ADIOS, BEATRIZ MAGGI

La noticia, aunque ya la esperábamos quienes seguíamos de muy cerca su agonía, es aterradora, no solo porque la hemos perdido para siempre, sino porque la cultura cubana pierde con ella a uno de sus más dignos representantes y ya nunca volverá a pisar las aulas de nuestra enseñanza superior una figura de su valía, una descubridora de intelectos, una esculpidora de sensibilidades. Ay de Cuba.

Pero hay algo que hace aún más doloroso, más tétrico este cruce de un alma por el umbral de la muerte. He sabido por quienes estuvieron a su lado asistiéndola, que Beatriz pasó sus últimos años sufriendo no solo de Alzheimer, sino de una cardiopatía severa, una fractura de columna vertebral que la mantenía inmovilizada en su cama Fowler, infecciones urinarias a repetición, problemas respiratorios…  A pesar de la ayuda que Beatriz recibía de las instancias superiores de Cultura por estar considerada como una personalidad de nuestra Letras, sus ingresos totales no pasaban mensualmente de 40 CUC y los 300 pesos que cobraba por concepto de jubilación, magras cifras que quienes hemos cuidado por largo tiempo ancianos postrados sabemos de muy escasa utilidad. La familia no ha tenido recursos para enfrentar semejante situación. Beatriz pasó mucho tiempo con una sonda insertada en su vejiga, que se arrancaba una y otra vez. Por la imposibilidad de tener una enfermera a su lado había que esperar que la enfermera de la posta médica pudiera subir a la casa y recolocar el aditamento, que le era cambiado cada 15 días. La familia pasaba muchas dificultades para alimentarla debido al estado de inquietud permanente en que Beatriz se encontraba, aunque solía tener algunos raros momentos de lucidez. Nunca sabré si el último que disfrutó lo pasó hablando conmigo por teléfono. Creo que no llegó a entender del todo con quién estaba conversando, pero se puso muy feliz cuando le conté que su nieta y yo estábamos haciéndole una página y un blog en internet para publicar sus ensayos, los trabajos que se han escrito sobre ella, las entrevistas que se le han hecho, y para seguir peleando por su Premio Nacional de Literatura. Le dije que no permitiríamos que fuera olvidada. Beatriz me bendijo. También me preguntó cuando podría ver su página.

Pocos días más tarde, cuando ya se hizo patente que su agonía había comenzado, la familia tuvo que internarla en el Clínico Quirúrgico de 26, el hospital que se encuentra en la Fuente Luminosa, y que “toca” a quienes viven en Miramar, increíblemente, pues aunque allí radica el Instituto de Nefrología, el hospital en sí probablemente sea uno de los que peor opinión merece de la población capitalina. Yo tuve a mi padre ingresado allí hace años, y si las cosas no han cambiado, me sumo a ese criterio. Mientras permaneció en la sala de Observación Beatriz tuvo puesto oxígeno, un suero hidratante, antibióticos y otras asistencias, pero al ser trasladada para una cama en la sala de ingreso todo le fue retirado y quedó sin hidratación y sin oxígeno por más de un día, ella, que padecía una neumonía y no podía comer, hasta que fue transferida a una sala de terapia intermedia con mejores condiciones. Necesitaba un colchón antiescara, pero no se le pudo conseguir. Necesitaba ser trasfundida, pero no lo fue, quién sabe en virtud de qué criterios médicos —como le ocurrió a mi propia abuela, quien murió casi sin hemoglobina en el Miguel Henríquez a pesar de que yo, donante universal, quería acostarme a su lado y darle mi sangre, una transfusión de sangre a sangre, creo que se llama ese procedimiento—. El personal encargado de asistir a Beatriz alegaba ante la familia falta de recursos.  Beatriz tenía 93 años y su organismo estaba muy desgastado, no hubiera sobrevivido de cualquier modo, pero creo que pudo morir con un poco más de dignidad. En semejante situación de gravedad y carencias elementales, ¿qué hubieran significado los intentos de reanimación de última hora que los médicos quisieron practicarle? Para qué, si la situación material no iba a ser mejor de todos modos. Es probable que la mente de Beatriz, más ausente en su agonía de lo que hasta entonces lo había estado en su demencia, le obsequiara como un último don el no percibir su triste final. Tal vez no sintió dolor y partió en la paz. Pero eso no aminora el hecho de que las circunstancias en que abandonó este mundo fueron  patéticas y altamente censurables. Omito otros detalles por ser ofensivos para la sensibilidad de las personas normales. No le faltó el cariño de sus familiares más cercanos ni el celo de algunos de sus alumnos, quienes se esforzaron hasta el final por hacer menos malsano el círculo del Inferno en que Beatriz pasó sus últimos días terrestres.

Nunca olvidaré a mi profesora, mi Maestra, mi amiga. Ella me reveló algunas verdades de la vida que, sin su ayuda, habrían continuado siendo misterios irresolubles para mí hasta mi propio final. Ella fue quien me dio el título para mi primera novela, Malevolgia. Ella fue la única persona que observó que la eficacia de la prosa de mi noveleta Al final de la niebla se debe a que todas las palabra son llanas, “en la auténtica norma del castellano puro”, definió. ¿Quién puede hoy en Cuba hacer observaciones tan agudas, tan extremadamente sabias? ¿Quién será capaz de revelar a un autor los secretos más profundos de su propia creación? Solo Rufo Caballero, y se le adelantó en la muerte.

Ella me dio consejos para resolver problemas de mi vida privada, y en mis momentos más oscuros y dolorosos me sostuvo y me consoló. Quienes tuvieron la vida de Beatriz en sus manos en los últimos momentos no tienen ni la más remota idea de que manipulaban una joya magnífica y única en su valor,  escondida en su cuerpo viejo y arrugado, con la nariz sangrante por un levín manipulado con rudeza.

Beatriz dio de sí todo lo que poseía. Mucha gente no estará de acuerdo y tendrán otras opiniones, pero yo milito en la tropa de los agradecidos, de los que habrían sido mucho menos de lo que llegaron a ser si no la hubieran conocido a ella, si no hubieran entrado en su luz. A veces, ya mujer y escritora reconocida, me dolí de que en ciertos momentos significativos Beatriz mostrara preferencia por otras de sus alumnas en situaciones donde yo hubiera dado cualquier cosa por representarla, pero creo que el no permitirme actuar en público en su nombre era su manera de protegerme, porque ella conocía mi carácter y temía por lo que llamaba “mi carencia de instinto de conservación”. Tantas veces me advirtió sobre eso…

Yo siempre amé a mi familia, pero Beatriz me enseñó otra dimensión del amor filial que es, a la vez, tormento y ternura, herida y caricia. Intentó enseñarme el perdón y fue en la única instrucción en que falló conmigo. Yo puedo pedir a Dios que perdone a esa parte del género humano que es depredadora, que no tiene piedad ni sentimientos, ni siente necesidad de proteger a los débiles, pero yo no puedo perdonar. Me voy a morir odiando. Y en este momento todo mi odio es para quienes no vieron en ese cuerpo de vieja que moría más que otra de tantas ancianas molestas de las que conviene deshacerse lo más rápido posible.

Ella se fue sin su Premio Nacional de Literatura ni su muy merecida membresía en la Academia Cubana de la Lengua, ya que fue uno de los pocos humanistas que ha tenido esta isla. Si en alguna ocasión me hubieran dado a mí ese premio, yo lo habría rechazado. ¿Cómo recibirlo si a ella se lo negaron siempre? ¿Cómo aceptar los brillos y las fanfarrias triunfales que debieron ser para mi Maestra, alguien tan grande que a su lado somos todos enanos? Hemos vivido demasiado tiempo sin virtud y sin honor.

Dicen que era corrosiva. Yo digo que fue un alma muy atormentada y que tuvo una inmensa capacidad para amar. Es verdad que no era fuerte, se hacía la fuerte, pero sufría y  no era comprendida en su sufrimiento  Siempre quiso obligar a sus alumnos a ser mejores, aunque solo fuera un poquitico mejores. Una vez le pedí que fuera más suave con una alumna de nuestra aula que era mi amiga y a quien yo ayudaba a estudiar, pero ella me respondió que las caricias no templaban el carácter y que esa joven necesitaba rigor para sacar algo bueno de ella, y como estábamos solas en la cátedra fue más confidencial: “No tiene mucho bueno que dar, al contrario, es una hierbita mala, y tú deberías buscar una amiga más adecuada a ti”. Aquella misma noche me fijé en el aula en Gretel Alfonso, que estaba haciéndole a Beatriz una pregunta sobre el Quijote, intuí que era una mente brillante y comencé a acercarme a ella. Beatriz se dio cuenta y poco después, mientras me revisaba una comprobación de lectura, me susurró: “Menos mal que me oíste”.  Hasta de mi estética personal se ocupaba Beatriz. Un día en que iba a salir con uno de mis novios llegué al aula con el pelo rizado a la moda, y ella me espetó sin contemplaciones: “Quítate eso, que te hace cara de cuchilla”.

Cuando mi hija enfermó en la más tenebrosa de sus gravedades, yo me preguntaba todo el tiempo como una loca: “¿Por qué? ¿Por qué?”. Y siempre escuchaba la voz de Beatriz repitiendo la misma frase que dijo en el aula cuando nos dio su primera clase sobre Ugolino y Ruggero: “¡Hay cosas en la vida que nunca se llegan a saber!”. Mi esposo y yo la visitábamos en su casa de Miramar, y ella nos contaba episodios amargos sobre su vida. Sufría en particular por la muerte terrible de su hermano Horacio, asesinado por su propio hijo, y nos mostraba un cuadro pintado por él donde la precognición del crimen se apreciaba hasta en los más mínimos detalles. Tenía recuerdos muy amargos de su vida con Ezequiel Vieta y se sentía culpable de mil cosas, la culpa le devoraba el alma, pero estoy más que segura que en realidad fue una víctima. Por mucho que repitiera las historias, su dolor era cada día más profundo y nunca lográbamos consolarla. Solo pedía, como una niña, que volviéramos pronto. Y nos daba yogurt de su dieta que insistía en hacernos tomar con ademanes de reina madre. Tenía predilección por mi esposo Oscar Ferrer y en más de una ocasión me dijo muerta de risa que si ella fuera joven me lo quitaba y se casaba con él.

Tengo recuerdos fugaces: Una visita que hizo a la residencia de mi esposo llevándonos un queso espectacular en una cajita primorosa, una delicattessen, y creo que también un vino, y pasamos una tarde encantadora, porque Beatriz era de ingenio muy vivo y poseía un sentido del humor tremendo, era de lo más burlona, pero simpatiquísima. Mucho antes, cuando comenzaba nuestra amistad, me llevó en su auto a la imprenta donde yo trabajaba entonces, para que yo la ayudara a convencer a mi jefe de producción de que acelerara el proceso de impresión de un libro de su esposo Ezequiel, quien estaba muy enfermo y ella quería que él viera ese libro publicado antes de morir. Recuerdo que mi jefe nos miró a las dos como si fuéramos bichos raros, pero ella era tan majestuosa que él la trató con mucho respeto y terminó prometiéndole todo lo que ella le pedía. En otra ocasión, durante una visita a su casa nos mostró el entresuelo y nos contó que allí había vivido y escrito Ezequiel, y me explicó cómo el escritor les hacía tiradas de tarot a sus personajes y se guiaba por ellas para construir las tramas de sus obras. Me dijo que eso había hecho en la novela Pailok el prestidigitador. Le pedí, de atrevida que soy, que me diera el tarot de Ezequiel, pero no lo encontramos. Un día, en medio de una larga conversación telefónica, yo me quejé de que se me ignoraba en los medios literarios (y de otras muchas cosas me le quejé), y ella me respondió, con aquel modo suyo de hablar que parecía empujar cada sílaba de las palabras: “A ti te pasará lo mismo que me ha pasado a mí: nunca nos van a perdonar la clase, la aristocracia del espíritu, y te lo harán pagar muy caro”. Solía llamar a nuestra casa porque tenemos internet, para que le hiciéramos el favor de pasar correítos a un sobrino residente fuera de Cuba a quien ella quería mucho, y siempre sus llamadas comenzaban con estas palabras: “Viejita, esta es una llamada interesada, necesito que me le pases un correo a Ralph…”, y cuando terminaba de dictarme, olímpicamente me colgaba. Pero cuando llamaba para interesarse por la salud de mi hija podía estar horas soportando mi llanto y mi tristeza, hasta que yo lograra contenerme.

Sé que estoy escribiendo con  gran desorden en mis ideas. No pude visitarla en sus últimos días y no pude estar en su cremación, que la familia quiso fuera privada, y tengo un gran dolor por dentro porque Beatriz se ha muerto. La envidia nnca ha estado entre mis defectos, pero siempre he envidiado sanamente a las alumnas que estuvieron más cerca de ella que yo. Es una confesión que siempre quise hacerle a Beatriz.

Me siento como cuando se nos murió Rufo. Es duro.

Me dicen que ni Granma ni Juventud Rebelde han anunciado el fallecimiento de Beatriz Maggi, solo la Televisión dio una breve información. Cosas veredes, Sancho, que harán hablar las piedras.

Quiero agradecer a su nieta Tania por haberme permitido estar cerca de alguna manera. Beatriz amaba apasionadamente a sus hijas y a sus nietas y su manera de amar era preocuparse, atormentarse y tener mucho miedo por todas, una forma de amar que se parece absolutamente a la manera en que yo amo a mi hija. Su familia ocupaba todos sus pensamientos. Doy fe de eso. Ella siempre me dijo que Tania era un ser muy dulce, y en estos días en que he estado más unida a Tania he podido comprobar que Beatriz describía su naturaleza con las palabras exactas: dulzura y bondad. Gracias, Tania, por permitirme ser tu amiga. Dios te haga justicia.

Gracias también a Mario Cremata.

Beatriz, Maestra, adios.

 

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Acerca de Gina Picart

Soy escritora, periodista especializada en La Habana de la colonia y la república, investigadora, crítica literaria, guionista de cine, radio y televisión
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10 respuestas a ADIOS, BEATRIZ MAGGI

  1. La noticia del fallecimiento de la Dra. Beatriz Maggi deja un gran vacío en la alta docencia académica cubana. Una figura de pensamiento libre, siempre vivió fuera de las barrotes de una sociedad , pagó su precio: el del silencio y el olvido, pero ella fue ella, más grande que todos aquellos que la negaron, por eso el recuerdo de su figura en su tribuna, el aula, no podrá ser olvidada jamas y sus escritos serán siempre referencia obligada para los amantes de la libertad de pensamiento y conocimiento

  2. Gina, tuve la suerte de tratar con ella en su otro templo, su estudio en su casa de la 10 Ave. en Miramar. Hasta allí llegue para presentarle y ponerla en contacto con el Presidente de la Fundación Shakespeare de España, del cual yo era su asistente en Cuba cuando iba él a hacer teatro y dictar ralleres, para ofrecerle crear una delegacion de ducha Fundación en Cuba y que ella fuera su Presidenta. Pero Abel Prieto jamás respindio a la solicitud de entrevista…..

    • Gina Picart dijo:

      Wilfre, yo estoy segura de que detrás del ostracismo, separatismo, olvido, ninguneo, en fin… oficial de que fue víctima Beatriz hubo una eminencia gris, una especie de manito negra, pero nunca he pensado que fuera Abel. Mi opinión personal sobre Abel es que es una buena persona y un caballero, aunque yo sé que cualquier clase de poder inevitablemente hace requerimientos a quien lo detenta que pudieran ir contra su naturaleza esencial. Yo tengo otro candidato, en realidad tengo dos, y me siento incómoda por pensar así, porque una de estas dos personas es alguien a quien admiro por su gran cultura y su formidable espíritu de trabajo, y a quien respeto muchísimo porque sé que siempre trata de mantenerse fiel a sus principios. Yo creo que el carácter impredecible de Beatriz y su absoluta libertad como intelecto y como individuo inspiraban temor en ciertos círculos por la improbabilidad de poder controlarla. Y su grandeza intelectual inspiraba envidia a quien ganó las cumbres por merecimientos ajenos al intelecto. Una rata.

      • Gina Picart dijo:

        Entiendo las flaquezas de la condición humana, y sé que muchísimos individuos no pueden soportar que la luz ajena opaque la suya, que otro corredor los adelante en la carrera. Solo puede haber un primus inter pares, nunca suele haber espacio para dos en el primer lugar, y las luchas del ego pueden llegar a ser torturantes, tanto que la ética personal no puede sobreponerse a ellas; claro, hablo de los casos en que existe una ética personal aunque haya en la misma persona un ego muy fuerte. No considero a nadie como monstruo porque sus bajas pasiones lo dominen y, en el caso de los escritores, los obliguen a valerse del poder para anular a quienes les aventajan en valía intelectual y artística. Es, como ya dije, una flaqueza humana, censurable sí, pero propia de nuestra condición y exacerbada por nuestras circunstancias. Todos desean para sí los privilegios que vienen en el mismo paquete con las posiciones y los reconocimientos oficiales. Dulce María Loynaz pasó por la misma situación de Beatriz, aunque su carrera literaria disfrutó de un florecimiento tardío favorecida por su Premio Cervantes. Pero no se trata de dos casos semejantes, porque Dulce era con toda probabilidad la última representante de un patriciado mambí que dejó en la Historia del mundo un legado de rebeldía irreductible, y ser hija del General Loynaz le confería una visibilidad digamos que algo incómoda, mientras que Beatriz, quien tenía incluso sangre noble por descender de los Bethencourt de Canarias, tenía un mundo personal modestísimo que solo orbitaba en dos dimensiones: su familia y la literatura. Es verdad que acostumbraba decir lo que pensaba sin matizar mucho sus expresiones, pero había terrenos que definitivamente nunca le interesaron y jamás pisó, así que no representaba una amenaza para nada ni para nadie más allá del resplandor de su genio. Dicen las leyendas de nuestra ciudad letrada nacional que a Dulce la enterraron en vida Alejo Carpentier —quien estaba fascinado desde jovencito con la familia Loynaz y su estilo de vida y los usó como modelos para sus personajes de El siglo de las luces— y Nicolás Guillén. No tengo edad para haber sido testigo de esas historias y no sé si son ciertas, pero sé que algún día otros nombres pasarán a formar parte de la leyenda de Beatriz Maggi como sus sepultureros sociales. Y espero poder vivir para ver eso.

      • En el caso de lo de la Fundación Shakespeare si fue Abel el que no se interesó en dar respuesta alguna, de igual manera Julián González, que era en ese momento el Presidenre del Consejo de las Artes Escénicas
        Y aunque la Loynaz y la Maggi no tenían el mismoi historial, ambas si eran partícipes de una misma característica: la libertad total de espíritu y pensamiento, armas las dos muy peligrosas para una dictadura.
        Ya vendrán postreramente los almejados de siempre

      • Gina Picart dijo:

        Wilfre, Cuando pienso en mi veneración por Dulce y Beatriz, y cómo esta me advirtió que me pasaría lo mismo que a ella, siento flotar algo así como una sentencia sobre mi cabeza, un yatagán sobre mi cuello. Me pregunto si no habrá un paralelismo misterioso entre mi vieja intención de escribir un ensayo que conecte a La Portuguesa de Musil con la Onoloria de Collazo, y a esta con la Isabeau de Garrandés y a esta con mi Flavia, y algún hilo invisible, oscuro y luminoso al mismo tiempo, que me conecte a mí con Dulce y con Beatriz, no solo en la literatura, sino en la vida misma. Yo sé lo que me espera, y te juro que el alma se me pone flaquita de la tristeza, porque no soy tan grande como ellas como para salvarme de ese destino.

      • Gina Picart dijo:

        Busca a la rata, Wilfre, no está escondida y es muy fácil de ver. Por favor, no me escribas su nombre. Ese placer yo quiero que algún día sea mío.

  3. Carlos A. Diaz dijo:

    Gracias, princesa!

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