¿Aún somos los cubanos tan buenos lectores como hace tiempo…?

feriaDurante los últimos años se viene observando un fenómeno curioso en la Feria Internacional del Libro de La Habana, y es que aunque la asistencia en ciertos días de la semana pueda ser muy nutrida, a la salida la mayoría de las personas que abandonan el recinto llevan consigo pocos libros, a diferencia de cómo había sido siempre.
¿Significa esa disminución de la compra que los habaneros han dejado de leer con la misma voracidad que hace unos años? Y digo los habaneros porque en provincias es posible que las cosas se comporten de otro modo. ¿Han derrotado al libro las tecnologías digitales o el libro ha perdido la batalla frente a la economía?

Es de suponer que como en todo fenómeno la naturaleza del mismo sea compleja y las causas múltiples. La diversidad y variedad de tecnologías digitales como las tablets, los e-book y los teléfonos inteligentes posibilitan que el usuario se convierta en propietario de bibliotecas prácticamente borgianas por lo infinitas. Miles de libros, videos, y música se pueden llevar a todas partes en las memorias, y a través de las redes sociales se establecen intercambios de todo tipo de materiales relacionados con la ciencia y la cultura, aunque no más se trate de la cultura del entretenimiento, y el coste no sobrepasa al precio del equipo más alguna que otra inversión esporádica y pequeña, mientras que los precios de los libros se han elevado en las librerías cubanas. Las personas de menos de 30 años se niegan a creer que hubo tiempos en los que con diez pesos moneda nacional uno podía adquirir 10 o hasta 15 libros de gran calidad en las muchas librerías que existían entonces en La Habana, donde se podía encontrar en los estantes desde los clásicos griegos hasta el nouveau roman francés y lo último que se publicaba en Europa, pasando por maravillosos libros de arte y ciencia editados con todo lujo en la Unión Soviética y otros países socialistas.

Algo que también cuenta, sobre todo en edades tempranas de la vida, es el espacio cada vez mayor que ocupan en los mecanismos del ocio las aplicaciones como You can make op, donde el dueño de la tablet o el móvil puede modificar fotos de personas con herramientas de maquillaje, peluquería, disfraces, etc, u otras más refinadas e intelectuales como Pottery, donde usted puede hacer en pantalla su propia cerámica y obtener maravillosos diseños de jarrones, jarras, ánforas, búcaros y otros utensilios, sin hablar de los innumerables juegos, desde los más tontos hasta los más inteligentes como el ajedrez, que usted puede jugar tranquilamente en su casa, en un almendrón, en el Malecón y hasta en el aula o el centro de trabajo. Además del sabroso deporte consistente en el constante intercambio de mensajes de texto y fotos con sus amigos reales o virtuales ubicados en cualquier parte del mundo, así sea en el asiento de al lado. Según estadísticas, existen ya en Cuba casi (o más de) 4 millones de teléfonos celulares. No tengo conocimiento de estadísticas sobre propietarios de tablets y e-books. En este sentido, si el libro no ha sido derrotado, cosa que me parece discutible, enfrenta una tremenda competencia, porque para muchísimas personas es prioridad entretenerse y pasarla bien antes que pensar.
Por otra parte se impone reflexionar sobre el factor económico. Para nadie es un secreto que los salarios en Cuba son muy bajos y los productos de primera necesidad tienen precios muy elevados, por lo que a una gran parte de la población que vive de su salario la compra de un libro se le convierte en una decisión con visos de conflicto. Seguramente todos comprendemos que los insumos demandados por la industria del libro, comenzando por el papel y las máquinas de impresión, son altos, que las portadas a color cuestan mucho dinero, que las editoriales no disponen del presupuesto necesario para llevar adelante un plan de publicaciones más allá de magro, y que se trabaja desde hace tiempo por hacer de las editoriales instituciones autofinanciadas. Todos estos factores obligan a subir los precios de los libros. Se sabe y se comprende, pero se compra menos, porque los números y el bolsillo no entienden de sutilezas.

Y aún hay otro factor digno de atención: la necesidad de autofinanciamiento obliga a las editoriales a priorizar ciertas líneas editoriales por encima de otras. La casa Ediciones Cubanas, por ejemplo, estima que publicar literatura no le resulta rentable, y prioriza libros de cocina, de religión y otros temas que interesan en primer lugar  a los extranjeros como compradores potenciales,  y en segundo lugar a ciertas zonas del sector privado. Los diccionarios, aunque sean de temas intrascendentes y de poca utilidad práctica, son también muy buscados por la población. Se puede hacer un compendio de cualquier tema, que mientras la primera palabra del título sea Diccionario, tiene la venta asegurada. La literatura infantil sigue siendo bien vendida, aunque tampoco como en décadas pasadas, porque ahora los niños son usuarios numerosos y entusiastas de las tecnologías digitales, y ya no piden con la misma fruición de antes las historietas de Elpidio Valdés porque tienen en sus tablets y ordenadores juegos mucho más atractivos.

Y está el caso contrario: editoriales que se encargan de publicaciones de carácter ideológico y de autores cubanos reconocidos con premios importantes dentro de Cuba. Está el caso especial y probablemente único de Leonardo Padura, cuyos libros clasifican en la categoría de best sellers y como tal son perseguidos con furor por los lectores, al tiempo que su autor ostenta muchos de estos premios y goza del respaldo de editoriales extranjeras que, desde luego, impulsan su promoción no solo fuera, sino también dentro de Cuba, pero se trata de una situación muy peculiar que no comparten la mayoría de los autores del patio que publican en estas editoriales, muy premiados y con lugares cimeros dentro de nuestras letras, ganados a veces ya en fechas anteriores a 1959, pero que no interesan al público lector o son autores de culto o buscados prácticamente en exclusiva por el sector académico. El resultado de esta madeja delicada y de difícil manejo son las librería atestadas de Premios Alejo Carpentier, Premios de la Crítica y Premios Nacionales de Literatura que permanecen años y años empolvándose en los estantes sin reportar ganancia alguna a las editoriales y, en muchos casos, sí pérdidas onerosas. Y de la poesía y el teatro ni hablar.

Cómo salir de este laberinto es el reto que enfrenta, en mi opinión, la política editorial cubana. Es posible que aún mucha gente desee leer, pero no apetecen lo que se publica y no encuentran lo que desearían, además de que mucha gente quisiera leer autores extranjeros importantes cuya ausencia es más que notoria en nuestras librerías, debido a la rigurosidad de las leyes internacionales que rigen el pago de derechos de autor (¿qué sabemos sobre la literatura que se ha estado publicando en Europa y Estados Unidos en el último medio siglo, e incluso de lo que se ha publicado en nuestro propio continente?).

Pero se podría hacer, tal vez, una selección más inteligente de lo que se publica. Fuera de Cuba existe una herramienta muy valiosa para guiar a estas selecciones: las encuestas, que se llevan a cabo de varias formas, muchas de ellas sin que los encuestados sepan que lo están siendo, como es el caso de los virus informáticos que se ocupan de testar los ordenadores en flagrante clandestinaje, en busca de preferencias y gustos con destino al mercado. Esta son técnicas de marketing que en nuestro país no se aplican, pero las encuestas como tales tampoco se utilizan en todo su potencial en nuestro mundo cultural, al menos de manera oficial y por instituciones oficiales. Es posible que no se empleen o que se empleen poco y de manera mecánica encuestas que pregunten a las personas qué desearían leer. ¿Nos llevaría esto a publicar libros de temáticas “populacheras” o para el mercado y nos alejaría de la auténtica cultura literaria? Es un dilema muy real, pero de cualquier modo tampoco estamos publicando esa cultura auténtica tan deseable, y lo que publicamos no se vende o se vende mal. Y no hay que descontar que en esas encuestas, si se realizaran, podría aparecer un por ciento elevado de la población reclamando libros de religiones afrocubanas, de recetas de cocina, de diccionarios y de otros temas que no guardan relación con la cultura literaria.

Un último detalle relacionado con los pocos libros que sacan de la Feria sus visitantes es la presencia disminuida de editoriales extranjeras de lengua española que se viene notando desde hace años en los stands. Algunas de las más buscadas por los lectores cubanos han quedado atrapadas en los altibajos del mercado editorial europeo y latinoamericano, y han quebrado o han sido absorbidas por pulpos editoriales que no asisten a nuestra Feria, pero también un observador medianamente capaz se da cuenta de que la mercancía editorial traída por las editoriales foráneas de lengua española con frecuencia es merma sin calidad, en especial de libros de segunda que pretendieron ser best sellers o lo fueron por breve tiempo, y mucha literatura cuestionable de autoayuda y Nueva Era. Son remanentes. Hay poco ahí para formar buenos lectores o alimentar a quienes ya lo son.

La posibilidad es una categoría de la que nadie puede desentenderse, y es posible que cuando termine la Feria del Libro nos sorprendan las cifras de libros vendidos —que por demás no son falsas—. Sucede cada año. Usted verá en los reportajes e informaciones de los medios  considerables cifras de ventas. Pero cuando usted se para a la salida de las sedes de la Feria, en especial en La Cabaña, y observa con detenimiento a los que se van,2589-fericaba los números le dicen que aunque se vendan muchos libros durante el evento, la proporción entre visitantes y libros vendidos continúa sin estar a favor de estos últimos. Aunque la Feria del Libro en Cuba se ha diseñado siempre como una celebración dirigida fundamentalmente a la familia, que encuentra en sus recintos distracciones gastronómicas y artesanales que no son puramente editoriales, e incluso hasta meros lugares hermosos para llevar a los niños a disfrutar de un paseo dominical y todo eso está muy bien, la función principal de la Feria Internacional del Libro de La Habana es promover la lectura. O al menos debiera serlo. Pero ¿lo está logrando?

Llamo la atención sobre la necesidad de emprender un trabajo mucho más serio, profesional e intenso en la divulgación de los autores cubanos e internacionales en los medios de prensa de nuestro país, pero en general en todos los espacios posibles. Tenemos una Agencia Literaria Latinoamericana que supuestamente debe ocuparse de publicitar a los autores cubanos a nivel internacional, pero los frutos de ese trabajo aún distan de ser ni siquiera promisorios, y su capacidad para representar y defender los derechos de los escritores en pleitos fuera del territorio nacional es limitada.

Y por último, insisto en la necesidad de mejorar el trabajo de los jurados de premios literarios, en especial los jurados del Premio Alejo Carpentier, el más imprtante que se entrega en Cuba a autores nacionales y cuya alta retribución a los premiados es en divisa, y sus portadas son de lujo y muy costosas. ¿Qué sentido tiene premiar un caro libro ilegible que luego duerme el sueño eterno en los estantes de las librerías? ¿O un libro que en realidad no posee la calidad exigida para merecer un premio de tal categoría? El Premio Alejo Carpentier de Literatura que otorga el Instituto Cubano del Libro exige una reflexión profunda.

La realidad dice que los habaneros leen cada día menos y los libros se venden mal, salvo excepciones muy puntuales de autores y temas. Ya la lectura no es masiva como antes lo fue y era uno de los principales propósitos de la política cultural de la Revolución, y como dejó de serlo no está cumpliendo bien con sus misiones éticas y estéticas; apenas si a través de ella se está influyendo en la conservación de los valores humanos y sociales de la población y en la formación del buen gusto estético de las nuevas generaciones. Tampoco se está satisfaciendo debidamente las necesidades espirituales de generaciones que se formaron décadas atrás en ese refinamiento de la buena lectura que hoy casi se ha perdido.

Todo parece apuntar a que es urgente, en primer lugar, el rediseño y resemantización de la política editorial cubana, y en segundo lugar, un replanteamiento del trabajo de las editoriales, en el que habría que contemplar, entre otros muchos factores, la reinstalación de las comisiones de lectores especializados, quienes tienen a su cargo la evaluación de los libros que llegan a las editoriales con pretensiones de ser publicados. Estas comisiones existen no solo en las editoriales de todo el mundo, sino también en las agencias literarias, y existieron en todas las editoriales cubanas hasta que fueron suprimidas años atrás por falta de presupuesto, ya que su personal trabajaba por contratación, y la responsabilidad de evaluar los originales quedó en manos de los editores. Pero estas comisiones actúan como una criba, como un filtro que separa el grano de la paja, y se hallaban en ellas con frecuencia especialistas de alto nivel y formación como críticos, con una preparación diferente a la que suelen tener los editores cubanos. La evaluación de un original para posible publicación no se limita a decir si cuenta bien una historia, si los personajes están bien construidos y los conflictos bien resueltos. Un libro puede cumplir con todos estos requisitos primordiales y seguir siendo una literatura intrascendente que no aporta nada al panorama literario de un país. Las comisiones de lectores especializados deberían ser restablecidas en nuestras editoriales y su personal seleccionado con cuidado y responsabilidad, ya que ellas son el filtro necesario que puede garantizar la calidad en el plan anual de publicaciones de una editorial.

Solo queda desear que la situación de la literatura y de los libros mejore entre nosotros, porque no solo de pan vive el hombre, y la literatura y el arte son tan esenciales en la formación del carácter como la disciplina del trabajo o la posesión activa de un credo ideológico. La buena literatura es una de las armas de lucha más eficaces de que dispone el ser humano en la batalla cotidiana contra la banalización y el empobrecimiento de la mente y el espíritu.

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