El Diario perdido de Céspedes y algunas verdades que ¿no deben decirse?

En esta Feria Internacional del Libro de La Habana dedicada a Eusebio Leal, Historiador de la ciudad capital de Cuba, y a la República Popular China, uno de los libros estrella es la nueva  edición de El Diario perdido de Céspedes, como su nombre indica, último tomo de los Diarios personales que El Padre de la Patria, Carlos Manuel de Céspedes, llevara durante su vida. El Presidente Viejo, como lo llamaban los cubanos, escribió esas páginas en su destierro en el rancho de San Lorenzo, en medio de un paisaje intricado y una gran soledad, luego de que la Cámara de Representantes del Gobierno de la República en Armas lo depusiera de su cargo  acusado de ser, entre otras cosas, un nepotista y un tirano.

Yo tuve la oportunidad de leer este libro en alguna de sus primeras ediciones durante mi breve estancia en el pueblo pinareño de San Diego de los Baños, donde lo encontré en un pequeño armario de puertas de cristal destinado, al parecer, a libros considerados muy especiales por los bibliotecarios del lugar. Es uno de los libros más desgarradores que han llegado a mis  manos, y lo digo con mucho dolor, porque suponiendo que Céspedes fuera el mal político que la Cámara se enorgulleció de deponer, los sufrimientos que este grupo le infligió fueron tan grandes que caracteres menos recios que el suyo se habría quebrado. Hoy muchos historiadores, psicólogos y sociólogos no vacilarían en calificar de acoso moral el trato dado por la cúpula del mambisado al hombre que desencadenó la Guerra de los Diez Años, el primero en liberar a sus esclavos y el primer Presidente de Cuba.

Sin ánimo de polemizar, quisiera subrayar que me ha sorprendido encontrar en alguna reseña periodística del libro elogios marcados a Céspedes porque siempre se negó a  abandonar Cuba a pesar de todos los atropellos y humillaciones a que fue sometido, porque tal afirmación no se ajusta a la realidad. Luego de que su esposa Ana de Quesada, ya embarazada, fuera detenida por los españoles tras una vergonzosa delación, Céspedes la envió al exilio en los Estados Unidos, y soportó el hecho de que sus hijos gemelos nacieran lejos de él con la esperanza de reunirse con su familia algún día, ya fuera en Cuba libre o en otras tierras.  Este Diario lo demuestra. En más de una ocasión Ana de Quesada ofreció  a su esposo enviar una embarcación clandestina que lo recogería en las costas cubanas para llevarlo junto  a ella y sus hijos, pero Céspedes se negaba porque no quería abandonar la isla de manera ilegal. Había solicitado un salvoconducto a la Cámara y esperaba por ese documento para emigrar. Consideraba indigno  huir de su patria no ya de los españoles, sino de los propios cubanos, y así lo escribió en su Diario.

Nunca recibió el salvoconducto, la Junta le daba largas y no se lo concedió. No querían un Presidente en el exilio aunque estuviera depuesto, pues en tales casos siempre existe la posibilidad de que se forme un Gobierno paralelo, ya que todo político, más allá de si es o no adecuado para su cargo, tiene siempre sus propios seguidores.

Céspedes estaba en total desacuerdo con su destitución y mucho más con los cargos que se le imputaban, en especial el de tirano, y la impresión que produce la lectura del Diario es que consideraba a Salvador Cisneros Betancourt,  marqués de Santa Lucía, su sucesor en la Presidencia, su enemigo personal, aunque no el único. Lo despreciaba con un desprecio hidalgo, a pesar del título de nobleza y la condición de su oponente, desde el punto de vista social superior a la suya. Dice textualmente que el marqués es un hombre vulgar que se acuesta con sus esclavas y para divertir a sus amigos imita el habla de los negros bozales. Pero esto no pasaría de ser una enemistad entre dos hombres si no fuera porque Céspedes consideraba al marqués causante directo del estado casi miserable en que transcurría su existencia cotidiana desde que fue depuesto, y  llega a afirmar  en las últimas páginas del Diario que un esclavo del  marqués fue quien guió a la tropa española hasta el ranchito donde Céspedes se ocultaba desde hacía  meses, con el fin de que lo liquidaran. Antes de alegar que Céspedes pudo creer tales cosas impulsado por el profundo dolor que le causaban sus sufrimientos morales, debemos recordar que ninguno de los historiadores que han escrito sobre la vida de Céspedes estuvo presente en sus últimos momentos, lo que convierte a Céspedes en el único testigo presencial de su propio fin que está dispuesto a hablar del suceso.  ¿Alguien más entre los involucrados lo habría hecho? ¿Quedarían para la historia las confesiones de semejante traición por quien supuestamente la hubiera cometido o por alguno de sus cómplices?  Si tales confesiones existen, estarán a buen recaudo, como las páginas escritas por Martí en su Diario de campaña poco antes de morir y luego desaparecidas, donde narraba, tal vez, algún suceso  muy ominoso ocurrido en La Mejorana durante la reunión que tuvo allí con Maceo y Gómez, la última de su vida. Hay hechos que avergüenzan hasta a quienes los cometen, y los ejecutores ocultan las pruebas o las destruyen para escapar al juicio de la historia.

Resulta muy interesante, en realidad apasionante que Salvador Cisneros Betancourt, marqués de Santa Lucía, fuera tenido por Céspedes como un individuo repudiable e indigno de su condición patricia, mientras Martí vio en él  a un prócer anciano y venerable que conmovió profundamente su sensibilidad patriótica. Todo ser humano tiene detractores  y aprobadores, y tanto los primeros como los segundos esgrimen sus razones para el odio o el amor. Quienes hayan estudiado con un mínimo de atención las vidas de Martí y Céspedes repararán con seguridad en varias circunstancias que las entrelazan, unas veces para diferenciarlas y otras para asemejarlas de modo escalofriante. La primera es el origen: Martí era de extracción sumamente  humilde, hijo de una numerosa familia cuyo padre valenciano debía mantener con trabajos duros que perdía de continuo debido a su carácter irascible y rígido, y el propio Martí tuvo que trabajar desde muy joven para ayudar a los suyos, además de haber sufrido una durísima estancia en las canteras del Presidio Político en plena adolescencia. Muy  joven conoció el hambre y el exilio, y padecía además, una salud precarísima que a lo largo de sus 42 años no le permitió prácticamente un día de bienestar físico. Su educación y su cultura las recibió de sus maestros y de sí mismo. Céspedes era todo lo contrario: patricio de alta cuna, hijo de una de las familias más ricas y respetables de Bayamo, se crió entre sábanas de seda mimado por los suyos; estudió abogacía en Barcelona, donde también se doctoró, y viajó por varios países. Recibió desde su nacimiento la refinada educación que acompaña a los dones de un linaje, y físicamente era un varón de complexión fuerte, avezado jinete y esgrimista.  En circunstancias naturales es probable que hubiera disfrutado una larga vida.

Un segundo aspecto a analizar es la diferencia entre el pensamiento político de ambos hombres. Céspedes, quien dio inicio en su ingenio La Demajagua a la Guerra de los Diez Años, consideraba que un gobierno colegiado no era lo más conveniente para una Cuba en guerra, dados los muchos conflictos y contradicciones que suponían no solo las enemistades personales (de las que él mismo fue víctima), sino la variedad de intereses económicos que existía entre los hacendados cubanos alzados contra España, por no hablar de las ambiciones políticas individuales que tanto daño hicieron a la independencia de la isla  y fueron, en algunos casos, la causa de la desaparición de los mejores hombres de nuestra historia nacional. Era partidario de un Gobierno  dirigido por un solo hombre, y tenía una plataforma de lucha, por no llamarla política, muy bien definida y sólida. En la lectura de este Diario se percibe que no confiaba más que en su propia honestidad, en su propia integridad y en su propio amor por Cuba. ¿Tenía un ego demasiado fuerte?  Es probable, pero ¿quién puede poner en duda que la Guerra de los Diez Años haya durado tanto precisamente por la poca capacidad de sus líderes para ponerse de acuerdo en los asuntos más esenciales? Céspedes estaba plenamente consciente de los peligros que entrañaba la fragmentación de mandos para la marcha orgánica de la guerra. De sus intenciones para la gobernación de Cuba tras el supuesto triunfo del Ejército Libertador yo no sé nada. Pero si sé, en cambio, por haberlo escuchado hace años de labios del propio Leal, que la intención de Martí cuando vino a Cuba en momentos en que su salud le hubiera concedido apenas un año más de vida, era ponerse, dado su grado de Mayor General —que lo igualaba (creía él) a Gómez y Maceo—, al frente de las tropas camagüeyanas que habían estado bajo el mando de Ignacio Agramonte, formar gobierno civil en Camagüey y traer de inmediato la Invasión a Occidente. Algunos  historiadores piensan que fue precisamente eso lo que disgustó a Maceo, partidario de un Gobierno militar sin intervención civil, y tal vez también a Gómez, pues los dos líderes no consideraban a Martí apto como guerrero, sino solo como un hombre de letras, y además, por razones tácticas preferirían que no hubiera tres ejércitos en la isla. ¿Influyó en el desastre de La Mejorana el hecho de que hasta los soldados de filas y los campesinos llamaran a Martí Presidente aún cuando él jamás dio indicio alguno de pretender serlo tras la independencia de Cuba? Martí había fundado en Tampa el Partido Revolucionario, del que se consideró Delegado y no Presidente, y si hubiera sabido que Estrada Palma lo disolvería tras el final de la última Guerra me atrevo a asegurar que Estrada Palma hubiera muerto anciano en los Estados Unidos como maestro de escuela y la historia de Cuba habría sido otra. Yo no sé qué planes tenía Céspedes para Cuba Libre, pero  Martí soñaba con una democracia y no fundó el Partido con el único fin de ayudar a Gómez y Maceo a ganar la Guerra. Una democracia significa elecciones y es, por tanto, algo bien diferente del gobierno de un solo hombre, por muy prócer, bien intencionado y Padre de la Patria que este sea. El pensamiento político de Céspedes y Martí se diferenciaba tanto como sus cuerpos físicos,  y solo confluía en la decisión de sacar de Cuba a España y hacer de la isla una tierra libre.

¿Vio Céspedes en Cisneros Betancourt —dos veces Presidente de la República en Armas—  un monstruo que solo existía en su imaginación de hombre torturado, o se equivocó Martí con la venerabilidad del marqués como también se equivocó con la idoneidad de Estrada Palma para sustituirlo al frente del Partido Revolucionario Cubano? La historia, y no solo la de Cuba, está llena de esos temibles  “¿Y si…?” que habrían conducido su marcha por otros derroteros. Pero una cosa es cierta: el cargo presidencial de Céspedes y el poder que le otorgaba, tanto como la posibilidad de que Martí llegara a ocupar la Presidencia de Cuba tras el final de la última guerra no eran circunstancias gratas a algunos altos jefes del mambisado, entre ellos Cisneros Betancourt y Antonio Maceo.

Algo más compartieron Céspedes y Martí: las circunstancias a través de las cuales entraron en la Muerte. Céspedes, abandonado por su escolta en aquel ranchito de fin de mundo, se defendió de sus captores con un revólver, única arma que conservaba en su poder, y cuando ya no le quedaban balas se arrojó por un barranco para que no lo apresaran vivo[i]. Su cuerpo, junto a un lote de gallinas, puercos y sacos de carbón, fue enviado por los españoles en una goleta al muelle de la Capitanía del Puerto de Santiago de Cuba, donde lo colocaron bajo una ceiba. El cadáver fue llevado después al antiguo hospital civil La Caridad, y expuesto al público, que pudo ver las heridas sufridas en su despeñamiento por el barranco. Luego fue trasladado a la Casa de la Intendencia y nuevamente expuesto, y esa misma tarde conducido en un carretón al cementerio de Santa Ifigenia, donde se le arrojó a una fosa común.  Cinco años más tarde se exhumaron sus restos y se les trasladó a un lugar secreto de la misma necrópolis, donde se les dio sepultura sin identificación alguna. En 1898 se reveló el lugar de su enterramiento y  fue colocada una tarja allí. Durante la República tuvo otros enterramientos y se construyó un mausoleo para honrar su memoria. Hoy reposa en Santa Ifigenia cerca de Martí, Mariana Grajales y Fidel.

Martí —y sobre este tema se ha escrito y especulado mucho— no tuvo un Estado Mayor propio, como hubiera correspondido a su grado de Mayor General, presumiblemente por la premura de su nombramiento y su breve estancia en tierra cubana. Estaba adjunto al Estado Mayor de Gómez y solo disponía de un ayudante al que él no le aceptaba que le lavara su ropa en el río, tarea que asumía él mismo. Mientras el atuendo mambí se componía de prendas blancas, él se vistió para su primera batalla con su único traje negro y colocó en sus bolsillos los pocos objetos de valor que poseía: un retrato  familiar, unas monedas… Montó el hermoso caballo blanco que le regalara José Maceo y se lanzó hacia la tropa española ofreciendo el pecho sin protección en un espacio de tierra cuya topografía conforma un triángulo, simbolismo que a él, masón de alto grado, jamás le habría pasado inadvertido. Por supuesto, lo alcanzaron las balas y cayó con tres heridas, dos de ellas mortales. Martí no debió de morir, la canción es muy cierta, pero de haber seguido vivo ¿qué destino le aguardaba a la sombra de Gómez y Maceo?  ¿Acaso un año más de vida agonizando con sus muchas enfermedades, arrastrando su cuerpo cada día más débil por la manigua…? Martí creía en la honra tanto como creía en la virtud, y convencido —después de La Mejorana— de que no podría hacer mucho más por Cuba de lo que ya había hecho, prefirió salvar su honra y al mismo tiempo dar a los cubanos un símbolo abstracto destinado a convertirse en lo que su pobre humanidad ya no podría ser: antorcha, flama, Luz.Autoinmolación mística, sacrificio ritual. Céspedes y Martí, dos formas de suicidio, pero suicidio al fin, por no hablar del esperpéntico destino ambos cadáveres tras ser capturados por los españoles: el cuerpo sin vida de Martí fue transportado por la serranía a lomos de una mula. Su captor, el militar Giménez de Sandoval, masón como su víctima, envió a Gómez, también masón, una nota donde le hacía creer que el “hermano Martí” aún vivía, aunque estaba herido. El primer entierro de Martí tuvo lugar al día siguiente de su muerte, luego de la identificación del cadáver mediante los documentos que llevaba encima. Vestido solo con pantalones y descalzo lo arrojaron sin ataúd a una fosa común, en el cementerio de Remanganagua, Contramaestre. Poco después las autoridades españolas ordenaron exhumarlo para demostrar su identidad ante la incredulidad general; un médico le practicó la autopsia y procedió a su embalsamamiento. Los restos fueron colocados esta vez en un ataúd humilde y mostrados  nuevamente al público. Con posterioridad fue trasladado en tren a Santiago de Cuba y enterrado en Santa Ifigenia, donde a partir de ese momento sufriría otros tres traslados de sepultura, llegando a tener en total cinco entierros, aventajando en uno a Céspedes.

Y un último y similar suceso selló el destino de los dos gigantes: Gómez hizo desaparecer — guardó o destruyó— las tres páginas que faltan en el Diario de Campaña de José Martí. Julio Sanguily (sospechoso para algunos investigadores de haber sido un agente doble de España y Estados Unidos) compró  (¿) a los españoles ese último tomo del Diario de Céspedes, ocupado por estos entre las pertenencias del Presidente Viejo encontradas en San Lorenzo y —aunque Céspedes escribió en la última página su voluntad expresa de que fuera entregado a su esposa Ana si él moría— se lo quedó y a su muerte pasó a su hermano Manuel, quien no se dejó conmover por las súplicas de la viuda y siguió reteniendo el libro mientras alegaba que era botín de guerra de su hermano fallecido y por lo tanto propiedad suya[ii]. ¿Prudencia, borramiento de culpas, blanqueamiento de sepulcros…? A mí, personalmente, no me interesan para nada las motivaciones (bien o mal intencionadas)  de estos ocultamientos que me parecen crímenes contra la historia de Cuba y contra el pueblo cubano, como es siempre crimen todo intento de ocultar o distorsionar la verdad, cualquiera que esta sea. ¿O es que solo anhelamos conocer las debilidades y pequeñeces de los más Grandes mientras escondemos las de otros  “mirlos blancos” que fueron más tentados por las más bajas pasiones humanas?

En algo sí coincido con el autor de la reseña que ha motivado este comentario: Céspedes, —como Martí— fue un  hombre  con debilidades y grandezas, y su Diario habla por él a la posteridad que le juzga.  ¿Y quién dice que un hombre no puede ser un héroe, que los héroes no sean hombres? Solo que los hombres héroes —para los antiguos mitad humanos y mitad divinos— tienen menos debilidades y más grandezas que los demás hombres, entre los cuales incluyo a Salvador Cisneros Betancourt, aunque haya entregado su fortuna a la causa de la independencia, aunque su esposa y sus hijas hayan peregrinado junto a los mambises en la manigua compartiendo sus peligros y sus miserias, y aunque al final del camino haya una foto que lo muestra rindiendo homenaje ante la tumba de Céspedes.  No cuestiono sus muchos méritos patrióticos, pero hay fotos que salvan para la historia y otras que no la cambian. La imagen en cuestión  es de estas últimas, y hay deseos de salvamento que no se entienden. A fin de cuentas, como biznieta del capitán Picart, ayudante de campo del General Calixto García, me asiste el derecho de recordar esta verdad de Perogruyo: la alta oficialidad mambisa siempre estuvo dividida por muy fuertes discrepancias políticas y militares, por intereses económicos y por ambiciones personales,  lo que no le impidió hacer nuestras Guerras de Independencia y hacernos libres. Debilidades y grandezas. ¿No eran hombres…? Entonces, que acaben los silencios y brille la Verdad en todo su esplendor.

Esta fue la mayor lección que me dejó la lectura del  Diario Perdido de Céspedes en San Diego de los Baños.

[i] Las aseveraciones de un supuesto rematador cubano que acompañaba a la tropa del batallón de San Quintín que asaltó el rancho, hoy son tenidas por muchos historiadores como bravuconadas sin fundamento, lo mismo que las del supuesto rematador de Martí, cuyas heridas post mortem muestran que murió alcanzado por tres disparos lejanos, dos de ellos mortales, sin presencia de un tiro de gracia.

[ii] Al parecer, la Sra. Sarah Cuervo, viuda del hijo de Manuel Sanguily y heredera de su archivo, entregó o vendió el “Diario”, en algún momento al historiador José de la Luz León, fallecido en La Habana el 5 de junio de 1981, después de haberlo poseído secretamente durante un número indeterminado de años (¡cosas de los coleccionistas!). Su viuda, la Sra. Alice Dana, encontró entre los papeles del historiador difunto un sobre cerrado en el que estaba escrito: “Estos papeles son de mi Patria”. Cumpliendo esta voluntad, ella entregó el sobre al Historiador de la Ciudad, Lic. Eusebio Leal Spengler. (Cita textual de un fragmento del artículo escrito por Monseñor Carlos Manuel de Céspedes y publicado en el sitio digital de la revista Palabra Nueva.

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[1] Las aseveraciones de un supuesto rematador cubano que acompañaba a la tropa del batallón de San Quintín que asaltó el rancho, hoy son tenidas por muchos historiadores como bravuconadas sin fundamento, lo mismo que las del supuesto rematador de Martí, cuyas heridas post mortem muestran que murió alcanzado por tres disparos lejanos, dos de ellos mortales, sin presencia de un tiro de gracia.

[2] Al parecer, la Sra. Sarah Cuervo, viuda del hijo de Manuel Sanguily y heredera de su archivo, entregó o vendió el “Diario”, en algún momento al historiador José de la Luz León, fallecido en La Habana el 5 de junio de 1981, después de haberlo poseído secretamente durante un número indeterminado de años (¡cosas de los coleccionistas!). Su viuda, la Sra. Alice Dana, encontró entre los papeles del historiador difunto un sobre cerrado en el que estaba escrito: “Estos papeles son de mi Patria”. Cumpliendo esta voluntad, ella entregó el sobre al Historiador de la Ciudad, Lic. Eusebio Leal Spengler. (Cita textual de un fragmento del artículo escrito por Monseñor Carlos Manuel de Céspedes y publicado en el sitio digital de la revista Palabra Nueva.

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Acerca de Gina Picart

Soy escritora, periodista especializada en La Habana de la colonia y la república, investigadora, crítica literaria, guionista de cine, radio y televisión
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Una respuesta a El Diario perdido de Céspedes y algunas verdades que ¿no deben decirse?

  1. Juan A Fernandez dijo:

    Gracias, Nuestra historia seguira en vida por largo futuro.

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