Origen celta de la fiesta de Halloween

La fiesta de Halloween, que los cubanos hemos conocido a través de la filmografía estadounidense, es conocida en la tradición de la Iglesia Católica como Día de los Fieles Difuntos y se celebra cada año en ese país en la noche del 2 de noviembre. También se la conoce como Día de los Muertos. Su característica principal son las celebérrimas calabazas talladas e iluminadas y los niños disfrazados que van por el vecindario pidiendo golosinas.

El origen de esta celebración está en la Irlanda precristiana, donde el 2 de noviembre daba comienzo al año celta con la celebracion de Samhain, uno de los cuatro grandes festivales.  con que en cada aldea, villorrio y ciudad se conmemoraba el comienzo de las cuatro estaciones del año.  Samhain no era una fiesta de una noche, sino de tres, pero la primera  era la más importante, porque los irlandeses creían que al comienzo de la madrugada se abrían las compuertas que separan el mundo de los muertos del de los vivos y lo sobrenatural se desataba.

Estas compuertas se encontraban en los túmulos funerarios, especie de cementerios colectivos que lo mismo podían albergar la tumba de un rey, un noble o un alto sacerdote que varias tumbas de familias enteras. Los túmulos, vistos desde fuera, eran montículos cubiertos de hierba, bajo los cuales había sólidas construcciones de piedras muy grandes y pesadas que constaban de un corredor que iba del exterior al interior y se abría a una gran cámara funeraria techada con bóveda, en cuyo suelo se enterraba a los difuntos y se les rodeaba de los objetos que habían usado en vida y de vasijas llenas de alimentos. La entrada al túmulo se cerraba con una piedra redonda de gran tamaño y peso.

En Samhain grupos de personas se dirigían a los túmulos portando linternas fabricadas con nabos ahuecados en cuyo interior colocaban un tizón encendido.  Al llegar colocaban una de estas luces en la entrada del túmulo, corrían la piedra, entraban, dejaban sus ofrendas junto a los muertos y se retiraban. Los muertos, a su vez, se levantaban de sus tumbas y regresaban a sus hogares en busca de sus familiares. En esa noche mágica los dioses ancestrales de Irlanda, los Sidhes, quienes habitaban en un paraíso subterráneo que se encontraba debajo de los túmulos, se unían a las mujeres mortales y viceversa, y engendraban héroes de naturaleza semidivina como Cuchulain, el héroe solar de Irlanda, capaz de ejecutar proezas sobrehumanas.

En medio del poblado,  aldea o ciudad, los druidas encendían un fuego votivo introduciendo una rama de roble sagrada en los rescoldos del fuego viejo encendido a comienzos del año anterior. De esta manera se aseguraba simbólicamente la muerte de lo viejo y el nacimiento de lo nuevo, la renovación de la vida. Luego se bailaba, se comían trozos de cerdo asado y se bebía cerveza e hidromiel.

Cuando los irlandeses, ya convertidos al cristianismo,  comenzaron a emigrar en masa a los Estados Unidos en el siglo XIX llevaron consigo sus tradiciones, pero se encontraron con una pequeña dificultad logística que les impedía la celebración de Samhain —convertida por la Iglesia en Día de Difuntos, que instaló sus cultos y tradiciones sobre las estructuras de las antiguas tradiciones paganas—: en los Estados Unidos no había nabos. Pero había calabazas, y los irlandeses no tardaron en descubrir que se prestaban aún mejor que los nabos para servir como linternas, pues al ser más grandes, además de abrirlas por encima se les podían tallar agujeros por los que brotaba a raudales la luz de una vela o de un trapo empapado en brea.

Existe también una leyenda irlandesa que data de la Edad Media, para explicar el origen de las calabazas talladas.  Un tal  Jack O’ Lantern, más conocido como Jack el Borracho por su afición a la bebida, hizo un pacto con el Diablo en la noche de los muertos para que este no pudiera llevarse su alma antes de diez años, pero se murió antes, y como no podía ir al Paraíso por su mala vida se dirigió al infierno, donde el Diablo le recordó que en virtud del pacto que ambos habían sellado no podía acogerlo todavía. Como Jack se le quejara de la oscuridad y el frío que reinan en la Nada que separa las dos regiones, el Diablo le arrojó un rescoldo de las candelas infernales para que se alumbrara y pudiera calentarse. Jack, que llevaba un nabo en la mano, lo ahuecó y guardó el rescoldo en su interior para que no se lo apagara el viento helado.

La realidad es que las calabazas han sido utilizadas por el hombre desde tiempo inmemorial  para trasladar agua y fuego, y no solo en Irlanda ni en el norte de Europa. Solían ser colocadas a la vera de los caminos con velas o rescoldos dentro para iluminar a los viajeros en medio de la noche, y también se llevaban colgando de los cinturones  y de los arneses de los caballos como cantimploras muy rudimentarias, pero útiles.

Esta antigua tradición celta se ha ido abriendo paso en Cuba, y las calabazas talladas con infinidad de caritas humanas y animales adornan festejos de grupos de amigos que se reúnen el 2 de noviembre y celebran esta fiesta que asocian con las simpáticas brujas medievales, pero cuyo origen en verdad desconocen.  Las calabazas son, vaya usted a saber por qué, el único elemento de Halloween que ha arraigado en esta isla, donde todavía no se ven las bandadas de niños disfrazados yendo de casa en casa para pedir caramelos y dulces, ni nadie se viste de druida como en Inglaterra o España. Con el característico espíritu fusionador de culturas que nos caracteriza, aquí se baila entre las calabazas bebiendo ron, vino o cerveza y escuchando reguetón. No importa demasiado cómo lo hacemos. Lo que importa es que las calabazas talladas e iluminadas siguen ejerciendo su fascinación sobre la gente, una fascinación que parece estar de algún modo impresa en nuestra memoria genética, pues como es sabido los cubanos somos un pueblo descendiente de celtíberos del norte de España, o sea, tenemos sangre celta.

Busque su calabaza para celebrar el próximo 2 de noviembre, tállele ojos, nariz y boca, y si le gustan las brujas de los cuentos  a lo mejor le hace usted una carita de gato, por aquello de que el gato negro es el espíritu familiar de la bruja; o tal vez le componga usted la expresión beoda de Jack O Lantern. Siéntese junto a su obra maestra y mire la luna o las estrellas mientras enciende en su interior la vela que hará brotar la luz, y quédese un instante en silencio sintiendo la naturaleza alrededor. Verá que la sensación es hermosa y le ayudará a vivir una noche inolvidable.

 

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Acerca de Gina Picart

Soy escritora, periodista especializada en La Habana de la colonia y la república, investigadora, crítica literaria, guionista de cine, radio y televisión
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