Dos miradas al pasado de la Humanidad

Una de las lecturas más apasionante que hice en mi infancia fue el mágico Dioses, tumbas y sabios, la novela de la arqueología, voluminoso libro[i] escrito por el alemán C. W. Ceram y publicado en 1949, donde se narran las historias de los más importantes descubrimientos hechos por la arqueología en diferentes partes del mundo. Ya no tengo a mano mi ejemplar, pero recuerdo que hablaba de los maravillosos palacios de Creta y Micenas hallados por sir Arthur Evans, del verdadero emplazamiento de la Troya homérica, encontrado por el alemán Heinrich Shliemann… y del descubrimiento en 1922 de la tumba del faraón Tut Ank Amón por el arqueólogo inglés Howard Carter, en su época un auténtico suceso que revolucionó a arqueólogos, historiadores, prensa de todas partes y a los apasionados por las historias del pasado y las antigüedades, en especial de la civilización que floreció a orillas del valle de  Nilo, en el Alto y el Bajo Egipto, uno de los más poderosos imperios que ha conocido la humanidad. Como un círculo que se cierra, he recibido en estos días un regalo magnífico: un disco con dos miniseries: Tut (2015) y Tutankamún (2016). La primera cuenta la historia de Tut en una convincente (aunque infiel) reconstrucción de época, y la segunda, la historia del descubrimiento de la tumba por Carter. Ha sido una noche de cine tan mágica como en su momento lo fue para mí la lectura del libro.

Es innegable que la enorme trascendencia del hallazgo no se debió únicamente al inmenso valor de los tesoros encontrados en la tumba, sino al halo romántico que rodea la figura casi

Nefertiti, esposa de Akenatón y madre de Tutankamón y Ankesesnamón

mítica del joven rey, hijo de una de las más pintorescas parejas de la Historia: la reina Nefertiti, célebre por su belleza, y el faraón hereje  Akenatón, primer monarca egipcio que se atrevió a desafiar el omnipotente sacerdocio del dios Amón y a suplantar a esta deidad por un culto monoteísta al Sol, osadía que le costó la vida. Su hijo Tut le sucedió en el trono con solo  9 años de edad, contrajo matrimonio con su hermana Ankesnamón, como era costumbre en las dinastías egipcias, y murió misteriosamente a los 19 años. Su nombre y sus hazañas, si las tuvo, fueron cuidadosamente borrados de las pinturas y relieves de los templos y de los papiros reales, como solían hacer los egipcios cuando querían que el nombre de alguien no trascendiera a la eternidad. Muchos elementos han ido conformando la leyenda del faraón niño, el mismo a quien la gran poeta y escritora cubana Dulce María Loynaz, tras visitar Egipto, dedicara una de sus obras más conmovedoras, Carta de amor a Tutankamón. El joven rey sigue conquistando almas a más de 3 000 años de su muerte, la mía entre ellas, porque yo también lo amo.

No estoy segura de que la historia contada en Tut se ajuste a la verdad. Creo que hay bastante fabulación en el guión, aunque hechos fundamentales como la existencia y poderío del visir Ay y el general Horenheb, jefe de los ejércitos reales, la guerra contra el país de Mitani y contra los hititas, los dos bebés muertos dados a luz por Ankesnamón y algunos otros detalles sí pertenecen a la Historia, como el hecho de que el joven rey era lisiado de un pie. Sin embargo, en la serie el faraón es mostrado como un joven de gran belleza física, cuando en realidad parece que padeció múltiples malformaciones como el paladar hendido y una ligera escoliosis, producto de su genética comprometida por la relación incestuosa de sus padres, ya que su madre Nefertiti era hermana de su padre Akenatón. No creo que las hazañas guerreras de Tut expuestas en la miniserie hayan sido reales, al menos no conozco que existan pruebas de ellas, aunque no habrían sido imposibles dado el inmenso poderío militar de Egipto. Pero es un guión muy bien estructurado, con historias paralelas bien conducidas, una dramaturgia en verdad impecable, y bastante suspense.

La causa de la muerte de Tut ha sido muy debatida desde que Carter descubrió su momia y ha generado muchísimas especulaciones. Existen varias hipótesis al respecto:

  • Cuando la momia fue despojada de su máscara funeraria y los vendajes que la cubrían, un agujero detectado en su cráneo llevó a Carter y Carnarvon a pensar que Tut había sido víctima de alguna intriga política que condujo a su asesinato, lo que explicaría el entierro apresurado en medio de la noche con un pequeño cortejo de sacerdotes, la humildad de la tumba, no más grande que un garaje promedio moderno, y el deficiente proceso de momificación, que ha merecido el calificativo de “chapucero”.
  • Malaria. Una epidemia de este mal azotaba Egipto en la fecha de la muerte del rey. También pudo padecerla de forma crónica, pues el clima húmedo de Egipto hace de estas fiebres una endemia. Ello lo habría conducido lentamente a la muerte.
  • Genética. Su madre Nefertiti era la hermana mayor de Akenatón. En la XVII dinastía había habido matrimonios entre hermanos al parecer tres generaciones antes del nacimiento de Tut. Estudios realizados con escáneres de alta tecnología sobre la momia del joven rey muestran que tenía el labio superior hendido o leporino, caderas anchas como las de una mujer, hombros estrechos y un pie varo. Exámenes de su ADN sugieren que también por causa genética pudo padecer la enfermedad de Köhler, una especie de osteoporosis del hueso escafoides, pero que reviste una necrosis por falta de irrigación sanguínea que puede resultar letal. Otra derivación de esta mala genética sería una epilepsia particularmente agresiva, que también padeció su padre. Tut pudo morir durante un ataque.
  • Escáneres realizados con tecnología digital entre los años 2005 y 2012 han revelado que el rey pudo sufrir algún tipo de traumatismo masivo causado por un choque mientras iba en un carro a gran velocidad; o que un carro lo atropellara mientras estaba arrodillado; o que lo acometiera un hipopótamo cuando se encontraba de caza en los pantanos. La falta del esternón y la fractura de la pelvis y las costillas por la parte donde se alinean con la columna vertebral hablan de destrozos enormes en el cuerpo del joven faraón, aunque no se debe descartar la posibilidad que los embalsamadores retiraran del cadáver  algunos huesos fracturados o aplastados. Sin embargo, la presencia del pie varo, que le habría impedido andar sin la ayuda de un bastón, también le habría incapacitado para montar carros de guerra o de caza, en los que la habitual tripulación de tres hombres (auriga, noble y arquero) iba siempre de pie.
  • Fractura de rodilla. Los escáneres también detectaron esta fractura, bastante compleja para un joven con deficiencias inmunológicas crónicas o un organismo debilitado por enfermedades hereditarias. Un hueso astillado en ausencia de antibióticos pudo conducir a una infección masiva y fatal.

En la serie, en la que Tut aparece como un joven ligeramente lisiado pero también como un gran combatiente, se toma la hipótesis de una muerte causada por una gangrena o sepsis generalizada, provocada por la fractura en combate de un hueso de la pierna. La posibilidad de que hubiera sido asesinado  no fue explotada en el guión, aunque se dan elementos que sugieren que Tut tenía en mente una nueva —segunda— reforma religiosa para regresar al culto de Atón creado por su padre, lo que iba contra los intereses y la existencia misma del poderoso sacerdocio de Amón, y le habría acarreado una suerte semejante a la de su predecesor, con la única diferencia de que su vida habría sido más breve.

Todas las especulaciones sobre su muerte son posibles, pero ¿cuál es la verdadera? Todavía no hay una respuesta concluyente.

Otros detalles de su momia resultan muy intrigantes: le falta el corazón, el pene fue enfardelado erecto y el color de su piel es muy oscuro. En  un principio se pensó que las abundantes resinas vegetales empleadas para cubrir el cuerpo durante el proceso de momificación pudieron combustionar dentro del ataúd, pero se ha desechado esta idea porque los dos ataúdes de madera que encierran el de oro en que descansa la momia están intactos, la carne del cuerpo no está reducida a cenizas y las prendas de ropa y las joyas que vestía el faraón muerto no muestran señales de combustión. Algunos especialistas han aventurado la posibilidad de que la falta del músculo cardíaco, el miembro en erección y el color oscuro de la piel fueran hechos ex profeso por los embalsamadores siguiendo órdenes de Palacio para dar al faraón muerto atributos que lo asemejaran al dios Osiris tal como describen a este las leyendas, según las cuales esta divinidad tenía piel negra o verdosa.

El rol del faraón Tut le fue confiado al joven actor y cantante canadiense Avan Jogia. Este acuariano de padre hindú y madre con ancestros irlandeses, galeses y franceces (un indoeuropeo legítimo) comenzó su carrera a edad temprana y de inmediato despuntó como una estrella. Además de su gran belleza corporal que evoca las antiguas imágenes del dios Krishna entre los Veddas, es un actor de gran talento, muy convincente en las escenas de combates y capaz de dar vida a un carácter de gran fortaleza que se corresponde totalmente con la imagen de este rey que inspiró a Carter a excavar durante más de diez años en el Valle de los Reyes en busca de su tumba, aún cuando todos los  arqueólogos que le habían precedido mantenían la firme convicción de que el lugar estaba agotado como yacimiento arqueológico y no sería posible realizar allí ningún nuevo descubrimiento de importancia.

El personaje del visir Ay estuvo a cargo de Ben Kingsley, importante actor británico a quien se recuerda por su espectacular desempeño en el rol principal del filme Gandhi, y yo personalmente le rindo tributo por su papel de un general iraní refugiado en Estados Unidos en el filme norteamericano La casa de arena y niebla, del director Vadim Perelman. En Tut Kinsley encarnó al visir Ay con su acostumbrado dominio de la expresión corporal y el infinito registro de expresiones de su semblante.

Nonzo Anozie, actor inglés de origen nigeriano es el general Horengeb. En Cuba le hemos visto desempeñar un papel secundario en la serie Juego de Tronos y en el filme Mazeda. El guión no le permite gran lucimiento en esta serie. Por el contrario, Alexander Siddig (El Tahir El Fadil El Siddig El Abderahman El Mohammed Ahmed El Abdel Karim El Mahdi), actor y director británico de origen sudanés que encarna en la serie al Sumo Sacerdote de Amón, impacta en su papel que, aunque  secundario, momentos de gloria, como aquel en que dirige al pueblo, desde las gradas del templo de Amón, una imprecación contra el faraón, con una estatura escénica que recuerda técnicas de los actores de los teatros japoneses Kabuki y No. Siddig también intervino en Juego de tronos, en el papel de Doran Martell, gobernante de Dorne y hermano del carismático príncipe guerrero Oberyn. Actor políglota, los papeles de Siddig a menudo le exigen hablar idiomas, y además adoptar muchos acentos diferentes: un inglés ‘RP’ sumamente distinguido y académico para Star Trek: Espacio Profundo 9, un acento cockney en Reinado de Fuego, y un marcado acento arábigo-argelino para Spooks, entre otros. También ha actuado en árabe cuando el papel lo ha requerido, como en Syriana y 24.

Aunque en principio Tut fue concebida como una miniserie  de 6 capítulos, la productora ya tiene en mente una segunda temporada que se centraría en el breve reinado de  3 años del visir Ay, quien tomó la corona de los Dos Reinos a la muerte de Tut. Sería emocionante poder asistir a la continuación de la historia de Ankesnamón, quien vivió momentos tan difíciles tras su viudez que se conserva una carta enviada por ella al rey de los hititas Suppiluliuma I, y que comienza así:

Mi esposo ha muerto. No tengo ningún hijo varón, pero dicen que tú tienes muchos hijos. Si me das a uno de tus hijos, se convertirá en mi esposo. Jamás escogeré a uno de mi súbditos como esposo […] Tengo miedo.

 Hoy sabemos que su solicitud fue atendida y el príncipe hitita partió rumbo a Luxor, pero los espías de Ay le envenenaron en el camino y murió de disentería. Nada se sabe sobre el final de esta reina. Probablemente Ay la asesinó.

Relieve de Tutankamón y Ankesnamón en una escena íntima.

Tutankamún, miniserie inglesa filmada en 2016 y dirigida por Peter Weber, cuenta en tres capítulos la odisea del joven arqueólogo Howard Carter para lograr excavar en el Valle de los Reyes, lo que solo consigue con el patrocinio del aristócrata inglés Lor Carnarvon, un amateur apasionado de la egiptología, quien le financia hasta el descubrimiento de la tumba del joven faraón durante diez años interrumpidos por la Primera Guerra Mundial, por la falta de fondos y por las intromisiones del Museo de Antigüedades de El Cairo.

Carter es interpretado por el actor y modelo inglés Max Irons, quien también encarnó al protagónico rey Eduardo en la magistral serie inglesa La reina blanca, mientras lord Carnarvon es interpretado por el actor neozelandés de origen irlandés Sam Neill, a quien hemos visto en Cuba en numerosos filmes.

En esta miniserie sí se ha respetado estrictamente la historia del descubrimiento de la tumba. También podremos asistir a los orígenes de la leyenda sobre una supuesta maldición que estaba escrita en la tumba de Tut y que haría morir en el plazo de un año a todos aquellos que hubieran entrado en el interior de la cámara real. La leyenda nació con la trágica muerte de lord Carnarvon, causada por la picada infectada de un insecto, que le impidió asistir a los momentos cumbre del descubrimiento[ii]. Es cierto que la inscripción existe, pero se trata de  una imprecación común en las tumbas de nobles y personajes de la realeza egipcia, que tenía por objetivo alejar a los ladrones de tumbas, quienes ya se dedicaban a su lucrativo oficio —organizados en clanes familiares— en tiempos de las pirámides. No es menos cierto que varios de los hombres que participaron en la apertura de la tumba, fundamentalmente ingleses, murieron en el plazo señalado, uno de ellos por un suicidio inexplicable. Pero investigaciones posteriores han dejado en claro que algunas de estas muertes extrañas pudieron deberse a infecciones por hongos que estaban en aquella tumba oscura y húmeda, cerrada por más de 3 000 años.

Howard Carter limpia la cera y las resinas que cubrían la momia del faraón. (Foto de época)

La trama de los amores entre Carter y la joven Lady Carnarvon es algo cuya autenticidad histórica jamás se llegará a conocer. Los descendientes de esta familia de la nobleza británica la han desmentido en cuanto la serie ha salido a la luz pública, pero si esa relación existió o no, es un detalle que poco aporta al magno acontecimiento del hallazgo, que se debe al tesón de Carter y Carnarvon, quienes se enfrentaron a todos los obstáculos y penalidades, incluida la rebelión árabe ante la presencia británica en Egipto después de la guerra.

Yo disfruté de una experiencia estética y cultural muy gratificante al poder ver las dos miniseries en una misma noche, y me gustaría que los espectadores cubanos pudieran sentir el mismo placer y tener la oportunidad de conocer más sobre uno de los acontecimientos más importantes del mundo moderno. Un detalle curioso: Catalina Lasa del Rio y Juan Pedro Baró, una de las parejas de amantes más celebres de Cuba, visitaron la tumba, y la patricia villaclareña Marta Abreu, que tanto hizo por la independencia de Cuba, usaba un broche muy antiguo con la cabeza de la reina Nefertiti, madre de Tut.

Pienso que el ICRT podría trasmitir ambas miniseries como una programación conectada en dos partes en un horario estelar, tal vez, de fin de semana. Además, la conexión invita a reflexionar sobre un tema filosófico como es el regreso del pasado, el tiempo cíclico y el eterno retorno de lo mismo, tesis sostenida por el célebre antropólogo Mircea Elíade, uno de los especialistas más esclarecidos en la historia de esta ciencia multidisciplinaria.

 

______________________________

[i] Dioses, tumbas y sabios es un libro de divulgación histórica, obra del escritor alemán C. W. Ceram. Se publicó por vez primera en 1949. Tuvo la virtud de acercar al gran público los secretos de la arqueología. Desde su publicación fue un éxito de ventas, traducido a numerosas lenguas, y reimpreso en la actualidad. Dioses tumbas y sabios se divide en cuatro tomos, dedicados al mundo griego, al Antiguo Egipto, a Mesopotamia y a las civilizaciones precolombinas, respectivamente. Cierra la obra un quinto libro, titulado: Sobre los libros de historia de la arqueología que todavía no pueden escribirse. En la obra se proporcionan apuntes biográficos sobre personalidades de la arqueología, como Heinrich Schliemann, Jean-François Champollion, Paul Emile Botta y Howard Carter.

[ii] A la muerte de Lord Carnarvon siguieron varias más. Su hermano Audrey Herbert, que estuvo presente en la apertura de la cámara real, murió inexplicablemente en cuanto volvió a Londres. Arthur Mace, el hombre que dio el último golpe al muro, para entrar en la cámara real, murió en El CAyro poco después, sin ninguna explicación médica. Sir Douglas Reid, que radiografió la momia de Tutankamon, enfermó y volvió a Suiza donde murió dos meses después. La secretaria de Carter murió de un ataque al corazón, y su padre se suicidó al enterarse de la noticia (a pesar de no estar relacionado con la tumba más que a través de su hija). Y un profesor canadiense que estudió la tumba con Carter murió de un ataque cerebral al volver a El CAyro. En las décadas de 1960 y 1970 las piezas del Museo Egipcio de El CAyro se trasladaron a varias exposiciones temporales organizadas en museos europeos. Los directores del museo de entonces murieron poco después de aprobar los traslados, y los periódicos ingleses también extendieron la maldición sobre algunos accidentes menores que sufrieron los tripulantes del avión que llevó las piezas a Londres.La última víctima atribuida a la maldición fue Ian McShane: durante la filmación de la película en los años ochenta sobre la maldición, su coche se salió de la carretera y se rompió gravemente una de las piernas.

 

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Acerca de Gina Picart

Soy escritora, periodista especializada en La Habana de la colonia y la república, investigadora, crítica literaria, guionista de cine, radio y televisión
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