LA FAMILIA SANGUILY EN LA HISTORIA DE CUBA (II) EL SABIO

Manuel Sanguily es una de las figuras más interesantes, por brillante y enigmática, de lapolítica y la intelectualidad cubanas decimonónicas, y pienso que no ha sido suficientemente estudiada en Cuba. Nació en La Habana el 26 de marzo de 1848 y fue el menor de tres hermanos. Dio su primera muestra de rebeldía cuando, recién graduado de bachiller, se negó a la intención de su tutor, quien pretendía hacerlo estudiar la carrera militar en España. Cuando se encontraba cursando el cuarto año de la carrera de Derecho en la Universidad de La Habana, él y su hermano mayor, Julio, decidieron incorporarse a las tropas del Ejército Libertador. En 1869 pasó a formar parte de la legendaria caballería camagüeyana. En 1874 fue elegido representante a la Cámara del gobierno independentista, cargo que ocupó hasta enero de 1875, y al que renunció de forma voluntaria para unirse a las tropas del Mayor General Máximo Gómez, que marchaban en la invasión a Las Villas. En ese mismo año fue designado para entrevistarse con el Mayor General Vicente García, con quien debía discutir las demandas de los sediciosos de Lagunas de Varona. En 1876 fue ascendido a Coronel. En 1877 pasó a ser ayudante de su hermano mayor, el General Julio Sanguily. No participó en la Guerra del 95, pues durante esos años tan significativos para la historia de Cuba él permaneció en los Estados Unidos gestionando con las autoridades norteamericanas la liberación de su hermano Julio, encarcelado por los españoles desde el comienzo de la contienda.

Volvió a Cuba a finales de 1898, ya concluida la guerra hispano-cubano-americana. Participó en la Asamblea de Santa Cruz del Sur como representante del Tercer Cuerpo de Ejército de Camagüey. También fue miembro de la comisión encabezada por el Generalísimo Máximo Gómez, que viajó ese mismo año al país del norte para gestionar el licenciamiento del Ejército Libertador. Aunque parezca un hecho producto de la fantasía, Manuel Sanguily, quien no alcanzó tantos lauros en la Guerra de los Diez Años como su hermano traidor, fue quien propuso en la Asamblea del Cerro la eliminación del cargo de General en Jefe del Ejército Libertador, lo que constituía de forma automática la destitución del Mayor General Máximo Gómez, con quien llegó a estar en una posición  casi de enfrentamiento, pues desaprobaba el entendimiento del viejo dominicano con el presidente norteamericano y la intervención de su gobierno en la isla.

Más que por su trayectoria militar, Manuel Sanguily ocupa un lugar cimero en la historia de Cuba por su quehacer político e intelectual. Se le considera un continuador del pensamiento humanista cubano decimonónico. Estudió en el colegio El Salvador, marcado por la influencia progresista del padre Félix Varela. Fue discípulo de José de la Luz y Caballero y también su amanuense, de Enrique Piñeyro y un gran admirador  de Enrique José Varona. Su estancia en esa institución y su estrecho contacto con algunos de los pensadores más sólidos de su época en Cuba dieron a su pensamiento una orientación filosófica y antropológica. Profesor él mismo y director del Instituto de Segunda Enseñanza de La Habana y la Universidad de La Habana, fue también ensayista, conferencista y crítico literario. El destacado intelectual Max Enríquez Ureña dijo de él que como crítico le interesaba sobre todo la actitud de los autores ante los muy trascendentes temas de la naturaleza y el destino, lo que no deja de resultar curioso, pues en el terreno del pensamiento Manuel Sanguily se adscribió al positivismo[1] y se le considera un teórico de esta corriente filosófica. Pero naturaleza y destino son dos categorías que se oponen por su propia esencia, lo que constituye, de hecho, una contradicción insalvable cuando se manifiestan como señeras en el pensamiento de un mismo individuo. La naturaleza es un fenómeno de orden material y objetivo, mientras que el destino es una concepción de orden espiritual y subjetivo. Semejante contradicción puede conciliarse en el alma y la sensibilidad de un poeta, como ocurrió con Martí, pero es difícil imaginar cómo podría lograrse en un pensador científico como Manuel Sanguily. Los estudiosos de su obra afirman que su pensamiento transitó por etapas evolutivas y terminó distanciándose de sus primeras ideas filosóficas, tal vez impulsado por una crisis existencial o una cierta angustia, como creo percibir en el siguiente fragmento de una carta suya a Enrique Piñeyro en 1876, escrita desde la manigua:

¿Para qué sirve en el mundo el que como yo quede con ansias, con hambre de saber… en el ocaso de la juventud… en la edad en que se van las ilusiones y se infiltran en el alma… el escepticismo y el cálculo?

En esa fecha habían transcurrido ya ocho años desde el alzamiento de La Demajagua que dio comienzo a la Guerra de los Diez Años, en la que tantas divisiones, desacuerdos, traiciones y vilezas ocurrieron en el Ejército Libertador. Manuel había visto suficientes jugadas de cálculo efectuadas por algunas de las grandes figuras de nuestra independencia. Es una carta en la que no se aprecia ya ningún rastro del idealismo juvenil, sino que cada línea rezuma decepción, la misma decepción de la condición humana que respira en los Versos Libres de Martí.

Manuel Sanguily parece haber sido un hombre de oscilaciones ideológicas, con momentos en que llega a dudar de la victoria de la ciencia sobre el pensamiento mágico, como puede apreciarse en el siguiente fragmento:

Quizás los que esperan de la ciencia la última palabra sean víctimas de una ilusión generosa: Isis[2], señores, está siem­pre presente, y el hombre no puede descorrer nunca por completo el velo de las cosas; así mientras haya un mis­terio en cualquier rincón de lo infinito inexplorable, ha­brá siempre también poesía y religión. (Discursos y conferencias).

Fue también un agnóstico convencido, como expone Pablo Guadarrama González en “Manuel Sanguily y Garrite ante la condición humana” (en La Condición humana en el pensamiento cubano del siglo XX. La Habana: Ed.Ciencias Sociales):

Para Sanguily existía  siempre un insondable reino de lo desconocido. “Hoy mismo, por lo que vemos, —afirmaba— puede afirmarse que la ciencia hu­mana jamás penetra tan adentro de las cosas que no deje de ellas algún lado oscuro e inaveriguado”. […] Según él, este lado desconocido era absolutamente inalcanzable y a lo más que pueden llegar las ciencias es a describir el cómo y no el por qué, pero en ningún caso a encontrar las verdaderas causas de los fenómenos, por eso llegaba a la siguiente conclusión: “Frente al universo que le envuelve y domina, el hombre -solo y desamparado- niega o afirma, bien que al ne­gar sea también afirmar, al menos afirmar lo contrario o lo diverso. Ante la inmensidad y sus misterios se deja el hombre, como dijo Claude Bernard, ‘mecer por el viento de lo desconocido, en las sublimidades de la ignorancia’; Hamlet le advertía a Horacio que en el cielo y en la tierra hay más cosas de las que sueña la filosofía; y un gran filósofo moderno, el insigne Herbert Spencer piensa que ‘el sabio sincero siente con más fuerza que cualquiera otra incomprensibilidad completa del hecho más sencillo considerado en sí mismo: sólo él ve que un conocimiento absoluto es verdaderamente imposible, y sólo él sabe que en el fondo de todas las cosas hay un impenetrable mis­terio […]”. Este misterio era para Sanguily, a diferencia de Spencer, no sólo el punto de partida de la religión sino también de la metafísica y de la poesía. Pensaba que la filosofía, entendida como metafísica, no había muerto ni sería destruida por la ciencia como afirmaba el positivismo, sino que “los grandes problemas de la metafísica siempre serán una realidad […]”. Aunque otor­gó validez a la metafísica lo hizo sólo admitiendo su valor en su terreno propio, sin que por ello pudieran incluirse sus resultados dentro de las posibilidades de la ciencia. La importancia que le atribuía a la filosofía del mismo modo que a la literatura y el arte en la conformación de la espiritualidad se correspondía con su postura humanista.

Manuel también estaba convencido de la existencia de una interconexión entre todos los fenómenos del universo, y que tal conexión jamás es casual, sino causal. Sin embargo, creía que  los movimientos de la Historia no están predeterminados ni son invariables, y su desenvolvimiento depende en mucho de la acción humana y de “factores aleatorios imposibles de predecir de manera lineal y unilateral”, aunque no negaba la existencia y el  obrar de leyes sociales. ¿No nos recuerda a Lenin con aquella famosa reflexión suya expresada en su discurso Qué hacer, sobre que de la mezcla de muchos intereses resulta algo que nadie había querido? Y aún añadía: “La historia toda no es más  que un panorama de variaciones, mudanzas y sorpresas”. No fue probablemente el único pensador latinoamericano de su época en adelantarse casi siglo y medio a la Teoría del Caos, al Efecto Mariposa y a uno de los puntos clave del pensamiento de la Nueva Era: la concepción de un mundo causal, pero sí lo fue en Cuba. Salvo Martí, no andábamos entonces abundantes en humanistas, que es lo que, en definitiva, fue realmente Manuel Sanguily. Me parece un poco arbitrario el intento de juzgar el pensamiento de Sanguily de manera de acercarlo a ciertos postulados y categorías del marxismo. Aunque gran conocedor de la filosofía clásica alemana, a la que se atrevió, incluso, a analizar y criticar, si acaso sus ideas se acercaron en algún punto a las de Marx fue más por intuición y convergencia que por un posicionamiento definido y manifiesto; tan es así que llegó a expresar sus dudas sobre la influencia determinante del medio en los individuos, y tuvo la suficiente lucidez como para darse cuenta de que el medio no crea conjuntos de personalidades homogéneas, sino individualidades. No es casual que se definiera a sí mismo en los siguientes términos:

No soy, pues, más que un observador que contempla a un pueblo en un momento dado, que no tiene otro deseo que ver con claridad; que sin odio ni interés mezquino, examina hechos sociales para comprenderlos y prever en lo posible sus consecuencias, por la investigación de sus orígenes o sus condiciones. (Discursos y conferencias, Tomo I)

En cuanto a su actitud frente a los movimientos históricos de liberación de los pueblos, estaba estrechamente impregnada por la ética, y atribuía especial importancia a la imprescindible presencia de un ideal como motor impulsor y columna vertebral de los acontecimientos. A su juicio:

Entre el privilegio que es la desigualdad, la tiranía que es un crimen, la esclavitud que es una infamia, el despojo que es una crueldad, el vasallaje oprobioso del débil por el fuerte que es un sacrilegio, y el derecho y la libertad y la igualdad que son la vida, la verdad y la ley, la lucha es larga, ha sido terrible y sin descanso, pero el resultado no puede ser dudoso. El pueblo que quiere triunfar de sus tiranos al fin conquista su libertad y su honor. Para eso no es necesario que todos los oprimidos, numéricamente todos, se levanten y protesten. Para  conmover todos la sociedad —ha dicho un ilustre e inconsecuente estadista español— no se necesita más que un punto de apoyo, que es una idea, y una palanca, que es la voluntad enérgica de algunos hombres.

Sobre este concepto de la idea-palanca, analizando el papel que las ideas de Félix Varela, Luz y Caballero y otras destacadas figuras de la intelectualidad nacional de la época tuvieron sobre la conciencia de los cubanos y el estallido de nuestras Guerras de Independencia, escribió:

[..] la verdad es que si no siempre una doctrina es­grime el acero, casi siempre una espada ensangrentada hasta el puño no es otra cosa en la historia humana que el buril inconsciente y tremendo que esculpe en la carne del mundo un ideal distinto concebido en la serenidad apa­cible del pensamiento.

[…] Todo hecho, todo suceso, revelan un estado de espíritu, un estado de la opinión, es decir, de la conciencia, y todo estado de la opinión y de la conciencia dependen de las condiciones sociales, y las condiciones sociales son siempre y en todas partes un resultado, obedecen a causas que las determinan y que son mediatas o próximas; pero que una vez originadas actúan en el sentido de su dirección y de su fuerza.

Estas reflexiones me hacen recordar una cita de Víctor Hugo que durante años tuve colgada frente a mi cama: “No hay fuerza más poderosa que una idea a la que le ha llegado su momento”.

Tienta preguntarse si como hombre decimonónico, criollo en una colonia del catolicismo hispano y hombre de formación científica, profesó Manuel Sanguily alguna creencia religiosa. No puedo responder a la pregunta puntual de si tuvo una fe militante, pero al menos reconocía la existencia y obrar de alguna fuerza superior a la voluntad humana y capaz de disponer los acontecimientos en órdenes inescrutables e inaccesibles al conocimiento humano, como deja en claro al escribir en plena Guerra de los Diez Años:

Los su­cesos que realizan los hombres también se desenvuelven conforme a una pauta; porque la Providencia lo ha some­tido todo a sus sabios decretos, desde el invisible grano de arena hasta la apartada nebulosa” (Frente a la dominación española, Tomo II, 1949)

El autor del ensayo que he tomado como referencia principal para escribir este artículo, distingue  etapas en el pensamiento del humanista cubano:

Para él, en una primera etapa de su evolución intelectual, Dios era el principio motriz general, la voluntad suprema ordenadora de todo lo existente y, por lo tanto, tam­bién del orden social; pero en 1893, cuando era ya inminente el advenimiento de una nueva guerra por la independencia, —vía que siempre consideró necesaria para la liberación nacio­nal—, se percató de que sus anteriores criterios eran un arma de doble filo y podían servir a los españoles para justificar su dominio sobre la colonia como un designio divino. Por eso, tal vez rectificando su criterio anterior,  precisó: “Ni Dios, ni nadie, ángel o demonio, interviene, ni ha intervenido nunca en las luchas de los pueblos, ni en el curso de la evolución de cada uno de ellos” (Discursos y conferencias). Mantuvo su fe religiosa, pero prefería eliminar este campo de acción a la voluntad divina y dejar que la sociedad se moviese por sus propios mecanismos, como era normalmente considerado por el deísmo, concepción que finalmente prevaleció en él. […] Reconsidera su concepción sobre el desarrollo social y lo concibe entonces  movido por sus propios resortes sin necesidad de la interven­ción divina, ampliando el margen de la actividad humana al darles mayor oportunidad a los hombres de decidir su propio destino. De ahí que afirmase: “toda sociedad cambia, lo mismo de ideas y sentimientos que de aspecto y organización a virtud de leyes que determina sus variaciones y destino en cada época de su vida.

Pero que la conciliación de sus contradicciones no fue para Sanguily un trabajo ni fácil ni completamente logrado se muestra bajo una claridad diurna en este otro fragmento de un texto suyo:

Yo creo en las fatalidades de la historia, en el determi­nismo de los sucesos, como creo en su desviación y encauzamiento en sentido diferente al que resultaría del azar o de abandonarse a las combinaciones naturales; pero vencer el determinismo, torcer, desviar el curso de los sucesos, abrir un cauce para que las aguas que vienen despeñadas desde el diluvio tomen una dirección prevista y calculada, es todo el contenido de la historia humana, el móvil, la causa de la lucha de clases, las razas, los partidos, del diario afán de los propagandistas y políticos, del martirio de las minorías mesiánicas, reformadoras y revoluciona­rias (Frente a la dominación española).

Sin embargo, apunta Guadarrama González:

 En ocasiones [Manuel] consideraba que el movimiento social se hacía incomprensible, indescifrable y por tanto es inútil su interpretación científica. Por esa vía le abría las puertas a la religión, como se aprecia en 1894: “Blancos y negros estamos, hemos estado y estaremos per­petuamente sometidos a fuerzas superiores, misteriosas e incontrastables quizás y hemos andado desde las pro­fundidades de los tiempos y andaremos en lo venidero empujados o arrastrados hacia fines desconocidos. No sa­bemos de dónde venimos; no sabemos tampoco a donde vamos” (Op. Cit).

En un análisis absolutamente personal creo que Manuel Sanguily, independientemente de que haya tenido un pensamiento que transitó por varias etapas de evolución, nunca pudo llegar a una conciliación entre las dos ideas que se lo disputaron a lo largo de su vida como si su mente fuera un campo de batalla: la idea de una ciencia que con su claridad y exactitud  meridianas puede, en virtud de su método investigativo, descubrir los mecanismos de los fenómenos y ofrecer al investigador panoramas minuciosamente medidos y pesados , y la idea de que por encima de la voluntad de los hombres y de las leyes que rigen el universo existe una fuerza mayor, a la que llamó providencia y conciencia divina intrínsecamente sabia, que dispone el orden de los sucesos de un modo inaccesible para la mente humana, por lo que habrá siempre una zona de sombra que será, en definitiva, donde opera el motor que mueve todo, un concepto casi aristotélico, cuya naturaleza es irremediablemente inalcanzable, incomprensible e inmodificable para el hombre, quien será su eterno juguete. Como a tantos otros científicos y filósofos religiosos —de cuyas historias está llena la Historia de la ciencia— este dualismo de concepciones debió provocar al gran cubano una profunda angustia existencial.

Además de su brillante inteligencia, su cultura humanística y una capacidad realmente superior para la comprensión del mundo, otra gran virtud que se debe señalar en Manuel Sanguily es que, al parecer, no estaba impregnado por los criterios racistas que marcaban a muchos de los hacendados cubanos que se lanzaron a la manigua en nuestras guerras de independencia —entre los cuales, según afirma Carlos Manuel de Céspedes en su Diario Perdido, se encontraba el propio Salvador Cisneros Betancourt, marqués de Santa Lucía y su presunto asesino indirecto— y, en general, a toda nuestra sociedad colonial. En la Asamblea de Guáimaro, cuando aún nadie había hecho en público justicia y honor a la participación de los negros en las gestas redentoras, Manuel se subió a una silla e improvisó un discurso de reconocimiento que, según ha trascendido, arrancó lágrimas a muchos de los curtidos veteranos que se encontraban presentes.

Manuel Sanguily era un pacifista, pero sobre las guerras y la necesidad de ellas coincidía con el pensamiento martiano. Como escribe Guadarrama González:

Respecto a las guerras mantuvo el criterio que debían evitarse pues prefería ante todo  la paz, pero cuando era necesaria una guerra justa, la propiciaba. En 1895 planteaba: “Yo he sido siempre un soñador de la paz…..”. Sin embargo, consecuentemente había combatido en los campos de batalla durante casi una década y contribuyó a promover la nueva guerra por la independencia con la justificación siguiente: “Estamos destruyendo para edificar; combatimos por la vida, no por la muerte”. (Discursos  y conferencias).

¿Y qué quería Sanguily para Cuba, cómo concebía la patria poscolonial?  De nuevo según Guadarrama:

El ideal sociopolítico de Sanguily se articulaba con el liberalismo decimonónico que tomaba distancia crítica tanto del socialismo y el anarquismo como del conservadurismo que trataba de mantener anquilosado el desarrollo socioeconómico y especialmente ideológico de los países latinoamericanos. Su máxima aspiración era lograr para Cuba un desarrollo capitalista industrial y agrario, en el que pequeños y medianos empresarios impulsaran la economía sobre la base de un presunto “mercado libre”, de manera que cualquier tipo de monopolio o latifundio lo consideraba un poderoso obstáculo para la realización de su proyecto de desarrollo. Eso explica su radical postura tanto anticolonial como antiimperialista.

[…] Abogó,  en correspondencia con su libera­lismo, por formas de gobierno democráticas y  por  la separación de la Iglesia y el Estado, a pesar de que era creyente, defendió la libertad de enseñanza y el sufragio universal, medidas todas ellas indiscutiblemente muy progresistas para Cuba en aquellos momentos en que iniciaba su vida republicana. Su aspiración era que el Es­tado contribuyera a viabilizar las aspiraciones de los indivi­duos y no que se convirtiera en su obstáculo.

[…] Sanguily aspiró a una Cuba independiente y próspera en la que prevalecieran “esos principios fecundos de orden y pro­greso” tan propugnados por el positivismo y que le auguraban las con­diciones indispensables para que el capitalismo en su anhelada perspectiva premonopolista  se desarrollaran plenamente, luego de haberse li­quidado el dominio español.

[…] Siempre aspiró a que Cuba  se integrase plenamente como país independiente al concierto de los países americanos. “Definió el americanismo, no como una tendencia racial, sino como un ideal de vida y de gobierno, cuyo término es la federación, cuya base es la autonomía, cuya forma es la república y cuya esencia es la democracia.

A diferencia de su hermano Julio, quien fue seducido por el modelo de vida norteamericano, Manuel mantuvo siempre una postura antiimperialista sin fisuras, porque, al igual que Martí, comprendió enseguida, con esa lucidez suya que ya no debe sorprendernos, la voracidad de los gobiernos y empresarios norteamericanos, y adivinó el megaproyecto del pulpo norteño de convertir a la América Latina y el Caribe en su traspatio político, económico y social. Según el historiador Jorge Ibarra, esta postura hace clasificar a Manuel Sanguily como uno de los precursores del pensamiento antiimperialista en América. Vivió en Estados Unidos, donde colaboró activamente con la labor independentista junto a   José Martí, recaudando fondos en varios países. Martí supo oportunamente aquilatar sus méritos y  en varias ocasiones se refirió a él muy elogiosamente al considerarle “un cubano de admirable mente”, “siempre de cara al enemigo y al debate, y con la palabra, como la cabellera, de oro”. Renée Méndez Capote, quien le conoció en su infancia cuando era visita común en la casa de su padre, lo recuerda como un hombre bello y de gallarda presencia, y también hace referencia a sus cabellos rubios, que aureolaban su rostro como el aura dorada de un santo.

Representó al país en el plano político e intelectual  en múltiples congresos internacionales. Por sus méritos profesionales fue elegido  miembro del Tribunal Permanente Internacional de Arbitraje de La Haya, de la Academia de la Historia  de Cuba y  Decano honorario de la Facultad de Letras y Ciencias de la Universidad de La Habana. Fue profesor de Retórica y Poética del Instituto de La Habana y director de las Escuelas Militares, así como inspector y Brigadier General de las Fuerza Armadas.

Sus reflexiones acerca de que el medio social no determina la homogeneidad de intereses y actitudes entre los hombres nunca fueron mejor ilustradas que por la inmensa diferencia de estatura moral entre él y su hermano Julio, quien fue hombre de acción, traidor gárrulo, bribón y absolutamente inmoral, mientras Manuel, hombre de pensamiento, mantuvo siempre una virtud acrisolada que le valió el afecto sincero de José Martí.

Sanguily fue también un orador consumado y elegante y un periodista lúcido y hábil pluma brillante. Fundó en 1892 y de acuerdo con Martí, la revista Hojas Literarias, también Patria y Libertad, La Discusión. Fue colaborador de El Triunfo, Heraldo de Cuba, Las Habana Literaria, El País, Revista de Cuba y Revista Cubana. Desde las páginas del periódico La Discusión abogó fervientemente por la retirada de las tropas militares estadounidenses, la formación de un gobierno cubano y la independencia total del país. Combatió a los autonomistas y los anexionistas y hasta el final de su vida fue un independentista convencido que nunca reclamó para sí ni honores ni beneficios. Fue un soldado de conciencia.

Se opuso a la Enmienda Platt aunque con posterioridad la aprobó, y al Tratado de Reciprocidad Comercial impuesto a Cuba por los vencedores. Fue electo senador por Matanzas y en 1902 fue elegido como primer Presidente del Senado.Junto con el Mayor General del Ejército Libertador Mario García Menocal, Manuel Sanguily fue mediador entre los partidos Moderado y Liberal durante la Guerrita de Agosto de 1906, en la que los liberales se alzaron contra la reelección del Presidente Estrada Palma, y que tuvo por consecuencia la Segunda Intervención norteamericana en la isla. En 1910 fue nombrado Secretario de Estado y en 1912 estuvo entre las figuras políticas cubanas que se opusieron a una Tercera Intervención, con la que los Estados Unidos amenazaban al entonces presidente de Cuba José Miguel Gómez si no ponía fin al levantamiento de los miembros del Partido de los Independientes de Color. En 1913 fue designado por el presidente Menocal para ocupar la Secretaría de Gobernación, pero renunció en 1917 cuando este quiso reelegirse. Murió en La Habana en 1925.

Hasta donde sé, una sola cosa le reprocharía yo a Manuel Sanguily Garrite, y es una historia muy fea en verdad. Cuando ya depuesto de su cargo de Presidente de la República en Armas y acorralado por la tropa española que rodeaba el miserable rancho donde tenía su último refugio, Carlos Manuel de Céspedes se quitó la vida de un pistoletazo para no sufrir la afrenta de caer vivo en manos del enemigo, sus captores encontraron entre sus pertenencias lo que hoy se conoce como el Diario Perdido, en cuya primera página había dejado Céspedes escrita su última voluntad: que el tomito le fuera entregado a su esposa Ana de Quesada, quien se encontraba entonces en el exilio. La viuda supo que el Diario se encontraba en manos de Manuel Sanguily y le escribió reclamándoselo. Lo que sigue es una cita de mi artículo La historia de Cuba habrá que rescribirla algún día[3]:

[…] En una respuesta que revela soberbia y desdén y es totalmente indigna de un caballero y de un patriota, Sanguily replicó a la viuda que el cuadernillo constituía legítimo botín de guerra de los españoles que habían capturado a Céspedes y tomado su cadáver, y que le fue comprado a ellos por su hermano Julio Sanguily por una fuerte suma de dinero, en vista de lo cual él no tenía ninguna obligación de entregárselo a ella.

Los cubanos debemos a un extraño azar que el Diario Perdido haya llegado a las manos de Eusebio Leal Spengler, Historiador de la ciudad de La Habana, quien lo publicó, devolviendo así a la Historia de Cuba un documento fundamental que le pertenece. A Manuel Sanguily no se lo debemos. Los grandes hombres no están a salvo de la mezquindad de espíritu.

 

 

_________________________

1  Corriente filosófica del siglo XIX que postula que el conocimiento auténtico es el conocimiento científico y tal conocimiento solo puede surgir de la afirmación de las hipótesis a través del método científico o inductivo-deductivo, basado en la experimentación y la comprobación de los fenómenos. Según esta corriente filosófica el mismo método es aplicable para todas las ciencias, en especial las físico-naturales.
2  Isis, una de las diosas principales del panteón religioso egipcio prehistórico y faraónico. Esposa de Osiris, cuando su esposo fue descuartizado por su hermano Seth, ella reunió los fragmentos de su cuerpo y sobre el cadáver redivivo engendró a Horus. Los tres conforman la Trinidad sagrada en el país del Nilo. Estudiosos de las religiones y antropólogos consideran que Isis es la matriz de las vírgenes posteriores, y también de la Virgen María. En varias catedrales europeas, como en la francesa de Chartres, hay vírgenes negras cargando un bebé. El dúo es identificado con Isis y Horus. Aunque hubo muchas diosas que la precedieron en otras culturas como la caldea y la asiria, ella es la diosa femenina arquetípica.
3Publicado en mi blog Hija del Aire https://www.ginapicart.wordpress.com

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Acerca de Gina Picart

Soy escritora, periodista especializada en La Habana de la colonia y la república, investigadora, crítica literaria, guionista de cine, radio y televisión
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