DIABLO ROJO, ELEFANTES MUERTOS Y EL MUNDO EN MANOS OSCURAS

Aunque el político cubano-americano Marco Rubio denigró a Donald Trump cuando ambos se enfrentaban en sus campañas electorales para ganar la presidencia de los Estados Unidos, espetándole a su azafranado oponente que sin los millones de dólares que había heredado estaría vendiendo hots dogs en alguna calle por ahí –lo que probablemente hubiera sido verdad teniendo en cuenta que Trump es hijo de inmigrantes–, y aunque nadie duda que el actual inquilino de la Casa Blanca, a pesar de acumular mucho oro y obras de arte en sus mansiones, es bastante inculto, resulta que pocos días atrás se ha mostrado ante el mundo con un nuevo y sorprendente disfraz: el de rey del oxímoron. El hombre más peligroso del planeta y uno de los más ignorantes es el campeón de una de las más sofisticadas herramientas de la filología.

El oxímoron (del griego ὀξύμωρον, oxymoron, en latín contradictio in terminis), dentro de las figuras literarias en retórica, es una figura lógica que consiste en usar dos conceptos de significado opuesto en una sola expresión, que genera un tercer concepto. Esto dice Wikipedia. ¿Un ejemplo? Lluvia seca. ¿Y quién osaría disputarle la corola real al hombre que acaba de anunciar que el mejor modo de preservar especies animales en extinción, como los elefantes africanos, es matarlos? Sí, si los norteamericanos adinerados van a África y matan elefantes, los dineros que genere ese jugoso negocio aportarán recursos para la preservación de la especie.

Menos mal que a los dos días de haber derogado la ley norteamericana –impuesta por el ex presidente Barak Obama– prohibiendo el exterminio y entrada a los Estados Unidos de partes del cuerpo de esos animales, Trump cambió repentinamente de idea y anunció que él (ni más ni menos que su augustísima persona) va a estudiar todo lo referente a la conservación de esos animales y luego decidirá si por fin los norteamericanos pueden ir a África a matar elefantes.

El asunto en sí es trágico, doloroso, indignante y sobre todo profundamente indecente, pero podría calificarse también como francamente delirante si se tiene en cuenta que los dos hijos mayores de Trump son muy aficionados a la caza mayor, y en estos días se ha viralizado en las redes la foto de uno de ellos de pie junto al cuerpo de un elefante que ha matado, mientras sostiene en una de sus manos la cola que le ha cortado y en la otra el cuchillo que usó para mutilar el cadáver. A todas luces la derogación de la Ley es un regalito paterno, pero no solo a los hijitos amados, sino también a la todopoderosa Asociación del Rifle, un grupo cuyo peso político es considerable en el juego de tronos norteamericano.

Entre los argumentos absurdos, farragosos y esquizoides traídos a cuenta por el azafranado Presidente hay varios además del oxímoron, como por ejemplo referirse a Zimbabwe como un país tranquilo en el que existen condiciones de seguridad para los cazadores. Zimbabwe es una nación inestable, sacudida por guerras tribales y de facciones, y el cine norteamericano ha rodado varias películas que muestran cómo es una guerra intestina en cualquier país africano. Pero bastaría solo con haber visto Ruanda para tener una idea. Pero Trump no es asiduo al cine.

Los elefantes y otras especies de África ya están siendo diezmados desde hace siglos por los cazadores furtivos y los contrabandistas de marfil. Solo necesitamos recordar cómo esta última actividad, que floreció bajo el reinado de Leopoldo de Bélgica cuando este cínico monarca se apoderó del Congo, dio lugar al surgimiento en Europa de las célebres crisoelefantinas, estatuas art nouveau y art deco con cuerpos de marfil y trajes de oro y otros metales preciosos que inundaron el mercado y muchas de ellas resultaron auténticas obras de arte. Tal vez seamos testigos en nuestros días de un fenómeno similar, cuando Trump permita finalmente cazar elefantes y el mercado se vea inundado por pequeñas figulinas del Presidente con cara y manitos de marfil, trajes de metales preciosos y cabelleras que ostenten fosforescentes tintes color mandarina.

Trump puede ser una entidad a medio camino entre demente siniestro y gigantón carnavalesco, pero como está sentado en la silla presidencial de los Estados Unidos, primera potencia militar del mundo, no hay motivos para reírse de los engendros enfermizos de su mente. Y hay que aplaudir el valor y la determinación con que varias organizaciones no gubernamentales de distintas partes del planeta se han enfrentado a la derogación de la ley que prohíbe matar elefantes, sobre todo si se piensa que algunas de estas ONG tienen sus sedes en los propios Estados Unidos y dirigen sus campañas mediáticas desde ese territorio, por lo cual sus miembros están sometidos a sus leyes represivas.

Me parece un momento, más que bueno, ideal para publicar una vez más la célebre carta del Jefe indio Seattle, de la tribu piel roja swamish, a un presidente norteamericano que le había escrito “solicitándole” la venta de las tierras de la tribu, ofreciéndole a cambio su amistad y ser el “padre” de ellos y ellos sus “hijos”. Quiero recordar que existen varias versiones de la traducción de este documento. La que sigue a continuación la elegí por encontrar en ella menos vocablos que, obviamente, pertenecían al lenguaje de los blancos invasores, pero no al de los indígenas.

Carta del Jefe Seattle al presidente de los Estados Unidos
[ Texto completo.]

Nota
El presidente de los Estados Unidos, Franklin Pierce, envía en 1854 una oferta al jefe Seattle, de la tribu Suwamish, para comprarle los territorios del noroeste de los Estados Unidos que hoy forman el Estado de Wáshington. A cambio, promete crear una “reservación” para el pueblo indígena. El jefe Seattle responde en 1855.

El Gran Jefe Blanco de Wáshington ha ordenado hacernos saber que nos quiere comprar las tierras. El Gran Jefe Blanco nos ha enviado también palabras de amistad y de buena voluntad. Mucho apreciamos esta gentileza, porque sabemos que poca falta le hace nuestra amistad. Vamos a considerar su oferta pues sabemos que, de no hacerlo, el hombre blanco podrá venir con sus armas de fuego a tomar nuestras tierras. El Gran Jefe Blanco de Wáshington podrá confiar en la palabra del jefe Seattle con la misma certeza que espera el retorno de las estaciones. Como las estrellas inmutables son mis palabras.

¿Cómo se puede comprar o vender el cielo o el calor de la tierra? Esa es para nosotros una idea extraña. Si nadie puede poseer la frescura del viento ni el fulgor del agua, ¿cómo es posible que usted se proponga comprarlos?

Cada pedazo de esta tierra es sagrado para mi pueblo. Cada rama brillante de un pino, cada puñado de arena de las playas, la penumbra de la densa selva, cada rayo de luz y el zumbar de los insectos son sagrados en la memoria y vida de mi pueblo. La savia que recorre el cuerpo de los árboles lleva consigo la historia del piel roja.

Los muertos del hombre blanco olvidan su tierra de origen cuando van a caminar entre las estrellas. Nuestros muertos jamás se olvidan de esta bella tierra, pues ella es la madre del hombre piel roja. Somos parte de la tierra y ella es parte de nosotros. Las flores perfumadas son nuestras hermanas; el ciervo, el caballo, el gran águila, son nuestros hermanos. Los picos rocosos, los surcos húmedos de las campiñas, el calor del cuerpo del potro y el hombre, todos pertenecen a la misma familia.

Por esto, cuando el Gran Jefe Blanco en Wáshington manda decir que desea comprar nuestra tierra, pide mucho de nosotros. El Gran Jefe Blanco dice que nos reservará un lugar donde podamos vivir satisfechos. Él será nuestro padre y nosotros seremos sus hijos. Por lo tanto, nosotros vamos a considerar su oferta de comprar nuestra tierra. Pero eso no será fácil. Esta tierra es sagrada para nosotros. Esta agua brillante que se escurre por los riachuelos y corre por los ríos no es apenas agua, sino la sangre de nuestros antepasados. Si les vendemos la tierra, ustedes deberán recordar que ella es sagrada, y deberán enseñar a sus niños que ella es sagrada y que cada reflejo sobre las aguas limpias de los lagos hablan de acontecimientos y recuerdos de la vida de mi pueblo. El murmullo de los ríos es la voz de mis antepasados.

Los ríos son nuestros hermanos, sacian nuestra sed. Los ríos cargan nuestras canoas y alimentan a nuestros niños. Si les vendemos nuestras tierras, ustedes deben recordar y enseñar a sus hijos que los ríos son nuestros hermanos, y los suyos también. Por lo tanto, ustedes deberán dar a los ríos la bondad que le dedicarían a cualquier hermano.

Sabemos que el hombre blanco no comprende nuestras costumbres. Para él una porción de tierra tiene el mismo significado que cualquier otra, pues es un forastero que llega en la noche y extrae de la tierra aquello que necesita. La tierra no es su hermana sino su enemiga, y cuando ya la conquistó, prosigue su camino. Deja atrás las tumbas de sus antepasados y no se preocupa. Roba de la tierra aquello que sería de sus hijos y no le importa. La sepultura de su padre y los derechos de sus hijos son olvidados. Trata a su madre, a la tierra, a su hermano y al cielo como cosas que puedan ser compradas, saqueadas, vendidas como carneros o adornos coloridos. Su apetito devorará la tierra, dejando atrás solamente un desierto.

Yo no entiendo, nuestras costumbres son diferentes de las suyas. Tal vez sea porque soy un salvaje y no comprendo.

No hay un lugar quieto en las ciudades del hombre blanco. Ningún lugar donde se pueda oír el florecer de las hojas en la primavera o el batir las alas de un insecto. Mas tal vez sea porque soy un hombre salvaje y no comprendo. El ruido parece solamente insultar los oídos.

¿Qué resta de la vida si un hombre no puede oír el llorar solitario de un ave o el croar nocturno de las ranas alrededor de un lago?. Yo soy un hombre piel roja y no comprendo. El indio prefiere el suave murmullo del viento encrespando la superficie del lago, y el propio viento, limpio por una lluvia diurna o perfumado por los pinos.

El aire es de mucho valor para el hombre piel roja, pues todas las cosas comparten el mismo aire -el animal, el árbol, el hombre- todos comparten el mismo soplo. Parece que el hombre blanco no siente el aire que respira. Como una persona agonizante, es insensible al mal olor. Pero si vendemos nuestra tierra al hombre blanco, él debe recordar que el aire es valioso para nosotros, que el aire comparte su espíritu con la vida que mantiene. El viento que dio a nuestros abuelos su primer respiro, también recibió su último suspiro. Si les vendemos nuestra tierra, ustedes deben mantenerla intacta y sagrada, como un lugar donde hasta el mismo hombre blanco pueda saborear el viento azucarado por las flores de los prados.
Por lo tanto, vamos a meditar sobre la oferta de comprar nuestra tierra. Si decidimos aceptar, impondré una condición: el hombre blanco debe tratar a los animales de esta tierra como a sus hermanos.

Soy un hombre salvaje y no comprendo ninguna otra forma de actuar. Vi un millar de búfalos pudriéndose en la planicie, abandonados por el hombre blanco que los abatió desde un tren al pasar. Yo soy un hombre salvaje y no comprendo cómo es que el caballo humeante de hierro puede ser más importante que el búfalo, que nosotros sacrificamos solamente para sobrevivir.

¿Qué es el hombre sin los animales? Si todos los animales se fuesen, el hombre moriría de una gran soledad de espíritu, pues lo que ocurra con los animales en breve ocurrirá a los hombres. Hay una unión en todo.

Ustedes deben enseñar a sus niños que el suelo bajo sus pies es la ceniza de sus abuelos. Para que respeten la tierra, digan a sus hijos que ella fue enriquecida con las vidas de nuestro pueblo. Enseñen a sus niños lo que enseñamos a los nuestros, que la tierra es nuestra madre. Todo lo que le ocurra a la tierra, le ocurrirá a los hijos de la tierra. Si los hombres escupen en el suelo, están escupiendo en sí mismos.

Esto es lo que sabemos: la tierra no pertenece al hombre; es el hombre el que pertenece a la tierra. Esto es lo que sabemos: todas la cosas están relacionadas como la sangre que une una familia. Hay una unión en todo.
Lo que ocurra con la tierra recaerá sobre los hijos de la tierra. El hombre no tejió el tejido de la vida; él es simplemente uno de sus hilos. Todo lo que hiciere al tejido, lo hará a sí mismo.

Incluso el hombre blanco, cuyo Dios camina y habla como él, de amigo a amigo, no puede estar exento del destino común. Es posible que seamos hermanos, a pesar de todo. Veremos. De una cosa estamos seguros que el hombre blanco llegará a descubrir algún día: nuestro Dios es el mismo Dios.

Ustedes podrán pensar que lo poseen, como desean poseer nuestra tierra; pero no es posible, Él es el Dios del hombre, y su compasión es igual para el hombre piel roja como para el hombre piel blanca.

La tierra es preciosa, y despreciarla es despreciar a su creador. Los blancos también pasarán; tal vez más rápido que todas las otras tribus. Contaminen sus camas y una noche serán sofocados por sus propios desechos.

Cuando nos despojen de esta tierra, ustedes brillarán intensamente iluminados por la fuerza del Dios que los trajo a estas tierras y por alguna razón especial les dio el dominio sobre la tierra y sobre el hombre piel roja.

Este destino es un misterio para nosotros, pues no comprendemos el que los búfalos sean exterminados, los caballos bravíos sean todos domados, los rincones secretos del bosque denso sean impregnados del olor de muchos hombres y la visión de las montañas obstruida por hilos de hablar.

¿Qué ha sucedido con el bosque espeso? Desapareció.

¿Qué ha sucedido con el águila? Desapareció.

La vida ha terminado. Ahora empieza la supervivencia.

Antes de terminar, quiero recordar un hecho que tal vez no sea muy conocido. Aproximadamente en el año 1890, muerto ya el jefe Seattle, un fotógrafo norteamericano nombrado Edward Curtis se propuso retratar a los nativos piel roja, a quienes se les consideraba como una raza en extinción, comenzó a trabajar en el territorio que había pertenecido a los Swamish y donde hoy se levanta Washington, la orgullosa capital de los Estados Unidos. Sin que él lo supiera, eligió para modelo de la primera de su larga serie de fotografías a una anciana enferma y de aspecto miserable a quien pagó un único dólar por posar ante su cámara. Era la princesa Angelina, la última hija sobreviviente del Gran Jefe Seatle.

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Acerca de Gina Picart

Soy escritora, periodista especializada en La Habana de la colonia y la república, investigadora, crítica literaria, guionista de cine, radio y televisión
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2 respuestas a DIABLO ROJO, ELEFANTES MUERTOS Y EL MUNDO EN MANOS OSCURAS

  1. Mayda A dijo:

    Excelente,me gusto muchísimo,A Donald Trump solo le faltaba cumplir un capricho y lo logró,llegar a la casa Blanca y fíjate que digo llegar,porque para ser presidente,para eso,le falta mucho camino por recorrer.

    • Gina Picart dijo:

      Los caprichos de Trump no han hecho más que comenzar. Si nadie lo baja pronto del trono en que se ha encaramado, en breve no le quedará para el lucimiento de sus delirios más que un planeta arrasado.

      Gracias por escribirme.

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