Ajenjo, La estrella de fuego verde

Para Benigno Delgado Hernández

Desde niña me llamó la atención el nombre de una estrella que se menciona en la Biblia: Ajenjo. Me imaginaba que esa estrella de fuego verde era monstruosa y muy maléfica, y le tenía tanto miedo que algunas noches en que no podía quedarme dormida me asomaba a la ventana de mi cuarto y miraba el cielo estrellado sobre la Loma del Burro, para ver si Ajenjo ya se estaba acercando a la Tierra.

Lo que mi fantasía infantil no alcanzó a avizorar fue el papel que el ajenjo tendría en mi vida adulta. No conocí que era una hierba con la que se elabora una bebida llamada absinta hasta que descubrí la literatura francesa de la segunda mitad del siglo XIX, y supe que aquella generación fascinante y maldita liderada por los poetas Verlaine, Rimbaud y Baudelaire, que produjo también pintores extraordinarios como Gustave Moreau y los simbolistas belgas, y a la que se deben al menos tres de los más importantes movimientos literarios finiseculares —el parnasianismo, el simbolismo y el decadentismo—, bebía absinta desesperadamente en busca de una fuente de inspiración que naciera de una expansión de conciencia, ya que la planta con que se elabora el néctar tiene propiedades alucinógenas. Los principios activos del ajenjo explican, en parte, la imaginería finisecular fastuosa y exótica iluminada por el brillo rutilante de las piedras preciosas, enneblinada por el humo perfumado de legendarios pebeteros y poblada por mujeres cubiertas de pieles y joyas que practicaban un erotismo perverso y mordían corazones masculinos para arrojarlos bien mascados al río del Infierno.

También los ingleses bebían ajenjo. Lo tomaban los pintores prerrafaelitas, los poetas, los dramaturgos y también los intelectuales irlandeses que intentaban en Londres revivir la cultura ancestral de su isla mágica. Lo bebió Bram Stocker, autor de Drácula, vampiro aristocrático que tal vez debe mucho al ajenjo. En los Estados Unidos fue Edgar Allan Poe quien mantuvo la más provechosa relación con la absinta, además de con el opio, sustancia muy consumida por entonces en el planeta por gozar fama de panacea universal capaz de aliviar todos los males del cuerpo y el espíritu, y que entonces era de libre consumo, pues no fue hasta mucho después que se le consideró una droga inmoral y se proscribió su uso. El siglo XIX tuvo en algunos aspectos una mentalidad más amplia que los siglos posteriores.

En los cabarets de París que el mundo ha hecho célebres como palacios de los placeres desenfrenados y refugio de los más vigorosos espíritus creadores del momento, la absinta, bebida por excelencia de los bohemios, competía con los vinos lujosos bebidos por los aristócratas que malgastaban allí sus noches viendo bailar can-can a muchachas bellas y tísicas como el personaje interpretado por Nicole Kidman en el filme Molino Rojo. En el cabaret del mismo nombre, el más célebre y refinado de todos los de París, bebieron absinta poetas, pintores y escritores, entre ellos Henry de Toulouse-Lautrec, el pintor enano, y compuso buena parte de su música el genial Eric Satié. Rubén Darío también estuvo allí.

Pero una de las mejores aventuras del viaje de la absinta del Viejo al Nuevo Mundo es que también fue bebida por las logias artísticas de las grandes capitales latinoamericanas, y acompañó el primer nacimiento de un auténtico movimiento literario en esta orilla de los océanos, el modernismo. La absinta no era desconocida para José Martí, Rubén Darío, Manuel Gutiérrez Nájera y Julián del Casal, los cuatro nombres a los que se reconoce sin discusión la creación de este movimiento que, aunque nacido de la imitación de las corrientes francesas, terminó por ser un producto netamente nuestro que se embarcó hacia Europa en la flota de Indias y colonizó a quienes antes nos habían colonizado. Dos de esos nombres son cubanos, y aunque en las clases de Literatura del preuniversitario siempre me enseñaron que Darío fue el iniciador y el supremo sacerdote, hoy, cuando mis conocimientos son mucho más vastos, doy la razón a los estudiosos que traspasan a Martí el laurel de fundador, y pienso también que si Darío fue quien más visibilidad logró en Europa y los Estados Unidos, Julián del Casal es mucho mejor poeta, con una hondura psicológica y una fuerza emocional que el nicaragüense jamás llegó a tener. La gran suerte de Darío fue, en mi opinión, que la muerte se llevó muy rápido a los dos poetas cubanos y al mexicano Nájera, mientras a él le permitió disfrutar de una larga vida y crear una extensa obra. Es de suponer que como las generaciones se pasan las antorchas, en la luz de la antorcha pasa también todo aquello que conforma la identidad de un movimiento artístico, y así fue como yo llegué a concebir una sed de ajenjo que no le deseo a nadie.

Mi primera y única botella llegó a mí a través de un amigo especialísimo, alma gemela, poeta de una sensibilidad que no abunda en Cuba, quien me descubrió el fenómeno arrollador del mundo poético lezamiano y otros muchos universos casi secretos de nuestra literatura, y digo secretos por ser poco revisitados por los mismos cubanos. Es por eso que a sus creadores y a quienes los siguen en el misterioso camino del arte se les ha llamado raros.  El mérito de este bautismo parece que hay que anotárselo a Rubén Darío, quien en un libro que tituló Los raros, habló de  los poetas y pintores franceses que en la época se revelaban contra los últimos ecos del romanticismo y se lanzaban por una senda que las moralinasde la época miraban con desconfianza y hasta acusaban de satánica.

Pero retomo la historia de mi primera botella. Mi amigo la recibió de unos amigos franceses y me la trajo para que celebráramos una espectacular velada poética. Me dejó abrirla para que fuera yo la primera en aspirar el bouquet. Bebimos y aquella noche no dormimos. Hablamos mucho de arte y  literatura, en especial de poesía. Mi amigo vigilaba que yo no cometiera excesos, pues temía la fama alucinógena de la bebida, que él también probaba por primera vez. No ocurrió nada fuera de lo común, salvo que la encontré muy de mi gusto aunque no me agradó su matiz lechoso y cierto amargor que se quedaba en la boca. Usamos dos vasitos de cristal de aquellos rusos, facetados e irrompibles que durante décadas fueron casi los únicos que se podían encontrar en nuestras anémicas ferreterías. Al amanecer mi amigo tuvo que irse a su trabajo, no sin hacerme prometer que no volvería a tocar la botella hasta su regreso. Yo prometí, pero no tenía ninguna intención de cumplir, y en cuanto él se fue preparé mi máquina de escribir (aún no teníamos computadoras) y puse a  mi lado la botella, segura de que me ocurriría lo que al autor de Xanadú: me bebería todo el ajenjo y escribiría un poema genial que dejaría chiquito a Lezama. Para mi inmensa frustración no ocurrió nada. Ni siquiera me emborraché. Aquella fue la primera y la última vez en mi vida que me entusiasmó la idea de alucinar para abrir las puertas de la creación. ¡Estaba tan desencantada!

En el año 2000 tuve mi segundo encuentro con el ajenjo cuando hice mi primera visita de novia a la mansión familiar de mi esposo actual, llena de cuadros y antigüedades. En la saleta con pórtico de columnas de aquella casa fabricada en 1924, en la pared, encima del televisor, mi ojo escrutador detectó de inmediato la presencia de una reproducción del célebre óleo La absinta, de Edgar Degás, el célebre pintor francés de bailarinas. La pintura representa a dos bebedores de ajenjo, un hombre y una mujer, en un café. Pobremente vestidos, sentados cada cual ante su copa, el rostro de la mujer expresa un gran abatimiento mezclado con cierta impotencia obtusa, mientras en el de su compañero solo se aprecia la torva indiferencia del bruto. La paleta ocre usada por Degás y los pocos elementos que aparecen en el espacio cerrado ocupado por las figuras crean una atmósfera realmente opresiva. Otros pintores pintaron cuadros con el tema del ajenjo: El bebedor de absenta, de Viktor Oliva, La mujer bebiendo absenta, de Picasso, Café de Nuit, Arles, de Paul Gauguin, y otros, y en casi todos, los personajes son claramente bohemios trasnochadores que intentan ahogar sus penas en el fondo de sus copas. Los rostros

Jean Francois Raffaelli, Los bebedores de absenta, 1881

muestran esa expresión extática, ausente, perdida en la lejanía de las ensoñaciones, a veces torva, nunca agradable, como si las visiones del ajenjo transportaran a lugares donde más que gozarse en los placeres carnales o en los espirituales que concede la Belleza, se sufre, hay angustia o ese vacío terrible que se oculta detrás de la cáscara del mundo, y que los poetas de estos movimientos literarios llegaron a considerar como una segunda piel, o en algunos casos como el de Julián del Casal, como la primera. Hace ya casi veinte años que vivo en esa casa y todavía tengo momentos, cuando me quedo sola en la saleta, en que me abismo en la contemplación de La absinta y ni yo sé qué pensamientos inasibles cruzan por mi mente.

Mi tercer encuentro con el ajenjo ocurrió en 2004, cuando empecé a escribir mi relato La ciudad de los muertos, en el que unos escritores cubanos que viajan a Londres viven una experiencia de retroceso en el tiempo y regresan a 1862, donde se encuentran en el cementerio de Highgate con Elizabeth Sidal, la musa de los prerrafaelitas, convertida en vampiro, con el conde Drácula y otras criaturas de la fauna nocturna sobrenatural. Mientras investigaba para recrear la geografía y la atmósfera londinenses de aquella época descubrí que existe un ritual de refinamiento casi perverso para beber absinta, del que hasta entonces yo no había oído nada. Parece un rito pagano y tal vez lo sea, posiblemente tenga hasta un origen satánico, ni afirmo ni niego, pero es hermosísimo y por sí solo capaz de transportar el espíritu a ciertas regiones más allá del bien y del mal. El licor debe beberse en unas copas antiguas especiales de cristal tranparente o hasta un poco verdoso, abombadas en su parte inferior. El segundo implemento del ritual es una cucharilla plana de oro o de plata, de preferencia artísticamente labrada, con una pequeña perforación en su centro. El tercer elemento es un mechero de gas que también debe ser una joya de orfebrería. El cuarto elemento es un terrón de azúcar de forma cuadrada, el quinto un vaso con agua fría o hielo, el sexto la botella de ajenjo. Se vierte una parte de la bebida en la copa, y en el vaso de tres a cinco partes de agua que se dejan caer muy lentamente sobre el terrón colocado en la cucharilla; el azúcar se va disolviendo en una delicuescencia que al mezclarse con la absinta en el interior de la copa le da a la bebida un tono lechoso, le extrae los aromas de las distintas plantas presentes en su confección y disminuye o elimina el amargor que la caracteriza. Otra forma de beber la absinta consiste en impregnar el terrón en la bebida y derretirlo al calor del mechero, lo que se conoce como método checo o bohemio. Lógicamente, el bebedor de absenta o absintheur puede alterar esta fórmula en dependencia de la intensidad que quiera darle a su bebida. Supongo que en los cafés baratos de Londres y París los bebedores no disponían de objetos tan elaborados y valiosos, así que usted, si va a beber absinta, procure que sea de una buena marca y, por lo demás, eche mano a lo que tenga en su cocina para prepararla.

Pero el ajenjo no es una invención ni un descubrimiento del siglo XIX. En todo caso un redescubrimiento. Como dije antes, la palabra ajenjo aparece en la Biblia como nombre propio de una estrella con propiedades maléficas:

Tocó la trompeta el tercer Ángel… Entonces cayó del cielo una estrella grande, ardiendo como una antorcha. Cayó sobre la tercera parte de los ríos y sobre las manantiales de agua. La estrella se llama Ajenjo. La tercera parte de las aguas se convirtió en ajenjo, y mucha gente murió por las aguas, que se habían vuelto amargas (Apocalipsis 8,11).

     El contexto en que aparece esta estrella es propio de lo que se conoce como apocalíptica judía, o sea, la visión de este pueblo sobre el fin del mundo que ha de venir como castigo a los pecados de la humanidad. Este fin de mundo que precederá la venida del Mesías será muy cruel y los sufrimientos de los hombres se comparan a los dolores del parto, o sea, los dolores del fin de mundo son el parto o advenimiento de una nueva era.

En el siglo I d. C. el botánico griego Dioscórides, quien fuera médico personal del poderoso rey Mitrídates del Ponto, incluía a la hierba Artemisa absinthium, planta dedicada a la diosa griega Artemisa o Diana cazadora, en su catálogo de sustancias curativas y mencionaba algunas de sus propiedades medicinales: antihelmíntica, antibacteriana, emenagoga, vermífuga y favorecedora de las funciones digestivas.

El médico, alquimista y astrólogo Paracelso ya aseguraba en el siglo XV que el ajenjo produce insomnio y alucinaciones. El también astrólogo, físico y farmacéutico, Nicholas Culpeper, escribió en el siglo XVII que “limpia el cuerpo de ira, provoca la orina y ayuda cuando se siente el estómago lleno”. Y recetaba: “Tómense las flores de ajenjo, de romero y espino negro, todas ellas en la misma cantidad, y la mitad de azafrán. Hiérbase todo en vino, pero no añada el azafrán hasta que esté todo prácticamente hervido. Esta es la manera de mantener la salud corporal de un hombre”.

De internet he tomado la siguiente información sobre los orígenes de la bebida llamada absinta:

El mejunje nació en Couvet, en el Val-de-Travers, en la frontera entre Suiza y Francia, en un lugar desolado, cubierto de praderías y rodeado de montañas calizas, conocido en la comarca como la Siberia suiza por su clima extremo, pero precisamente debido a su altura y climatología, allí se da muy bien el ajenjo, ingrediente básico de la absenta. La fórmula original se le ocurrió a un doctor local, llamado Pierre Ordinaire. El preparado se vendía en un principio en farmacias como medicina natural y el ajenjo aún se vende en muchos herbolarios. En 1797, Henri-Louis Pernod construyó la primera destilería en Pontarlier, al otro lado de la frontera, ya en Francia, y para finales del siglo XIX ya había convertido la absenta en la bebida de moda entre los intelectuales parisinos de ‘l’art nouveaux’.

Método tradicional de eaboración del ajenjo

Ya dije antes que en la Europa de la segunda mitad del siglo XIX, pero sobre todo en el París de la Belle Èpoque, era la bebida de elección para bohemios y artistas. Fueron entusiastas bebedores de ajenjo no solo los poetas Baudelaire, Verlaine y Rimbaud, antes mencionados, sino también los pintores Gauguin, Toulouse-Lautrec, Manet, Van Gogh (de quien se dice que cuando se cortó la oreja que regaló a una prostituta estaba bajo los efectos de un atracón de absinta), el dramaturgo inglés Oscar Wilde, y más tarde el célebre pintor Pablo Picasso y el escritor Ernst Hemingway. La lista es infinita.

La Artemisa absinthium o ajenjo es una planta vivaz y espontánea que abunda en los terrenos secos y laderas áridas de Europa Central y meridional. Florece entre Julio y agosto. Es muy aromática y el mejor momento para recolectarla es cuando van a abrirse las flores. La planta se macera y luego se destila con flores de anís e hinojo, tres hierbas conocidas como La Santísima Trinidad del ajenjo, pero también se puede añadir a la fórmula hisopo, la melisa y pequeña artemisa. Existen recetas en las que aparece la raíz de la angélica, hojas de cálamo, hojas de dictamnus, cilantro, verónica, hojas de enebro, nuez moscada, regaliz, así como diferentes hierbas de origen silvestre. El producto final posee concentraciones alcohólicas que van del 45% al 89%. Se han reconocido cinco grados de absenta, de acuerdo al menor o mayor contenido alcohólico: ordinaire, demi-fine, fine, supérieure y Suisse. La mayoría de las absentas del mercado contienen hoy en día entre 60% y 75% de alcohol. El color de la bebida depende de compuestos naturales o artificiales, consiguiéndose las bebidas denominadas la Bleue (azul), la Blanche (blanca) o la más popular, la verde, lograda al añadir clorofila de la propia Artemisa, luego de la destilación.

En Francia la absinta fue prohibida en 1915 después que un campesino confesó haber bebido unas copas antes de asesinar a tiros a su esposa e hijos. La prohibición se mantuvo en Europa hasta 1988, año en que la Unión Europea levantó la restricción sobre la producción de la polémica bebida.

La absinta se ha puesto de moda otra vez, y no solo en Europa, sino en algunos países deAmérica como Argentina y Chile, donde existen grupos selectos de bebedores que se

reúnen para hacer el ritual en casas particulares o en algunos establecimientos que están floreciendo al calor del nuevo hobby. Este fenómeno se debe, sin duda, a que en las montañas del Jura, Suiza, se ha inaugurado un tour llamado La Ruta de la Absenta, un recorrido que comienza en Pontarlier (Francia) y finaliza en Couvet (Suiza) o al revés. La ruta atraviesa bellos paisajes alfombrados de ajenjo y recorre los principales lugares relacionados con el advenimiento y elaboración de la bebida, sobre todo la Maison de l’Absinthe, en Môtiers, auténtico museo de la historia de este licor. Este lugar es un recinto mágico en el que se ha intentado recrear un salón de la Belle Èpoque, presumiblemente del Molino Rojo, ya que las paredes han sido cubiertas con paneles de este color en el que aparecen las figuras de absintheurs de ambos sexos con elegantes vestuarios de época. El mobiliario es también de época y hay vitrinas que exhiben variados juegos de los implementos usados para el ritual de beber, y también botellas de ajenjo de marcas que fueron icónicas en su tiempo.

     Hay una bellísima leyenda en torno a la absinta, según la cual en el fondo de copas y botellas habita un hada que es el espíritu del licor, y es la responsable de las visiones idílicas que se supone experimentan quienes lo beben. La llaman el Hada Verde de la Ilusión, pero también la Reina de los Bulevares. Se murmura que ofrece a los bebedores placeres tan intensos como perversos, y alucinaciones donde todos los colores del planeta bailan y estallan en raudales de luz. Quienes conozcan la pintura del francés Gustave Moreau, en particular su óleo Salomé, que inspiró un soneto magnífico a nuestro Julián del Casal, comprenderán lo que intento explicar. Supongo que la leyenda es consecuencia de la cultura animista de los primitivos habitantes de Europa, protoceltas que creían que todo objeto, ya fuera naturaleza viva o muerta, posee un espíritu que lo anima y adopta formas caprichosas generalmente humanas.

     No me resulta fácil ofrecer al lector una lista de lugares físicos o digitales donde pudiera adquirirse absinta de marca. En lugar de ello modestamente sugiero esta receta que encontré en internet:

  • 1 litro de alcohol etílico
  • 20 gramos de ajenjo (añadir más cantidad si se desea una coloración más fuerte)
  • 750 cm3 de agua destilada o mineral
  • 500 gramos de azúcar blanco
  • Algunas hojas de hierbabuena o menta

Dejar macerando el ajenjo, las semillas de anís (opcional) y las hojas de menta con el alcohol por, al menos, de 25 a 30 días en un recipiente hermético y en un lugar oscuro, sin humedad. Una vez obtenida la maceración, destilar con un filtro de papel o colador fino y reservar el alcohol. Añadirle un almíbar obtenido a partir del agua mineral y el azúcar, que se consigue hirviéndolos juntos hasta que tome la consistencia exacta. Una vez frío se mezcla con el alcohol aromatizado por las hierbas. Una vez embotellado, dejar reposar por otros 25 o 30 días en un sitio fresco y oscuro. Esta es una de las más tradicionales recetas de licores caseros y verás que bien resulta.

¡Diga que no es irresistible…!

     Si usted decide convertirse en absintheur no me culpe a mí, y para librarme de toda responsabilidad le doy mi palabra de honor de que la única vez que yo lo fui, el Hada Verde no quiso visitarme a pesar de que mi botella, ahora lo sé, era de una de las mejores y más antiguas marcas. Pero si acercarse al ajenjo y a su historia sirviera para interesar a usted en una época espléndida del arte occidental, en la que Cuba estuvo involucrada a través de dos de sus más grandes poetas y periodistas, entonces la experiencia habrá valido la pena.

 

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Acerca de Gina Picart

Soy escritora, periodista especializada en La Habana de la colonia y la república, investigadora, crítica literaria, guionista de cine, radio y televisión
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2 respuestas a Ajenjo, La estrella de fuego verde

  1. C’est magnifique…… ! Merci !

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