CARTEROS Y CARTAS EN CUBA: LAS ESTIRPES CONDENADAS A CIEN AÑOS DE SOLEDAD NO TIENEN UNA SEGUNDA OPORTUNIDAD SOBRE LA TIERRA

indice2Hay muchas cosas de nuestra vida cotidiana en las que, de tan vistas, nunca pensamos, como, por ejemplo, los carteros. ¿Desde cuándo la función principal de los carteros, llevar cartas a sus destinos, ha quedado reducida casi enteramente a la entrega del periódico, de paquetería pequeña y de algunos documentos oficiales? Muchos culpan a la aparición del correo electrónico, pero lo cierto es que el género epistolar comenzó a anemizarse desde mucho antes, probablemente desde que la aviación fue capaz de ofrecer transportación a cualquier punto del globo en solo unas horas. Es posible que también esté involucrada en la decadencia de la carta la quiebra de los sueños, ilusiones y esperanzas de mucha gente sobre la Tierra, y no hay que descartar que los medios audiovisuales y la evolución de las comunicaciones tengan también su parte de responsabilidad en esa agonía que ya es casi una muerte total.

Por paradójico que parezca, hoy, cuando hasta los nenes de primaria tienen en su mochila un celular y las tablets y androids son objetos tan cotidianos como el cepillo de dientes, es cuando la gente escribe menos cada día. Porque no hay que engañarse pensando que los interminables intercambios de pequeños bocadillos que constantemente llevan a cabo millones de personas en este planeta puedan calificarse como escritura. Si usted entra a un aula universitaria y se inclina sobre cualquier estudiante que esté tecleando frenéticamente en su teléfono móvil, podrá leer algo más o menos como esto:

Él. —Anoche no kontestaste mis llamadas
RESPUESTA. —Durmiendo
Él. —¿Vas kumple Julita?
RESPUESTA. —No, koncierto
Él. —¿Mañana?
RESPUESTA. —Yo te llamo
Él. —¿Me kieres?
RESPUESTA. —Te kiero

O este otro ejemplo inefable de diálogo celular entre un padre y su hijo:

PADRE. —Chama sin cambolo en gao temprano
HIJO. —Puro toy kon jeva hoy na ma viejo
PADRE. —Temprano chama no joda

El caso es que es muy posible que ya nunca vuelvan a escribirse cartas como las que aparecen en el epistolario amoroso de la novela Jardín, de Dulce María Loynaz, de las que he tomado dos ejemplos, el primero de los cuales, de apenas dos líneas, es antológico:
“Bárbara, la de los ojos de agua, la de los ojos de agua honda de estanque… Bárbara, serena y majestuosa como una nave antigua en un mar latino.”

Y este otro, de estremecedora belleza:

¿Recuerdas la otra tarde, Bárbara, cuando con la punta de marfil de tu sombrilla escarbabas la tierra del jardín? […]Te pregunté la gracia de aquel juego, y tú alzaste los ojos y me miraste un momento, […] y me contestaste sonriendo, porque tú sonríes siempre:

—[…]Pruebo a ver si encuentro tu corazón, que se me ha perdido.

Y seguiste escarbando con la punta de marfil de tu sombrilla…

[…] Sin embargo, yo te digo ahora a mi vez: Tú, que amas la pureza y me hablas de lirio que mereció ser comparado al Maestro; tú, obsesionada de blancura, enferma de blancura, cuando tocas las corolas blancas y te recreas aspirando su perfume… ¿has pensado alguna vez que todo viene de un nudo negro que se clava en la tierra, que se come la misma comida que los gusanos? No, yo sé que tú no piensas en eso, pero te ocupas en recoger las flores que te son bellas y gratas y que responden a tu ideal de Belleza, aún viniendo de donde hayan venido…
La otra tarde buscaste mi corazón entre la tierra, y yo te digo, Bárbara, y te lo digo tal vez demasiado emocionado, que en la tierra o en el cielo, en tu mano o en el fango, mi corazón ha sido siempre para ti…

Claro, se me podría objetar que esos fragmentos no forman parte de cartas reales, sino que fueron escritas por un Premio Cervantes de Literatura para una novela sin ningún anclaje en la vida real. Pero las dos cartas que reproduzco a continuación no solo son verdaderas, sino que la segunda ni siquiera sabemos si llegó a ser corregida para su redacción definitiva, pues fue halladas entre la papelería póstuma de José Martí bajo la forma de apuntes, que probablemente tomó en breves momentos que le dejaron libres las numerosas actividades de su intensa vida.

Madre mía:

Hoy, 25 de marzo, en vísperas de un largo viaje, estoy pensando en Usted. Yo sin cesar pienso en Usted. Usted se duele, en la cólera de su amor, del sacrificio de mi vida; y ¿por qué nací de Usted con una vida que ama el sacrificio? Palabras, no puedo. El deber de un hombre está allí donde es más útil. Pero conmigo va siempre, en mi creciente y necesaria agonía, el recuerdo de mi madre.
Abrace a mis hermanas, y a sus compañeros. ¡Ojalá pueda algún día verlos a todos a mi alrededor, contentos de mí! Y entonces sí que cuidaré yo de Usted con mimo y con orgullo. Ahora, bendígame, y crea que jamás saldrá de mi corazón obra sin piedad y sin limpieza. La bendición.

Su
J. Martí
PD: Tengo razón para ir más contento y seguro de lo que Usted pudiera imaginarse. No son inútiles la verdad y la ternura. No padezca.

A Carmen Zayas Bazán, su esposa, dirigió esta otra misiva donde ya no le resulta posible ocultar el frío de una decepción que lo había llevado al desamor. En carta anterior Carmen le instaba a regresar a Cuba a pesar de que las autoridades españolas lo habían prohibido y amenazado de muerte al desterrado, y él le responde:

[…] Pues siendo mayor, o siendo igual, o siendo simplemente alguna la posibilidad de que suceda, yo no debo exponerme a males que no tienen remedio, contra la posibilidad de que no suceda, dejando una situación cuyos males son todos remediables. —No hay en mí una duda, un solo instante de vacilación. Amo a mi tierra inmensamente. Si fuera dueño de mi fortuna, lo intentaría todo por su beneficio: lo intentaría todo. Mas no soy dueño, y apago todo sol, y quiebro el ala a toda águila. Cuando te miro y me miro, y veo qué terribles penas ahogo, y qué vivas penas sufres, me das tristeza. Hoy, sobre el dolor de ver perdida para siempre la almohada en que pensé que podría reclinar mi cabeza, tengo el dolor inmenso de amar con locura a una tierra a la que no puedo ya volver. Me dices que vaya; ¡Si por morir al llegar, daría alegre la vida! No tengo, pues, que violentarme para ir, sino para no ir. Si lo entiendes, está bien. Si no ¿qué he de hacer yo? —Que no lo estimas, ya lo sé. —Pero no he de cometer la injusticia de pedirte que estimes una grandeza meramente espiritual, secreta e improductiva.

Carlos Manuel de Céspedes, Padre de la Patria cubana, era un letrado, pero no un novelista ni un poeta aunque hubiera escrito letras de canciones. Profundamente herido por las miserias humanas que afligían y dividían a los cubanos en su guerra contra España y por los agravios incalificables a que le sometieron los propios jefes cubanos del mambisado, Céspedes muestra al rojo vivo las sangrantes nervaduras de su alma en estas líneas redactadas en un estilo simple y personal, en carta dirigida a su esposa Ana de Quesada, quien le aguardaba en el exilio:

[…] En cuanto a mí, tengo mi conciencia tranquila y desprecio esas calumnias. He cumplido con mi deber. Mi conducta está a la expectación pública. No juego, no me embriago, no enamoro, ni siquiera paseo. Trabajo sin descansar por Cuba: no puedo asegurar que lo haga con acierto, pero es con buena fe. No robo, no mato, no violo, no hago intencionales agravios a nadie. Procuro proceder imparcialmente en mis resoluciones, y que haya orden y justicia. Jamás transigiré con los españoles sino bajo la base de nuestra independencia. Más no puedo hacer: no soy santo. Si no están conformes tomen su Presidencia el día que quieran. ¡Ojalá fuera mañana! ¡Cuidado un día no la dejen caer por tierra. Para nada la apetezco. Yo quiero ser el primer independiente, y a donde quiera que vaya tendré qué comer, porque yo sé trabajar. No le tengo miedo ni a nadie ni a nada. Por ser Presidente no voy a sacrificar mis sentimientos ni mis otros deberes.

Miles de cartas perfectas y antológicas han sido escritas desde que el alfabeto fue inventado por el hombre. No sé por qué recuerdo ahora, en especial, una enviada por la princesa egipcia Ankesnamón al rey de los hititas en la que le rogaba le enviara a uno de sus hijos para convertirlo en su esposo y faraón; una carta breve, femenina, suplicante y al mismo tiempo digna, pero traspasada por una tremenda desesperación. Ankesnamón, viuda reciente del joven faraón Tut Ank Amón, estaba amenazada de ser obligada a contraer nupcias con un pretendiente rudo que no era de sangre real, el asesino de su esposo. Curiosamente Dulce María Loynaz es autora de la célebre Carta de amor a Tut Ank Amón, una de las piezas epistolares más perfectas escritas en lengua española.

No, ya los carteros no traen cartas largas y hermosas, tal vez porque ya no haya almas largas y hermosas ni plumas sabias, y ahora encomendamos a las caritas de yahoo transmitir los sentimientos que no tenemos palabra para expresar. Estamos regresando al reino de la onomatopeya gutural del gu gu da da y el unga tunga, por no hablar del gustringo molongo, que es una clase de onomayopeya un poco más elaborada pero más gutural todavía. Los carteros y las cartas se han convertido, como diría García Márquez, en una estirpe condenada a cien años de soledad que no tendrá una segunda oportunidad sobre la Tierra.

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Acerca de Gina Picart

Soy escritora, periodista especializada en La Habana de la colonia y la república, investigadora, crítica literaria, guionista de cine, radio y televisión
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