MI ENCUENTRO CON EL COMANDANTE CAMILO CIENFUEGOS

camiloTengo sesenta años y siento que es mi momento para hablar sobre Camilo, porque  lo conocí cuando yo tenía tres.

Mi abuelo don José Manuel, periodista jubilado del diario El País, era un anciano artrítico y muy limitado en sus movimientos, pero era también un hombre lleno de fervor ante la Revolución, la lucha en la Sierra y la entrada de los barbudos en La Habana. Albergó a tres jóvenes rebeldes, Tuto, Eloy y Abel, en su pequeño y modesto apartamento del reparto La Asunción, y consiguió, no recuerdo cómo, un uniforme de miliciano y un arma, y se fue a custodiar un enorme edificio cercano a nuestra vivienda, donde una Orden religiosa había tenido su convento y su escuela. Antes de partir, los monjes dieron en custodia a mi abuelo la Biblia que utilizaban en sus misas, un bellísimo ejemplar ilustrado y cubierto de notas al pie, que yo heredé. Menciono este detalle porque sin explicar que mi familia era católica y yo me había criado entre historias de santos, rosarios y misas dominicales, mi historia sería poco comprensible.

Los jóvenes rebeldes nos contaban muchas anécdotas de la Sierra, y alguno de ellos le dijo a mi abuelito que el comandante Camilo Cienfuegos esperaba todas las tardes la ruta 25 en el portal del cine Norma, a media cuadra de nuestra casa. Esa misma tarde mi abuelita me puso mi mejor batica y mi abuelito me llevó al lugar, y allí estaba Camilo con su uniforme verde olivo, su sombrero y su rifle, la espalda apoyada contra la pared, esperando aquella guagua que iba para Lawton. Completamente solo.

Mi abuelito se le acercó conmigo cargada y le dijo:

—Buenas tardes, Camilo, yo soy J.M. Picart, de El País, y aquí le traigo a mi nietecita para que lo conozca.

Camilo nos sonrió con naturalidad, puso el rifle contra la pared, me tomó en sus brazos, me puso su sombrero y me miró divertido:

—Qué niñita tan linda, ¿cómo tú te llamas?

Yo le dije mi nombre y él me hizo la segunda pregunta que siempre se les hace a los niños:

—Bueno, Georginita, ¿y qué tú vas a ser cuando seas grande?

—Maestra —respondí yo, como hacen todas las niñas a esa edad.

Pero había escuchado su voz, veía su sonrisa que era como una luz que brotaba de sus labios y le alumbraba toda la cara, y recuerdo que observé su rostro con más atención. Supongo que Camilo se dio cuenta, porque él también me miró con más fijeza, él percibió que me estaba pasando algo, y entonces me hizo su tercera pregunta:

—Georginita, ¿tú me conoces, tú sabes quién soy yo…?

—Sí, Camilo, tú eres Papadios —le dije, porque se me parecía al Corazón de Jesús que mi abuela tenía en su salita, pero con el pelo negro.

Camilo me dio un beso en la mejilla, recuperó su sombrero y me devolvió a los brazos de mi abuelo, y así terminó nuestra entrevista.

Es casi imposible que una criatura de tres años de edad pueda, a los sesenta, recrear con fidelidad un recuerdo tan antiguo. Pero sucede que mi único encuentro con Camilo quedó profundamente grabado en mi memoria y es uno de los recuerdos que se han conservado más vivos en mí. Creo que los niños tienen sentidos mucho más sensibles que los de los adultos, y mucha más imaginación. Una niña particularmente impresionable y provista de un imaginario religioso muy florido, como yo lo fui, pudo haber creído que veía luz en la cara de Camilo Cienfuegos, pero también creo que los niños, a través de su propia pureza pueden ver con mucha nitidez lo esencial de las personas y las cosas, y lo que yo vi en Camilo aquella tarde, aquello como el halo de luz de los santos, tal como se mostraban en la iglesia y en las láminas de mis libros fue, en realidad, su virtud intrínseca, su propia pureza, su transparencia y su absoluta carencia de malignidad. Creo que esas cualidades estaban en la capa más profunda de su naturaleza, eran su sello ontológico, por decirlo de alguna manera; creo que subyacían por debajo, incluso, de su cubanía, su carácter jaranero y juguetón, y su clara inteligencia. La luz que yo le vi era su esencia.

También recuerdo que yo estaba en el balcón del apartamento de mis abuelos el día en que la calle se llenó de gente que corría en desorden gritando: “¡¡¡Se murió Camilo!!!”. No estoy segura, pero me parece que el cielo estaba gris.

Anuncios
Esta entrada fue publicada en Uncategorized y etiquetada , . Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s