El proyecto Asgardia, ¿suburbio astral que salvará a la Humanidad?

maxresdefaultEn un plazo razonable de tiempo algunos terrícolas podríamos convertirnos en ciudadanos extraterrestres de un Estado ubicado entre la Tierra y la Luna, cuya misión sería custodiar el bienestar de nuestro planeta de origen, y así, el que hasta hoy ha sido hogar de la raza humana quedaría bajo vigilancia de aliens con nuestro mismo código genético. Serían suficientes unos pequeños cambios en los pasaportes y tendríamos una policía interespacial en el más puro estilo de la ciencia ficción europea y norteamericana.

Aunque yo fui en el pasado una escritora de ciencia ficción, esta no es una historia mía ni de otro autor. Se trata de un proyecto no por alucinante menos real, muy seriamente expuesto en París por el ingeniero ruso Igor Ashurbeyli y su equipo de colaboradores. La nueva nación espacial fundada por ellos se llamaría Asgardia. Aunque parezca imposible, a las pocas horas de subir el proyecto a su sitio web, más de cien mil firmas de entusiastas de todo el planeta apoyaban la idea. A la fecha suman ya 531 846.

Para los aficionados a la ciencia ficción, quienes suelen ser muy buenos conocedores de “su” género, las historias de conquistas espaciales comenzaron mucho antes de que el escritor norteamericano Ray Bradbury publicara sus Crónicas marcianas, devenidas de inmediato la Biblia de esta literatura. La literatura de Bradbury  demostrado tener un poder de predicción tan fuerte como el libro sagrado más leído del mundo, y lo que no es poca ventaja sobre este: sus predicciones comenzaron a realizarse en el mínimo espacio de una sola generación, porque quienes vieron salir de la imprenta las primeras ediciones de las Crónicas... donde Bradbury describía un caracolillo que colocado en el pabellón de la oreja permitía escuchar sonidos muy lejanos, llegaron a disfrutar de las ventajas del audífono; quienes disfrutan hoy de las pantallas 3D supieron de ellas por primera vez cuando Bradbury las “inventó” en su novela Fahrenheit 451, y quienes se asustaron con el apocalipsis cultural que Bradbury anunciaba en esa misma obra, han llegado a ser testigos impotentes del empobrecimiento de la alta cultura mundial provocado por el abaratamiento intelectual y la comercialización que el fenómeno de una sociedad globalizada ha traído consigo e impuesto a casi todas las naciones. Pudiera citar mucho ejemplos, pero se disfrutará más leyendo o releyendo al vidente Bradbury, cuya intuición de artista sensible unida a una inteligencia brillante le permitió ver cómo sería el futuro inmediato de nuestro planeta, y lo que vendrá cuando ya lo hayamos transformado en un cascarón seco e inhabitable: la necesaria estampida y la conquista aventurera y temeraria de los espacios más accesibles fuera de la Tierra. En otras palabras, o como reza un refrán muy conocido: las ratas abandonan el barco que se hunde.

Pero ni aún los profetas que reciben su intuición del mismísimo Universo resultan  infalibles: Bradbury creyó que el primer planeta asaltado por una Humanidad en desbandada sería Marte, pero se equivocó, porque no pudo prever el fenómeno de las micronaciones, del que ya he hablado en un artículo anterior, así que solo refrescaré la memoria de mis lectores recordándoles que para que surja una micronación solo se necesitan dos cosas: un espacio cualquiera, que puede ser desde un rancho ovejero hasta una isla inhabitada o una plataforma petrolífera abandonada en medio del océano, y un individuo convencido de que este mundo está muy mal y él puede crear uno mejor.

Asgardia no es otra cosa que una micronación en proyecto, y una de las razones que la hace tan original es que su sede no se encontraría en la Tierra, sino en esa zona intermedia entre nosotros y nuestro satélite lunar que los antiguos cabalistas hebreos llamaron mundo sublunar, donde se supone que habiten —entre otras entidades muy posesivas y poco recomendables— espíritus desmaterializados sin carta de ciudadanía en el astral. Pero olvidemos por ahora a los sabios hebreos —solo por ahora—, y sigamos reflexionando sobre Asgardia.

Llama la atención su nombre, derivado de Asgard, uno de los tres mundos que conforman la mitología escandinava (a la que pertenece la mitología germana que explotó en su favor el partido nazi de Hitler, y ojo con esto que es supremamente importante, como se verá después). Asgard es el mundo habitado por los dioses. Habría mucho más que explicar sobre este panteón divino en general, pero este no es el lugar. Lo que importa es que esta nueva micronación espacial encargada de custodiar la seguridad de la Tierra lleva el nombre de un mundo divino al que los simples mortales solo podían acceder en sueños. Es extraño que un ruso NO haya elegido para su proyecto un nombre perteneciente a la mitología rusa, pero la elección cobra sentido cuando se conoce quiénes serían los pobladores propuestos para habitar Asgardia, nunca personas comunes y corrientes, sino ciudadanos especialísimos, auténticos VIP , como ha “decidido” Ashurbeyli, quienes serían elegidos tras una rigurosa selección que se llevaría a cabo a través del sitio digital del proyecto. ¿Y por qué digo que los futuros asgardianos nunca serían seres comunes y corrientes? Pues léase con atención la “misión” autoadjudicada del proyecto Asgardia, según aparece en un artículo publicado por Juventud Rebelde y titulado Asgardia, ¿ingeniería futurista o timo (seudo) científico?:

[Asgardia] sería una suerte de embajada de vanguardia de la especie terrestre, con el deber de proteger a la Tierra de las amenazas provenientes del cosmos , como las llamaradas solares, la basura espacial, el impacto de meteoritos, la radiación cósmica y las amenazas biológicas provenientes de los cuerpos celestes que caen al planeta.

Está claro que una agenda como esta solo puede estar a cargo (en primera instancia) de científicos de altísima calificación, provenientes de los más importantes y poderosos centros de investigación y docentes de nivel superior del mundo. Una élite, y no parece que se trate de algo que pueda ser discutido o negociado. Ellos serían, por fuerza, el núcleo poblacional de Asgardia, tal vez acompañados por sus familias y, en estos casos, también por el inevitable personal de servicio y de seguridad. Sería, por supuesto, una comunidad internacional… ¿o no…?

Para percibir mejor las imponentes semejanzas del proyecto Asgardia con los clásicos rusos de la ciencia ficción escritos durante el período soviético, al estilo de La nebulosa de Andrómeda que también trata de una comunidad científica internacional viviendo en el espacio, veamos los presupuestos sociales sobre los que está diseñado el proyecto Asgardia y citemos otra vez a Juventud Rebelde:

Asgardia pretendería desarrollar libremente la carrera científico-tecnológica con tres pilares esenciales como máximas éticas, al decir de Ashurbeyli: “Protección, paz y acceso”. […] …el nuevo Estado tendría todos los atributos necesario en el plano identitario cultural: Gobierno y embajadas, bandera, himno nacional e insignias. La ideología nacional se proclama democrática, y en cuanto a la parte legal, la idea es presentar el proyecto de nación ante la ONU, puesto que ya alcanza el medio millón de firmantes en la web.

El comienzo de este fragmento confirma la naturaleza elitista de los habitantes de Asgardia, quienes, además de ser profesionales eminentísimos en sus respectivas especialidades científicas, tendrían que poseer una calidad humana de tan virtuosa casi angélica, que les permitiera convivir en una comunidad cuyo código ético interno y externo se parece a llos paraísos que se han inventado todas las religiones, especialmente  el Paraíso cristiano, basado en un decálogo que asegura no solo la superviviencia y el bienestar, sino también el amor incondicional entre prójimos, cuyo más exaltado modo de expresión es el sacrificio totalmente desinteresado. Es decir, Asgardia no solo sería una comunidad de científicos, sino también de seres puros sin ambiciones ni bajos instintos, dedicada a salvaguardar la integridad de la Tierra y la Humanidad. ¿Alguien, al leer esto, ha sentido en su mente algún eco lejano de la palabra superhombre? Porque yo sí. El superhombre ha sido uno de los más acariciados sueños de la Humanidad: trascender su naturaleza elemental y finita (“barro eres y al barro volverás”) para producir un ser superior lleno de perfecciones, un semidiós capaz de enfrentarse a los dioses y hasta desplazarlos para tomar su lugar. Desde luego, el diseño del ciudadano de Asgardia —al menos en su primera agenda— no es similar al Zaratustra del filósofo alemán Nietzshe, un prototipo guerrero que inspiró a Hitler la concepción de raza superior que sustentó la ideología nazi y justificó todos sus crímenes, pero la intención trascendental que subyace tras el concepto es de la misma naturaleza: exclusividad superior. La Tierra, y nosotros en ella, quedaríamos bajo la protección de un grupo de seres aureolados por un halo de santidad. Pero ¿qué tiempo duraría esta virtud incorruptible tan extraña a la condición humana…? ¿Qué durabilidad podría esperarse de un fenómeno que no encontraría en la Historia de la Humanidad ni un solo precedente, como no sea el de los esenios, que tuvieron tan mal fin y de quienes solo han llegado a nosotros los Rollos del Mar Muerto, literalmente hechos picadillo por la humedad y los hongos de las cuevas donde fueron ocultados? Y otra cosa: ¿En qué se convertiría esta comunidad de científicos cuando se les acabara la virtud y la nobleza de intención? ¿En qué han terminado todos los proyectos de crear un hombre nuevo que en el mundo han sido? ¿Cuánto tardaría Asgardia en convertirse en otra Isla del doctor Moreau …?

Y ahora debemos parar mientes en un detalle singular: Asgardia, esta utopía bellísima y protectora, responde en su estructura a lo que Alejandro Magno y muchos políticos después de él conceptualizaron como Estado-tapón. El Estado-tapón solía ser creado por los estados guerreros y poderosos entre sus fronteras y las tierras hostiles que aún no habían sido conquistadas o tal vez no lo fueran nunca. De ese modo, si el enemigo atacaba el Estado poderoso le combatía… en tierras del Estado-tapón, no en las suyas, y así trasladaba la amenaza a otro escenario menos comprometedor. El príncipe, tirano o jefe guerrero del Estado-tapón era un títere sujeto a la potencia que le daba poder y a ella debía obediencia absoluta. Y es justamente aquí donde se trabaría uno de los paraguas más vistosos del creador de Asgardia, porque, según Juventud Rebelde citando a Ashurbeyli :

La independencia es un rasgo típico del diseño de las utopías, pero Asgardia nunca sería un verdadero Estado-tapón entre la Tierra y el cosmos, puesto que nace con pretensiones confesas de independencia absoluta. Vigilará a la Tierra para protegerla, sin embargo nadie podrá vigilarla ni gobernarla a ella sino ella misma, y no rendirá cuentas a nadie de su gestión. Tampoco sería una democracia, porque en Asgardia gobernará Ashurbeyli o un gobierno “encabezado” por él. Y aquí llegamos a un punto interesantísimo que en principio es solo una especulación antropológica: en la mítica Asgard escandinava gobernaba Odín, el más poderoso de la trinidad de los dioses nórdicos.

odin¿Sería muy alocado sospechar que pudiera existir algún vínculo asociativo entre Ashurbeyli y Odín, aunque no fuera más que de carácter inconsciente? Ojalá que no, porque Odín el Tuerto es uno de los dioses más oscuros que conoce la mitología terrestre. Es un guerrero y jefe de guerreros, solo que el ejército que él comandaodin4 es un ejército de muertos, los einherjer, espíritus de los guerreros caídos en combate que arrasan con todo lo que encuentran a su paso. Cuando Odín no lleva armadura, usa vestiduras negras como los antiguos sacerdotes sacrificadores de los indoeuropeos y los druidas celtas de Irlanda, que se derivan de aquellos, y sacrificó su propio cuerpo colgándose a sí mismo de un árbol sagrado durante nueve días y nueve noches para obtener, por medio del dolor físico, el conocimiento de todas las cosas, entre ellas el futuro. Finalmente obtuvo lo que deseaba por medio de las runas, que le fueron reveladas a través de su suplicio. odin3En Odín se reúnen las tres castas principales que estructuraban la clase dominante de los primitivos indoeuropeos: rey, sacerdote y mago. Los antiguos vikingos lo invocaban antes de cada combate , y los berserskirs u hombres-lobo, guerreros que en la hibrys o furor de la batalla eran poseídos por espíritus de lobos, estaban bajo su mando. Odín es el hechicero, el mago negro que conjura y domina las fuerzas de la naturaleza y las obliga a obedecerle. ¿No despierta reminiscencias en nosotros del Doktor Faustus, el científico que vendió su alma al Diablo a cambio de conocimiento que es, en definitiva, una forma de poder?

Pero pasemos ahora a algo más concreto que las especulaciones antropológicas. ¿Cuál sería la fuente, o las fuentes, de donde provendría el financiamiento capaz no solo de materializar, sino de mantener el megaproyecto Asgardia si llegara a convertirse en realidad? Ya me parece escuchar por ahí algunas voces entusiastas susurrando: “¡Los Iluminati!, el Pentágono, la CIA, la KGB, el MOSAD, los Estados árabes del Golfo…!”. Lo único seguro es que no sería ninguna Universidad, ni la ONU ni las fortunas particulares de los científicos asgardienses ni la comunidad científica internacional, ni ningún Estado mecenas. Se trata de altísima tecnología, lo que descarta al Segundo Mundo, a los países en vías de desarrollo salvo los petroleros del Golfo, que tienen el dinero pero no la tecnología, y deja en pie solo a las dos superpotencias del Primer Mundo y a Japón y China. Tal vez también la India, aunque no me parece probable, no porque no disponga de un elevado nivel tecnológico, sino porque carece del peso político necesario para respaldar algo como el proyecto Asgardia. Y ni pensar en un acuerdo internacional para conceder este financiamiento, porque si las naciones que podrían hacerlo no se ponen de acuerdo ni para la solución de los problemas más elementales de la Tierra, como por ejemplo revertir el cambio climático, dudo que lo hagan para crear Asgardia. Pero al final, financie quien financie, lo que sí es seguro es que no tendrá el altruismo necesario para entregar los fondos a Ashurbeyli y su equipo y retirarse a mirar los toros desde la barrera. ¿A dónde irían entonces las pretensiones libertarias de Asgardia?

Para terminar me gustaría cuestionar un poco el título del artículo de Juventud Rebelde, donde se maneja la posibilidad de un timo pseudocientífico. Ashurbeyli tiene un curriculum que no parece alimentar mucho esa hipótesis. El proyecto Asgardia está pensado por un grupo de investigadores, ingenieros, abogados y empresarios liderados por el propio Ashurbeyli, quien es un científico espacial y representante del Comité de la UNESCO para las Ciencias del Espacio. En 2013 creó la Aerospace International Research Center (AIRC), empresa responsable de la publicación científica Room. Y eso no es todo. Aunque es verdad que en el mundo científico se han visto timos tremendos.

¿A qué conclusiones se puede llegar luego de un análisis atento del proyecto Asgardia y su calurosa recepción entre la comunidad científica internacional y la gente común? Propongo algunas:

1-Que la Humanidad está bastante consciente de que su estancia sobre la Tierra está llegando a su final y, como han alertado desde hace ya casi un siglo los escritores de ciencia ficción y los científicos, hay que ir pesando en encontrar alternativas.

2-Hay que seguir con atención todo lo relacionado con Asgardia, porque podría estar naciendo un fenómeno que, aunque fuera cierto que parte de las mejores intenciones, corre el riesgo de dar a luz una inmensa amenaza para el futuro de la Humanidad, sobre todo en tiempos que parecen pertenecer al terrorismo. Y aquí vuelvo a señalar hacia los cabalistas hebreos y la construcción del Golem, antecedente de Frankenstein, esos monstruos que crean el mago y el científico que anhelan empujar los límites de la condición humana, y que terminan por negar su sumisión a sus creadores para tomar el control absoluto de sus acciones.

3-Asgardia vuelve a poner sobre el tapete de la Comunidad de Naciones la necesidad de revisar las leyes internacionales sobre el uso del espacio exterior, porque no es cosa de tener dando vueltas entre la Tierra y la Luna un lugar donde un grupo de individuos “ intelectualmente superiores” que poseen el Conocimiento y la Tecnología con mayúsculas anden encerrados jugando a ser dioses, y haciendo cosas que solo ellos saben y por las que no están obligados a responder ante nadie. Donde lo mismo se puede impedir que un virus espacial llegue a la Tierra que crear uno letal y esparcirlo en los océanos, o clonar a Hitler, o crear al superhombre cruel y despiadado con que soñó Nietzshe. En cualquier aspecto o situación de la vida siempre hay que contar con la posible existencia de una segunda agenda.

4-Habría disputas violentas en la Tierra por el control de Asgardia, independientemente de quién haya subvencionado el proyecto en sus orígenes. Sería paradójico que una entidad creada para salvarnos terminara por desencadenar una guerra mundial. Un Trump Presidente de los Estados Unidos jamás se resignaría a que Asgardia no fuera un juguete de su propiedad. Y no sería el único, pues quien domine Asgardia dominará el planeta.

5-¿Es Asgardia un bebé con genes neonazis…?

No seamos ingenuos: es más seguro intentar salvar nuestro planeta, si ello aún fuera posible, que poner nuestra suerte en manos de utopías que prometen respaldo y protección cuando en realidad no están en condiciones de ofrecer un mínimo de transparencia. Por principio, siempre me han parecido sospechosos y altamente peligrosos los individuos o grupos que se ofrecen como salvadores pero abren su juego advirtiendo que nadie puede preguntarles cómo salvan.

Bradbury describió la agonía de Marte mancillado por la presencia de los colonos norteamericanos, quienes destruyeron los palacios y la refinada cultura marciana y dejaron el planeta cubierto de latas de Coca-Cola y paquetes vacíos de papas fritas con Ketchup. Como artista, él veía el aniquilamiento de una civilización y su cultura como el peor crimen posible. Pero resulta un crimen aún más horrendo la manipulación de una civilización con fines que ella misma no conoce y no puede controlar, y los proyectos como Asgardia, aunque nos parezcan “vanos fantasmas de niebla y luz”, como escribió el poeta español Gustavo Adolfo Becker en uno de sus más hermosos versos, nada tienen que ver con la pureza.

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Acerca de Gina Picart

Soy escritora, periodista especializada en La Habana de la colonia y la república, investigadora, crítica literaria, guionista de cine, radio y televisión
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