MI EXPERIENCIA CON EL ZIKA

Mi hija hizo esta foto cuando regresé y la tituló "Mamá de alta en casa".

Mi hija hizo esta foto cuando regresé y la tituló “Mamá de alta en casa”.

Cansancio alarmante, micciones excesivas, sed inaciable, frecuencia cardíaca acelerada, molesta falta de aire, desequilibrio postural, me cimbra el cuerpo, no puedo sacarme el anillo del dedo. Algo anda mal. El lunes mucho decaimiento, el martes garganta enrojecida y un fuerte dolor en la amígdala derecha que me lleva a descubrir adenopatías en mi cráneo, mi cuello, mi garganta y mi hombro derecho. El miércoles algunas petequias en el abdomen. El jueves por la tarde voy al policlínico, donde me diagnostican una amigdalitis, y luego al hospital municipal, porque en menos de una hora me ha brotado un rash petequial que me cubre todo el cuerpo y el rostro. Me hacen análisis de sangre pero todo está bien, solo demasiados polimorfos y muy pocos linfocitos. ¿Tiene fiebre? No. ¿Dolor de cabeza, de ojos? No. Tal vez una infección bacteriana. O una virosis, pero no es dengue ni zika, vaya para su casa, tome mucha agua y repose. Regreso el viernes por la tarde y me repiten los análisis. Mis leucocitos han bajado, pero aún se mantienen en parámetros normales. Usted tiene un virus, regrese a su casa, tome mucha agua y repose. Al amanecer del sábado mi hija recoge algunas cosas en una bolsa y le pido a un vecino que me lleve en su auto al Instituto de Medicina Tropical Pedro Kourí (IPK). Es más que evidente que estoy enferma, pero no sé de qué. No más llegar me ingresan en aislamiento bajo sospecha de zika. No puede ser, protesto, en mi barrio no hay zika, y aunque hubiera yo solo salgo a comprar los víveres de la semana, no visito a nadie y en mi casa no hay mosquitos. Cuando me llenan el formulario de admisión y digo la dirección de mi casa, alguien sonríe y me advierte que en la sala a la que me llevan para ingresarme me espera una sorpresa.

La sala E es muy parecida a un hotel, salvo por la ausencia de decoración y porque las habitaciones, amplísimas, tienen tres camas cada una. El enfermero que me recibe es casi un niño, pero es muy profesional y muy gentil. Él logra que yo me calme un poco. Todo reluce de pulcritud. Me siento en mi cama. Tengo dos compañeras de cuarto, Victoria de Lawton, 71 años, y Sheila de Luyanó, una joven madre. Y sí que me llevo una sorpresa. En la sala la mayoría de los ingresados son de Lawton, mi barrio. No entiendo cómo yo, periodista de larga experiencia, no sabía nada de esto. Mis compañeras de cuarto me cuentan sus síntomas y me muestran sus cuerpos cubiertos de rash. Pronto sé que debo esperar inflamaciones y dolores en algunas partes de mi cuerpo, a ellas se les han inflamado los pies, los tobillos, las manos, tienen la boca amarga y su orina expele un olor que no les resulta familiar. La comida es inusualmente nutritiva y  variada.  Por la tarde regresan mi hija y mi esposo y me hacen pasar una bolsa con galletas, jugos y un poco de ropa de dormir. Se me permite verlos a través de una puerta de cristal. Mi hija llora y sonríe a la vez. Hemos leído sobre el zika en Internet y ella tiene mucho miedo. Padezco una neuropatía periférica desde el Período Especial. Esto me convierte en parte de un grupo de riesgo. Ella también es paciente neurológica y quedó muy discapacitada por causa de un dengue. Mi esposo es paciente oncológico y ya ha perdido un riñón. Ellos también pertenecen a grupos de alto riesgo para zika. El miedo me paraliza.

Al otro día, a las seis de la mañana, llegan a la sala los técnicos de laboratorio y me toman muestras de sangre y orina para el test de zika. Son expertos y no tienen dificultad en pinchar mis venas difíciles. Poco a poco se van hinchando mis manos, no las puedo cerrar y me duelen mucho. Luego se hinchan las plantas de mis pies. Quisiera no verlas. Tres días sin poder caminar. Me duelen horrores las pantorrillas y los muslos. No puedo dormir y estoy cada vez más asustada. Pienso en la secuela del Guillain Barré. Conozco esa enfermedad y sé que acecha detrás del zika, sobre todo a los que ya tenemos dañado el sistema nervioso. El médico jefe de la sala viene a vernos varias veces cada día. El personal de enfermería es solícito, solidario y muy diestro. Me dicen que todo lo que me pasa es parte del virus pero que es una cepa suave, pasará y podré volver a mi casa seguramente sin complicaciones.

Sigo encontrando vecinos de Lawton, Unos se van de alta, entre ellos Victoria, que me ayudó tanto cuando yo no podía caminar, y llegan otros. Mis nuevas compañeras de cuarto son Suzel de Miramar y Olguita de Puentes Grandes. El protocolo son ocho días de ingreso, al cabo de los cuales se le da al paciente el alta epidemiológica, lo que significa que ya no puede contagiar a otras personas. Pasamos el tiempo viendo películas en el televisor de la habitación, hablando por teléfono con nuestros familiares y comparando nuestros síntomas: a Suzel le han bajado los leucos y las plaquetas, Olguita solo tiene rash pero se siente bien, y yo tengo todo bien en mi sangre, pero mal en mi cuerpo. Lo de Suzel parece un dengue, porque los médicos me explican que el zika no baja las plaquetas. Hay un detalle que me sobrecoge y me conmueve: todos los casos nuevos llegan aterrados.

Octavo día: me voy de alta. El médico me advierte que los resultados del test para zika pueden demorar unos días, irán a mi policlínico y de ahí a mi posta médica. No es posible agilizarlo, hay acúmulo en los laboratorios.

Llevo ya ocho días en mi casa junto a mi familia. He estado tan débil que he tenido que inyectarme vitaminas del complejo B de alta dosis. De noche se me inflaman las manos. Ahora mismo mientras escribo las tengo hinchadas y doloridas. El rash ha desaparecido, pero la piel me escuece como si me hubieran untado veneno y no puedo usar jabón para bañarme, hasta el agua me produce sensaciones insoportables, como si me estuviera quemando. Duermo muy mal y tengo malestares gástricos. Este virus parece haber consumido mis reservas de energía sigilosamente. Estoy aún en reposo y no valgo un centavo. ¿Qué he tenido? Yo creo que zika y los médicos también, pero sea lo que sea, lo que me preocupa es lo que pasará de ahora en adelante: con mi familia si se contagia, conmigo y las secuelas, con todos…

Quiero expresar mi más vivo agradecimiento al personal que me atendió en el IPK: al doctor Alberto Herrera, jefe de la sala, que nos consolaba y nos tranquilizaba constantemente y no tenía escrúpulos en revisarnos los cuerpos; a la jefa de enfermeras Cristina Pérez, tan humana y capaz de hacer empatía con nosotras; al enfermero Chini por su inmensa sensibilidad y delicadeza, tan poco habitual en una persona tan joven, y a la seño Mirta, quien tuvo la mala suerte de estar a cargo cuando llegué a la sala y recibió de mí un chorro de amargura tremendo, pero me devolvió paciencia y comprensión. También a las pantristas, siempre dulces, sonrientes y consiguiéndonos cafecito a las que no podemos pasar sin él, con absoluto desinterés. Además de ser un team extraordinariamente calificado, quiero resaltar que se trata de personas a quienes el ejercicio de la medicina no ha endurecido y son capaces de compasión, esa cualidad que tanto necesita encontrar el paciente  en aquellos en cuyas manos pone su salud y su vida, y que desgraciadamente escasea como el oro. En todo el tiempo que pasé en la sala E del IPK los vi tratar a todos los pacientes con el mismo respeto por la dignidad humana, la misma atención a las necesidades de todos, la misma compasión. Ese trato maravilloso que nos dieron nos ayudó a sobrellevar un trance que de otro modo habría sido mucho más sombrío. Me gustaría enterarme alguna vez de que esta calidad humana les ha merecido reconocimientos oficiales. Los mejores hospitales del primer mundo se sentirían honrados  de tener este personal en sus plantillas.

También quiero agradecer a nuestros amigos y familiares que desde Miami, Galicia y Bruselas se mantuvieron siempre al tanto de nosotros y nos han dado todo su apoyo, y a nuestro amigo Frank de Punta Brava, quien desafió todas las posibilidades reales de contagio para llevarme al IPK un pomito de café. La lealtad hace que la vida tenga sentido y sea hermosa aún en los peores momentos.

Y todo mi corazón para mi hija y mi esposo, quienes mientras estuve ingresada batallaron hasta el agotamiento buscando las vitaminas del complejo B de 10 000 unidades que les pedí, y preparando la casa para mi regreso. Sufrieron mucho mi ausencia.

Yo estoy segura de haber tenido zika y seguiré pensándolo aún cuando los resultados del test no dieran positivo para el virus. Espero que este artículo ayude aunque sea un mínimo a los médicos de cualquier parte a identificar rápidamente a los pacientes que pudieran ser portadores de zika. Cuba tiene una población virgen, sin inmunidad contra este arbovirus, y muchos de nuestros médicos aún no reconocen el cuadro sospechoso cuando lo tienen delante, como me ocurrió a mí en mi hospital municipal, el primero al que acudí. También espero ayudar a quienes pudieran estar contagiados para que reconozcan desde el inicio los síntomas, aunque el zika presenta manifestaciones muy floridas que no son las mismas en todos los enfermos.

Quiero también —porque como periodista siento la responsabilidad social insoslayable de alertar— dar este testimonio personal para advertir a la población sobre la importancia capital de realizar en nuestros hogares el autofocal todos los días y abrir la puerta a las fumigaciones aunque resulten molestas, pero al mismo tiempo quiero crear conciencia de que ello por sí solo no debe infundirnos una sensación de inmunidad que sería falsa. PUEDE QUE EN NUESTRAS CASAS SEAMOS MUY CUIDADOSOS Y NO TENGAMOS MOSQUITOS, PERO ESO NO SIGNIFICA QUE NO LOS HAYA ALREDEDOR. Hay que chapear los yerbazales, limpiar los basureros, alertar a las autoridades sobre salideros y aguas estancadas y cualquier posible foco de vectores. Nosotros, la población, tenemos que hacerlo, porque esa es la parte que nos toca en esta lucha contra el aspecto maléfico de la naturaleza. La higiene comunal es esencial para cortar la cadena de transmisión de cualquier epidemia, y en lo que dependa modestamente de cada ciudadano debemos intentar mantenerla a toda costa. No nos engañemos porque los síntomas del zika parezcan menos peligrosos que los del dengue. Las secuelas pueden ser mortales.

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Acerca de Gina Picart

Fui alumna y discípula de Beatriz Maggi en la Facultad de Filología de la Universidad de La Habana. Soy escritora, periodista, investigadora, crítica literaria y otras cosas, y ella me mostró el camino.
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2 respuestas a MI EXPERIENCIA CON EL ZIKA

  1. Siento mucho que hayas pasado por momento tan complicado y desagradable. Sabía que teníamos Zika en La Habana, aunque no de manera tan recurrente. Parece que falta la debida alerta ante una enfermedad tan peligrosa. Espero mejores y, sobre todo, que ese agresivo virus no afecte tu calidad de vida. Que mejores rápido, saludos a la familia.

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