¿DÓNDE ESTÁ CASAL…?

¿Por qué mientras se han publicado y se siguen publicando excelentes estudios de cubanos y extranjeros sobre Julián del Casal, uno de los más importantes poetas modernistas de Hispanoamérica,  su nombre y su figura se mantienen ausentes de nuestros medios de difusión masiva, de nuestros programas escolares y del ámbito de la difusión ideológica en el que señorean nombres como el de José Martí, por solo citar un ejemplo? Si se hicieran encuestas callejeras el resultado probablemente arrojara la triste verdad de que pocos cubanos saben quién fue y muchos menos han leído algo suyo.

Es posible que este olvido espeso que los académicos no pueden salvar con sus textos, y que llevó a un documentalista a filmar un audiovisual titulado ¿Dónde está Casal? se deba a las acusaciones  de que fuera víctima el poeta desde que se dio a conocer, y que siguen flotando en el éter como esas razones que nadie pone por escrito pero se manejan en el silencio cómplice: que era un imitador, un afrancesado, un poeta muy superficial, que era homosexual, que no se interesaba en la situación política de la isla, que su estilo era cursi… Casal parece una de esas cabezas de turco sobre las que pueden amontonarse sin problemas  todas las vejaciones, incomprensiones, agravios y desdenes pensables y no pensables.

Por eso el libro Julián del Casal: modernidad y periodismo, de la camagüeyana María Antonia Borroto Trujillo, Doctora en Ciencias de la Comunicación Social, editado por la editorial Oriente, reviste tanta importancia dentro de la bibliografía general dedicada al estudio de Casal. No es el primer texto que estudia a Casal como periodista, pero entre los que  yo he manejado en los largos años que llevo estudiando a este cubano ilustrísimo y tan incomprendido dentro de la isla, es tal vez el más exhaustivo, como lo demuestran sus doce páginas de bibliografía consultada por su autora.

Estamos en presencia de una investigación académica muy seria, escrita con una soltura y una levedad que no es propia del lenguaje habitualmente empleado por los investigadores y especialistas que pertenecen a este sector de la cultura. Al estudiar a Casal inevitablemente hay que incursionar en la prensa cubana de la época, pues fue colaborador de los más importantes diarios y revistas de La Habana, y sus gacetillas y crónicas, aunque no sean numerosas son fruto de una observación sagaz y profunda. No fue un caso aislado, pues cuando se estudia la historia de nuestra prensa se descubre de inmediato que casi todos los escritores y poetas de nuestro país han ejercido el periodismo, que fue siempre el medio más seguro de ganar el sustento.

Como dijo Lezama en un ensayo que dedicó a Casal, la apropiación de una cultura foránea y su asimilación y transformación resultan un proceso doloroso, pero el producto es respetable, atendible y auténtico, por lo que el modernismo, como ya es reconocido, no fue una estética de la mera imitación, la ajenidad, el exotismo y la adoración de fruslerías, sino el primer movimiento artístico y literario surgido en América Latina. Casal, que junto con Martí y Rubén Darío, está reconocido como uno de sus iniciadores, no fue un imitador de los poetas simbolistas y decadentes franceses de fines de siglo. Fue un admirador de Baudelaire y de otros muchos artistas franceses, pero porque comulgaba con su estética, porque fue una estética hija de la época, que manteniendo aún vestigios importantes del romanticismo compartían y hasta anunciaban muchos rasgos estilísticos de la rebelión de las vanguardias artísticas que caracterizarían las primeras décadas del siglo XX.  Los modernistas fueron artistas de transición entre dos siglos, no solo por la cronología, sino por sus ideas y la sensibilidad que desarrollaron, aspectos que compartían y que los llevaron a considerarse una especie de hermandad intercontinental, como lo demuestra la profusa correspondencia que  intercambiaron Rubén Darío, Martí, Casal, Manuel Gutiérrez Nájera, José Asunción Silva y otras figuras de México, Argentina, Perú y otros países latinoamericanos.

Casal no fue a pelear a la manigua como sí lo hicieron tantos otros literatos, poetas y artistas cubanos. Casal fue un hombre de entreguerras que vivió escasamente 30 años, y casi la mitad de ellos muy enfermo, al extremo de que vivía la mayor parte del tiempo enclaustrado y solo salía a las tertulias literarias y a los teatros y eventos de la sociedad habanera, a donde iba a cubrir como periodista. Sus crónicas, reunidas en una serie que tituló La sociedad de La Habana, sin hablar una palabra a favor de los mambises, critican duramente en unas  ocasiones, y sutilmente en otras, a la burguesía nacional que derrochaba su fasto  en grandes fiestas y vivía una vida superficial, y a la vida cotidiana de los cubanos sometidos a la autoridad colonial. Su crónica sobre el Capitán General Sabas Marín le valió ser expulsado del periódico El País y la malquerencia de las autoridades coloniales españolas, de las que tuvo que protegerse. No fue hombre de tomar abiertamente partido por una causa, como Martí, tal vez porque era escéptico o porque a diferencia de Martí, su compromiso primordial no era con la ideología, sino con el arte, pero fue un crítico implacable de su época y del periodismo que ella generaba:

Sí, el periodismo, tal como se entiende todavía entre nosotros, es la institución más nefasta para los que no sabiendo poner su pluma al servicio de causas pequeñas o no estimando en nada los aplausos efímeros de la muchedumbre, se sienten poseídos por el amor del arte, pero del arte por el arte, no del arte que prima en nuestra sociedad, amasijo repugnante de excrecencias locales que, como manjares infectos en platos de oro, ofrece diariamente la prensa al paladar de los lectores. Lo primero que se hace al periodista, al ocupar su puesto en la redacción, es despojarlo de la cualidad indispensable a escritor: su propia personalidad. Es una exigencia análoga a la que los directores de teatro tienen con los que abrigan la pretensión de salir a las tablas.

Y más adelante añade:

Un diario político, único género que aquí se conoce, suele ser el órgano de cierto número de hombres agrupados a la sombra de una bandera, por las mismas ideas, los mismos sentimientos y las mismas aspiraciones. Es un monasterio abierto a los cuatro vientos. Desde el instante en que el profano traspasa el dintel, tiene que someterse a las reglas de la cofradía, dejando a la puerta su individualidad.

Sobre su nunca comprobada condición homosexual, no he visto todavía una mención de nombres y apellidos de sus supuestos amantes, si los tuvo, mientras son públicamente conocidas sus inclinaciones, bastante intensas, hacia la cubana más bella de su época, María Cay,  a quien apodaban la cubana japonesa, por la que también vibró Rubén Darío, quien le escribió poemas encendidos. También se dice que Casal tuvo amores con la jovencísima Juana Borrero, a la que conoció cuando ella contaba solo doce años. Casal solo vivió tres años después de su primer encuentro y no existe ni una sola carta cruzada  entre ellos, ni de uno ni de otra, mientras sí existe un nutrido epistolario de Juana a su novio Carlos Pío Urbach. También es conocida la ferviente adoración que sentía Casal por la actriz francesa Juana Samary, a quien nunca conoció y a cuya prematura muerte escribió un poema de profundo dolor; tenía de ella una foto colgada en su  pequeña habitación, a la que sus amigos llamaban “la celda”. Cuando se alude a dos poemas que escribe a un amigo cuyo nombre no menciona, se suele omitir que con el primero de ellos le envía un libro de un poeta francés, y que es a ese texto al que invita al amigo a dirigirse cuando se sienta mal emocionalmente. Cuando se habla de su breve relación con Maceo suscita risitas apenas disimuladas el hecho de que Casal dijo y escribió que Maceo era un hombre bello, pero se olvida que los forenses, médicos y científicos como Carlos de la Torre, quienes tuvieron a su cargo la autopsia del cadáver de Maceo, dejaron redactados en su lenguaje docto elogios encendidos ante la misma belleza física del Titán de Bronce que deslumbró a Casal, al extremo de decir estos doctores que Maceo  era  físicamente tan perfecto como un hombre blanco. Y cuando se recuerda que Casal le dedicó a Maceo un retrato suyo, tampoco se acompaña el recordatorio con el comentario de que se trató, en realidad, de un intercambio de retratos, pues Maceo le dedicó también su imagen, y según Lezama, con una dedicatoria conmovedora que yo jamás he podido leer, y aún se habla de una foto que se tomaron juntos. Del encuentro de Casal con Maceo nació en el primero un entusiasmo tan exaltado que habló de irse a la manigua. Si lo pensó en serio la muerte no le dio tiempo, así que nunca sabremos si fue un propósito real o solo el fruto de una emoción momentánea.

Sería demasiado extenso continuar comentando este hermoso libro que tiene muchas aristas interesantes y dignas de la mayor atención. Y lo mismo sería interminable intentar explicar aquí cómo la estética modernista  preconizaba el dandismo, una actitud ante la vida y el arte que exaltaba la indiferencia, el hastío vital y la falta de compromiso con todo. Recomendamos su lectura no solo a quienes pertenezcan al mundo de la prensa sino a todos los cubanos, y deseamos que ayude a la mejor comprensión de uno de nuestros más grandes poetas, que aún sigue siendo entre nosotros un gran desconocido. Y por último reproducimos una cita de Cintio Vitier que, en mi opinión, revela más sobre la naturaleza de Casal que cualquier otro texto que se haya escrito sobre el poeta:

Ese escalofrío de Casal […] siempre hemos sospechado que está dando testimonio del frío interior que hay en nuestro país, que empieza con él a sentirse y que en la República ha seguido creciendo sin cesar hasta hoy. Nuestro sol brilla implacable, el cubano es ruidoso y alegre, pero un fondo de indiferencia, de intrascendencia, de nada vital, se va apoderando de su vida. Casal […] empezó a sentir, en sí mismo y en los otros, en el fenómeno de lo cubano como mundo existencial cerrado, ese fondo frío que ya desde los años 20 […] constituye el visible y escalofriante substratum de nuestra vida nacional.

 

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Acerca de Gina Picart

Soy escritora, periodista especializada en La Habana de la colonia y la república, investigadora, crítica literaria, guionista de cine, radio y televisión
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