SOBRE PREMIOS DESIERTOS Y TRAMPANTOJOS LITERARIOS

Males del sistema editorial cubano: trampantojos, cenicientas, juriales y otros más graves

Por Gina Picart

Trampantojos o puertas falsas en la literaturas cubana

He visto pocos títulos tan bien concebidos y de tal plenitud conceptual como este de Rafael de Águila, El trampantojo, la literatura cubana y los premios literarios, porque metaforizar a los premios literarios como un trampantojo —un espejismo o simulacro de la realidad—, es una flecha zen justo al centro del blanco. Rafael es valiente, porque hay que serlo para escribir y publicar un texto como este, que aunque no ofende a nadie molestará a no pocos. No estoy segura de que el gremio letrado cubano merezca tanta abnegación, pero yo puedo estar equivocada. Sin embargo, la actitud de Rafael me recuerda que a pesar de todo una persona buena debería conservar algo de fe.

Siempre me han acusado de ser amarga, pero a mi edad ya no conozco otra manera de enfrentar a la vida. Soy mordaz, sarcástica, burlona y todos los adjetivos que se me quiera endilgar. Sin embargo, yo, como Rafael, tampoco pretendo exactamente molestar a personas ni instituciones en particular, porque de haberlo querido lo habría hecho en su momento y con toda la agresividad de que soy capaz. Simplemente no puedo quedarme inerte respecto de tantas cosas que Rafael menciona y que han golpeado muy duro mi carrera literaria, pero sobre todo mi bolsillo, que es donde tengo la piel más sensible. Y aún alguien como yo puede sentir cierta solidaridad al mirar hacia los lados y ver que me acompañan en esta larga y accidentada marcha en el desierto tantos otros escritores que a lo mejor pueden ser malas personas, malos autores, malos amigos y pésimos jurados, pero al final son mis colegas y padecen los mismos males que me han golpeado a mí.

Rafael (y muchos otros escritores) expresa su preocupación por la capacidad profesional de los jurados de premios literarios, la validez de sus dictámenes, la merma en el monto económico de los premios, la paulatina reducción de las editoriales, la escasez de vías de publicación, el grave estado financiero de los escritores cubanos y otros problemas.  No creo que habrá soluciones, no las que Rafael concibe, pero no quiero dejarlo solo como tantas veces me quedé yo cuando defendía mis criterios, mis verdades. Tampoco creo que el dilema de los premios sea la mejor expresión de la crisis que atenaza a la literatura cubana, sino apenas la punta del iceberg. Para empezar,  la falta de liquidez  del Instituto Cubano del Libro ha llevado al encogimiento progresivo de sus casas editoriales, lo que ha hecho que ganar un premio se convierta  para muchos escritores casi en la única manera de conseguir la publicación de un libro. Así las cosas, los concursos abren un abanico de posibilidades a intereses personales, a miserias humanas como la impudicia y la alevosía, a la bien intencionada estupidez y a un rosario larguísimo de males que no voy a citar técnicamente aquí porque ya lo ha hecho Rafael, aunque, en mi opinión, su lista no está completa.

Cada año nuestra prensa nos sorprende con nuevas cifras, los cientos de miles de ejemplares que se publican en cada nueva edición de la FILH. Pese a ello, casi todas nuestras más importantes Editoriales han mermado, dadas las consabidas crisis (financieras, de papel, poligráficas, editoriales, presupuestarias) la cantidad de títulos que anualmente publican. Otra vez: en lo que a Literatura se refiere. Esto en modo alguno resulta una crítica o un ataque al sistema editorial cubano o a la cultura en nuestro país. Ello, por ética, y por otras innumerables razones, me está vedado (todas las citas en negritas las he tomado del texto de Rafael).

¡Libros! parece, plátano es…

Yo no veo por qué el sistema editorial cubano tenga que ser una entelequia inmune a cuestionamientos, aunque respeto las razones que cada cual tenga para no involucrarse. No hay nada más aberrante que la ausencia de críticas. Todo lo que es obra del ser humano es perfectible, y no señalar errores es apostar por el estancamiento y constituye un sabotaje al desarrollo. Aunque la Revolución haya abierto las puertas a la cultura nacional y nuestro sistema editorial sea muchísimo más de lo que los escritores tenían a su alcance antes de 1959 —que realmente lo es y ni un ciego lo podría negar—, nuestra industria del libro está en un momento difícil, quizá no al extremo del período especial, pero bastante difícil. Nuestras editoriales parecen atrapadas en un nudo de trampas administrativas, de normativas y regulaciones que se muerden su propia cola. Se quiso que fueran capaces de autofinanciarse, pero tienen compromisos editoriales que restan posibilidades a los planes anuales de publicación y al presupuesto que les es asignado, y sin embargo, algunos de estos compromisos claramente serían —y siempre fueron— de la competencia de otras editoriales con perfiles específicos como la Editora Política, por ejemplo. Los autores solo pueden publicar cada dos años, supuestamente una directiva con intenciones democráticas de asegurar más oportunidades para los escritores y que no se repitan constantemente los mismos nombres; pero eso trae como consecuencia: 1-que autores que siempre son muy bien vendidos en nuestras librerías no pueden publicar antes de ese plazo, con lo que las editoriales pierden posibilidades de recaudar dinero. 2-que libros que tienen segundas partes, o dos tomos o más, quedan limitados en su venta inicial a la primera parte, y pasados dos años, cuando con suerte aparezca la segunda parte en el mercado, ya será difícil para los lectores sentir que están dando seguimiento a una temática, algo que también podría afectar las ganancias editoriales.  Las comisiones evaluadoras de originales, o lo que es lo mismo, los lectores especializados, que las editoriales reclutaban por contrata y trabajaban evaluando las obras entregadas para su posible publicación, desaparecieron de las redacciones de la noche a la mañana por falta de presupuesto, quedando el filtrado de textos en manos de los editores. He conocido editores cubanos como Dulce María Sotolongo y Gina Perez Palmés con un olfato increíble para detectar un buen texto y hasta sugrir cambios e ideas que lo mejoran, pero la evaluación de un libro, que no es otra cosa que crítica literaria, demanda en ciertas ocasiones una preparación teórica profunda que implica una vasta cultura, conocimientos sólidos de semántica, semiótica, historia, teoría literaria, etc.,  que no se obtienen en la universidad, sino en estudios constantes y sistemáticos que a menudo se emprenden después que nos hemos graduado y continúan a través de la vida, y que resultan imprescindibles para plantearle a un autor consagrado que ha escrito un libro no publicable. Y no estoy hablando de cursos, posgrados, maestrías ni diplomados. Estoy hablando de emulsión y procesamiento del conocimiento de acuerdo con las capacidades intelectuales de cada cual, y que si fueran habilidades simples de obtener muchas personas las tendrían y emplearían con igual eficacia, lo que queda rotundamente desmentido por el hecho de que sea tan difícil encontrar un evaluador o un crítico literario que haga honor a su profesión, aunque en Cuba los hay muy buenos, pero escasos como el buen café.  Los premios literarios más importantes, el Carpentier, el Casa de las Américas, el Premio de la Crítica y el Premio Nacional de Literatura, tienen demasiado a menudo resultados incongruentes, y con incongruencia quiero decir que en ocasiones se otorgan a una obra que o no los merece o presenta valores más atendibles desde otros territorios como la sociología, la historia, la política, que pueden ser valores añadidos, pero un premio literario tiene por fuerza que responder, en primer lugar, a la calidad literaria. ¿Cómo es posible que tengamos Premios Nacionales de Literatura que no pertenecen al mundo literario nacional y nunca se le haya concedido este reconocimiento supremo a la Doctora Beatriz Maggi, como en más de una oportunidad llegamos a cuestionar públicamente el lamentablemente fallecido crítico de arte Rufo Caballero, el cineasta Fernando Pérez y yo misma?  Beatriz no solo formó desde las aulas universitarias a todas las generaciones de intelectuales graduados con posterioridad a 1959, sino que ella misma es la única especialista en Shakespeare que tenemos en Cuba y autora de uno de los corpus ensayísticos más profundos de nuestra liteeratura, en tal sentido comparable a la profundidad exegética de Martí ¿A quién hay que exigir responsabilidades por este absurdo pantagruélico? Una respuesta oficial quiero decir, porque las de pasillo no me sirven en un asunto tan serio.

Nuestro sistema editorial tiene otras fallas, pero dejo su análisis para quienes posean un conocimiento de causa más interno que el mío.

Se entregan a publicación solo los libros con los que no hemos logrado ganar premios, y se entregan a publicación después de intentar ganar esos premios, repetidamente, por varios años.

En muy pocas ocasiones el gremio letrado acepta por unanimidad que un premio ha sido debidamente otorgado, y quienes achaquen esta inconformidad casi crónica a las veleidades egoicas de los escritores deberían revisar ese criterio que no siempre es acertado, pues cuando salen a la luz las obras premiadas y las menciones, y algunas obras que no alcanzaron nada en los concursos pero fueron recomendadas por el jurado para publicación, a veces se vuelve un hecho incuestionable que los premios no fueron lo mejor que concursó, y en ocasiones no solo no fueron la mejor obra, sino hasta una mala obra, que a veces no falla en su escritura misma sino en la apropiación de códigos de sistemas conceptuales, filosóficos y estéticos que el autor de dicha obra no ha “digerido” o no consigue incorporar a sus procesos creativos, y un crítico avezado percibe estos pecados que van mucho más allá de una mala redacción, un pobre diseño de personajes o una composición deficiente de la estructura narrativa; se trata de confusiones ontológicas en el nivel de las ideas, en la concepción misma de la obra (a veces hasta en su lógica interna), pero estos errores de fundamento pasan infelizmente inadvertidos para demasiados jurados. Es verdad que Cuba no es el único lugar donde eso ocurre, pero también es verdad que en los lugares donde suele suceder hay un mercado del libro que impone sus leyes, mientras que esa no es la realidad cubana, lo que libra a nuestros jurados de presiones de carácter financiero. Que los últimos sean a menudo los primeros  indica, en mi modesta opinión, temperatura de crisis en nuestro sistema editorial o, como diría un patólogo amigo, un punto necrótico. A menudo el asunto de una mala premiación o de un premio declarado desierto se torna piedra de escándalo, pero nadie descubre a los responsables que deberían sentirse avergonzados (pues al fin y al cabo las actas de premiación llevan nombres y apellidos y la identidad de los jurados nunca queda en la sombra). La vergüenza que traen consigo las premiaciones de malos libros queda flotando en el aire como un globo, no revienta sobre nadie, a nadie mancha. Increíblemente nadie se siente aludido. Lo más extraño es que quien único se siente de verdad avergonzado es el escritor digno a quien un lector desconocido asalta en plena calle y le grita: “¡¡¡Pero si usted era el Premio!!!” De repente uno quisiera volverse invisible, porque uno no sabe qué responder a ese lector, a menudo una persona del pueblo que demuestra tener más aptitudes para ser jurado que algunos de nuestros intelectuales. Esos lectores afilados son los verdaderos jueces de los malos libros, pero están demasiado lejos de las editoriales como para que se conviertan en un elemento a tomar en cuenta, y nadie les teme.

Todo Jurado será, una vez conformado y en funciones, plenipotenciario. Es decir, sus fallos no estarán en modo alguno sujetos a reclamaciones ni podrán ser, en todo o en parte, reversibles.

Todo Jurado será, una vez conformado y en funciones, plenipotenciario. Es decir, sus fallos no estarán en modo alguno sujetos a reclamaciones ni podrán ser, en todo o en parte, reversibles.

La libertad es el mayor bien del hombre, nos lo han repetido desde el prescolar, pero hay libertades y libertades, y la peor libertad que se le puede conferir a un ser humano es la de asegurarle que no responderá  ante nadie por sus buenas o malas acciones. Es la apoteosis del crimen sin castigo. Precisamente como los jurados son plenipotenciarios y sus decisiones inapelables, si deciden mal no pasa nada,  y son, por tanto, inapelablemente impunes. Y la impunidad crea la sensación de que todo está permitido y nadie será llamado a contar por su basura, ya se trate de incapacidad o impudicia. La impunidad de los jurados cubanos les permite hacer a agunos de ellos lo que se les ocurra, y esas ocurrencias las describe muy bien Rafael en su audaz texto: las pasiones se desbordan, los bajos instintos se imponen. Si hay escritores que se toman el trabajo de escribir libros para poner en la picota a sus enemigos, ¿qué no harán cuando les cae entre las manos el todopoderoso poder de descalificar y entre las obras sometidas a su veto encuentran la de un rival o un enemigo? Y otro tanto puede decirse del jurado a quien le toca pronunciarse sobre la obra de un buen amigo al que quiere favorecer, aunque tal vez no sea por bondad de corazón, sino porque podría ser un jurado potencial en futuros concursos o aún peor: porque ya exista entre ambos una contraloría de intercambio de favores que ha rendido pingües frutos? Quiero aclarar que en el gremio letrado cubano hay muchas personas honestas, de ética intachable y muy elevada capacidad profesional y de discernimiento, quienes jamás cederían a bajezas ni se dejarían manipular por nadie, pero también hay lo contrario, porque de todo existe en la viña del Señor. Y a veces no se trata de nada de lo dicho, sino de la química entre jurados, que no siempre funciona. Y hasta de pura remolonería, pura vagancia laboral. Yo he formado parte de jurados donde he visto miembros que cuando nos reunimos para acordar el fallo, sencillamente dicen: “Bueno, yo me acojo a lo que ustedes decidan”, y ni Dios puede sacarlos de esa posición, es decir, no votan, no fallan, lo que me hace pensar que tampoco se han leído las obras. Una manera fácil de ganarse el cheque. ¿Y el prestigio de la literatura cubana? Bien, gracias.

No pocas veces las Instituciones que auspician algún Premio comienzan a tratar de conformar Jurado… y no pocos autores, hay que decirlo, se niegan a conformarlos. Y las Instituciones sufren esto […] Y se trata de un deber que, muy comúnmente, sobre todos los más excelsos autores, suelen rechazar. ¡Y son, precisamente los más excelsos autores, quienes deben ser llamados a ser Jurados!

No es del todo cierto que las instituciones se vean obligadas a armar jurados emergentes porque los autores se nieguen a ser jurados. Apartando la expresión autores excelsos —me produce la misma sensación que si me obligaran a coger un erizo con los dedos o a secarme con fibra de vidrio—, hay autores que jamás han sido llamados a ser jurados de un Premio Carpentier ni siquiera cuando lo han ganado el año anterior. Eso me sucedió a mí, y seguramente les habrá pasado a otros escritores. Sin embargo, con frecuencia vemos a los mismos nombres conformando los jurados de los premios más importantes del país, como si se tratara de un equipo de jurados profesionales. Y al respecto voy a contar una anécdota deliciosa: una de estas personas se dirigió a mí en una ocasión pidiéndome ayuda para escribir un discurso de entrega de un premio sumamente importante ganado por un autor que gozaba de su amistad, pero sobre cuya obra no sabía qué decir. Esta persona ejerció la presidencia del jurado que premió a su amigo. En aquella ocasión solo pude ayudar de modo muy general, pero poco después ese mismo jurado profesional en apuros formó parte de un jurado donde yo obtuve un premio importante. Más tarde se distanció de mí por razones que aún sigo sin comprender, y esta persona cometió la torpeza de gritar en medio de un evento repleto de asistentes que la obra que me habían premiado (con su voto de jurado, of course) contenía un cuento “sin pies ni cabeza”. Se refería a El nombre de la fosa. Quienes conozcan ese texto mío saben que si el lector no ha leído El nombre de la rosa de Eco, algo de Cortázar y algo de Borges, le resultará bastante difícil saborear el cuento en toda su riqueza hipertextual aunque pueda disfrutar la historia, que es una fantasía del absurdo pero para nada ininteligible. Se cae de la mata preguntar: ¿Cómo es que no entendió nada si es un/una jurado excelso? Y si no entendió, ¿cómo pudo premiar algo que no entendía? Menos mal que al resto de aquel jurado yo no lo conocía. Y con esta segunda pregunta retorno a la anécdota (que ya he contado otras veces) de una jurado que me confesó que no pudo con mi novela La casa del alibi,  porque tras unas primeras páginas que le gustaron mucho se encontró de repente con una obra de teatro (inserta en la novela) y también de repente ya no entendía nada y qué va, ahí mismo lo dejó. ¡¡¡NO SIGUIÓ LEYENDO!!!, ah, tan douce coupable que abortó mi ÚNICA posibilidad de ganar 3 000 CUC… No me nace ofender a una persona que por lo general es amable, o bueno, formalmente amable. Saquen ustedes sus propias conclusiones. Vuelvo a remarcar que los/las protagonistas de estas dos anécdotas forman parte del club de jurados profesionales de la literatura cubana, son como los peloteros de Industriales, y quizá debiéramos llamarlos/las Juriales. En otra ocasión, en el primer Carpentier de cuento donde concursé, un/una jurado me aseguró con el mayor cinismo que mi libro (El reino de la noche) aunque no fue premiado era tan bueno que “rebasaba el marco de un premio nacional y yo debería enviarlo al extranjero”. En un premio UNEAC mi novela Malevolgia quedó cogida entre dos fuegos cuando uno/una de los jurados se reviró contra una importante figura de la literatura nacional que tuvo la ocurrencia de sugerirle que le prestara atención a mi obra porque tenía calidad. En aquel famoso Carpentier de novela que quedó desierto, un/una jurado me confesó después, durante una gira post-Feria en ómnibus por las provincias, que no se había leído mi novela (La casa del alibi) porque era muy gruesa y tenía la letra muy chiquita (esto último era falso). Otro/otra jurado me dijo que mi novela inédita El viaje del pez oscuro “no podía ganar premios porque “tiene problemas de lenguaje” (¡!). Juro por mi honor que todos los protagonistas de las anécdotas que acabo de contar son Juriales. Mi anecdotario sobre el equipo Juriales es casi infinito. Y mi memoria de nombres propios también. Y volviendo al enunciado rafaeliano de si los escritores quieren o no ser jurados, digamos, parafraseando la Biblia, que son muchos los anhelosos, pero pocos los elegidos. Gran paradoja: los elegidos no siempre son los más capaces profesionalmente. Qué lata, si hasta parece un trabalenguas.

No olvidemos el tema de las filias y las fobias. Es vital en este campo. Porque se trata de tres seres en los que bullen amorosas filias y odiadas fobias. Somos humanos: en todos bulle semejante mixtura. Eso en cuanto a temas y a estilos literarios. Mas… no solo eso. También en cuanto a filiaciones. Ideológicas. Políticas. Morales. Religiosas

Resulta muy curioso, muy significativo, muy denotante y connotante —y muy asqueroso también— que los jurados que emiten un voto contaminado de ideología, religión, racismo, sociología o cualquier otro parámetro ajeno a la literatura, tienen, tal vez, miedo de que aparezcan sus firmas en premiaciones susceptibles de atraer sobre ellos la mirada inquisitiva del Poder, pero no sienten vergüenza alguna de rubricar actas de premiación  de obras que no tienen ninguna calidad literaria.  Impudicia.

La Institución auspiciante debe velar por el saludable funcionamiento del Jurado […] Un miembro destacado, y a esos efectos apto, de la Institución de la que se trate, debe velar por ello, sin derecho a voto mas con todo derecho -y todo deber- a mediación, pensamiento, voz, debida atención, coordinación, solución de entuertos, actuación como moderador o facilitador en debates o resolución de conflictos, caso los haya

En algunos de los concursos internacionales en que he participado ha existido ese cuarto miembro que eventualmente podría ejercer una moderación benéfica sobe las bestezuelas del jurado, algo así como una especie de domador sin látigo: el vocal sin voto. Lo vi en los premios del Tren, en Madrid, pero igual el poderoso editor español Chus Visor (o como se escriba), que formaba parte del jurado y a la vez tenía concursando allí a un escritor y un poeta a los que apadrinaba (les estaba fabricando un curriculum), impuso su voluntad sobre un jurado de cuatro miembros y un vocal y arrebató los premios de cuento y poesía a los dos cubanos que estaban entre los concursantes, quienes tuvieron que abandonar el salón de la premiación con dos menciones de 500 euros dejando a sus espaldas unos primeros premios de miles de euros. Como bien dice Rafael, siempre hay alguien del jurado que post mortem confiesa. Eso nos pasó a Alexis Díaz Pimienta y a mí en 2004, y quien no quiera creerme que busque la colección de los Premios del Tren de aquel año y compruebe lo que digo contra lectura. Un vocal tampoco es garantía de nada, aunque es verdad que puede matizar mucho el vandalismo de algunos jurados y la medida debería aplicarse en Cuba.

 No basta con que los Premios, entre sus bases, exijan seudónimo. No. Los autores, casi todos, nos conocemos. Muchos somos amigos. Muchos leemos el manuscrito de otros. Conocemos cuanto escribe el otro. Conocemos estilos y temas. Y, en no pocos casos, las obras no publicadas de la autoría de esos colegas, esas que envían a Premios, las hemos leído, ¡antes de que hayan sido enviadas a esos Premios! Resulta muy común, además, que nuestros colegas más cercanos conozcan que hemos sido convocados a conformar Jurados. Y resulta muy común que miembros de esos Jurados tengan, entre los libros a evaluar, libros de algunos / varios / muchos de sus amigos. Y… de sus enemigos. Ello, convendrán, puede resultar algo… negativo. Muchos se dedican a conformar algo que, en teoría de análisis de riesgo, se denomina Link Chart, diagramas de vínculo, esquemas que vinculan de un lado a los Jurados, del otro a los premiados, en función de… decodificar causales. Si la Victimología, en Criminalística, estudia las causales que han llevado a una víctima a serlo a partir de la relación Víctima / Victimario la Premiología estudia las causales de un Premio ¡a partir de la relación Premiado / Jurado! Y toda presunta descubierta relación provoca, una vez entregados los Premios, no poca desidia de pasillo. No poco cotilleo. No poco escándalo. Eso juega a desacreditar a los Premios. Juega a desacreditar a las Instituciones que los auspician. Juega a desacreditar a los Jurados establecidos por esas Instituciones. Y ese ¨juego¨ ese desmoralizante.

Comité de experticia en Premiología.

Me he divertido leyendo estas reflexiones de Rafael, y eso que no mencionó a los acosadores telefónicos de los jurados. Y sin embargo sangro por la herida, porque de todo eso he sido víctima varias veces. En una ocasión, en cierto premio, un/una jurado, días después de la premiación me dijo con gran pena: “¿Pero por qué no me llamaste con tiempo para decirme que Fulanito (mi seudónimo) eras tú? Yo quería premiar una mujer, pero tu libro me pareció escrito por un hombre. ¡Si hubiera sabido que eras tú! Y como Zutano —(otro de los tres jurados de aquel premio)— traía un único libro, el de Esperanceja, que él la quiere tanto, y Menganito (el tercer jurado) se había ido de Cuba, pues bueno, premiamos a Esperanceja”. Sí, ya lo creo que los quereres valen, y las filiaciones, las alianzas, las deudas por favores y otras muchas razones tan míseras como amargas… Las amistades cuentan, aunque sean peligrosas. Mas lo importante es que sean útiles aunque en el fondo no resulten tan amistosas. Y también hay amistades que parecen muy devotas, pero cuando  hay ciertos miedos latentes en uno de los amigos hacia el brillo del otro amigo, y el temeroso de sombra cae en el jurado y el temido luminoso concursa… En los jurados he esperado menos de mis amigos que de quienes no me conocían en el momento del concurso. Mis mejores premios me los han dado jurados que no me conocían. No siempre los amigos son sinceros ni sus manos tan francas, y en las rosas más blancas se esconden clavitos… La Premiología tiene su existencia más que justificada, porque es incuestionable que unos cuantos jurados, cuando se ponen a trabajar, en lo menos que están pensando es en el prestigio de la literatura cubana.

Recientemente tuvo lugar una Jornada Nacional de Narrativa en la UNEAC. Asombró la no asistencia de representante alguno de la Academia y de representante alguno de la Crítica. De la prensa… ni hablar. De Editoriales tampoco. Instituciones… relumbraban por la ausencia. Allí estábamos… ¡otra vez!, solo nosotros mismos. Unos pocos. ¿Por qué Academia y Crítica se (auto)destierran o desentienden del proceso? Resulta inconcebible y absurdo eso. Lamentable. Muy negativo para la Literatura cubana.

Esta vez comento las reflexiones de Rafael como crítico y como periodista. Independientemente de mi preparación teórica no soy un crítico profesional en el sentido de que no ejerzo la crítica como profesión sino solo cuando me siento motivada (o cuando me han pagado por hacerlo, aunque esta parte de mi trabajo no sea conocida). Pero las personas que ejercemos la crítica de manera responsable no estamos de espaldas a nuestra actualidad literaria. Los críticos o quienes hacemos crítica sabemos lo que sucede en el mundo literario cubano, y sabemos también cómo son esas reuniones a las que ya muchos no vamos. Algunos de esos eventos donde se reúnen autores, críticos, a veces cineastas, ensayistas y altos funcionarios del mundo literario son un buen marco para decir lo que se tenga entre pecho y espalda, para quejarse, para denunciar situaciones y para exigir soluciones. Muchos lo hacen con sinceridad e incluso asumen el riesgo de decir públicamente lo que es sabrosa (y peligrosa) carnita extraoficial. Entre la audiencia habrá quienes aplaudan el coraje y suscriban la demanda; habrá también quienes critiquen ostensiblemente al demandante para dejar bien claro que no piensan tan a contracorriente como él, y la mayoría no dirá ni pío y optarán por pasar inadvertidos, como si no estuvieran en sus asientos, antes que señalarse siquiera por el temblor de una pestaña. Pero todo lo dicho quedará in situ. Nunca pasa nada, todo sigue igual y todos lo sabemos tan bien como sabemos otras muchas cosas.  Yo, que siempre he tenido complejo de Quijote, me he lanzado más de una vez contra los molinos de viento en eventos de gran calibre y he combatido, por lo común totalmente sola, enfrentada a funcionarios poderosos que me reclamaban desde el panel listas de responsables sabiendo que no las daría, y usaron con sutileza mi negativa para desacreditar mi denuncia. Y también sabemos que hay eventos fanfarrientos, observables de manera muy notoria en círculos de autores jóvenes con o sin asistencia de funcionarios de envergadura, donde casi puede escucharse el complaciente coro de mandolinas con alas que canta las glorias de escritores y poetas no solo noveles, sino, en no pocos casos, hasta carentes de obra publicada, por lo que creer en su grandeza o en su naturaleza promisoria se vuelve un acto de fe. ¿Qué hace un crítico serio en eventos donde se vende más la imagen pública que la obra literaria? Yo no tengo que creerme lo que un escritor diga de sí mismo. Eso no me interesa a menos que sepa que el escritor es inteligente, honesto y técnicamente capaz. Casi nunca presto atención a lo que los escritores dicen de sí mismos a menos que puedan demostrarlo. La única manera de saber quién es un buen escritor es leer las obras publicadas. Dichoso el crítico que tenga acceso al original de un buen libro, pero mientras el texto no esté publicado el crítico no podrá hacer su trabajo, pues lo que no está publicado técnicamente no existe para la crítica literaria. Pienso que, como yo, mucha gente está cansada de este inacabable más de lo mismo, y por eso prefieren no jugar el juego de asistir y comentar. Y en cuanto a la prensa, quisiera recordar aquí que la labor de promoción de las instituciones relacionadas con la literatura es bien pobre, por lo que la celebración de eventos no siempre llega a las redacciones de prensa. Otras veces las promociones llegan a las redacciones y se quedan en la gaveta de alguien; y otras, los promotores no tienen muy claras las listas de a quiénes deberían invitar dentro del mundo de la prensa. También tengo que reconocer, ya que he hablado tanto de honestidad, que algunos periodistas que atienden el sector de la cultura no están preparados para ocuparse de la literatura. Una nota de prensa puede redactarla cualquiera, pero una buena reseña… ya no tanto. Lamentablemente la falta de capacidad y discernimiento profesionales no es privativa de los jurados. Además, las promociones de los músicos y un poco también las de los pintores ofrecen refrigerios, vino y DVD. Las de los escritores solo brindan té, ron y palabras, palabras, palabras, porque ni los libros les dan a los periodistas; tenemos que comprarlos en las librerías con nuestros míseros salarios y, encima, hacerles publicidad gratis, cuando la publicidad  es uno de los trabajos mejor pagados del mundo. En otros países, cuando una editorial quiere promover su producción envía los libros a las redacciones de los periódicos y revistas y a los departamentos de la televisión que se ocupan de ello. Es solo una observación.

Que uno, dos o tres Jurados, la cantidad de Jurados que a bien se tenga, crean que uno, dos o tres Premios DEBAN QUEDAR DESIERTOS no significa que en la Literatura cubana la calidad haya ido a pique, desaparecido, menguado o decrecido

Es muy saludable que un premio quede desierto, ya sea de literatura, poesía, ensayo, o cualquier género.  Es mil veces preferible que un premio sea declarado desierto por un jurado competente a que un jurado inepto propicie el arribo a las imprentas de obras pésimas en ocasiones prestigiadas por premios de gran acreditación como el Carpentier o el Ítalo Calvino, por ejemplo, y hagan creer al público que esos son buenos libros y deben ser comprados y leídos, y ejerzan su mala influencia en la conformación de un falso canon de la literatura cubana. Y lo que es aún peor: hagan creer al mundo internacional del libro que esos malos libros son lo mejor de nuestra producción literaria. Puedo, incluso, entender a un jurado que prefiera premiar el menos malo de los textos concursantes siempre que sea un libro publicable. Lo que no entiendo —ni yo permitiría si tuviera algún poder dentro del mundo editorial cubano— es que se premien libros impresentables que luego crían moho en las librerías o distorsionan el posible gusto estético de los lectores vendiéndoles como literatura basofias con portada. Tampoco permitiría, si como dije tuviera yo algún poder editorial, que esos mismos malos libros sean los que presenten las instituciones a editores y críticos extranjeros que vienen a Cuba para conocer nuestra literatura sobre el terreno. Es un efecto dominó pero al revés, tan maléfico como el de Yersinia Pestis.

Nadie posee lámparas maravillosas ni genios servidores, pero todos, estoy seguro, deseamos hallar vías alternativas. Eso si no deseamos llegar a ser, ¡muy pronto!, una nación de felizmente prósperos salseros y tristemente empobrecidos escritores.

Ya somos una nación que cada día se menea con más ganas y piensa con más desgano. Jamás olvido aquella escena de Suite Habana, del cineasta Fernando Pérez, donde una toma en picado de la multitud sudorosa que se menea en estado de hibrys al ritmo de alguna orquesta en La Tropical es fondeada por el Avemaría. En cuanto a lo de prósperos salseros y empobrecidos escritores, yo diría que mientras en Cuba no hay salseros pobres, lo que se llama pobres, sí hay, y en gran número, escritores menesterosos a quienes literalmente se les cae encima el techo de sus viviendas o no pueden proveer las necesidades elementales de sus hijos gravemente enfermos. Y es curioso, porque mientras en la mayor parte del planeta la literatura jamás llenó las bolsas y a ningún padre le alegró que sus hijos e hijas se casaran con músicos ni pintores, en Cuba las alianzas familiares con músicos populares y artistas de la plástica son muy bien vistas. Hemos perdido el de profundis y no se debería culpar por ello únicamente a los escritores, aunque los escritores hayamos sido históricamente la conciencia crítica de las sociedades. Los escritores cubanos somos víctimas de la pérdida general de ese sentido de profundidad, lo que se traduce en tantos malos libros que parecen todos el mismo libro escrito por la misma persona, o como bien explica Rafael, el mismo libro al que su autor versiona desde ópticas diferentes y hasta opuestas, en dependencia de a qué diana pretenda acertar con él (¿verdad que eso parece fantasía heroica o la mejor picaresca española?). No hay más que ver cuántos libros se han publicado en Cuba durante medio siglo que pretenden hacer exégesis de los códigos de la realidad cubana, y cuántos podemos citar que hayan pasado del “traje”, como llamaba Carpentier a la mera repetición de anécdotas y escenarios de color local. ¡Y como le huía Carpentier al traje, como le huyeron Dulce María Loynaz, Lezama, Virgilio, Eliseo Diego, Enrique Serpa, Montenegro (que tan pobres imitadores tiene hoy). A Martí por  respeto in extremis  ni lo nombro en relación con la evitación del traje. Lo que hay que preguntarse es por qué si en todas las épocas los escritores han tenido que alimentarse a sí mismos y mantener a sus familias, ahora todos quieren hacerse con El Dorado (yo la peor de todos, aunque no sea más que en el deseo) aún a costa de escribir thrillers refritos, transcripciones de películas manga y pornografía vulgar (no me incluyo) o diatribas contra el sistema. En todas las épocas los escritores han vendido pacotilla para sobrevivir, pero también escribían libros buenos y obras geniales. Shakespeare comió de su teatro y Balzac de La comedia humana, pero dejaron un legado a la Humanidad. ¿Qué ha pasado con algunos escritores cubanos para hacerles perder el decoro de semejante modo?

 Si bien la computadora no es parte de la necesaria ¨canasta básica¨ ni aportan la posibilidad de adquirir muy necesarios bienes o reparar las dañadas viviendas, sin ellas, sin la PC, resulta endemoniadamente difícil escribir. No hay tragedia mayor para un escritor que aquella en la que la pobre PC que posee, un día cualquiera, decide abandonar la vida.

¿Quién dice que la información no es parte de la canasta básica del ser humano? Carecer hoy de internet es vivir en un suburbio astral, pero vivir sin ordenador es vivir en el paleolítico. Un escritor sin ordenador es una momia, a no ser aquellos que voluntariamente se priven de usarlo, que los hay y merecen tanto respeto como quienes no queremos tener en el alma el agujero de un ordenador in absentia.

Debe trabajarse duramente para que Crítica, Academia, Prensa e Instituciones laboren, de conjunto con los autores, en función de la Literatura cubana, especialmente en cuanto se refiere a Crítica y Academia. Ni la Crítica puede continuar difunta y enterrada ni la Academia alejada y difusa.

No creo que se pueda obligar por decreto a críticos, académicos y periodistas a hacer un trabajo que no los motiva o en el que no creen. Hay solo dos razones por las cuales los seres humanos hacen lo que no desean o aquello en lo que no creen, y son Miedo y Necesidad. Por lo general no tenemos miedo del silencio (público), antes bien lo amamos, así que no criticar puede ser una bendición para la crítica, porque le ahorrará enemigos a los críticos honestos y a los deshonestos también. En cuanto a la necesidad, escribir reporta tan poca ganancia que casi ni es necesario hacerlo. Mucho menos la crítica, que  suele usar como formato artículos y ensayos, ambos tan mal pagados como toda letra impresa. Otra cosa sería, tal vez, si pudiéramos hacer nuestras críticas en forma de reguetones, y Rafael tiene razón cuando afirma que comparados con los músicos y los artistas de la plástica, los intelectuales cubanos, con escasas excepciones, vivimos borderline con la miseria. Los críticos y la prensa no estamos difuntos ni enterrados, más bien de certificado médico (falso) por falta de estímulos sustancioso. Seamos realistas: es exigir demasiado a un escritor que al mismo tiempo sea capaz de hacer crítica, que use sus dones en favor de la literatura nacional cuando sus criticados pueden aparecérsele como fantasmones integrando los jurados del Carpentier, el Casa de las Américas, los premios de la Crítica o el Nacional de Literatura. La condición humana tiene sus limitaciones. Recordar al Principito: nunca ordenar aquello que no puede ser cumplido. Aunque siempre hay kamikazes en cualquier parte y dispuestos, si no al suicidio, por lo menos a saltos de lo más  temerarios.

Hay una tercera razón para el silencio eventual de algunos críticos que al mismo tiempo son escritores, y es la convicción chamánica que domina a no pocos de ellos de que nombrar las cosas —en este caso escribir en favor  o en contra sobre la obra ajena— equivale a conferirle cierta mágica presencia, a posicionarla en escena, a hacerla visible, por lo que la mejor actitud ante las obras de otros escritores es no mencionarlas, condenarlas al ostracismo del silencio. Si yo no los conociera bien, pensaría que estos “mudos” son fanáticos bíblicos de la potencia creadora del Verbo. Mi padre solía aconsejarme que no me molestara cuando la gente hablara mal de mí, porque lo terrible sería que nadie hablara, y un buen amigo mío siempre repite: “Lo que se enfoca, crece”. Y esa es una de las razones por las que algunos escritores capaces de hacer crítica literaria lo que hacen es un voto franciscano de silencio: para que el rival se hunda en el olvido. También existe en nuestro mundo letrado la convicción no menos profunda de que si la crítica te nombra las glorias lloverán sobre tí en catarata imparable (aunque no siempre suceda), y durante décadas hemos asistido a la fabricación de escritores (y aún de grupos) por medio de críticas corales favorables que no en toda ocasión se corresponden con la realidad. La crítica literaria se concibe entre nosotros como axis mundi, de ahí que su ausencia en algunos casos no responde a ninguna ideología religiosa ni ética, sino al principio —perteneciente a la genética picaresca— de la invisibilización del Otro como estrategia de defensa.

4. Debe rescatarse / fortalecerse el modus operandi de los Jurados (y las entidades premioauspiciantes) desde un modo de actuar (léase idoneidad, profesionalidad y summa justicia de fallos) que al prestigio de Jurados e Instituciones redunden. 5. Debe llamarse a urgente e impostergable debate de todos (UNEAC, ICL, Editoriales, MINCULT, autores) en aras de hallar soluciones consensuadas en respuesta a cuanto contencioso asome el feo rostro. Se impone ser proactivos.

Yo, autora del Manual del jurado perfecto que tan gentilmente Rafael cita en sus notas—aunque a alguien le parezca ese Manual otro más de mis sarcasmos no lo es en absoluto—, desearía con todas mis fuerzas que Rafael sea (seamos) escuchado y tomado en cuenta en las instancias donde realmente puede dárseles solución a todos los dilemas que atormentan a los escritores cubanos, pero para no extenderme más, afirmo que el problema de la falibilidad de los jurados es, valga la redundancia, solo una parte del Gran Problema, porque los jurados operan en el territorio de los premios, y en una literatura nacional sana no pueden publicar solo quienes ganan premios, porque eso no es justo ni es norma (no digo normal, digo norma) en ninguna parte del planeta. Para empezar a trabajar seriamente en soluciones, habría que comenzar por elevar muchísimo la preparación profesional de todos los trabajadores del mundo del libro que no sean autores: directores de editoriales, jefes de redacciones, editores, correctores, publicistas, mecacopistas, comerciales, expertos en Derecho de Autor, diseñadores, maquetadores, investigadores y críticos, volver a crear las comisiones evaluadoras que operaban en cada editorial,  en fin… Pero por encima de todo se necesita insuflar PRESUPUESTO, porque la industria del libro no puede subsistir sin presupuesto, en especial en el caso de Cuba, donde no están permitidas las editoriales privadas. Y no se trata solo de conceder más presupuesto a Letras Cubanas o de inyectar savia a ese papiro seco que es ahora Extramuros, sino de crear más editoriales que no tengan la consigna de Ediciones Cubanas: “Recetarios de cocina y libros de religiones”. Está bien que haya editoriales con ese perfil, pero es una ofensa a la cultura cubana que exista una como ella en una capital donde cada día se reducen más las  editoriales disponibles. Y aquí aparece el perro que se muerde la cola (Ouroboros se reserva para algo espiritualmente más elevado): ¿Cómo va a ser capaz de autofinanciarse una editorial si tiene que publicar libros que no se venden: honras fúnebres y prefúnebres, reconocimientos, premios por buenos y largos servicios, sepulcros blanqueados, etc…? Los premios literarios no son certificados de buena conducta. ¿De dónde va a salir el presupuesto necesario para insuflar vida a una industria del libro que está colapsada económicamente y amenaza con llevarse a la tumba la producción de un pensamiento nacional que no puede nutrirse solo de ideología? ¿De las ventas logradas en las Ferias del Libro? Tal posibilidad me parece cuestionable aunque entre mis especialidades no se cuentan las finanzas. Además, yo me pregunto qué parte del dinero recaudado con las ventas de esta Feria se va a dedicar a la producción y pago de nuevos libros de escritores cubanos, Y fíjense que no digo autores, porque un escritor es conceptualmente mucho más que un autor. Se ruega no confundir.

Ignorar problemas no es hacerlos desaparecer: es la manera óptima de eternizarlos.

La creencia en la Eternidad evita al hombre enfrentar la realidad de la Muerte. Eternizar los problemas es la manera óptima de no resolverlos nunca, porque las endemias son irremediables, ¿verdad? No puede hacerse nada contra ellas.

Nunca antes se escribió tanto en Cuba. Nunca antes hubo tantos seres afanados en el arte de escribir o deseando hacerlo. Algún grado de crisis existe, sin embargo.

Me he preguntado muchas veces si el fenómeno de la enorme cantidad de gente que quiere escribir en Cuba, se creen dotados para ello, empujan con todas sus fuerzas las puertas de las editoriales y se lanzan a la conquista de un Premio como bólidos profesionalmente imberbes no es, en sí mismo, señal de la peor de las crisis: la del hombre que ha perdido todo punto de referencia y no reconoce sus propios límites. Toda crisis es señal de algún tipo de desesperación que se ha desbordado a sí misma y ya no tiene contención. La crisis del mundo editorial cubano, de las instituciones literarias y editoriales, de la crítica y de los escritores no ha nacido por partenogénesis, sus raíces son muy profundas y no están en las entrañas de sí misma, sino fuera de su círculo, y esa crisis afecta a toda nuestra cultura.

Mucha más tela por donde cortar ofrece  la extensa reflexión de Rafael sobre los trampantojos de la literatura cubana, pero se me acaba el espacio.

 Habrá colegas, espero, que dirán lo suyo. No faltó alguno al que cuando le expusiera cuanto proyectaba escribir alzara los hombros y dijera: ¨pierdes el tiempo, nada se resolverá¨. No faltó quien pusiera en duda de que Jiribilla publicara este texto.

Suscribo este párrafo como si lo hubiera escrito. ¿Publicará La Jiribilla estos textos…? No lo sé, pero yo digo lo mío.

 

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