hoy Director de la Cinemateca de Cuba, Mario Naíto, Gustavo Arcos, Joel del Río, Frank Padrón y otros de nueva generación como Justo Planas y Juan Antonio García Borrero, es desplegada con el apoyo de argumentos de carácter histórico cuya contundencia resulta irrebatible, pero es, a su vez, matizada por juicios de valor muy objetivos, de los cuales no escapan los desaciertos del ICAIC, pero tampoco los aciertos de la cinematografía cubana en los setenta, a la que está dedicada, fundamentalmente, esta edición del mencionado Taller.

Entre los contenidos del volumen resulta de gran interés la intervención de Carlos Ruiz de la Tejera en un panel dedicado al filme Los sobrevivientes, de Tomás Gutiérrez Alea, de cuyo elenco de brillantes actores cubanos de la época Tejera, hoy ya fallecido, era entonces uno de los pocos sobrevivientes. Sus anécdotas sobre el rodaje de esta película en la quinta Santa Bárbara, propiedad de Flor Loynaz del Castillo, son de una extraordinaria riqueza. Durante esta mesa redonda se le rindió homenaje a Vicente Revuelta, uno de los más grandes dramaturgos del teatro cubano, osado, innovador, insatisfecho siempre, quien interpretó en este filme el complejo personaje de Julio, el burgués que reniega de los artificios de su clase social y pone en solfa constantemente a su parentela, pero que no es un proletario, sino, precisamente, un artista, y a mi juicio uno de los personajes portadores de las claves seióticas más profundas de la película, que algún día, cuando sean debidamente interpretadas, harán evidente que Los sobrevivientes es, dentro de la cinematografía de Alea, un filme tan trascendente y eterno como Memorias del subdesarrollo.

También es singularmente ilustrativa la amplia ponencia destinada a hacer luz sobre la verdadera historia de la cinematografía en Cuba, en la que testimonios de cineastas, actores y personal de cine, quienes fueron protagonistas y testigos directos de la misma, trajeron a colación algunas estremecedoras injusticias cometidas contra hombres que quisieron hacer un cine de calidad, pero rechazaron plegarse a los parámetros reduccionistas establecidos por la política cultural que entonces dominaba el Consejo Nacional de Cultura. Los nombres de los ya hoy sombríos fantasmas de Nicolasito Guillén de Landrián, brillante documentalista que ahora está siendo reivindicado, Héctor Veitía y Oscar Valdéz volvieron a hacerse presentes, y sobre otros cineastas como Manuel Octavio Gómez se revelaron heridas equivalentes a espacios vacíos en la cinematografía de esa década, o lo que es lo mismo, a excelentes guiones cinematográficos que nunca llegaron a convertirse en películas por falta de presupuesto o por causa de arbitrarias decisiones de la Dirección del ICAIC, no pocas veces basadas únicamente en diferencias de índole personal. Críticas revelaciones del cineasta Sergio Giral sobre las luchas individuales de algunos cineastas junto a los cuales trabajó, dejan al descubierto una amenazante galería de sombras por la que nadie en su sano juicio querría transitar, y que si fuera llevada al cine resularía una especie de remake de Trescientos, en tanto aniquilamiento total de un pequeño grupo de cineastas que combatieron por el cine cubano con denuedo, enfrentándose a una aplastante estructura de poder que los venció sin suerte y con consecuencias trágicas en más de un caso.

En una de las ponencias recogidas en este libro he visto por primera vez definir la política cultural oficial de los sesenta, y en especial de los setenta con su quinquenio/decenio gris, como coloniaje cultural, en referencia a los parámetros establecidos de manera oficial que redujeron de manera dramática las posibilidades siempre infinitas de la creación artística, limitándolas a casi una copia textual si no de los filmes soviéticos de aquel momento, sí de los imaginarios impuestos por el dogma stalinista del realismo socialista en torno al obrerismo, el estudio, el trabajo y, en general, al conjunto de intereses que se supone son correspondientes al proletariado, en una auténtica visión de túnel de la condición humana que en ninguna época de la Historia de la Humanidad ha dejado de ser contradictoria, profunda e infinita.

Por último, una interesantísima ponencia del crítico Justo Planas despliega un análisis brillante del mito cinematográfico nacional que es Elpidio Valdéz. Con envidiable objetividad pasea Planas su aguda mirada a través de las diferentes etapas de creación del personaje y su filmografía, en lo que deviene una lección de historiografía crítica que llena al lector de gozo estético al par que satisface las más severas demandas de seriedad y rigor en el ejercicio de la crítica.

No quiero terminar esta reseña sin advertir que este libro no resulta un hecho aislado dentro de la literatura cinematográfica o relacionada con el cine que se viene publicando en Cuba en los últimos años, porque se inserta de un modo muy orgánico en un proceso de recuperación, reevaluación, reivindicación y rescate de la historia del arte, la intelectualidad y el cine cubanos posteriores a 1959 y sus protagonistas, paralela a un proceso similar que está teniendo como consecuencia a la reescritura de la Historia nacional, y  comienza por una reevaluación de los Diarios de nuestras Guerras de Independencia. Este proceso inició, tal vez, con la publicación de Yo Publio, un libro curiosamente no sobre cine, sino sobre la vida de Raúl Martínez, uno de los más significativos exponentes de la pintura cubana de todos los tiempo, quien fue un excelente cartelista cuyas obras estuvieron muy presentes en la historia del ICAIC y enteramente a su servicio, quien fuera una de las principales víctimas de una política cultural tomada de modelos foráneos que nunca se avinieron con nuestra identidad de nación, nuestra condición humana ni nuestra condición caribeña e insular. También forman parte de este universo revisitacional otros libros como Buscando a Caín y Tras los pasos del cronista, sobre la vida y obra del escritor y crítico de cine Guillermo Cabrera Infante, Polémicas culturales de los sesenta, de la Dra. Graziella Pogolotti, Volver sobre mis pasos, selección de la correspondencia privada de Tomás Gutiérrez Alea, Titón, considerado el más grande cineasta cubano de todos los tiempos, algún que otro Premio Casa de las Américas y la nutrida bibliografía del brillante crítico de arte Rufo Caballero, amén de otros títulos que ahora mismo no vienen a mi memoria pero he leído con suma atención. En mi humilde opinión este proceso, en marcha armónica con la tónica de los tiempos de rectificación y cambio que vive nuestro país, no se detendrá, y podemos esperar todavía muchas obras que conducirán, inevitablemente a un replanteamiento desde nueva óptica de la historia social del arte cubano; una óptica enteramente nuestra, raigalmente cubana, resultado de una cultura nacional que cuenta con una evolución de más de cinco siglos y tiene a sus espaldas una herencia hispánica de milenios —amén de su inserción en un contexto sociocultural latinoamericano con el que, si bien no nos une el mismo grado de pertenencia que a las repúblicas continentales entre sí, nos hermanan lazos muy fuertes de otra naturaleza—, que no necesitó jamás un trasplante violento y ajeno, sin el cual igualmente hubiéramos podido ser lo que hemos sido y continuamos siendo, sin pagar precios tan duros y dolorosos.

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Acerca de Gina Picart

Soy escritora, periodista especializada en La Habana de la colonia y la república, investigadora, crítica literaria, guionista de cine, radio y televisión
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