Deuda temporal, mujeres en la ciencia ficción cubana

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Para mis amigas, con nostalgia

Ha sido recientemente presentada la antología Deuda temporal, que recoge muestras de la narrativa de ciencia ficción de las escritoras cubanas. No tengo ningún ejemplar en mi poder y no puedo hacer una reseña, pero puedo, en cambio, hablar sobre algunas de las mujeres cuyas imágenes aparecen en la portada, que me ha parecido muy inteligente y es, sin duda, un reconocimiento muy merecido a estas autoras que han debido desenvolverse en un escenario tradicionalmente dominado por hombres y no solo en Cuba, sino en todas partes, pues la ciencia ficción es un subgénero literario tradicionalmente masculino, y ni siquiera los personajes femeninos tienen peso dentro de las tramas. Las mujeres deben hablar no solo de lo que hacen, sino también de sí mismas. Nos lo debemos por todos los siglos de silencio y sumisión a que hemos estado condenadas. Así, yo no escribiré sobre las obras, sino sobre aquellas autoras a quienes he tenido el privilegio de conocer.

Mientras la literatura fantástica ha tenido representantes femeninas en etapas tempranas de la literatura nacional, la ciencia ficción comienza a ver la entrada de las damas con Daína Chaviano, quien no solo fue —probablemente— la primera mujer en hablar sobreDaína extraterrestres en el terruño, sino que los hizo descender de una nave espacial en el techo de su casa en uno de los relatos de su libro Amoroso planeta, siguiendo el camino iniciado por Oscar Hurtado con Los papeles de Valencia el Mudo , saga en torno a personajes caribeños cuya acción transcurre en los campos de Cuba, compilada y editada por la propia Daína. Es suficientemente conocido que ella obtuvo en 1979 (yo siempre creí que fue en 1980) el primer premio David de Ciencia Ficción, y no voy a referirme ahora a su también conocida —y muy reconocida— labor como promotora y creadora del taller Oscar Hurtado, posiblemente el primero que existió en la isla dedicado totalmente a la ciencia ficción. Ella tradujo a nuestro idioma textos de autores anglosajones que de otro modo nunca hubiéramos conocido, al menos en español. Ella hizo antologías e impulsó la edición cubana de El Señor de los Anillos, pues también le interesaba mucho la fantasía heroica. Ella tuvo un espacio en televisión donde dio a conocer muchos filmes de ciencia ficción y fue coautora de la primera serie del género en el espacio Aventuras, la inolvidable Chiralad, tan incomprendida como venerada hasta nuestros días. Daína trabajó con tesón durante años con los autores cubanos para dejar establecida una escuela literaria genuinamente nuestra que, si bien ella no fundó, sí mantuvo mientras vivió en La Habana y con el listón bien en alto. Yo la conocí a través de Chely Lima y Alberto Serret cuando ella fue jurado, junto con Ángel Arango y Antonio Orlando Rodríguez, del último premio David de Ciencia Ficción, otorgado en 1990 a mi libro de cuentos La poza del ángel. Nunca tuve con ella una amistad profunda, nos veíamos en el Oscar Hurtado y creo que un par de veces nos encontramos, una de ellas en su casa, a donde fui a agradecerle por mi premio. En esa ocasión hablamos largamente y me dio muy buenos consejos para escribir. La recuerdo como una muchacha delgada, con un rostro bellísimo y extraño, triangular como el de una serpiente, y unos enormes ojos verdes bastante misteriosos, de esos que lanzan de vez en cuando fulguraciones como de joya tocada por la luz. Me pareció muy centrada, segura de sí y tranquila, aunque se percibía que tenía un mundo interior reverberante. Creo que es una trabajadora incansable, además de alguien con una mentalidad tan plurifacética que le ha permitido, además de crear, manejarse con mucha sagacidad en el mundo editorial fuera de la isla. No sé si es una mujer apasionada, como acuariana que es yo diría que predomina en ella la vida del intelecto. De cualquier modo, tiene una personalidad muy fuerte y es de esos seres que uno no olvida jamás. Su magnetismo le abrió muchas puertas y la suerte la acompañó en sus empresas. Era como alguien tocada por la Gracia, todo le salía bien. Es, además, una persona amable y una mujer elegante.

Con Chely tuve la suerte de la cercanía geográfica. Ella y su esposo, el poeta y narrador Alberto Serret, eran mis vecinos en el reparto La Asunción, donde tenían un apartamento pequeñísimo con una decoración muy interesante, como una casita de muñecas exótica, y una gata negra a la que adoraban y me hacía pensar en esos espíritus llamados familiares, CHELY5quienes, según la Inquisición, solían acompañar siempre a los brujos. Me gustaba mucho visitar a Alberto y Chely, me sentía literalmente fascinada por ellos, y supongo que como trabajaban la mayor parte del tiempo, es seguro que en ocasiones mi aparición les ocasionó dificultades, por no decir molestias, pero siempre fueron impecables en su educación y en su trato, y desde luego, en su paciencia para con mi… ¿adicción? En fin, yo adoraba estar allí. Me encantaba ver a Chely, con su piel de marfil, desplegar sus grandes habilidades como decoradora y restauradora. Una vez llegó a sus manos un canastillero antiguo, uno de esos cofres de junquillo donde las abuelas de antaño guardaban sus útiles de costura; estaba desvencijado, pero las manos de Chely, que eran como de hada, le devolvieron toda su belleza, y luego lo llenó con ovillos, agujas, aritos de canevá, dedalitos preciosos… Un día me mostró un bolsito donde solía guardar miniaturas; había varios frasquitos de perfumes raros, inverosímilmente diminutos. Era una criatura muy apegada a sus cosas, pero tratándose de ellos hay que despojar a la palabra cosa de la categoría de materialidad, porque en ese sentido lo material les importaba poco o nada. Para ellos el apego estaba invariablemente impregnado de afectividad, de significados íntimos, secretos. Recuerdo que una tarde me dediqué a buscar con disimulo el lugar donde guardaban sus ropas, porque en aquel apartamento no se veía nada parecido a una cómoda o un escaparate y aquello era para mí un misterio que desembocó en obsesión, así de loco se pone uno a veces. Creo recordar que había un closet en el baño, pero tan pequeño que si aquel era el lugar, tenían que ser, por fuerza, poquísimas. Sin embargo, cuando defendí mi tesis para graduarme en la carrera de Periodismo, me presenté ante el Tribunal con un maravilloso vestido tejido por indios latinoamericanos que Chely me prestó. Estar con ellos era algo mágico. Aprendí más de lo que conversábamos que en todos mis años de Universidad, y no estoy exagerando. Fue husmeando en sus máquinas de escribir, colocadas en mesas enfrentadas, donde vi por primera vez la estructura de un guión de televisión, presumiblemente una cuartilla de Chiralad. Curiosamente, hablábamos mucho sobre literatura, pero aún más de magia. Ellos fueron mis primeros maestros en el camino del Iniciado. No puedo pensar en uno de los dos sin ver su imagen indisolublemente unida a la del otro. Nunca he visto una pareja tan profundamente cómplice, pero no estaban fusionados para perjudicar a otras personas, como algunos duetos casi criminales que conocí después, sino para bucear juntos en todos los pecios del conocimiento, en todos los pecios del sexo, en todos los pecios del arte. Por sus inteligencias tan profundas, sus sensibilidades tan intensas y volcadas en la exaltación de la Belleza, y por esa condición de identificación e incondicionalidad total que existía entre ambos, están entre las personas que he admirado más. El misterio que envolvía sus vidas, esa aura de inasibilidad, de coto cerrado, atraía a alguna gente con la misma fuerza que a mí. Me asombraba también la amistad que los unía a Daína, Antonio Orlando y Sergio Andricaín. Solo quienes han sido bendecidos con la posibilidad de conocer la amistad pueden imaginar lo que es un grupo de amigos trabajando en un proyecto conjunto. Ellos me enseñaron eso y me prepararon con su ejemplo para construir lo mismo después en mi vida personal. Sin embargo, no eran “suertudos” como Daína. Tropezaban con muchos obstáculos y aunque nunca he entendido por qué, tuvieron y aún tienen detractores encarnizados. Desde la salud hasta la vida social, parecía como si todo tuvieran que conquistarlo con esfuerzos que les exigían tensiones descomunales. Chely era, como Daína, una mujer de personalidad muy fuerte, pero no se parecían. Chely tuvo siempre una voluntad indetenible de explorarlo todo, una sed de conocer, de descubrir, pero sobre todo de sentir, que no provenía de un intelecto estudioso y apolíneo como el de Daína, sino de un espíritu esencialmente místico, dionisíaco y transgresor, a falta de una expresión que defina mejor su esencia. Su sensibilidad era tan perentoria como vasta y no le alcanzaba el ejercicio de la escritura para lograr la expresión total de su mundo interior. Ella y Alberto pintaban, ilustraban, escribían teatro y sobre todo poesía, por lo que era de esperar la posterior incursión de Chely en la fotografía, pues los dos compartían una sensibilidad muy visual. La literatura cubana, que suele ser extraordinariamente injusta en la distribución de sus reconocimientos y sus mudeces, ha destinado la obra poética de ellos a esa zona de silencio tan vergonzosa donde suele meter todo aquello que escapa a su comprensión o resulta políticamente incorrecto. En el tiempo en que aún ellos vivían en Cuba también iba a esa zona tristísima lo sexualmente impropio. La publicación en años recientes de dos poemarios suyos por la editorial Letras Cubanas se debe al esfuerzo personal del poeta Manzano, a quien le toca sin duda por ese empeño la capa de justiciero y el haz de varas con la doble hacha en medio. Haberlo ayudado a contactar con Chely no es por mi parte ni siquiera el principio de una retribución por todo lo que ellos me dieron. Nunca encontraré el modo de agradecer a Chely algunas de las páginas más vibrantes y hermosas de mi novela La casa del alibi, que ella escribió para mí y yo escribí como un homenaje a ellos. Hay deudas que resultan eternas.

La tercera mujer escritora de ciencia ficción que conocí fue Anabel Enríquez, quien con su esposo Javier convirtió el taller Espiral no solo en un referente imprescindible en la historia felizañonuevo16-adel género en Cuba, sino en un semillero de donde han salido los mejores autores de sucesivas generaciones. Uno de sus relatos da título a esta antología. Ya no recuerdo cómo entramos en contacto, pero también con ella me favoreció la geografía, porque éramos vecinas en Santos Suárez. Nos visitábamos con frecuencia y entablamos una de esas relaciones de amistad familiares que son tan cálidas. Ellos venían a mi casa con su pequeña hija Melian y pasábamos horas conversando de todo. Anabel y Javier tienen en común una mente analítica sumamente potente, unida a la cultura que da el ejercicio permanente de la investigación en el mundo del arte, en este caso de la literatura, y creo que ellos han sido los críticos y analistas más serios e importantes del género en este país. Físicamente Anabel es la viva imagen de una dama: pelirroja, pálida, pequeña de estatura y bellísima, con un gusto exquisito para su arreglo personal y unos modales villaclareños de patricia, tiene la gracia frágil de un biscuit o una Tanagra y una reserva tan fina, tan delicada, que la convierte en una especie de producto quintaesenciado de boutique de alto lujo. Cuando estás con ella el aire se hace como más leve, y todo parece cobrar sus exactas dimensiones. Sin embargo, ella tan calma, tan serena, lleva por dentro una fragua de emociones. Fue una amiga incondicional, con quien pude contar en los momentos más difíciles y amargos de mi vida. Es esa clase de personas, escasísimas como los diamantes grandes o los cometas, de la que siempre se puede estar seguro, en la que siempre se encuentra apoyo, la que siempre consuela. De todas las llamas interiores, la que más arde en ella es la de la Piedad. Pero esto es solo en cuanto a su condición humana, porque su mente analítica no es nada piadosa y Anabel puede, con su sonrisa de Hildegard von Bingen y las manos sobre el regazo, sin pestañear, hacer la disección de un texto arrancándole la piel a tiras, la carne viva, tendones y músculos, y finalmente tritura los huesos, y en todo el proceso no le habrás escuchado ni una sola palabra fuerte, un insulto, un cotilleo de mal gusto… pero el objeto de su crítica termina convertido en ese polvo al que ni siquiera es posible volver. Ella es, también, uno de los seres humanos con mayor sentido de la ética que he encontrado en mi viaje por la vida. La extraño y me hace falta esta gran amiga. Todavía nos debemos las dos familias un juego de rol que nunca tuvimos oportunidad de realizar, aunque lo planeamos muchas veces. Creo que ya no ocurrirá, porque el tiempo es como una cuenta de banco de donde puedes sacar pero no reponer, y yo ya he consumido casi todo el capital que me fue asignado. Sospecho que Anabel no sabe lo mucho que significa para mí.

Para hablar de Duchi Man Valderá hace falta un lenguaje tan especial como ella misma, o si no el retrato quedará pálido. La vi por primera vez en la inauguración de una exposición conjunta de artistas plásticos en el Centro Dulce María Loynaz. Pintora, ilustradora y escritora, estaba allí en calidad de invitada y amiga personal de José Adrián Vitier. Causabaduchi una impresión inmediata aquella voluptuosa joven china de gran estatura, como una muñeca enorme de ojos negros y con las manos más bellas que he visto en una mujer, manos aladas, y quienes me acusen de cursi por la comparación recuerden que toda metáfora fue un hallazgo genial de quien primero la creó. Era entonces, todavía, una muchacha que a pesar de haber vivido una vida ciertamente intensa conservaba una cierta ingenuidad que me desconcertó. Siempre me ha llamado muchísimo la atención el proceso de desarrollo de la personalidad humana, tan fascinante para un escritor. Ver cómo una persona se va transformando, cómo adquiere en el tiempo los rasgos que la definirán, es algo ciertamente apasionante, pero con Duchi pude asistir a ese desprendimiento de crisálida en un período de tiempo tan breve que hoy siento que pasó como un suspiro. Se convirtió en una mujer madura en prácticamente unos meses. Su sangre china marca fuertemente su personalidad, aunque puede decirse de ella que es una “japonesa psicológica”, por la gran identificación que siente con esa cultura. Practicante de artes marciales, había que verla con su kimono y sus armas de ataque arremeter con bravura contra su adversario como una auténtica guerrera, o disfrazada con máscaras del carnaval veneciano en las más increíbles y sutiles poses de la seducción. Porque Duchi es una femme fatale en toda la extensión de la palabra, y ser una diosa de la seducción oscura es algo que ella disfruta muchísimo. Caminar sobre corazones literalmente hechos trizas es consustancial con su naturaleza de domina… trix, de fabulosa Emperatriz Amarilla. Alguien que la amó con pasión total la definió como una vampira, y yo diría que no se equivocaba. Yo la bauticé como Gran Geisha Muy Principal (a veces, de una forma más sencilla la llamaba China Malvada) y, por otras cualidades de su carácter, como Albañil del Futuro, pues pocas personas muestran como ella un sentido tan temprano y definido de lo que quieren alcanzar en la vida y se conducen de un modo tan consecuente con sus metas. Pero esta mujer hermosa y llena de gracia y con una sonrisa que desarma a quien la mira, que transita por diferentes personalidades como una bailarina que recorre un escenario y gusta con delirio esta especie de transformismo del espíritu, esta amante de la Belleza y rendida al alma decimonónica como a pocas personas he visto realizar ese misterio que es trasvasarse en el tiempo, es también uno de los intelectos más poderosos que he conocido hasta el día de hoy. Tiene una mente matemática capaz de calcular a distancias intergalácticas para obtener frutos a millones de años luz. Con ella no valen conceptos como lo apolíneo y lo dionisíaco, porque escapa a toda categorización. Es una libélula letal. Nosotras hablábamos muchísimo, lo mismo juntas que por teléfono, horas y horas, hasta madrugadas enteras. Elaborábamos teorías sobre personas y cosas, creábamos mundos, inventábamos conceptos. Duchi tiene una cultura casi humanística y, como Rufo Caballero, es capaz de ver lo que nadie ve, nada escapa a su mirada terriblemente escrutadora ni a su lógica implacable, porque ella posee una capacidad fractal de análisis, algo para nada común y menos en las mujeres, que suelen tener una percepción holística del mundo. En ese sentido ella es una mente solar, tanto como por su poder de seducción es una mujer totalmente lunar. A nadie he conocido tan refinado como Duchi, exquisita hasta lo febricitante. Se me ocurre compararla con el guibli, ese viento oscuro del desierto que desata tormentas de arena de tanta magnitud que cuando terminan el paisaje que queda ya no tiene nada que ver con el que había antes. Nada ni nadie permanece igual después de haber hecho contacto con Duchi, porque todo lo agita su voluntad en perpetua efervescencia. A veces he pensado que tiene una naturaleza espiritual andrógina y es eso lo que la hace tan peligrosa. Y en esa naturaleza hay también algo de espejo: cuando la gente se le acerca demasiado recibe, como un disparo en medio del pecho, una imagen refleja de ellos mismos que los puede matar, porque muestra la verdadera naturaleza de las cosas; una especie de espejo mágico que ni embellece ni afea a quien se mira en él, sino solo le muestra como realmente es. Otra de sus características, tal vez la ontológica, es la enorme contradicción que representa poseer una estructura emocional apasionada y vehemente, huracanada casi, y al mismo tiempo una mente fría como un bloque de hielo que no se deja dominar por ninguna emoción. Cuando se fue dejó en mí un vacío imposible de llenar, porque nadie es como ella. Nadie tan dulcemente cruel, tan sincera y tan honesta: un auténtico caballero, condición tan abrumadoramente ausente en los “caballeros” varones que pululan en este mundo enfermo de falacias. Vive en Duchi una sabiduría tan vieja, tan antigua, que la mentira se deshace cuando entra en su Luz.

He dejado para el final a mi pequeña Hijita-Sol Elaine Vilar Madruga, porque fue la última de las escritoras de ciencia ficción que conocí. Nuestro primer encuentro ocurrió en La Cabaña, en una Feria del Libro. Coincidimos en una bóveda repleta de visitantes. Elaine resaltaba entre la multitud por su extraordinaria blancura y sus rizos relumbrantes como Elaineoro del Rin, todo el conjunto enfundado en un vestido negro muy elegante pero poco habitual para una adolescente. Ella y su pareja cargaban montones de libros. Les hice una pregunta y me respondieron con mucha gentileza, me mostraron sus compras, me sugirieron títulos. Ella merece más que nadie el adjetivo de blonda, ella es como un rayito de sol que brilla hasta en la habitación más iluminada. Tiene la magia y la simpatía de un duendecito. Y una rapidez para asimilar conocimientos que me dejó sorprendida una vez cuando, en el encuentro Behíque de ciencia ficción, figuramos juntas en el programa para ofrecer una conferencia sobre la Diosa Madre en las culturas pre-indoeuropeas. Yo le facilité materiales, pero tenía poco tiempo para prepararse y eso me preocupaba, mas cuando nos sentamos las dos en el panel y a Elaine le tocó su turno de hablar, ya sabía más que yo del tema, y no mostró nerviosismo, sino un perfecto dominio de sí misma que me llenó de orgullo. Tiene un temperamento sanguíneo que la hace una trabajadora incansable, y es una comunicadora nata. Está tan dotada para la prosa como para la poesía, y aunque pienso que con ella se ha ido demasiado rápido en el reconocimiento oficial de sus dones, eso es más porque soy conservadora con respecto a la dinámica natural de los procesos de crecimiento en un artista, y pienso que nunca se deben acelerar desde fuera de modo artificial; me asusta que se obtengan demasiados lauros en edades demasiado tempranas, porque por esa causa ya he visto malograrse talentos promisorios. Pero en definitiva, más pronto o mas tarde la carrera de Elaine como mujer de letras es un hecho, por muy vertiginosa que haya sido, y hasta es posible que, en su caso personal, un comienzo precoz le conceda a la larga la ventaja de un caudal de tiempo mayor para acumular conocimientos del que disfrutamos todas nosotras. La fama temprana puede crear también un temprano sentido del compromiso, y Elaine se compromete a fondo en todas sus empresas. Espero aún mucho más de mi Hijita-Sol, esta joven que escribe poesía con emociones telúricas. Ella tiene una enorme reserva de fuerza y está dispuesta a luchar en un terreno dominado por los hombres como es la ciencia ficción. Ya ha triunfado, y va a seguir haciéndolo, no tengo duda.

Mis amigas escritoras poseen todas personalidades fuertes y muy orgánicas, intelectos brillantes, conocimientos muy sólidos del género que han elegido, imaginarios de una gran riqueza visual y un concepto muy alto del estilo y de la ética escritural. Nunca he leído un texto tramposo firmado por ellas, ni nunca encontré en sus obras aplicado el penoso procedimiento de la “levadura”, que consiste en alargar una historia intencionalmente más allá de sus propios límites naturales babardeando a diestra y siniestra, y que se me perdone el uso de un término francés donde resultaría mucho más ilustrativa una definición criolla de este pecado que tantos autores cometen, pero que no puedo escribir en un artículo periodístico por ser un palabra algo inconveniente del lenguaje popular. No creo que pueda hablarse de un enfoque femenino de la ciencia ficción por el hecho de que las escritoras cubanas aborden sus historias desde ángulos que poco asumen sus colegas varones del patio. Creo simplemente que, al menos en estos casos de escritoras que conozco, de lo que se trata en realidad es de que son mejores artistas, tienen mucha más sensibilidad y van en serio, mientras que en la mayoría de los escritores jóvenes del sexo opuesto la ciencia ficción parece como la prolongación inmadura de juegos infantiles con soldaditos intergalácticos y consolas japonesas, además de que martillan —no todos— el lenguaje con ímpetus de fogonero. Ellas no solo son más analíticas en lo que a procesamiento de códigos del género se refiere, sino que tienen una mirada mucho más abarcadora y más profunda y son infinitamente más atrevidas a la hora de ensanchar fronteras entre géneros literarios, pues no limitan su espacio creativo a cuestiones tecnocientíficas que desde sus inicios han caracterizado esta literatura. Ellas están mucho más cerca de la fuerza emocional y conceptual de grandes obras literarias de ciencia ficción como El país de los bondadosos, una de las parábolas más conmovedoras que se hayan escrito sobre la exclusión, por solo citar un ejemplo, porque en la ciencia ficción también hay arte, pero el género es más susceptible de perder el equilibrio por excesos y defectos que otros tipos de literatura. La ciencia ficción no es un juego de máquinas, sino la inmensa e insondable aventura de los efectos y las causas, por lo que la sensibilidad es justamente lo que marca la diferencia entre Blade runner y una historia común sobre robots.

No quiero terminar esta evocación de mis amigas tan queridas sin dejar testimonio de que a diferencia de mí, que fui una disidente de la ciencia ficción después de ganar aquel David y publicar mi primer libro, aunque tantas veces he aconsejado a varias de estas talentosas escritoras dedicarse a otro tipo de literatura ninguna lo ha hecho hasta hoy, a pesar de que pueden escribir sobre cualquier cosa y todas lo han demostrado. Se han mantenido fieles a la apuesta y permanecen en sus puestos, sin que les puedan —como dicen los niños— todas las razones que le han valido a la ciencia ficción la calificación de subgénero y su fama de superficialidad y mala calidad literaria.

Raúl Aguiar, compilador de esta antología, ha comprendido sin duda todo eso. Nadie invierte nueve años en un proyecto si no está seguro de su validez. Una década es menos que la décima parte de una vida. Su prólogo tan serio, pieza impecable, no solo resume de manera muy eficaz una gran cantidad de información, sino que pone de manifiesto un pensamiento inteligente y un desarrollo de ideas que el tiempo ha enriquecido. Aguiar ha tributado con esta antología un reconocimiento merecidísimo a un sector de la literatura cubana completamente abandonado por la crítica, con lo que ha llevado a cabo un acto de justicia poética que vuelca su mérito sobre él mismo, pues por ser hombre, por ser un crítico, un investigador y un escritor de ciencia ficción ya consagrado pudo haber asumido las mismas posturas de indiferencia y menosprecio que exhiben otros, pero eligió seguir un camino propio que le ha llevado a este hermoso resultado. Que el libro haya sido publicado por la editorial Oriente es casi una conclusión inevitable, pues esta editorial se comprometió desde su fundación con la literatura escrita por mujeres, y porque hasta donde sé, Oriente nunca rechazó un proyecto que fuera brillante y osado. En ese sentido le corresponde el lábaro entre las editoriales cubanas, muchas de las cuales han sido lastradas durante demasiado tiempo por vanos prejuicios y ceguera artística, dos males que han dañado tremendamente a la literatura nacional.

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Acerca de Gina Picart

Soy escritora, periodista especializada en La Habana de la colonia y la república, investigadora, crítica literaria, guionista de cine, radio y televisión
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